miércoles, 26 de mayo de 2010

Eucaristía

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“Como busca la cierva las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Señor Dios mío” (Salmo 42, 3).
“La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia”. Benedicto XVI quien clausuró el año de la Eucaristía, celebró el sínodo y escribió la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, ha centrado en la Eucaristía buena parte del mensaje de sus primeros años de pontificado. Nos impulsa, de una manera muy especial, a considerar el amor de Dios, cuando nos pide el Papa que abramos los ojos a las maravillas que el Señor derrama sobre el mundo, y a que contemplemos su designio de salvación precisamente desde la caridad cristiana.
Los seres humanos deseamos encontrar una vida plena que nos satisfaga. Nos aflige ver el dolor del mundo, sobre todo de los más desfavorecidos. Nos apena igualmente que el deseo de vernos llenos de vida y plenitud lo busquemos tantas veces por caminos tortuosos y oscuros, que nos dejan insatisfechos y con sensación de fracaso. También contemplamos con tristeza cómo los más jóvenes, fascinados por esta sociedad del mero espectáculo, no buscan en Cristo el gozo pleno y las esperanzas cumplidas.
Estamos seguros, sin embargo, de que la vida verdadera que nos da Jesucristo nace justamente de su misterio pascual; esto es, del ofrecimiento del Hijo de Dios al Padre, cuando entrega su vida en sacrificio en la Cruz y, resucitado, ofrece a cada hombre la vida nueva, que el Bautismo inaugura, la Confirmación fortalece y la Eucaristía alimenta. Es la vida que se ofrece a todos; es la vida que explica y da sentido a la existencia; la que han vivido tantos discípulos de Cristo a lo largo de la historia; la que ha llevado a la vivencia del amor nupcial a los esposos cristianos; la que ha suscitado en las diversas formas de seguimiento de Cristo el testimonio de la adoración eucarística que nutre la fidelidad de los consagrados en torno a esta presencia del Señor; la que lleva a la misión cristiana y a la vivencia de la caridad y la justicia.
La Eucaristía es, además, la cumbre de la Iniciación Cristiana, fuente de la verdadera vida, en la que se hace realidad el anhelo del salmista: “Me acercaré al altar de Dios, la alegría de mi juventud” (Salmo 43, 4).
La Eucaristía responde a los deseos más profundos que el ser humano lleva inscritos en su corazón. “La noche en que iba a ser entregado, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Mc. 11,3 y Jn. 13, 1). Durante la cena, “tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (1 Cor. 11, 23-24). Desde entonces, cada vez que renovamos este gesto, por el poder del Espíritu de Cristo Resucitado, el pan y el vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre, en Él mismo, dado que hemos aprendido en la tradición de la Iglesia que en este Sacramento están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
“Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 33,9). Lo gustamos comulgando, lo vemos contemplando y la contemplación nos lleva a la adoración eucarística. La fe y la confianza en aquel gesto del Señor en la Última Cena nos invita a reconocer en el Pan Eucarístico el “Cuerpo sacrosanto” de Cristo y a adorarlo incluso públicamente por las calles del mundo. Así ha dado el Señor cumplimiento y nuevo sentido a los sacrificios del Antiguo Testamento, que sin el ofrecimiento oblativo de Cristo quedan sin valor. El que es Pastor, se hace Cordero para el sacrificio; el que es Sacerdote, se ofrece como víctima; el que es Creador, se convierte en alimento de sus criaturas y da inicio a un nuevo ministerio, a un nuevo sacerdocio al servicio de su Cuerpo que es la Iglesia (Col 1, 21).
Jesucristo ha constituido ministros de su sacrificio a los sacerdotes para perpetuarlo, según aquellas palabras del Señor: “Haced esto en conmemoración mía”. Ellos “presiden la Iglesia de Cristo y consagran el Cuerpo y la Sangre del Señor, lo mismo que en el oficio de enseñar al pueblo y predicar” . Los sacerdotes, en efecto, ejercen su misión siempre haciendo las veces de Cristo , pues no son dueños de lo que administran. La Iglesia pide de ellos santidad en su vida, porque de ellos reciben los fieles los sacramentos de la vida.
En el mundo que no conoce a Dios y que necesita conocerlo, los bautizados precisan de una fuerza y un consuelo venidos de Dios, para ser testigos del amor de Cristo, buscar la unidad en Él, evangelizar hasta el fin del mundo y ocuparse de los heridos de la sociedad, los que sufren, los más pobres. Esa fuerza y consuelo está en la Eucaristía a la que siempre nos convoca el Señor. Desde que Jesús se hiciera presente a los discípulos después de su resurrección ( Jn. 20, 19-26) y, resucitado, les explicase las Escrituras y partiese con ellos el pan (Cfr. Lc. 24, 27-31), los cristianos se han reunido convocados por Él en el primer día de la semana, para acercarse al altar y recibir como alimento el Pan del cielo. La importancia del día del Señor y de la celebración de la Eucaristía es de sumo valor: “cada vez que coméis de este Pan y bebéis de este Cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor. 11, 26).
El corazón de Cristo, que late en la Eucaristía con un amor inefable, es el que nos da vida e ilumina el universo entero. El secreto más profundo de la creación está en ese misterio de amor. Siguiendo el ejemplo de María, mujer eucarística, y de los mejores discípulos de Jesús, que son los Santos, nosotros queremos contemplarlo, una vez más, con el corazón renovado. En la Eucaristía está el verdadero júbilo. No queremos que este gozo quede sólo en nosotros. Anhelamos que todos los hombres y mujeres, en especial los más jóvenes, puedan experimentar en nuestros días una mayor efusión de la gracia de Dios.

