jueves, 1 de septiembre de 2016

Presencia

La presencia bendita, perfumada, hermosísima de la Virgen, hace que nosotros sepamos mirar en María el plan completo de Dios; ya tenemos en Ella un adelanto, humilde, ciertamente, porque se trata de una sola persona, pero glorioso, porque se trata de la persona amada por excelencia de Dios; ya tenemos ahí el modelo completo. No; nosotros ya tenemos el Evangelio realizado. Esa es la belleza y la gracia que tiene la solemnidad de hoy. ¿Qué es la Asunción de la Santísima Virgen? Es el epílogo, es el colofón glorioso, luminoso, como todo lo de la Santa Virgen; es el epílogo luminoso y glorioso que nos muestra la íntima consecuencia, la íntima maravilla, la íntima y definitiva obra del Evangelio en una creatura humana. Si uno celebra con fe esta Eucaristía de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, si uno contempla con fe, con esperanza y con amor este misterio, uno sólo puede sacar una conclusión: el Evangelio no es una maqueta, el Evangelio no es un plano, el Evangelio no es una ideología ni una suposición, es una realidad. Conozco a una persona en la que ese Evangelio ha desplegado toda su fuerza, su gracia y su belleza, y esa persona es la Santísima Virgen María. ¿Por qué estás tan seguro? Porque yo he celebrado, junto con toda la Iglesia, la solemnidad de la Asunción; ¿y en la solemnidad de la Asunción qué estoy celebrando? Que hasta sus últimas consecuencias, hasta la plena redención de su realidad corporal, la Santísima Virgen es testigo de hasta dónde llega el Evangelio de jesucristo. Gocémonos Nosotros, que vamos de camino, ¿qué más podíamos pedir a Dios sino esa señal tan evidente del poder de su salvación? Y esa señal de Jesucristo es la Santísima Virgen. Gocémonos contemplando esa señal, y por su intercesión y según su ejemplo, cumplamos también nosotros la voluntad de Dios, hasta la plenitud y la estatura de Cristo.

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