A pesar de lo complicado que es el
tiempo en la familia, siempre ocupado, con mil cosas que hacer, precisó que la
oración nos permite encontrar la paz para las cosas necesarias, y descubrir el
gozo de los dones inesperados del Señor, la belleza de la fiesta y la serenidad
del trabajo. La familia vive los
tiempos de la fiesta y del trabajo, consideramos ahora el tiempo de la oración.
La queja más frecuente de los cristianos tiene que ver precisamente con el
tiempo: “Debería rezar más…; quisiera hacerlo, pero a menudo me falta tiempo”.
Escuchamos esto continuamente. El disgusto es sincero, ciertamente, porque el
corazón humano busca siempre la oración, incluso sin saberlo; y no tiene paz si
no la encuentra. Pero para que se encuentre, es necesario cultivar en el
corazón un amor “cálido” por Dios, un amor afectivo.
La formulación del gran mandamiento, que sostiene a
todos los demás: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todo tu espíritu”. La fórmula usa el lenguaje intenso del amor,
derramándolo sobre Dios. Entonces, el espíritu de oración vive principalmente
aquí. Y si vive aquí, vive todo el tiempo y no se va nunca. Podemos pensar en
Dios como la caricia que nos mantiene con vida,
Solo cuando Dios es el afecto de todos nuestros afectos, el
significado de estas palabras se hace pleno. Entonces nos sentimos felices, y
también un poco confundidos, porque Él piensa en nosotros ¡y sobretodo nos ama!
¿No es impresionante esto? ¿No es impresionante que Dios nos acaricie con amor
de padre? Es muy hermoso, muy hermoso. Podía simplemente darse a conocer como
el Ser supremo, dar sus mandamientos y esperar los resultados. En cambio Dios
ha hecho y hace infinitamente más que eso. Nos acompaña en el camino de la
vida, nos protege, nos ama.
Si el afecto por Dios no enciende el fuego, el espíritu de la
oración no calienta el tiempo. Podemos también multiplicar nuestras palabras,
“como hacen los paganos”, decía Jesús; o también mostrar nuestros ritos, “como
hacen los fariseos”. Un corazón habitado por el amor a Dios convierte en
oración incluso un pensamiento sin palabras, o una invocación delante de una
imagen sagrada, o un beso enviado hacia la iglesia. El tiempo de la familia, lo
sabemos bien, es un tiempo complicado y concurrido, ocupado y preocupado.
Siempre es poco, no basta nunca. Siempre hay tantas cosas que hacer. Quien
tiene una familia aprende pronto a resolver una ecuación que ni siquiera los
grandes matemáticos saben resolver
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