
Es preciso pasar por el desierto y permanecer en él para recibir la
gracia de Dios; es allí donde uno se vacía, donde uno echa fuera de sí todo
lo que no es Dios y vacía completamente esta pequeña casa de nuestra alma
para dejar todo el espacio para Dios solo. Los Hebreos pasaron por el
desierto, Moisés vivió en él antes de recibir su misión, también san Pablo
y san Juan Crisóstomo se prepararon en el desierto... Es un tiempo de
gracia, es un período por el que toda alma que quiere dar frutos debe
necesariamente pasar. Le es necesario ese silencio, ese recogimiento, ese
olvido de todo lo creado, en medio de los cuales Dios establece su reinado
y forma en ella el espíritu interior: la vida íntima con Dios, el diálogo
del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad. Más tarde el alma
dará frutos en la medida exacta en que el hombre interior se habrá formado
en ella (Ef 3,16)... Sólo se da lo que se es y lo que se
tiene en esta soledad, en esta vida solo con Dios solo, en ese recogimiento
profundo del alma que lo olvida toda para vivir sola en unión con Dios, y
Dios se da enteramente todo aquel que se da enteramente a él. Daos
enteramente a él solo... y se os dará enteramente... Mirad a san Pablo, san
Benito, san Patricio, san Gregorio Magno, y tantos otros, ¡qué largos
tiempos de recogimiento y de silencio! Subid más arriba: mirad a san Juan
Bautista, mirad a Nuestro Señor. Nuestro Señor no tenía necesidad de ello,
pero quiso darnos ejemplo.
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