Jesús se adapta a la realidad de sus oyentes y hace hablar a las cosas. Él es la Palabra, Dios nos habla en Cristo, pero lo más hermoso es que esa realidad de palabra, Él la transmite a las cosas mismas, de manera que las cosas empiezan a hablar, adquieren un lenguaje cuando son tocadas por el lenguaje de Jesús.
Él es la palabra, y "palabra las cosas", hace que la cosas se vuelvan palabra, que nos hablen.
Antes de hablarnos del sembrador o del hijo pródigo; antes de hablarnos de la dracma perdida o del buen pastor, los ojos de Jesús habían aprendido a mirar el mundo y habían aprendido a encontrar el lenguaje de Dios . Cristo pudo reconocer, aún en las cosas más elementales, el lenguaje de su Padre Dios, que también es nuestro Padre, Él lo que hace es dirigir nuestros ojos, para que también aprendamos a mirar así el mundo.
Bienaventurados los ojos que son bendecidos por estos ojos de Cristo, bienaventurada la mirada que se deja educar por la mirada de Cristo, bienaventurados aquellos, que con estas predicaciones tan sencillas, con estas parábolas que están al alcance de todo el mundo, son capaces de encontrar los misterios del Reino y la presencia del Padre Celestial.
Jesús tomo ese camino, aparentemente absurdo, indudablemente penoso, de buscar la conversión del malvado. En esto no estaba haciendo otra cosa sino siguiendo lo que dice el profeta: "Por mi vida, dice el Señor, no me complazco en la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" ( Ezequiel 33,11).
"No hay nada oculto que no salga a la luz" (véase San Mateo 10,26). Tiene que salir a la luz la verdad de los corazones.
De manera que esta misma parábola, en su sencillez, por lo menos nos enseña dos cosas: no anticiparnos al juicio de Dios, porque la conversión siempre será posible en los demás y en nosotros mismos, pero por otra parte, anticipar ese juicio sobre nosotros, sabiendo que todo lo que somos, lo que en realidad somos, tendrá que salir a la luz.
Hay un modo muy bonito de resumir esta parábola: lo de los demás, déjalo a Dios; lo tuyo, enfrentalo con Dios, míralo a la luz de Dios. O todavía dicho de otra manera: no traigas el juicio de Dios ahora, traelo sobre ti mismo.
Traer el juicio de Dios sobre ti mismo, es traer la luz de Él, esa luz que ilumina tu conciencia, a lo más profundo de tu ser.
Decía San Luis Bertrán: "Limpiame ahora, purifícame ahora; quema lo que haya que quemar, opera lo que haya que operar". San Luis Bertrán era uno de aquellos que no quería ir al Purgatorio, San Luis Bertrán quería anticipar el juicio de Dios sobre sí mismo, para que su corazón fuera realmente transparente, realmente verdadero, luminoso ante Dios.
Que Cristo nos enseñe a mirar el mundo, para que las cosas nos hablen, nos hablen de Dios; y que Cristo mismo nos ayude a cumplir con el significado más profundo de esta parábola.
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