Pentecostés

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La expresión definitiva de este misterio tiene lugar el día de la Resurrección. Este día, Jesús de Nazaret, « nacido del linaje de David », como escribe el apóstol Pablo, es « constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos ». (Rom 1,3) Puede decirse, por consiguiente, que la « elevación » mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios, « lleno de poder ». Este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable comunión trinitaria, se manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del Profeta: « Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, ... mi espíritu », (Jn 7,37-39);(Jn 19,34) cumple su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras: a Si me voy, os lo enviaré ». Es él: el Espíritu de la verdad, el Paráclito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen de resucitado.

« Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús repitió: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo" ». (Jn 20,19-22)

El Evangelio de San Juan es elocuente, especialmente si los releemos con referencia a las palabras pronunciadas en el mismo Cenáculo al comienzo de los acontecimientos pascuales. El triduo sacro de Jesús, que el Padre ha consagrado con la unción y enviado al mundo alcanza su cumplimiento. Cristo, que « había entregado el espíritu en la cruz » como Hijo del hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los apóstoles para « soplar sobre ellos » con el poder del que habla la Carta a los Romanos. (Rom 1,4) La venida del Señor llena de gozo a los presentes: « Su tristeza se convierte en gozo », como ya había prometido antes de su pasión. Sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, « trae » el Espíritu Santo a los apóstoles. Da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos y el costado ». En virtud de esta crucifixión les dice: « Recibid el Espíritu Santo ».( Jn 16,20).

Establece una relación profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el envío del Espíritu Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: « Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ». ( Jn 16,7) Se establece también una relación íntima entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del Hijo, en cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención: « Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ». (Jn 16,15) La Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas en la historia del mundo por el Espíritu Santo.

jueves, 20 de mayo de 2010

Deuteronomio 11,12-21

A partir de la opción definitiva por Dios el ser humano se encuentra ante una alternativa: o vive con el Señor en la bienaventuranza eterna, o permanece alejado de su presencia. Para cuantos se encuentran en la condición de apertura a Dios, pero de un modo imperfecto, el camino hacia la bienaventuranza plena requiere una purificación.
En el Antiguo Testamento, lo que está destinado a Dios debe ser perfecto. En consecuencia, la integridad física es particularmente exigida para las realidades que entran en contacto con Dios ( Lv 22, 22), ( Lv 21, 17-23). A esta integridad física debe corresponder una entrega total, tanto de las personas como de la colectividad ( 1R 8, 61), al Dios de la alianza de acuerdo con las grandes enseñanzas del Deuteronomio ( Dt 6, 5). Se trata de amar a Dios con todo el ser, con pureza de corazón y con el testimonio de las obras,la misericordia de Dios es primera, ( Dt 10, 12-20 ).
La exigencia de integridad se impone evidentemente después de la muerte, para entrar en la comunión perfecta y definitiva con Dios. Quien no tiene esta integridad debe pasar por la purificación. Un texto de san Pablo lo sugiere.
El Apóstol habla del valor de la obra de cada uno, que se revelará el día del juicio, «Aquel, cuya obra, construída sobre el cimiento (Cristo), resista, recibirá la recompensa. (1Co 3, 14-15).No saben que son templo de Dios porque el Espíritu está presente en cada uno/a de los /as creyentes.
El Salmo ( 51,6-17) puede considerarse, desde el Antiguo Testamento, una síntesis del proceso de reintegración: el pecador confiesa y reconoce la propia culpa , y pide insistentemente ser purificado o «lavado» , para poder proclamar la alabanza divina .
El Nuevo Testamento presenta a Jesús como el intercesor, que desempeña las funciones del sumo sacerdote el día de la expiación (Hb 5, 7; 7, 25). Pero en él el sacerdocio presenta una configuración nueva y definitiva. Él entra una sola vez en el santuario celestial para interceder ante Dios en favor nuestro ( Hb 9, 23-26 . Es Sacerdote y, al mismo tiempo, «víctima de propiciación» por los pecados de todo el mundo ( 1 Jn 2, 2). Jesús, como el gran intercesor que expía por nosotros, se revelará plenamente al final de nuestra vida, cuando se manifieste con el ofrecimiento de misericordia, pero también con el juicio inevitable para quien rechaza el amor y el perdón del Padre.
El ofrecimiento de misericordia no excluye el deber de presentarnos puros o íntegros ante Dios, ricos de esa caridad que Pablo llama «vínculo de la perfección» (Col 3, 14).

