El bellísimo relato de la visitación de María a su prima Santa Isabel. En ese encuentro sagrado y lleno de amor, en el cual se manifiesta la inmensa caridad de María hacia su prima que se encontraba en trance de un parto difícil, Santa Isabel bendice a Dios y alaba a Nuestra Señora por el privilegio maravilloso de haber sido escogida para ser la madre del Mesías, el Hijo de Dios, nuestro salvador. En ese diálogo inspirado por Dios, Isabel dice a María: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc. 1, 45).
Sí, queridos hermanos/as: María acogió el anuncio del ángel de que sería la madre de Jesús con una fe intensa, con docilidad, con espíritu de confianza y obediencia. Ella dice al Angel: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu Palabra”, dándonos a todos nosotros ejemplo de fe viva, de entrega confiada en las manos de Dios, de obediencia a su santísima voluntad. Y por ello Isabel le dice esas reconfortantes palabras: “Feliz tú que has creído”. María es la Divina Pastora porque creyó en el Señor; ella fue feliz por su fe, por creer en Dios, por aceptar su santa voluntad, por vivir según su Palabra y cumplir sus mandamientos.
¡Qué alegría, mis queridos hermanos, saber que también nosotros poseemos la felicidad de la fe! ¡Así es, en efecto! Dios hace felices a quienes creemos en El, a quienes sabemos que El es amor, que nos ama tanto que nos ha entregado su Hijo único para que tengamos vida y vida abundante. Por ello podemos decir: ¡felices los que creemos en Dios y en la Virgen!; dichosos nosotros, que, por la fe y el bautismo hemos sido revestidos de la gloriosa condición cristiana, la cual consiste, fundamentalmente, en ser hijos de Dios, discípulos de Jesucristo, y, con María Santísima, miembros de nuestra Santa Iglesia católica.
En medio de las dificultades de la vida, que a todos nos aquejan, en medio de los problemas, en las actividades de la rutina diaria, nosotros podemos tener una inmensa felicidad, la felicidad que Jesús promete a quienes vivimos las bienaventuranzas, a quienes escuchamos y cumplimos su Palabra, como El mismo nos dice: “Felices los que escuchan y cumplen la palabra de Dios” (Lc 11, 28).
¡Feliz la Costa Rica cristiana y católica!; felices nosotros cuando seguimos a Jesucristo e imitamos a María; cuando cumplimos los mandamientos, cuando rechazamos el pecado en todas sus formas: la impiedad y la indiferencia religiosa; la soberbia y la violencia, la codicia y la lujuria, es decir, el relajo afectivo sexual. ¡Felices cuando vivimos nuestra fe .
Hermanos, la extraordinaria manifestación de fe cristiana en la Eucaristía,debemos concretarla cada uno de nosotros en una fidelidad real a Dios, a Jesucristo. Debe concretarse en el rechazo al pecado, en el propósito de conversión, de vivir una vida virtuosa, rechazando los vicios, las pasiones, y la mediocridad religiosa. No podemos decir que amamos a Dios y a María, si no vivimos de acuerdo a la Palabra de Dios, si no cumplimos los mandamientos. Recordemos la contundente expresión de Jesucristo: “No todo el que dice “Señor, Señor”, entrará al Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7, 21). Por eso los invito a realizar el firme y saludable propósito de conversión, de seguir y obedecer a Jesucristo, de imitar a María en el cumplimiento de la Palabra de Dios, los Mandamientos de la Ley de Dios.
¡Felices nosotros, que creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que sabemos que El nos ama, que queremos seguir a Jesucristo, que pertenecemos a la Santa Iglesia Católica, que tenemos como madre espiritual a la mismísima Madre de Dios!. Los invito a apreciar y a dar gracias a Dios en este momento por nuestra gloriosa condición cristiana: ¡Gracias, Señor por el don de la fe; gracias Señor por la Divina Pastora; gracias, Señor, por incorporarnos a la Iglesia Católica!
FORTALECER LA UNIDAD DE LA IGLESIA
Por la fe y el Bautismo entramos a pertenecer al Pueblo santo de Dios que es la Santa Iglesia Católica. Es una gracia, un privilegio que nosotros, los católicos debemos apreciar intensamente. Porque de la Iglesia recibimos el mensaje evangélico de salvación; porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo, porque María es la Madre de la Iglesia. Porque es en la Iglesia donde recibimos el Bautismo y encontramos el tesoro maravilloso de los sacramentos de vida y salvación.
Pertenecemos a la comunidad de más de mil cien millones de católicos en el mundo que profesamos la fe en Jesucristo, que acogemos a María Santísima como Madre de Dios y madre nuestra; que estamos congregados en torno al Papa y a los Obispos, que son los únicos legítimos y auténticos pastores del pueblo de Dios.
Y es muy importante que apreciemos esa pertenencia, y fortalezcamos nuestra unidad eclesial. En el mundo entero, con tantas fuerzas disgregadoras, la Iglesia es la casa de todos, y nos ofrece la hermandad y la unidad de la fe, del amor y de la gracia sacramental. Y tenemos en ella el don de la enseñanza auténtica del Evangelio de Jesucristo, proclamado autorizadamente por el Papa y los Obispos, sucesores de los apóstoles, a quienes el Señor dijo: “quien a vosotros escucha a mí me escucha”(Lc 10, 16); y : “A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados” (Jn 20, 23).
La maravillosa celebración eucarística, que de manera intensa, debe reflejar nuestra voluntad, nuestro deseo, de seguir a Jesucristo y nuestro amor a la Santísima Virgen, refleja también, algo muy importante: la unidad de la Iglesia. La Iglesia es “una, santa, católica y apostólica”. Aquí estamos los católicos unidos en torno a Jesucristo. ¡Sí, en torno a Jesucristo! La unidad de la Iglesia no es unidad en torno a una ideología, en torno a una simpatía política. La Iglesia está conformada por hombres y mujeres del mundo entero, de todas las naciones, razas y pueblos, de todas las condiciones sociales, y que viven en diversos sistemas políticos. Y es muy importante que subrayemos que nuestra unidad no se da en relación a una afinidad ideológica o a una propuesta política, sino en torno a Jesús, nuestro Dios y Señor. Pero además, es muy importante que reforcemos esa unidad. En momentos en que hay muchas fuerzas que quisieran debilitar la unidad de la Iglesia, los católicos debemos fortalecer nuestra unión: “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” ( Ef. 4,5). Unidos todos estrechamente los fieles católicos de cualquier condición social económica o simpatía política, con los sacerdotes, los consagrados, con el Papa y los Obispos.
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