martes, 28 de agosto de 2012

Imagen

La imagen de la semilla, es una semilla particular, el grano de mostaza, considerado el más pequeño de todas las semillas. A pesar de lo pequeño, sin embargo, está lleno de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el suelo, de salir a la luz solar y de crecer hasta convertirse en "la más grande de todas las plantas del jardín" ( Mc. 4,32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su fuerza. Así es el Reino de Dios: una realidad humana pequeña, compuesta por quien es pobre de corazón, por quien no confía solo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quien no es importante a los ojos del mundo; no obstante, a través de ellos irrumpe el poder de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.
La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa claramente el misterio del Reino de Dios. En las dos parábolas de hoy esto representa un "crecimiento" y un "contraste": el crecimiento que se produce debido al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el Reino de Dios, incluso si requiere nuestra cooperación, es ante todo un don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si entra en aquella de Dios no teme a los obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace que todas las semillas germinen y hace crecer cada semilla de bien diseminada en el suelo. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. La Virgen María, quien ha escuchado como "tierra buena" la semilla de la Palabra de Dios, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

jueves, 23 de agosto de 2012

Acontecimiento

La práctica religiosa promueve una familia unida, creyente, estable, y descarta el relajo afectivo sexual, el adulterio y el divorcio, el aborto; la práctica religiosa va en contra de toda forma de maldad: el crimen, el flagelo de la droga, el terrorismo la guerra y la violencia . Por ello los católicos hemos de pedirle a Dios la renovación espiritual y moral. “Pueblo de Dios, escucha y anuncia el Evangelio”, para invitar a todos/as abrir los corazones a Jesucristo, a fin de que todos podamos gozar de la dicha de la fe, como María, Madre del Divino Pastor y Madre nuestra.
A ella, con gran confianza, encomendamos esta hora de nuestra Iglesia y de nuestra Patria, poniendo en sus manos la misión, con el cual se proclamará con fuerza el nombre y el amor de Jesucristo, y se renovará la vida de nuestra Iglesia
Demos gracias a Dios por nuestra fe, por la alegría de creer en Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo, que es puro amor. Demos gracias a Dios por habernos dado como madre amorosa a la Madre de su Divino Hijo, el Buen Pastor. Demos gracias a Dios por nuestra condición cristiana de hijos de Dios, discípulos de Jesucristo, y miembros de la Santa Iglesia católica.
Oremos al Señor para que, siguiendo a Jesucristo, nuestro gran Dios y salvador, nos convirtamos realizando la renovación espiritual, religiosa y moral que tanto necesitamos . Oremos por cada uno de nosotros para que, escuchando y cumpliendo la Palabra de Dios, gocemos como María Santísima, de la dicha, la alegría de la fe. Oremos por la necesidad muy grande el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Oremos por nuestra amada Patria, para que seamos fieles al Señor, como hijos y miembros de nuestra Santa Iglesia Católica. Y oremos para que el Señor bendiga abundantemente este gran proyecto de renovación religiosa, espiritual y moral, estructural, comunitaria y personal, que será la Gran Misión Continental Evangelizadora.
En la Eucaristía, ante los pies de María Santísima reafirmemos nuestra fe, y hagamos el propósito de seguir siempre a Jesucristo, como lo hizo María Santísima. Y fortalezcamos nuestra pertenencia a la Santa Iglesia Católica, unidos todos como hermanos en torno al Papa y a los Obispos del mundo entero. AMEN.
Se estudia en estos días la corresponsabilidad eclesial y social. A este respecto, Benedicto XVI afirma en su mensaje que este “es un tema de gran relevancia para el laicado”, precisamente en la inminencia del Año de la Fe y la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización.
“La corresponsabilidad afirma el pontífice en su mensaje exige un cambio de mentalidad referido, en especial, al papel de los laicos en la Iglesia, que deben ser considerados no como 'colaboradores' del clero, sino como personas realmente 'corresponsables' del ser y del actuar de la Iglesia. Es importante, por tanto, que se consolide un laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica a la misión eclesial, en el respeto de los ministerios y de las tareas que cada uno tiene en la vida de la Iglesia y siempre en cordial comunión con los obispos”.
El papa exhorta a los participantes a profundizar y vivir un “espíritu de comunión profunda con la Iglesia, característica de los inicios de la Comunidad cristiana”.
Les pide que sientan como suyo “el compromiso a trabajar por la misión de la Iglesia: con la oración, con el estudio, con la participación activa en la vida eclesial, con una mirada atenta y positiva hacia el mundo, en la continua búsqueda de los signos de los tiempos” y que no se cansen de afinar cada vez más por medio de la formación su peculiar vocación de fieles laicos “llamados a ser testigos valientes y creíbles en todos los ámbitos de la sociedad, para que el Evangelio sea luz que lleva esperanza en las situaciones problemáticas, de dificultad, de oscuridad, que los hombres de hoy encuentran a menudo en el camino de la vida”.

Benedicto XVI les recuerda también que sus asociaciones de Acción Católica “pueden enorgullecerse de una larga y fecunda historia, escrita por valientes testigos de Cristo y del Evangelio, algunos de los cuales han sido reconocidos por la Iglesia como beatos y santos”.
Por ello, les hace una llamada a la santidad y a una vida “trasparente”, “guiada por el evangelio e iluminada por el encuentro con Cristo, amado y seguido sin temor”.
Y concluye exhortándoles a asumir y compartir “las opciones pastorales de las diócesis y de las parroquias, favoreciendo ocasiones de encuentro y de sincera colaboración con los otros integrantes de la comunidad eclesial, creando relaciones de estima y comunión con los sacerdotes, por una comunidad viva, ministerial y misionera”, así como a cultivar “relaciones personales auténticas con todos, empezando por la familia”, ofreciendo su disponibilidad “a la participación a todos los niveles de la vida social, cultural y política teniendo siempre como objetivo el bien común”
En todo el mundo la Iglesia presta particular atención a la juventud y muchos jóvenes encuentran en la Iglesia un lugar privilegiado donde vivir y crecer. En las parroquias, en los movimientos y comunidades, los jóvenes encuentran verdaderos amigos y aprenden juntos a descubrir el sentido de la vida. Todo esto es fruto del encuentro con Cristo en la Iglesia; porque, como ha escrito el Papa Benedicto: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.» (Deus Caritas esl, 1) Esta persona es Jesús a quien reconocemos como Cristo, es decir, como Salvador. Solo el encuentro con El nos abre a un futuro nuevo.  Alegra profundamente que como tema se haya escogido: “Encontráte con Cristo, tu vida cambiará”. ¡Abran verdaderamente sus corazones a Cristo! ¡Escuchen su Palabra! Él es el Buen Pastor que los guiará a vivir una vida buena y útil. Acepten convertirse diariamente para seguirlo mejor, Él nunca los decepcionará. Tengan confianza en Él y en los pastores que les ha mandado: sus obispos y sacerdotes, sus responsables de pastoral juvenil.
Como lodos saben, el Santo Padre ha invitado a los jóvenes de todo el mundo a las Jornadas Mundiales de la Juventud en Río de Janeiro en julio del 2013. Espero de todo corazón que también los jóvenes de Uruguay puedan participar en este momento de gracia. Los invito a prepararse a esta próxima JMJ meditando en sus grupos el tema “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones” (Mt 28, 19). Los obispos de América Latina reunidos en Aparecida, Brasil en 2007 lanzaron a toda la Iglesia a una misión continental. Ustedes, jóvenes, son los misioneros del Evangelio para los demás jóvenes de su país. La Iglesia los envía en misión en nombre de Cristo. ¿Quién mejor que ustedes puede anunciar el amor de Cristo a sus contemporáneos? Oren y busquen juntos como mejor responder a esta misión. Y recibirán la inmensa alegría de ver surgir y crecer entre sus amigos nuevos discípulos de Jesús.

Visitación

El bellísimo relato de la visitación de María a su prima Santa Isabel. En ese encuentro sagrado y lleno de amor, en el cual se manifiesta la inmensa caridad de María hacia su prima que se encontraba en trance de un parto difícil, Santa Isabel bendice a Dios y alaba a Nuestra Señora por el privilegio maravilloso de haber sido escogida para ser la madre del Mesías, el Hijo de Dios, nuestro salvador. En ese diálogo inspirado por Dios, Isabel dice a María: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc. 1, 45).
Sí, queridos hermanos/as: María acogió el anuncio del ángel de que sería la madre de Jesús con una fe intensa, con docilidad, con espíritu de confianza y obediencia. Ella dice al Angel: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu Palabra”, dándonos a todos nosotros ejemplo de fe viva, de entrega confiada en las manos de Dios, de obediencia a su santísima voluntad. Y por ello Isabel le dice esas reconfortantes palabras: “Feliz tú que has creído”. María es la Divina Pastora porque creyó en el Señor; ella fue feliz por su fe, por creer en Dios, por aceptar su santa voluntad, por vivir según su Palabra y cumplir sus mandamientos.
¡Qué alegría, mis queridos hermanos, saber que también nosotros poseemos la felicidad de la fe! ¡Así es, en efecto! Dios hace felices a quienes creemos en El, a quienes sabemos que El es amor, que nos ama tanto que nos ha entregado su Hijo único para que tengamos vida y vida abundante. Por ello podemos decir: ¡felices los que creemos en Dios y en la Virgen!; dichosos nosotros, que, por la fe y el bautismo hemos sido revestidos de la gloriosa condición cristiana, la cual consiste, fundamentalmente, en ser hijos de Dios, discípulos de Jesucristo, y, con María Santísima, miembros de nuestra Santa Iglesia católica.
En medio de las dificultades de la vida, que a todos nos aquejan, en medio de los problemas, en las actividades de la rutina diaria, nosotros podemos tener una inmensa felicidad, la felicidad que Jesús promete a quienes vivimos las bienaventuranzas, a quienes escuchamos y cumplimos su Palabra, como El mismo nos dice: “Felices los que escuchan y cumplen la palabra de Dios” (Lc 11, 28).
¡Feliz la Costa Rica cristiana y católica!; felices nosotros cuando seguimos a Jesucristo e imitamos a María; cuando cumplimos los mandamientos, cuando rechazamos el pecado en todas sus formas: la impiedad y la indiferencia religiosa; la soberbia y la violencia, la codicia y la lujuria, es decir, el relajo afectivo sexual. ¡Felices cuando vivimos nuestra fe .
Hermanos, la extraordinaria manifestación de fe cristiana en la Eucaristía,debemos concretarla cada uno de nosotros en una fidelidad real a Dios, a Jesucristo. Debe concretarse en el rechazo al pecado, en el propósito de conversión, de vivir una vida virtuosa, rechazando los vicios, las pasiones, y la mediocridad religiosa. No podemos decir que amamos a Dios y a María,  si no vivimos de acuerdo a la Palabra de Dios, si no cumplimos los mandamientos. Recordemos la contundente expresión de Jesucristo: “No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará al Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7, 21). Por eso los invito a realizar el firme y saludable propósito de conversión, de seguir y obedecer a Jesucristo, de imitar a María en el cumplimiento de la Palabra de Dios, los Mandamientos de la Ley de Dios.
¡Felices nosotros, que creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que sabemos que El nos ama, que queremos seguir a Jesucristo, que pertenecemos a la Santa Iglesia Católica, que tenemos como madre espiritual a la mismísima Madre de Dios!. Los invito a apreciar y a dar gracias a Dios en este momento por nuestra gloriosa condición cristiana: ¡Gracias, Señor por el don de la fe; gracias Señor por la Divina Pastora; gracias, Señor, por incorporarnos a la Iglesia Católica!
FORTALECER LA UNIDAD DE LA IGLESIA
Por la fe y el Bautismo entramos a pertenecer al Pueblo santo de Dios que es la Santa Iglesia Católica. Es una gracia, un privilegio que nosotros, los católicos debemos apreciar intensamente. Porque de la Iglesia recibimos el mensaje evangélico de salvación; porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo, porque María es la Madre de la Iglesia. Porque es en la Iglesia donde recibimos el Bautismo y encontramos el tesoro maravilloso de los sacramentos de vida y salvación.
Pertenecemos a la comunidad de más de mil cien millones de católicos en el mundo que profesamos la fe en Jesucristo, que acogemos a María Santísima como Madre de Dios y madre nuestra; que estamos congregados en torno al Papa y a los Obispos, que son los únicos legítimos y auténticos pastores del pueblo de Dios.
Y es muy importante que apreciemos esa pertenencia, y fortalezcamos nuestra unidad eclesial. En el mundo entero, con tantas fuerzas disgregadoras, la Iglesia es la casa de todos, y nos ofrece la hermandad y la unidad de la fe, del amor y de la gracia sacramental. Y tenemos en ella el don de la enseñanza auténtica del Evangelio de Jesucristo, proclamado autorizadamente por el Papa y los Obispos, sucesores de los apóstoles, a quienes el Señor dijo: “quien a vosotros escucha a mí me escucha”(Lc 10, 16); y : “A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 23).
La maravillosa celebración eucarística, que de manera intensa, debe reflejar nuestra voluntad, nuestro deseo, de seguir a Jesucristo y nuestro amor a la Santísima Virgen, refleja también, algo muy importante: la unidad de la Iglesia. La Iglesia es “una, santa, católica y apostólica”. Aquí estamos los católicos unidos en torno a Jesucristo. ¡Sí, en torno a Jesucristo! La unidad de la Iglesia no es unidad en torno a una ideología, en torno a una simpatía política. La Iglesia está conformada por hombres y mujeres del mundo entero, de todas las naciones, razas y pueblos, de todas las condiciones sociales, y que viven en diversos sistemas políticos. Y es muy importante que subrayemos que nuestra unidad no se da en relación a una afinidad ideológica o a una propuesta política, sino en torno a Jesús, nuestro Dios y Señor. Pero además, es muy importante que reforcemos esa unidad. En momentos en que hay muchas fuerzas que quisieran debilitar la unidad de la Iglesia, los católicos debemos fortalecer nuestra unión: “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” ( Ef. 4,5). Unidos todos estrechamente los fieles católicos de cualquier condición social económica o simpatía política, con los sacerdotes, los consagrados, con el Papa y los Obispos.

martes, 21 de agosto de 2012

Filial

La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vació que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: «Envió Dios a su Hijo, para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo...» (Gal 4, 4-7; Rom 8, 15).
La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su Corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano «piadoso» siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto el se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.
El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.
Invoquemos del Espíritu Santo una renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de Maria, modelo sublime de ferviente oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia en las Letanías lauretanas Saluda como Vas insignae devotionis, nos ensetie a adorar a Dios «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23) y a abrirnos, con corazón manso y acogedor, a cuantos son sus hijos y, por tanto, nuestros hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la «Salve Regina»: «i... 0 clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria.

Iluminar

 Los dones del Espíritu Santo, hoy tomamos en consideración el don de consejo. Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone.
Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina «reconstrucción de las conciencias». Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos.
 La recuperación moral la Iglesia debe estar y está en primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus miembros  de todos nosotros para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos. Y en realidad la experiencia confirma que «los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas», como dice el Libro de la Sabiduría (9, 14).
El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma ( San Buenaventura, Collationes de septem don is Spiritus Sancti, VII, 5). La conciencia se convierte entonces en el «ojo sano» del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor que hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil. El cristiano, ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña ( Mt 5-7).
Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados tan a menudo, en virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.
Pidámoslo por intercesión de Aquella a quien saludamos en las letanías como Mater Boni Consilii, la Madre del Buen Consejo.

viernes, 17 de agosto de 2012

Asume

Ser feliz no es nada fácil.
Un buscador infatigable de la felicidad, sólo al final de sus días encontró que, dentro de sí mismo, en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado.

Comprendió que para ser feliz se necesita amar; aceptar la vida como viene; disfrutar de lo pequeño y de lo grande; conocerse a sí mismo y aceptarse así como uno es; sentirse querido y valorado, pero también querer y valorar; tener razones para vivir y esperar… y también razones para morir y descansar.

Entendió que la felicidad brota en el corazón, con el rocío del cariño, la ternura y la comprensión. Que son instantes y momentos de plenitud y bienestar; que la felicidad está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior.

Finalmente descubrió que cada edad tiene su propia medida de felicidad y que sólo Dios es la fuente suprema de la alegría, por ser Dios amor, bondad, reconciliación, perdón y donación total.
Y en su mente recordó aquella sentencia que dice: “¡Cuánto gozamos con lo poco que tenemos, y cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos!"

Ser feliz, es una actitud.

Todos conocemos las bienaventuranzas, esas palabras tan hermosas que nos dijo Jesús en el Sermón de la Montaña. Sin embargo, no todos conocemos y practicamos las Bienventuranzas del Siglo XXI:
•  Felices los que saben reírse de sí mismos, porque nunca terminarán de divertirse.
•  Felices los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque evitarán muchos inconvenientes.
•  Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas, porque llegarán a ser sabios.
•  Felices los que saben escuchar y callar, porque aprenderán cosas nuevas.
•  Felices los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio, porque serán apreciados por quienes los rodean.
•  Felices los que están atentos a las necesidades de los demás sin sentirse indispensables, porque serán portadores de alegría.
•  Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas y con tranquilidad las cosas grandes, porque irán lejos en la vida.
•  Felices los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desprecio, porque su camino estará pleno de sol.
•  Felices los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar, porque no se turbarán en lo imprevisible.
•  Felices los que saben callar y ojala sonreír cuando se les quita la palabra, se los contradice o cuando les pisan los pies, porque el amor comienza a penetrar en su corazón.
•  Felices los que son capaces de interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, porque conocen el valor de la caridad.
•  Felices los que saben reconocer al Señor en todo lo que encuentran, porque habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.

Si tienes fe en Dios, asume el compromiso de ser cada día más bueno, más humilde, más justo, y podrás cumplir todos los compromisos adquiridos. Él te apoyará y nunca estarás solo, y serás feliz en esta tierra, y lo que es mejor, en la vida

Bálsamo

La sociedad contemporánea nos ha intoxicado con la idea o la creencia de que las cosas se consiguen de forma rápida y cómoda. Todo está centrado alrededor del consumismo, de donde se desprende, que basta meter una moneda en la máquina, pulsar un botón y tener en mis manos una Coca Cola fresca...; quiere hacernos creer que la vida es tan fácil como el internet, pulso una tecla y ya me encuentro navegando por todos los museos o por las islas más exóticas del mundo... Todos sabemos que la vida es mucho más compleja que esto, aunque parece que nuestra sociedad nos facilita todo.

Se nos dan libros de instrucciones y manuales de procedimientos para casi todo, y así, antes de meter al microondas un paquete de palomitas,  leo las instrucciones y veo que tal parte de la bolsa tiene que ir hacia abajo, y por un tiempo de no más de 3 minutos..., todo son instrucciones; sin embargo, no existen instrucciones para salvar un alma, para llegar al cielo, para realizar la gran Misión que tienes la gran empresa que está en tus manos y que al final es la única que vale la pena, SALVAR TU ALMA«¡Viva Cristo Rey!».
Los recuerdos me acompañarán a la tumba,
y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia todos /as. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos en Él.

Por eso, aunque en los últimos días Dios será mi luz y mi anhelo, no impide que los recuerdos de  personas más queridas  acompañen hasta la muerte.

Mi vida ha sido asistida por muchos sacerdotes y religiosas que, cual bálsamo benéfico, van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro la muerte de cara y en verdad no me asusta ni le temo. En el tribunal de los seres humanos será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto; y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme, me dan la verdadera vida; y al condenarme por defender siempre los altos ideales de mi religión y mi familia, me abren de par en par las puertas de los cielos.Mis restos cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo de amor , y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará.
No olviden que desde el cielo les miro, procuremos ser modelo de cristiano/a, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenales, si no acertamos a salvar el alma.

Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia, y para ti, todo mi amor sublimado en las horas de la muerte.Que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.

Sé fuerte y rehace tu vida, tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad.

Ensancha

Eucaristía y generosidad Es el sacramento de la máxima generosidad de Dios, que nos llama e invita a nuestra generosidad con Él y con el prójimo.  
 La generosidad es la virtud de las almas grandes, que encuentran la satisfacción y la alegría en el dar más que en el recibir. La persona generosa sabe dar ayuda material con cariño y comprensión, y no busca a cambio que la quieran, la comprendan y la ayuden. Da y se olvida que ha dado. El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con mayor capacidad de amar. Cuanto más damos, más nos enriquecemos interiormente.

¿Con quién tenemos que ser generosos? Con todos. Con Dios. Con los demás, sobre todo con los más necesitados.

