
La expresión definitiva de este misterio tiene lugar el día de la Resurrección. Este día, Jesús de Nazaret, « nacido del linaje de David », como escribe el apóstol Pablo, es « constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos ». (Rom 1,3) Puede decirse, por consiguiente, que la « elevación » mesiánica de Cristo por el Espíritu Santo alcanza su culmen en la Resurrección, en la cual se revela también como Hijo de Dios, « lleno de poder ». Este poder, cuyas fuentes brotan de la inescrutable comunión trinitaria, se manifiesta ante todo en el hecho de que Cristo resucitado, si por una parte realiza la promesa de Dios expresada ya por boca del Profeta: « Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, ... mi espíritu », (Jn 7,37-39);(Jn 19,34) cumple su misma promesa hecha a los apóstoles con las palabras: a Si me voy, os lo enviaré ». Es él: el Espíritu de la verdad, el Paráclito enviado por Cristo resucitado para transformarnos en su misma imagen de resucitado.
« Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús repitió: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo" ». (Jn 20,19-22)
El Evangelio de San Juan es elocuente, especialmente si los releemos con referencia a las palabras pronunciadas en el mismo Cenáculo al comienzo de los acontecimientos pascuales. El triduo sacro de Jesús, que el Padre ha consagrado con la unción y enviado al mundo alcanza su cumplimiento. Cristo, que « había entregado el espíritu en la cruz » como Hijo del hombre y Cordero de Dios, una vez resucitado va donde los apóstoles para « soplar sobre ellos » con el poder del que habla la Carta a los Romanos. (Rom 1,4) La venida del Señor llena de gozo a los presentes: « Su tristeza se convierte en gozo », como ya había prometido antes de su pasión. Sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, « trae » el Espíritu Santo a los apóstoles. Da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos y el costado ». En virtud de esta crucifixión les dice: « Recibid el Espíritu Santo ».( Jn 16,20).
Establece una relación profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el envío del Espíritu Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: « Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ». ( Jn 16,7) Se establece también una relación íntima entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del Hijo, en cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención: « Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ». (Jn 16,15) La Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas en la historia del mundo por el Espíritu Santo.
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