Pero también nuestra gente, agobiada por sus propias angustias, cansancios, enfermedades y de nuevo incertidumbres, necesita ese bálsamo de misericordia, que sin embargo no es la aprobación de todo lo que hacen, sino más bien la invitación consecuente a crecer y a alcanzar los brazos amorosos de Papá Dios.
Es un predicador, ¡pero qué predicador Pablo! Que él ilumine nuestro camino de formación, que él nos ayude a ser fieles, cada uno según su propio don, y que él nos conduzca, junto con Domingo y los demás santos, al Maestro de maestros, Nuestro Señor Jesucristo, a quien bendecimos por los siglos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario