domingo, 18 de julio de 2010

Rocío de Luz

Oh Jesús, cuando estabais en la tierra como viajero, habéis dicho:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro
descanso.» Oh poderoso monarca de los cielos, sí, mi alma encuentra reposo
viéndoos revestido bajo la forma y naturaleza de esclavo (Fl 2,7),
abajándoos hasta lavar los pies a los apóstoles.
Es entonces cuando nos recuerda estas palabras que habéis pronunciado para enseñarnos a
practicar la humildad: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con
vosotros, vosotros también lo hagáis; el criado no es más que su amo.
Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13,
15-17). Comprendo, Señor, estas palabras salidas de vuestro corazón manso.
Jesús no fue menos exigente: el mismo limpio a sus apóstoles solamente quiso que aceptaran humildemente que su Señor les lavara los pies. Este acto nos recuerda a la vez los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia .En el se unen lazos de humildad y de misericordia,misericordia que es el segundo nombre del amor, tanto del que purifica como de los que son purificados. En adelante los apóstoles harán lo que hizo su Señor una primera vez, El los envía en su nombre para esto. Ellos serán los que darán el primer paso para purificar a quienes se acercan a la Cena del Señor, adopción como hijos de Dios y, en concecuencia, de la fraternidad. Aquí encontramos siete veces la Palabra Señor, comprendemos, que Jesús al lavar los pies hizo un gesto significativo que podía enseñarnos, mejor que cualquier otro como

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