
Una conversión es perfectamente descrita por Jesús en la parábola del tesoro escondido: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo esconde de nuevo; después va, lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra ese campo». En otras palabras: es necesario haber encontrado el tesoro para tener la fuerza y la alegría de vender todo. Primero hay que haber encontrado a Dios; después se tendrá la fuerza de vender todo. Y esto se hará «llenos de gozo», como el descubridor del que habla el Evangelio sucedió en el caso de la pecadora del Evangelio, en el caso de Francisco de Asís. Ambos encontraron a Jesús y es esto lo que les ha dado la fuerza de cambiar.
En el caso de la pecadora del Evangelio y de Francisco , era diferente en apariencia, en el exterior, pero en profundidad era el mismo. La mujer y Francisco, como todos nosotros, estaban en busca de la felicidad y se percataban de que la vida que llevaban no les hacía felices, dejaba una insatisfacción y un vacío profundo en sus corazones.
El Evangelio libera al ser humano de todo lo que empequeñece su horizonte y le hace conocer que no hay otra obligación sino la de servir e imitar al Hijo de Dios. Dios deja que nosotros trabajemos, y perseveremos largos años para hacer nuestro ese tesoro, hay que despojarse de costumbres, diversiones,ambiciones y todo lo que acupaba nuestra vida sin llenarla, por ello no dejemos pasar la ocasión cuando el Reino viene a nosotros.
La conversión es el camino a la felicidad y a una vida plena. No es algo penoso, sino sumamente gozoso. Es el descubrimiento del tesoro escondido y de la perla preciosa.
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