Manifestaciones de una persona generosa.
•  Sabe olvidar con prontitud los pequeños agravios.
•  Tiene comprensión y no juzga a los demás.
•  Se adelanta a los servicios menos agradables del trabajo y de la convivencia.
•  Perdona con prontitud todo y siempre.
•  Acepta a los demás como son.
•  Da, sin mirar a quién.
•  Da hasta que duela.
•  Da sin esperar.
Generoso es Dios que nos ofrece este banquete de la eucaristía y nos sirve, no cualquier alimento, sino el mejor alimento: su propio Hijo. Generoso es Dios porque no se reserva nada para Él.

Generoso es Dios en su misericordia al inicio de la misa, que nos recibe a todos arrepentidos y con el alma necesitada. Generoso es Dios cuando nos ofrece su mensaje en la liturgia y lo va haciendo a lo largo del ciclo litúrgico.

Generoso es Dios cuando considera fruto de nuestro trabajo lo que en realidad nos ha dado Él; pan, vino, productos de nuestro esfuerzo. Generoso es Dios cuando no mira la pequeñez y mezquindad de nuestro corazón al entregarle esa poca cosa, y Él la ennoblece y diviniza convirtiéndola en el cuerpo y la sangre de su querido Hijo.

Generoso es Dios que nos manda el Espíritu Santo para que realice ese milagro portentoso. El Espíritu Santo es el don de los dones. Generoso es Dios cuando acoge y recibe todas nuestras intenciones, sin pedir pago ni recompensa. Generoso es Dios cuando nos ofrece su paz, sin nosotros merecerla.

Generoso es Dios cuando se ofrece en la Comunión a los pobres y ricos, cultos e ignorantes, pequeños, jóvenes, adultos y ancianos. Y se ofrece a todos en el Sagrario como fuente de gracia.

Generoso es Dios, que va al lecho de ese enfermo como viático o como Comunión, para consolarlo y fortalecerlo. Generoso es Dios que está día y noche en el Sagrario, velando, cuidándonos, sin importarle nuestra indiferencia, nuestras disposiciones, nuestra falta de amor.

Generoso es Dios que se reparte y se comparte en esos trozos de Hostia y podemos partirlo para que alcance a cuántos vienen a comulgar. Es todo el símbolo de darse sin medida, sin cuenta, y en cada trozo está todo Él entero. Generoso es Dios que no se reserva nada en la eucaristía.

Y en todas partes, latitudes, continentes, países, ciudades, pueblos, villas que se esté celebrando una misa, Él, omnipotente, se da a todos y todo Él. Y no por ser un pequeño pueblito escondido en las sierras deja de darse completamente. ¿Puede haber alguien más generoso que Dios?
Eucaristía, hemos venido trayendo también nuestra vida, con todo lo que tiene de luces y sombras, y se la queremos dar toda entera a Dios. Le hemos dado nuestro tiempo, nuestro cansancio, nuestro amor, nuestros cinco panes y dos pescados, como el niño del evangelio. Es poco, pero es lo que somos y tenemos.

Hemos venido con espíritu generoso para dar, en el momento de las lecturas, toda nuestra atención, reverencia, docilidad, obediencia, respeto. En el momento del ofertorio hemos puesto en esa patena todas nuestras ilusiones, sueños, alegrías, problemas, tristezas. En el momento de la colecta se nos ofrece una oportunidad para ser generosos. En el momento de la paz se nos ofrece una oportunidad para saludar a quien tal vez está a nuestro lado y hace tiempo que no saludamos. Salimos con las manos llenas para repartir estos dones de la eucaristía.
 La Eucaristía es el sacramento de la máxima generosidad de Dios, que nos llama e invita a nuestra generosidad con Él y con el prójimo. Jesús eucaristía, abre nuestro corazón a la generosidad.

Dorado

México tuvo una actuación histórica, ganando por primera vez la medalla de oro en fut-bol, el deporte más popular en nuestro país y del mundo, también  por primera vez dos mexicanas subieron al podio (al mismo tiempo), y por primera vez dos mexicanas se convirtieron en multimedallistas olímpicas;   con ello este grupo de jóvenes nos han demostrado que mediante la constancia, la disciplina pero sobre todo la voluntad se puede ser un triunfador.
México es una nación inmensamente rica, pero no nos hemos dado cuenta que su riqueza no radica en los millones de pesos o de dólares que pueda tener la nación en sus reservas; históricas por cierto también hoy, la verdadera riqueza esta en el enorme potencial que tiene cada uno de sus 120 millones de personas que viven y sienten  palpitar día a día a esta gran Nación.
No hay que negar, sin embargo que el desarrollo en lo general en estos juegos olímpicos fue simplemente mediocre para México; sin demeritar el esfuerzo de quienes  ganaron por sus méritos y con los honores que merece su talento y esfuerzo, pero no es correcto caer en la banalidad de las  complacencias, 7 medallas son  con las que México concluyo esta olimpiada, con tan solo 07 medallas (una de oro, tres de plata y tres de bronce) en el lugar 39 y en quinto lugar en Latinoamérica, por debajo de Cuba , Jamaica, Brasil y Colombia, obtuvo exactamente las mismas medallas que República Dominicana pero con un presupuesto escandalosamente 24 veces mayor que ese país caribeño, pero con los mismos resultados.
No podemos negar que algo está mal en la creación de talentos deportivos, porque en un país de más 120 millones de personas con una diversidad cultural impresionante, no es posible que no se destaque en otros deportes, países como España con 47 millones de personas, lo han hecho bien y mucho mejor, Corea del Sur,  que hace treinta  años era un país muy inferior a México económicamente hablando, ahora también lo ha superado, es el 6 lugar en la tabla general del medallero.
Es probable que uno de los tantos problemas, es que los mexicanos no nos sentimos competidores de clase mundial, es decir, capaces de contender con cualquier país del mundo, pero para lograr esta clase mundial, es necesario también revisar a fondo las políticas públicas en torno al deporte, porque mientras en las escuelas se siga viendo a la educación fisca (al deporte) como una mataría de relleno, y el entrenamiento sea correr  a lo tonto en un patio de una escuela, México  seguirá tendiendo muy pocos atletas de clase mundial, y seguiremos sorprendiéndonos  con las 7 u 8 medallas, pero no daremos ese salto cualitativo en el desempeño del deporte, que es también disciplina, constancia, pero sobre todo formación para la vida.

domingo, 12 de agosto de 2012

Esperanza

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Cuando eso sucede hay noches en las que parece que el tiempo se ha detenido ha detenido y jamás veremos el amanecer... en ellas oímos el palpitar de nuestro corazón y cada latido nos duele....

Noches de negrura espiritual en las que todo parece agrandarse, nuestra pena, nuestra angustia y nuestro malestar. Nos pesa la vida y en el silencio de esa noches nos parece que no hay pena como nuestra pena.

Pero...si hay un poco de esperanza en nuestro corazón, estamos salvados. Sabemos de casos que esa gran "desesperanza" ha llegado a tal límite, a tal profundidad que no se ha encontrado otra solución que el buscar la "puerta falsa". Es el escape, el terminar con algo que pesa demasiado y el sentirse sumergido en las tinieblas de una noche "sin mañana" sin esperanza. ¡Eso fue lo que les faltó a esas vidas: La esperanza.

La Esperanza es un mañana mejor, la Esperanza es la luz que puede romper las negras sombras cuando parece que todo está perdido. Sin Esperanza no se puede vivir.Cuando hay Esperanza a pesar de la desilusión y del dolor, siempre habrá otro camino que no sea el de la desesperación y el total aniquilamiento del verdadero yo.

Es cierto que hay situaciones en la vida que son como la más oscura de las noches, noches en que las horas parecen no pasar... pero cuando hay fe, cuando sabemos que tenemos un Dios que sabe de nuestro sufrimiento, cuando nos sabemos amados por El, a pesar de que nuestro sentimiento de soledad sea inmenso, si nos dejamos arropar y abandonar en sus brazos y en los de nuestra Madre María Santísima, la Esperanza, de saber que Dios nos ama, llegará con su luz que sabe consolar.
La Esperanza, es una virtud que tenemos que cultivar como la flor más delicada y valiosa. Tres son las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, cuyo objeto directo es Dios Sin ellas es muy difícil caminar por la vida y no podemos olvidar que la Esperanza siempre será la luz en nuestras noches cuando las penas y las dificultades las hagan muy oscuras.

Correlación

Señor, ayúdame a servirte siempre y en todo. A saber vivir sostenido por tu amor, dispuesto a dejarme cribar con una confianza ilimitada en tu Providencia, por un amor apasionado y abrazado a tu cruz.
Señor, dame la generosidad para pasar mi vida sirviendo a los demás.
Aquí el Señor insiste en la correlación entre la muerte de la semilla y el "mucho fruto" que dará. El grano de trigo es él, Jesús. El fruto es la "vida en abundancia", que nos ha adquirido mediante su cruz. Esta es también la lógica y la verdadera fecundidad de toda pastoral vocacional en la Iglesia: como Cristo, el sacerdote y el animador deben ser un "grano de trigo", que renuncia a sí mismo para hacer la voluntad del Padre; que sabe vivir oculto, alejado del clamor y del ruido; que renuncia a buscar la visibilidad y la grandeza de imagen que hoy a menudo se convierten en criterios e incluso en finalidades de la vida en buena parte de nuestra cultura y fascinan a muchos jóvenes.
Queridos amigos, sed sembradores de confianza y de esperanza, pues la juventud de hoy vive inmersa en un profundo sentido de extravío. Con frecuencia las palabras humanas carecen de futuro y de perspectiva; carecen incluso de sentido y de sabiduría. Se difunde una actitud de impaciencia frenética y una incapacidad de vivir el tiempo de la espera. Sin embargo, esta puede ser la hora de Dios: su llamada, mediante la fuerza y la eficacia de la Palabra, genera un camino de esperanza hacia la plenitud de la vida. Benedicto XVI, 21 de julio de 2009.

Reflexión

Jesucristo dice: "Si el grano de trigo no muere, no dará fruto". El grano que quiera seguir como grano, que le tenga miedo a la humedad, que no esté dispuesto a desaparecer como grano, ¿cómo ha de dar fruto? Si el grano muere, nacerá una nueva planta. Si es de maíz, dará muchos elotes, que tendrán muchos granos cada uno. Pero es necesario dejar de ser grano para dar todo ese fruto.

Así, Jesucristo habría de morir para darnos un gran fruto: la salvación de nuestras almas, el perdón de los pecados, la apertura nuevamente del Cielo para nosotros, la vida eterna, la gracia santificante, recobrar nuevamente la amistad con Dios. Todo ello es parte del fruto que Jesucristo dará al morir como grano de trigo en la cruz.

Luego, inmediatamente, el mismo Jesús dice: "El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna".

Estas palabras son muy importantes para un cristiano, para un verdadero seguidor de Jesucristo, para todos aquellos que quieren imitarle en sus vidas. Él nos dice que las personas que son egoístas, que piensan en su comodidad, en su bienestar, en su placer, olvidándose de los demás no obtendrán la vida eterna. Si pasarán esta vida con placer, con comodidad, cumpliéndose todos sus caprichos, pero perderán los más importante, la vida eterna. Aquél que busca lo mejor para sí mismo, que no le importa dañar a los demás, u ofenderlos, o maltratarlos con tal de lograr sus placeres no vivirá con el Señor la vida eterna. Cambia el placer que se va pronto, que dura "nada", por toda la vida eterna.

Por el contrario, quien no se interesa por los placeres, por las comodidades, por cumplir sus caprichos y egoísmos, quien piensa en los demás, se entrega por ellos y los ama, ese alcanzará lo más importante, lo que nunca ha de acabarse: la vida eterna.

Y Jesucristo que nos dice esas palabras, es el primero en darnos el ejemplo: pues Él ha de ofrecer su vida, ha de perderla, ha de morir, para darnos la vida eterna, para perdonarnos los pecados, para darnos la salvación. "El que se aborrece a sí mismo". Nuestro Señor, un verdadero ejemplo de amor por nosotros. No le importó morir, ni sufrir tanto, ni ser despreciado, abofeteado, escupido, azotado, ridiculizado, golpeado, coronado de espinas, despreciado, crucificado y ajusticiado en la cruz, con tal de buscar nuestro bien. ¡Eso es amor! ¡Eso es amar al prójimo! ¡¡Eso es vivir la ley de Dios: amar a Dios y al prójimo! Por eso nuestro Señor será capaz de decirnos: “Ámense como yo los he amado” ¡Hasta dar la vida por los demás!

Recordemos lo que decían de los primeros cristianos hace ya dos mil años: "¡Miren cómo se aman!". Los pueblos paganos quedaban maravillados por el amor con que se trataban entre sí los cristianos y el amor con que trataban a todos los demás. El verdadero cristiano ha de ser como Jesucristo: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. ¿Acaso Jesucristo no hizo eso en la cruz por todos y cada uno de nosotros? Imitémosle.

El auténtico cristiano, el verdadero católico es quien ama al prójimo y no se preocupa de sí mismo. Tengamos cuidado de los placeres, de las comodidades, de los caprichos, de los deseos, pues lo único que hacen es convertirnos en el centro de nuestro amor: nos buscaremos a nosotros mismos.

Quien verdaderamente ama a su prójimo pensará en ellos continuamente: el esposo, en su esposa; la esposa, en el esposo; los padres, en los hijos; el ciudadano, en sus conciudadanos; el maestro, en sus alumnos; El mundo pagano se distingue por el egoísmo. El mundo cristiano se ha de distinguir por el amor. ¿Cuál mundo estamos construyendo? ¿Soy pagano o soy cristiano? El mundo pagano termina con la muerte. El mundo cristiano empieza con la vida eterna. Jesucristo muere en la cruz para perdonarnos los pecados, para darnos nuevamente la amistad con Dios, nos vuelve a abrir las puertas del Cielo, nos hace partícipes de la vida eterna, nos da su gracia. El Señor nos enseña: "El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna", y "Si el grano de trigo no muere, no dará fruto". El distintivo de todo verdadero cristiano es el amor.Sabemos que por mucho tiempo que pueda vivir un hombre en la tierra, no será más que una gota en medio de la inmensidad del océano, un punto en medio de la eternidad. ¿No será preferible dejar un poco las comodidades de aquí para entrar en la eternidad por la puerta grande?

