El Reino de los cielos se compara a una red que es arrojada en el mar»
Cierto, bien sabemos nosotros que de nada le sirve al hombre ganar
el mundo entero si se pierde a sí mismo (Lc 9, 25), no obstante la espera
de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la
preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva
familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del
siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso
temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en
cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en
gran medida al reino de Dios.
Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la
libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de
nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el
Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos
limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue
al Padre el reino eterno y universal: «reino de verdad y de vida; reino de
santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz»(Rm 8,19-21).
Misteriosamente, el Reino está ya presente en nuestra tierra.
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