Salmo 48

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Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Alégrese los creyentes, el Señor vela por nosotros/as.El Señor nos favorece.
Quien actualmente se encuentra en sufrimientos y está resignado, está más estrechado con Jesús en su paso en la vida, conquistando corazones en que todos puedan sentir el sobrehumano poder de Jesús, y siendo una alma fundida con la voluntad de Dios.
Quien se encuentra abatido de ánimo, árido y privado de la presencia de Dios, esté firme y fiel a sus acostumbrados ejercicios, es más, toma de eso la ocasión de amar y buscar más sin cansarse a Jesús, participa de los méritos y bienes que adquirió Nuestra Madre María con sus dolores .
Quien en cualquier ocasión que se encuentre, especialmente al ver a Jesús, a través de los hermanos/as ofendido gravemente, despreciado, pisoteado, y busca reparar, compadecer y rogar por aquellos mismos que ofenden encontrará en el alma de María Madre la fuente de paz, porque en Ella se consume todo el amor. Quien crucifica sus sentidos por amor de la crucifixión de Jesús, y trata de copiar en sí las virtudes de su crucifixión, agradece a Jesús por todo lo que padeció y sufrió por nosotros, pidiendo perdón, perdón, Jesús. Se encontrará el reposo, Sla consolación, será luz.
Quien está en continua actitud de adorar a Jesús ,besar sus llagas, de reparar, de agradecer y más, a nombre de todo el género humano, es como si tuviera en sus brazos a Jesús, como lo tuvo su Madre María cuando fue depuesto de la cruz, y es querer en nombre del género humano encerrar en Jesús las almas redimidas. Quien se mantiene en gracia y corresponde, y no da morada a ningún otro en su corazón sino sólo al Dios Verdadero, es como si sepultara a Jesús en el centro del corazón. Si las almas correspondieran a Jesús, si todo tomaran de El, se reordenaría y embellecería cada pensamiento, cada palabra, cada acto y así quien sabe cuántos cielos tendríamos sobre la tierra. Si todos vemos estas bendiciones, la sentirán en el agua que beben, en el fuego que calienta, en el alimento, en la inteligencia, la memoria, la voluntad. Escuchando entonces te bendigo para ayudarte ,para defenderte, para perdonarte, para consolarte, y se haría eco de estas bendiciones,confiados en Nuestra Madre María, que indica a seguir y profundizar el mar inmenso de Fe.

viernes, 14 de mayo de 2010

Evangelizar hoy

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El hoy y el ahora que todavía no conocemos , es para desear y nunca dejar, en el cual hemos tomado fuerza y fortaleza todo cristiano debe estar alegre y dar gracias a la Trinidad Santa .Es una novedad que reclama un nuevo modo de hablar y de actuar.
La historia tiene un sentido, a través de ella descubrimos el amor y acción de Dios en su plan de Salvación para la humanidad, en la historia Dios nos habla y en ella construimos su Reino .No puede mirarse el pasado con nostalgia “sino que ha de adoptar una actitud positiva ante el momento histórico concreto: debería estar a la altura de los nuevos acontecimientos, que marcan sus alegrías y preocupaciones, y todo su estilo de vida”.
Saber percibir los acontecimientos en la historia de la Salvación es importante porque en ella se enmarca la Evangelización como tarea humana que también es , está sometida a las viscisitudes históricas , porque la Iglesia se ve a sí misma como una realidad en medio de la historia que camina hacia una meta aún no alcanzada(Puebla No 254)
Al leer los signos de la historia, las señales de los tiempos, que son tan importantes al comunicar el Evangelio debemos tomar en cuenta que “transmitimos sólo una pequeña parte de la información de modo consciente, y todo lo demás de modo inconsciente: a través de la mirada y la expresión del rostro, a través de las manos y los gestos, de la voz y todo el lenguaje corporal”.
Esto debe hacernos más conscientes de nuestras actitudes, nuestro peregrinar, hay algo que ya poseemos, la esperanza y de la cual debemos dar testimonio, sólo se puede anunciar a Dios si el ser humano tiene dentro de sí una sólida identidad cristiana: “quizá nuestro lenguaje parece, a veces, tan incoloro, porque no estamos todavía suficientemente convencidos de la hermosura de la fe y del gran tesoro que tenemos.
“El cristiano debe encarnar el cristianismo” ante una sociedad que ha puesto una gran variedad y engranaje de recursos al alcance del desarrollo integral .Si se habla de Cristo se debe estar convencido que No es una doctrina que poseemos, sino una Persona por la que nos dejamos poseer. Es un proceso sin fin, una conquista sucesiva”.
La fe don de Dios es mostrar “el gran amor de Dios hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del Espíritu en nuestra mente y en nuestro corazón”, creer en Dios caminar con Cristo, hacia la casa del Padre.

Mateo 20,1-16 Filip 1,20-27

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"Id también vosotros a mi viña"

Jesús establece una comparación no entre varios trabajadores, sino entre diversos grupos de trabajadores .Cada grupo representa un pueblo o una clase social, mientras unos de ellos recibieron la Palabra de Dios, hace muchos siglos , a otros apenas le llega la Fe..
Jesús se refiere aquí a una situación concreta, a un caso bien preciso: el único denario que se les da a todos es el Reino de los Cielos que Jesús ha traído a la tierra; es la posibilidad de entrar a formar parte de la salvación mesiánica. La parábola comienza diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana...".
Una vez más, la posición de los pecadores, de cara a la salvación anunciada por Jesús. Aunque los paganos (respectivamente, los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc.) sólo ante la predicación de Jesús se han decidido por Dios. Ellos también se sentarán a la misma mesa y gozarán de la plenitud de los bienes mesiánicos. Es más, como ellos se han mostrado más dispuestos a acoger el Evangelio, que no los llamados "justos", se realiza lo que Jesús dice para concluir la parábola "los últimos serán primeros y los primeros, últimos".
Una vez conocido el Reino, acogido en su integridad y testimonio, una vez abrazada la fe, entonces hay lugar para la diversificación. Ya no es idéntica la suerte de quienes sirven a Dios durante toda la vida, haciendo rendir al máximo sus talentos, respecto a quien da a Dios solo las sobras de su vida, con una confesión remediada, de alguna forma, en el último momento.
La parábola contiene también una enseñanza de orden espiritual, fíjense en todo lo que encuentren de verdadero, potenciar la creatividad constante en la vida diaria, descubrir lo que podemos hacer mejor. Dios llama a todos y llama en todas las horas. "Los fieles pertenecen a ese pueblo de Dios que está prefigurado por los obreros de la viña... Id también vosotros a mi viña. La llamada no se dirige solo a los pastores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, sino que se extiende a todos. También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor" .
Renovación de la sociedad Jesús no era insensible al problema de la falta de Trabajo. Si describe tan bien la escena es porque muchas veces su mirada se había posado con compasión sobre aquellos seres humanos sentados en el suelo, o apoyados en una tapia, con un pie contra la pared, en espera de ser "fichados". Ese propietario sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los otros, también ellos tienen niños a los que alimentar, como los tienen los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener sólo en cuenta el mérito, sino también la necesidad. Nuestras sociedades capitalistas basan la recompensa únicamente en el mérito (a menudo más nominal que real) y en la antigüedad en el servicio, y no en las necesidades de la persona. En el momento en que un joven obrero o un profesional tiene más necesidad de ganar para hacerse una casa y mantener su familia, su paga resulta la más baja. La parábola de los obreros de la viña nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad.

