viernes, 9 de marzo de 2012

Corazón

Oración es un arma poderosa, un tesoro indefectible, una riqueza
inagotable, un puerto al amparo de las tempestades, un depósito de calma;
la oración es la raíz, la fuente y la madre de bienes innumerables... Pero
la oración de la que hablo no es mediocre, ni negligente; es una oración
ardiente, surge de la aflicción del alma y del esfuerzo del espíritu. He
aquí la oración que sube hasta el cielo... Escucha lo que dice el escritor
sagrado: " grité al Señor cuando estaba angustiado, y me libró " (Sal.
119,1). El que reza así en su angustia podrá, después de la oración, gustar
en su alma una gran alegría... Por "oración" entiendo, no la que es
solamente con la boca, sino la que brota del fondo del corazón. Así como
los árboles cuyas raíces se hunden profundamente no se quiebran ni
arrancan, aunque el viento desencadene mil asaltos contra ellos, porque sus
raíces están fuertemente arraigadas en las profundidades de la tierra, lo
mismo las oraciones que salen del fondo del corazón, tan arraigadas, suben
al cielo con toda seguridad y no se devuelven por ningún pensamiento de
falta de seguridad o de mérito. Por eso el salmista dice: "Desde lo hondo a
ti grito, Señor" (Sal. 129,1)... ¡Si el hecho de contarles a hombres
tus desgracias personales y de describirles las pruebas que te golpearon,
aporta algún alivio a tus penas, como si a través de las palabras surgiera
una brisa refrescante, con más razón si das parte a tu Señor de los
sufrimientos de tu alma encontrarás en abundancia alivio y consuelo! En
efecto, a menudo los hombres soportan con dificultad a los que se les
acercan a quejarse y llorar; los apartan y los rechazan. Pero Dios no actúa
así; al contrario hace que te acerques y te atrae hacia él; y aunque te
pases el día exponiéndole tus desgracias, está aún más dispuesto a quererte
y a otorgar tus súplicas.

Es ahora el tiempo de la confesión. Confiesa tus faltas de palabra
y de obra, las cometidas de noche y las de día. Confiésalas en este «tiempo
favorable», y el «día de salvación» (Is 49,8; 2C 6,2) recibe el tesoro
celestial... Deja el presente y cree en el futuro. Durante tantos años has
recorrido sin parar tus vanos trabajos de aquí abajo, y ¿no puedes ahora
parar durante cuarenta días para ocuparte de tu propio fin? «Rendíos,
reconoced que yo soy Dios» dice la Escritura (Sl 45,11). Renuncia a la ola
de palabras inútiles, no difames, no escuches al que maldice, sino más bien
acostúmbrate a orar. Muestra mediante la ascesis el fervor de tu corazón;
purifica este receptáculo para que recibas una abundante gracia. Porque la
remisión de los pecados se da igualmente a todos, pero la perfección del
Espíritu Santo se concede según la medida de la fe de cada uno. Si no te
esfuerzas, recogerás poco; si trabajas mucho, será grande tu recompensa. Es
tu propio interés que está en juego, vigílate a ti mismo. Si tienes
contra alguien algo que reprocharle, perdónale. Vienes a recibir el perdón
de tus faltas, es preciso que también tú perdones al pecador, porque ¿con
qué rostro irás a decir al Señor: «Quítame mis numerosos pecados» si tú ni
tan sólo has perdonado a tu compañero de servicios sus errores contra ti?

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