Tal y como ha recordado el Pontífice, este año se celebra el 80
aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República
de Cuba y la Santa Sede. Por ello, el ha reconocido que la providencia le ha
hecho llegar a esta “querida nación”, siguiendo “las huellas indelebles del
camino abierto por los inolvidables viajes apostólicos que realizaron a esta Isla
mi dos predecesores, san Juan Pablo II y Benedicto XVI”. Hoy --ha añadido
Francisco-- renovamos estos lazos de cooperación y amistad para que la Iglesia
siga acompañando y alentando al pueblo cubano en sus esperanzas y en sus
preocupaciones, con libertad y con los medios y espacios necesarios para llevar
el anuncio del Reino hasta las periferias existenciales de la sociedad.
Es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza”. A
propósito ha señalado que san Ignacio de Loyola entendía bien este lenguaje.
“Él mismo contó que su consolación más grande era mirar al cielo y las
estrellas porque esto le hacía sentir un gran deseo de servir al Señor” Haciendo
referencia al testimonio previo de la religiosa, el Pontífice ha hablado de
“los últimos”, los “más pequeños”. Que --ha afirmado-- aunque sean grandes unos
terminan tratándolos como niños, porque se presentan como niños. Así, ha
explicado que aunque haya servicios pastorales más gratificantes, cuando uno
busca en la preferencia interior al más pequeño, al más abandonado, al más
enfermo, al que nadie tiene en cuenta, al que nadie quiere, “cuando sirve al
más pequeño, está sirviendo a Jesús de manera superlativa”.
Estos lugares son “donde la ternura y la misericordia del Padre
se hace más patente, donde la ternura y la misericordia de Dios se hace
caricia”, ha observado. Ha propósito ha reconocido "cuántas
religiosas y religiosos queman y repito el verbo, queman, su vida acariciando
material de descarte”.
Por todo ello, el Santo Padre ha dado las gracias a todos los
consagrados que dedican sus vidas a los “más pequeños”.
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