¿Cuántas veces pensamos en ella? ¿La tenemos como una realidad? ¿O sólo es algo lejano e imaginario? Los santos mártires, como San Lorenzo, nos ponen ante los ojos el valor de la vida futura. Antes de padecer los sufrimientos a los que le sometieron ser quemado vivo reflexionó unos instantes y optó por Cristo a pesar de todo. Porque sabía muy bien qué encontraría después de su muerte.

viernes, 10 de agosto de 2012

Reacción Refractaria

Si conocemos las causas podremos entender mejor la reacción refractaria que tiene la sociedad a nuestra Fe.  “Hablemos de la Nueva Evangelización” : síntomas
a)    Postmodernidad. Es decir una sociedad afligida por el desencanto vital, el futuro ya ha llegado, no necesitamos salvarnos de nada, lo inmediato como objetivo de la vida.
b)    Neopaganismo: vuelta a las religiones naturales como un intento de escape a la posmodernidad. La divinidad pierde su sentido trascendente y se vuelve inmanencia natural. Incluso aparece un paganismo laico, que adora al estado o al poder como único garante de nuestro futuro.
c)     Realidad mediática y mediatizada. Los medios de comunicación se han convertido en nuestros ojos y entendimiento. Lo que los noticieros nos comunican, es la verdad y lo que los analistas opinan, son las razones que mueven el mundo.
d)    Evolucionismo cientifista. Si alguna persona se atreve a buscar razones que van más allá de la inmanencia, se le indica que el azar es la fuente de lo que existe y vivimos. No hay razones que nos den sentido ya que somos una casualidad en un océano de casualidades
e)     Laicismo beligerante. Intentemos dar razones trascendentes y nos daremos cuenta de la reacción inercial que se produce. Se rechaza violentamente que puedan existir alternativas al paradigma social y personal en que vivimos. Quien se atreve a contradecir el “dogma” del relativismo, es rechazado o en el mejor de los casos, desdeñado y olvidado.
f)    Espiritualidad no religiosa (New Age). En este caldo de cultivo la espiritualidad se distorsiona de manera se defiende que sea independiente de las formas religiosas. Lo importante es lo que se siente, lo subjetivo, la “paz” como vacío del ser. Armonía y belleza se definen como vacíos que permiten aceptar cualquier propuesta como válida.
g)    Religiosidad como cultura. Se asimila la religiosidad popular como una vivencia estética basada en el mito del paraíso perdido. Las manifestaciones y actos religiosos son entendidos como un legado que nos provee de identidad, igual que sucede con las piezas de los museos.
h)    Nuevos movimientos sociales. Háblese de movimientos alternativos estilo 15M o tribus urbanas diversas. Cuando se pierde la identidad personal, este tipo de colectivos son una aparente alternativa para sentir que estamos en contra de la homogenización social, además de sentirnos integrados y reconocidos. Estos movimientos también aportan objetivos colectivos a muchas personas que carecen de objetivos personales.
i)       Sincretismo religioso, entendido como un vaciamiento de razones y sentidos en pos de la unificación religiosa. El relativismo vuelve a señalar que todo tiene valor, sin indicarnos para qué vale.
j)      Nuevas mitologías, que se esconden detrás de las obras literarias, películas y series televisivas. Se crean héroes a partir de los arquetipos que antes rechazábamos y se les dota de características casi divinas o mágicas.
k)    Globalización como pérdida de identidad y sentido en un ficticio océano de alternativas personales. Nos dicen que dejemos de ser lo que somos para elegir lo que deseemos ser. Pero, tras perder nuestra identidad, se nos ofrecen sólo unas pocas alternativas socialmente bien vistas.

jueves, 9 de agosto de 2012

Consecuente

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El impulso hacia la acción nace de necesidades que piden ser satisfechas y valores que piden ser poseídos, es decir, por un dinamismo motivacional. Nadie escapa de esta realidad: todo acto de voluntad tiene un contenido y todo lo que hacemos está orientado hacia un fin, mediato o inmediato: “Los agentes motivadores son los que ponen en marcha la voluntad y la hacen realidad, fácil, bien dispuesta, capaz de superar las dificultades, frenos y cansancios propios de ese esfuerzo.
Motivación, por tanto, es ver la meta como algo grande y positivo que podemos conseguir; pero desde la indiferencia no se puede cultivar la voluntad. Quizás el problema resida en que muchas metas grandes para el ser humano son excesivamente costosas y con comienzos muy duros. Ahí entra de lleno el tema de los ideales o valores... Estar motivado significa tener una representación anticipada de la meta, lo cual arrastra a la acción...” También el dinamismo de la gracia se injerta en esta estructura psicológica humana, enriqueciéndola y potenciándola.

Nadie deseará formarse, sobre todo cuando ello implique esfuerzo y sacrificio, si no está profunda y seriamente motivado. Es verdad que pueden existir muchas y muy diversas fuerzas motivadoras. Para unos el interés vendrá del dinero, para otros de la fama, para otros del placer... Pero, ¿qué puede motivar suficientemente a una joven que inicia la vida consagrada para entregarse de lleno y perseverantemente a su propia formación? ¿Dónde encuentra una religiosa la fuerza para continuar en actitud activa de formación permanente a lo largo de los años?

El camino de la vida consagrada es arduo. Pide dedicación, constancia y disciplina. Pero conlleva, además, una serie de renuncias profundas a algunas realidades buenas y lícitas que el mundo puede ofrecer: la compañía de un esposo, la formación de una familia, una vida social interesante, quizás el ejercicio de una profesión muy atrayente, etc. La vida consagrada, y por tanto la formación que requiere, se desarrolla en un ámbito diverso, y consecuente

lunes, 6 de agosto de 2012

Nueva Primavera

La maternidad de María es una auténtica maternidad biológica, humana y natural, y, al mismo tiempo, esa maternidad es sobrenatural, tanto en la forma porque fue una maternidad virginal, como en la causa de la concepción, porque lo fue por obra del Espíritu Santo. En todo lo demás es una maternidad enteramente humana, porque el cuerpo humano de Jesús creció y se desarrolló realmente durante nueve meses en el seno virginal de María. La Virgen Madre aportó a la humanidad de Cristo todo lo que las otras madres aportan a la formación y crecimiento de sus hijos.

El concilio de Éfeso aclaró la cuestión suscitada por Nestorio en torno a la palabra Theotokos. Santa María es llamada Madre de Dios, no por engendrar a la naturaleza divina de Jesús, sino por haber engendrado su naturaleza humana, la cual está unida al Verbo en unidad de persona. No es la madre de la divinidad, pero es Madre de Dios porque la maternidad es una relación con la persona de Jesús, que es la del Verbo.

