lunes, 6 de agosto de 2012

Nueva Primavera

La maternidad de María es una auténtica maternidad biológica, humana y natural, y, al mismo tiempo, esa maternidad es sobrenatural, tanto en la forma porque fue una maternidad virginal, como en la causa de la concepción, porque lo fue por obra del Espíritu Santo. En todo lo demás es una maternidad enteramente humana, porque el cuerpo humano de Jesús creció y se desarrolló realmente durante nueve meses en el seno virginal de María. La Virgen Madre aportó a la humanidad de Cristo todo lo que las otras madres aportan a la formación y crecimiento de sus hijos.

El concilio de Éfeso aclaró la cuestión suscitada por Nestorio en torno a la palabra Theotokos. Santa María es llamada Madre de Dios, no por engendrar a la naturaleza divina de Jesús, sino por haber engendrado su naturaleza humana, la cual está unida al Verbo en unidad de persona. No es la madre de la divinidad, pero es Madre de Dios porque la maternidad es una relación con la persona de Jesús, que es la del Verbo.

“No nació primeramente de la Virgen un hombre vulgar al quien después descendió el Verbo; sino que el Verbo de Dios unido desde el seno materno de la Virgen, se sometió a un nacimiento carnal, haciendo suyo el nacimiento de su carne (…) Se le llama a la Santa Virgen Madre de Dios, no porque haya engendrado la naturaleza del Verbo y su divinidad, sino porque de ella el Verbo se dice engendrado según la carne”. ( Segunda Carta de San Cirilo a Nestorio).

Es más, conviene recordar que el Espíritu Santo procede el Amor del Padre engendrando al Hijo. Ese Amor también se lo da eternamente al Hijo en lo que humanamente llamaríamos un vaciamiento total, da el ser al Hijo y le da su Amor, que es el Espíritu santo, el Don de Dios a Dios. El Hijo también vive ese amor recibido del Padre y espira ese Amor. También se lo da al Padre. El Espíritu Santo es el Vínculo entre el Padre y el Hijo. Cada persona vive en los otros Tres en una unión espiritual plena.

Por tanto, El enriquecimiento de María por su maternidad es grande, es más, podríamos decir con audacia, que infinito. María se introduce en la corriente trinitaria de amor. Como Hija sabe mejor qué es el amor filial de recibir la vida del Padre. Cumple la Voluntad del Padre como Amada. Como Esposa aprende a dar siendo su vida un don al Hijo engendrado. Como Madre sabe lo que es dar ser y darse con el cuidado y la originalidad de ser para el Hijo.

De ahí que profundizar en la vida de María, Madre de Dios y madre nuestra, sea un motivo más para apreciar la dignidad de la mujer. La maternidad ha sido elevada en María a la mayor dignidad posible pues se coloca a un nivel divino, sin dejar de ser humana.

La maternidad no es algo negativo como hoy en día se cree. La maternidad de María trae la Luz en un mundo que rechaza la maternidad. Aunque para ser sincera sigo sin comprender y no deja de sorprenderme el fenómeno de “querer” y “ir a por el niño/a” para satisfacer las propias necesidades, más que como una donación generosa.

La maternidad de la mujer se enriquece al contemplar la Maternidad de María. Ya no será algo centrado en el propio yo que se realiza en el hijo. Puede dar ser, darse y dar el propio amor. La madre es para el hijo, no el hijo para la madre. El dar se manifiesta en un gozo generoso que el egoísmo nunca puede dar. Esta es una buena base para solucionar problemas que sólo con las ciencias humanas parecen insolubles.

“Ella es la flor más bonita florecida en la creación. La ´rosa´ aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando su Hijo, ha regalado al mundo una nueva primavera”.

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