
La sensibilidad humana que tiene su raíz en el espíritu, es motivo de profundo gozo al ver que, unidos a las huellas que en todo deja necesariamente el tiempo, el patrimonio cultural, particularmente en este mundo, sigue siendo bello.
Gracias a la sensibilidad que, particularmente a lo largo de los últimos decenios, se ha ido difundiendo en amplios sectores de la sociedad como consecuencia de la elevación del nivel cultural, del fenómeno turístico y de la presión benéfica que en muchos casos han ejercido las diversas asociaciones culturales que entienden que el patrimonio cultural es signo de la propia identidad y síntesis de las propias raíces históricas, religiosas y culturales.
Es innegable que el patrimonio cultural no podría comprenderse ni apreciarse en justicia y en todo su valor si se le extrae de su realidad histórica, del contexto de la indisoluble presencia y acción evangelizadora y promotora de la Iglesia a favor del ser humano en su integralidad, del ser humano conformado por cuerpo y alma, del ser humano, miembro de la Iglesia y, al mismo tiempo, miembro de la sociedad civil.
La Iglesia está, en efecto, indisolublemente unida al origen y al presente del gran patrimonio cultural reconoce que la humanidad se halla frente a una revolución cultural, conformada por obras y monumentos que han tenido su origen, muchos de ellos, en la acción evangelizadora: bienes que surgieron de un impulso teologal, nacidos al calor de la fe y para la gloria de Dios. Nadie puede explicar el origen de nuestras catedrales, de nuestros templos, de nuestros retablos si sólo considera móviles estéticos o decorativos y si no tiene presente una naturaleza y una finalidad eminentemente religiosa en los promotores y bienhechores, en los maestros y artesanos, convencidos de que Dios se merece lo mejor.
El origen de los tesoros artísticos creados por la Iglesia, ha efectivamente tenido siempre una finalidad evangelizadora. La cultura presenta necesariamente un aspecto histórico, social, y la voz cultura asume un significado sociológico y etnológico.
A partir de la distinta forma de hacer uso de las cosas, de trabajar, de expresarse, de practicar la religión, de cultivar la belleza se han originado los distintos estilos de vida y diversas escalas de valores, las verdades de la fe a través de la belleza.
El ser humano llega a un nivel verdadero y plenamente humano, la Iglesia recuerda a todos que la cultura debe ser subordinada a la perfección integral del ser humano, al bien de la comunidad y de la sociedad humana entera.
La belleza nacida de la fe manantial límpido y fecundo del Evangelio, cultiva el espíritu de tal manera que se promueve la capacidad de admiración, intuición, contemplación y de formarse un juicio personal.
La cultura se concreta en obras de creación humana, y en la interiorización o apropiación de las pautas culturales por parte de los individuos de los grupos. La cultura siempre está inserta en la tradición histórica de un pueblo, su crecimiento y progreso tiene como límites la condición histórica. Toda cultura en su historicidad es encuentro con el otro, por ser histórica y social implica una relación, que forzosamente es de lenguaje en su sentido amplio como posibilidad de comunicación.
Este puede ser el camino de otros hombres y mujeres de buena voluntad que se acercan a estos bienes culturales. En sentido de las cosas y actitud ante la vida, con toda la carga de racionalidad, de sentimiento, toca a nosotros tenderles la mano para que la belleza visible sea camino y sacramento de encuentro con la belleza invisible de Dios, en Cristo Jesús que, como afirma felizmente el concilio Vaticano II, es «centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones
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