“No nació primeramente de la Virgen un hombre vulgar al quien después descendió el Verbo; sino que el Verbo de Dios unido desde el seno materno de la Virgen, se sometió a un nacimiento carnal, haciendo suyo el nacimiento de su carne (…) Se le llama a la Santa Virgen Madre de Dios, no porque haya engendrado la naturaleza del Verbo y su divinidad, sino porque de ella el Verbo se dice engendrado según la carne”. ( Segunda Carta de San Cirilo a Nestorio).

Es más, conviene recordar que el Espíritu Santo procede el Amor del Padre engendrando al Hijo. Ese Amor también se lo da eternamente al Hijo en lo que humanamente llamaríamos un vaciamiento total, da el ser al Hijo y le da su Amor, que es el Espíritu santo, el Don de Dios a Dios. El Hijo también vive ese amor recibido del Padre y espira ese Amor. También se lo da al Padre. El Espíritu Santo es el Vínculo entre el Padre y el Hijo. Cada persona vive en los otros Tres en una unión espiritual plena.

Por tanto, El enriquecimiento de María por su maternidad es grande, es más, podríamos decir con audacia, que infinito. María se introduce en la corriente trinitaria de amor. Como Hija sabe mejor qué es el amor filial de recibir la vida del Padre. Cumple la Voluntad del Padre como Amada. Como Esposa aprende a dar siendo su vida un don al Hijo engendrado. Como Madre sabe lo que es dar ser y darse con el cuidado y la originalidad de ser para el Hijo.

De ahí que profundizar en la vida de María, Madre de Dios y madre nuestra, sea un motivo más para apreciar la dignidad de la mujer. La maternidad ha sido elevada en María a la mayor dignidad posible pues se coloca a un nivel divino, sin dejar de ser humana.

La maternidad no es algo negativo como hoy en día se cree. La maternidad de María trae la Luz en un mundo que rechaza la maternidad. Aunque para ser sincera sigo sin comprender y no deja de sorprenderme el fenómeno de “querer” y “ir a por el niño/a” para satisfacer las propias necesidades, más que como una donación generosa.

La maternidad de la mujer se enriquece al contemplar la Maternidad de María. Ya no será algo centrado en el propio yo que se realiza en el hijo. Puede dar ser, darse y dar el propio amor. La madre es para el hijo, no el hijo para la madre. El dar se manifiesta en un gozo generoso que el egoísmo nunca puede dar. Esta es una buena base para solucionar problemas que sólo con las ciencias humanas parecen insolubles.

“Ella es la flor más bonita florecida en la creación. La ´rosa´ aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando su Hijo, ha regalado al mundo una nueva primavera”.

Puebla de los Pardos

En la mañana del 2 de agosto de 1635, en un lugar llamado "Puebla de los Pardos", en la provincia de Cartago, una joven mestiza de nombre Juana Pereira, andaba buscando leña para cocinar los alimentos, cuando encontró sobre una piedra donde nacía un  manantial de agua cristalina, una "muñequita" de piedra con un niño en sus brazos. En la tarde de ese mismo día, al ir otra vez al bosque, se sorprende al encontrar sobre la misma piedra la misma imagencita de la mañana, creyendo que era otra "muñeca", muy contenta se la lleva para su casa; sin embargo, al llegar a su hogar, nota que la otra imagen no está en el lugar en el que ella la había dejado.

Al día siguiente, le volvió a suceder lo mismo, por lo que asustada, fue a la casa del sacerdote del lugar, padre Alonso de Sandoval, a notificarle lo sucedido, el padre guarda la imagen en una caja y se desentiende del asunto, sin embargo, al día siguiente cuando la fue a buscarla, ya no estaba en la caja. Juana, al ir de nuevo a recoger leña se vuelve a encontrar la imagen y corre donde el padre Sandoval. Éste decide tomar la imagen y llevarla hasta la iglesia de la localidad y guardarla en el sagrario. Al día siguiente, al abrir el sagrario nota que no está la imagen, por lo que de inmediato se va a la piedra y ahí la encontró,  comprendo entonces que en esa imagen estaba representada la Virgen María y que Ella deseaba estar en ese lugar, que deseaba que se construyera en aquel sitio una iglesia.

La imagen mide alrededor de 20 centímetros, es de una combinación de diferentes materiales como roca volcánica, grafito y jade. Su color es negro, de ahí el por qué se le llama cariñosamente "La Negrita". Es de cara redonda, ojos achinados, nariz y boca pequeña. En su brazo izquierdo tiene al Niño Jesús quien descansa sobre su pecho con la mano derecha levantada en actitud de bendecir. Ambos se miran uno al otro. En la actualidad es mostrada a los fieles para su veneración en un hermoso ostensorio con piedras preciosas. En la base de esta "custodia" hay una flor de lis rematada por el ángel que sostiene la imagen de piedra.

El 24 de septiembre de 1824, por decreto de las máximas autoridades políticas del país, se declaró a la Virgen de los Ángeles, patrona oficial de Costa Rica. El nombre se le dio porque el 2 de agosto, día del hallazgo, la orden franciscana venera a su patrona Santa María de los Ángeles. Todos los años, en a Cartago (Costa Rica) se realiza lo que se llama “la romería”, en donde llega un constante peregrinar de devotos que van a visitar a su Madre de los cielos. Muchos entran de rodillas a su basílica, como acto de humildad y de acción de gracias y luego van a rezar ante la roca donde fue hallada la  imagen.

domingo, 5 de agosto de 2012

Empieza

 La juventud como bien máximo y objetivo vital. La juventud se nos ofrece como la época sagrada que nadie debe desperdiciar y de la que nadie debe salir. La irresponsabilidad se asimila a la libertad y el aspecto físico se eleva a don supremo. Para impedir el paso del tiempo nos invitan a gastar dinero y fuerzas incribles. Incluso se rechaza madurar intelectualmente o afectivamente, porque aparecen como signos de decrepitud.
En vista de estos síntomas ¿Por qué es necesaria la Nueva Evangelización? Es evidente. La sociedad necesita recobrar sus fundamentos cristianos o seguiremos a la deriva en un mundo cada vez más injusto y cruel. Pero evangelizar a esta sociedad no es fácil, ya que nos encontramos con un problema considerable: no existe un tratamiento evangelizador único que se pueda ofrecer de manera automática. Cada persona presenta una sintomatología peculiar y particular.
Hemos comprobado que los discursos multitudinarios y las ceremonias mediáticas no llegan a conmover más que a aquellos que ya estamos en camino. Indudablemente estos actos son necesarios en una sociedad mediática en la que no existe lo que no se ve en los medios, pero los efectos son limitados y sobre todo, de fortalecimiento interno de la Iglesia.
Creo que muchos esperamos dar con una herramienta automática que evangelice sin que nos tengamos que implicar personalmente en ello. Pensamos en que los medios suplen el esfuerzo individual de acercarnos, persona a persona, a aquellos que nos necesitan. La Evangelización de masas nunca ha dado buenos resultados.
Decía San Francisco de Asís: La verdadera enseñanza que trasmitimos es lo que vivimos y somos buenos predicadores cuando ponemos en práctica lo que decimos.
Sin duda la clave de la Nueva Evangelización está en cada uno de nosotros. Volver al amor primero, el amor a Dios y a nuestro prójimo. Los medios, herramientas, planes o actividades son una ayuda considerable, pero la fuente evangelizadora es un corazón que lleno de Esperanza que transmite su alegría a quien se siente vacío. Los planes, herramientas, medios o actividades, no evangelizan de forma impersonal. Somos nosotros los que evangelizamos.
Una fuente sin agua no puede saciar la sed. Un cristiano sin alegría y Esperanza, no puede saciar las necesidades de quien tiene delante. La Nueva Evangelización empieza por nosotros mismos.

