domingo, 17 de abril de 2016

Admite

Es decir, no sólo admite lo que le está diciendo, sino que lo radicaliza: "Pues claro que Ése soy". Lo mismo sucede aquí: "Si no coméis de la Carne del Hijo del hombre, si no bebéis de su Sangre, no tendréis vida en vosotros" San Juan 6,53. Es la presencia de Dios entre nosotros. Bienaventurados aquel que tenga hambre de Jesucristo, bienaventurado aquel que sienta necesidad de Jesucristo, bienaventurado aquel que tenga sed de Jesucristo, ganas de descansar en Cristo, deseo de ser tocado, sanado y bendecido por Cristo. Bienaventurado el que tenga apetito de Cristo, bienaventurado porque hacia Cristo sólo nos mueve el Padre Celestial, según explicó el mismo Cristo: “Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae” San Juan 14,6. En segundo lugar, porque el hambre de Cristo es un don del Espíritu Santo, sentir hambre de Jesús es tener en nosotros la presencia del Espíritu, que como dice San Pablo, “gime, tiene gemidos inefables”Carta a los Romanos 8,26, pidiendo, reclamando el alimento. Nada más estaba entrando aquí a la mansión cuando vi una escena muy tierna, muy bonita: una madre le daba de mamar a su bebé, y es tan hermoso el bebé, con esa hambre y con esa sed y con esa avidez, cómo dirige la boquita al pecho de la mamá sacando el alimento, es una escena llena de ternura. Tenemos que llegar a Jesús: como queriendo tomar, como queriendo beber toda esa riqueza que Él tiene; es el Espíritu Santo el que nos da esos gemidos inefables. La expresión que utiliza San Pablo en la Carta a los Romanos cuando dice “gemidos inefables” Carta a los Romanos 8,26, es la misma expresión para hablar de el balbuceo de los niños. Los niños, cuando están en la edad de mamar, no suelen tener lenguaje, apenas dirán "mamá o pequeñas palabritas, pero con su media lengua, con lo poco que hablan, buscan con anhelo esa carne, ese seno, buscan ese pecho para alimentarse, para recibir la vida. ¡Ah, benditos nosotros si el Espíritu Santo nos trae ese apetito, ese deseo de Jesús, esa hambre de Jesús! Y bienaventurados no sólo por el Padre y por el Espíritu Santo, sino bienaventurados por el mismo Cristo, porque Él dijo: “Si uno viene a mi yo no lo echaré fuera” San Juan 6,37 Bienaventurado tú si tienes hambre de Jesucristo, porque el Padre te está moviendo, porque el Espíritu te está dando hambre y porque Jesús mismo te habrá de recibir, te habrá de atender y te habrá de responder; pero claro, la pregunta es: ¿sientes esa hambre de Jesucristo? ¿Sientes que te falta Jesús? ¿Sientes que Él es tu alimento y quieres ser tocado por Él?

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