miércoles, 4 de julio de 2012

Emular

"He aquí, estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré a é1 y cenaré con é1 y é1 conmigo" (Ap. 3:20) Estas palabras del Salvador hablan de que Dios, a cada ser humano, le ofrece el don de la fe, pero el ser humano es libre de recibir o rechazar el don de Dios.
Dios tiene piedad de aquellas personas que están indecisas, no por terquedad, sino a causa de la debilidad de sus fuerzas espirituales, de su inexperiencia. A las personas que buscan la verdad y que sufren por su escasa fe, El Señor les ayuda a obtener la fe. Así, por ejemplo, el Señor Jesucristo tuvo compasión del desesperado padre del muchacho endemoniado, que exclamó: "Creo, Señor ayuda mi incredulidad," y curó a su hijo enfermo (Mc. 9:24). Tuvo compasión también del apóstol Pedro, el cual se asustó de la tormenta y se empezó a hundir. Habiéndole dado la mano al apóstol Pedro, el Señor le reprendió levemente, diciendo "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mt. 14:31). El Señor tampoco rechazó al hombre de poca fe Tomás. "Tu creíste porque viste. Bienaventurados los que sin ver, creyeron" (Jn. 20:29). En otras palabras, la fe fundamentada en experiencias exteriores tiene poco valor; no es propiamente fe, sino conocimiento común. La fe verdadera nace de la experiencia interior. Esta fe exige sensibilidad, entusiasmo espiritual, y por esa razón es merecedora de elogio.
Pero vemos una completa contraposición a esta búsqueda de la fe en los escribas y fariseos judíos de los tiempos de Cristo. Ellos decididamente no querían creer en Jesucristo como el Mesías enviado por Dios. Nada hizo cambiar su falta de fe. Ni el cumplimiento en Cristo de las antiguas profecías, ni sus innumerables milagros y resurrección de muertos, ni los signos en la naturaleza, ni tampoco el milagro de la Resurrección de Cristo. Al contrario, con cada nuevo milagro de Cristo ellos se enfurecían y lo hostilizaban aún más.
De esta manera, y si ni siquiera Cristo pudo despertar fe en aquellos que no querían creer, ¿será acaso asombroso que en nuestro tiempo existan conscientes y persistentes ateos? Ellos afirman que no creen porque no ven milagros. Pero la verdadera razón de su incredulidad consiste no en la ausencia de milagros, que diariamente se realizan, sino en la dirección negativa de su voluntad. Ellos simplemente no quieren que Dios exista.
El problema de la incredulidad está estrechamente ligado al pecaminoso deterioro de la naturaleza humana. El hecho es que la fe sujeta al ser humano a una determinada manera de vivir. La fe contiene su ansias y su codicia, lo llama a superar el egoísmo, a vivir moderadamente, a hacer el bien, incluso a sacrificarse. Entonces, cuando el ser humano antepone sus pasiones a la voluntad de Dios, cuando pone más alto su propio bien y no el bien ajeno, entonces el hombre va a rechazar de todas las maneras posibles cada argumento en favor de la fe. El Salvador señaló que la mala voluntad es la principal razón de la incredulidad, cuando dijo: "Porque todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios" (Juan 3:20-21).
Sin embargo, si el ser humano tiene poder para reprimir en sí mismo su fe, entonces también el hombre es capaz de fortalecer su fe. Volviendo otra vez al Evangelio, encontramos en la Escritura ejemplos de fe ardiente, por ejemplo el soldado romano, la mujer cananea que sangraba, los ciegos de Jericó, y muchos otros. El Señor llamaba la atención de sus seguidores para que emularan la fe de estas personas. En consecuencia, está en nuestro poder la posibilidad, con la ayuda de Dios, de reunir y dirigir nuestras fuerzas espirituales hacia un fortalecimiento de nuestra fe. La fe, como todo lo bueno, demanda esfuerzos. Es por eso que, se promete por ella una recompensa: "El que creyere y fuere bautizado será salvo" (Mc. 16:16).

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