Entenderse

Evangelización. Qué es evangelizar y qué no es evangelizar es un tema que no termina de entenderse. Si hablamos de Nueva Evangelización, significa que hay algo novedoso que la diferencia de la Evangelización previa. “La nueva evangelización no consiste en anunciar un mensaje nuevo, distinto al de siempre, ni tampoco en utilizar simplemente nuevas estrategias o métodos novedosos y llamativos para atraer a la gente. En realidad se trata de volver al “amor primero” del que nos habla el libro del Apocalipsis, cuando reprocha a la Iglesia de Éfeso: «Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes» (Ap 2 ,4). La nueva evangelización debe estar encaminada a hacer posible que el hombre y la mujer de esta sociedad secularizada vuelvan a sentir la alegría de la presencia y de la cercanía del amor de Dios en sus vidas. Se trata de volver a la frescura misma del Evangelio, para dejarse sorprender y maravillar por la palabra de Jesús, como sucedió cuando él inició su vida pública, que la gente que lo escuchaba se preguntaba: «Qué es esto? Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!» y se maravillaban de los gestos que hacía Jesús ( Mc 1,27). ”
Es interesante la referencia al Apocalípsis. Si leemos los mensajes de los Ángeles a las siete Iglesias veremos que nos retratan con una nitidez maravillosa. En nuestra Iglesia hay mucho que funciona y mucho que no lo hace. Mirando aquello de los que se acusa a las Iglesias veremos qué es necesario que abordemos.  Indica parte de la acusación a la Iglesia de Éfeso: La pérdida del amor primero, pero también podríamos ver que somos tibios como se reprocha a Laodicea o tenemos tolerancia a los modernos ídolos como Tiatira. No hemos de centrar la Nueva Evangelización en los métodos, formas o mensajes novedosos, sino en mostrar a quienes viven cerca de nosotros, que sentimos la inmensa alegría de saber que Dios nos ama. ¿Sentimos esa alegría? ¿Qué nos hace ser tibios y desafectados?
Las palabras del Evangelio ya no nos mueven ni nos conmueven. Parecen reliquias inservibles que están mejor en los museos que en la vida cotidiana. ¿Qué nos sucede? ¿Nos sentimos salvados o hemos perdido toda esperanza de salvación? ¿Entendemos qué es la salvación?
La sociedad no ha permanecido parada desde que Cristo ascendió a los Cielos. Ha ido construyendo anticuerpos que obstruyen el Mensaje cristiano y lo hacen parecer irrelevante para el ser humano actual. Me comentaba un familiar hace tiempo que no creía en Dios porque Dios no le era útil. Es decir, "creo en lo que puedo utilizar en mi provecho", "no creo en aquello que no es utilizable". Hoy ne día, hasta la espiritualidad se desliga de la trascendencia y de la Fe. 
Ninguna fuente pueda dar agua si no la atesora en su interior. Ningún cristiano puede comunicar esperanza si no tiene esperanza en su interior. La Fe que no se posee, no se transmite. No hay entusiasmo en las palabras de quien no está entusiasmado ni alegría en las acciones de quien no se siente alegre.
La Nueva Evangelización empieza por cada uno de nosotros, ya que si no estamos llenos del amor, alegría, esperanza y buena voluntad que tiene el Evangelio ¿Cómo lo transmitiremos? Es sencillo, en los Evangelios. Pero leer no es entender, ni vivir. Hay algo que ha fallado en la transmisión del Evangelio como buena noticia: la comunidad. En ese sentido comprendo y apoyo la propuesta que Mons Novell está poniendo en movimiento en su diócesis.
Sin una comunidad no se puede vivir el cristianismo. Cristo seleccionó la primera comunidad con 12 Apóstoles que vivirían unidos todo el recorrido evangélico. Cristo podría haber predicado sólo y alejado, como muchos “gurús” y “maestros” hacen, pero no lo hizo. Creó una comunidad que viviera en primera persona todo lo que le iba a suceder.
La unión hace la fuerza y a los cristianos actuales nos sobra autonomía espiritual, tibieza, desamor, adoración de los bienes materiales, etc. Nos falta humildad, mansedumbre, paciencia, entendernos mutuamente por amor.
Para responder al llamado del Amor renovado se nos ha propuesto, que lo mejor es vivir el Evangelio de forma comprometida y en comunidad. La Nueva Evangelización podrá utilizar todos los métodos, herramientas y lenguajes que sean necesarios, pero sin el Amor que conlleva regalar la Buena Noticia a los demás, no es nada.

jueves, 2 de agosto de 2012

Adhesión




La fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente con ella concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina.
La palabra "inteligencia" deriva del latín intus legere, que significa "leer dentro", penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?" (Lc 24:32)
Esta inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (Jn 14:26; 16:13) y a los fieles que, gracias a la "unción" del Espíritu ( 1 Jn 2:20 y 27) poseen un especial "sentido de la fe" (sensus fidei) que les guía en las opciones concretas.
Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también mas límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro. "¡signos de los tiempos, signos de Dios!".
Queridísimos fieles, dirijámonos al Espíritu Santo con las palabras de la liturgia: "Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo" (Secuencia de Pentecostés).
Invoquemoslo por intercesión de Maria Santísima, la Virgen de la Escucha, que a la luz del Espíritu supo escrutar sin cansarse el sentido profundo de los misterios realizados en Ella por el Todopoderoso ( Lc 2, 19 y 51). La contemplación de las maravillas de Dios será también en nosotros fuente de alegría inagotable: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador"(Lc 1,46s)

Red

El Reino de los cielos se compara a una red que es arrojada en el mar»
Cierto, bien sabemos nosotros que de nada le sirve al hombre ganar
el mundo entero si se pierde a sí mismo (Lc 9, 25), no obstante la espera
de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva
familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del
siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso
temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en
cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en
gran medida al reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la
libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de
nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el
Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos
limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue
al Padre el reino eterno y universal: «reino de verdad  y de vida; reino de
santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz»(Rm 8,19-21).
Misteriosamente, el Reino está  ya presente en nuestra tierra.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Preludio

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Lo que el mundo necesita son testigos de la fe
Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.
Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo ( Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.