martes, 11 de mayo de 2010

Juan 19,26-27

"La Flor más bella surgida de la creación ,la Rosa Mística aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios ,mandando a su Hijo ,entregó al mundo una nueva primavera. Juan 19, 26-27 JESÚS da a María como Madre a Juan, esto no es un simple hecho de índole familiar, las palabras dichas por JESÚS en la cruz tienen valor redentor. Profundicemos un poco, este Evangelio dice, "ellos la tomaron para sí" o " como posesión de ellos" lo cual concuerda cuando vemos a María la mañana de Pentecostés con todos los Apóstoles en el cenáculo. Luego entonces a partir de este momento María fue acogida por los Apóstoles y a través de los apóstoles por la Iglesia Católica.
(I Corintios 15, 5). Hechos 1, 14. San Lucas en la mañana de Pentecostés mencionó a los Apóstoles y a un grupo de mujeres, sin embargo separa a la Madre de JESÚS con su nombre propio, lo cual da un indicio del lugar de honra en que ya tenía la Madre de CRISTO en la Iglesia Primitiva.

María, mujer que cumple la esperanza y el motivo de ser de Israel, nos aparece coronada por las doce estrellas, símbolo de las doce tribus, como Israel mismo, como el Sueño de José, que salvó a Israel (Génesis 37, 9-11), después del nacimiento de su Hijo Jesús (María es la única que cumple esta misión en la Historia) el Hijo es llevado ante el trono de DIOS (Hechos 1, 9) . Es en ella donde DIOS sale al encuentro de su pueblo, donde nos alimenta, donde nos amonesta, donde nos prepara para la promesa, luego entonces María se refugia en la Iglesia donde debe esperar el final de los tiempos. los que guardamos la Palabra de DIOS. Aquí vemos la importancia de esta Mujer, orgullo de la raza humana en el plan de la Salvación. Que el Espíritu te hable al corazón.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Esplendor Rom.12,1-2

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El tren de la vida en el que viajamos, el que conduce a la vida es el tren de la Fe. El evangelio nos propone negarnos a nosotros mismos lo cual no es una posición autolesionadora y renunciadora , sino el golpe de audacia más inteligente, que podemos realizar en la vida .
Jesús no nos pide renegar de “lo que somos”, “sino de aquello en lo que nos hemos convertido”
Somos Imagen de Dios, por lo tanto no renegamos de lo que Dios ha hecho, sino de lo que hemos hecho nosotros, usando mal nuestra libertad, comprendamos el aspecto positivo que hay en la propuesta del evangelio. Negarse a nosotros mismos no es una operación para la muerte sino para la vida, para la belleza y para la alegría, debemos atender que consiste en aprender el lenguaje del verdadero amor. Visualizamos esta situación humana, Dos jóvenes se aman, pertenecen a continentes diferentes deben aprender sus lenguas completamente diversas. Si su amor quiere sobrevivir y crecer, es necesario que cada uno aprenda el idioma y tradición del otro, sino su comunicación será poca y su amor no durará .Así sucede con nosotros los cristianos, urge aprender el lenguaje del espíritu, del amor. Negarse a sí mismo es aprender la lengua de Dios Padre, que nos permite comunicarnos con todos los /as hermanos/as de cualquier lengua y nación. El espíritu ruega por nosotros .La oración es buena cuando presentamos nuestras inquietudes, proyectos a Dios con las palabras que nos inspira el espíritu. Y mejor cuando en una actitud de silencio escuchamos a Dios quien nos comunica su paz. No podemos olvidar que Dios está en todos los acontecimientos de nuestra vida ,nada sucede en el mundo ,en nuestra familia o en nuestra vida por casualidad .Dios nos ha conocido en Cristo Jesús, El nos ha conocido en el momento que ha decidido crearnos. Nos llama sea cual sea la manera como hemos encontrado a Cristo, Gracia que Dios da , es un llamado personal de Dios que nos da la oportunidad de crecer, nos comunica todo lo bueno que hay en nosotros , todo lo que le agrada .
Si Dios nos llama para entablar con nosotros una relación de amor y de fidelidad, es porque somos libres y responsables. Queramos decir como San Pablo “Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí.”Nosotros cristianos reconozcamos la profunda riqueza de Dios, es de gran admiración, y permanente acción de gracias, como Dios nos salva de una manera que nosotros nunca podremos comprender, entreguémonos a su amor misericordioso.