lunes, 23 de mayo de 2016

Hablo

Dios habló a su pueblo, Dios habló a Moisés y a través de Moisés le dió unos caminos de sabiduría, de bondad y de pureza al pueblo que quiso elegir. Esa voz de Dios, esa palabra del Señor es la que tenemos en la Ley y la fiesta judía de Pentecostés lo que recordaba era precisamente el regalo de la Ley; Dios ha querido hablarnos porque nos ha amado y porque nos guía. Quiso la providencia de Dios en el curso de una fiesta judía de Pentecostés cuando sucediera este regalo precioso, el regalo del Espíritu Santo. Cuando vino el Espíritu sobre los apóstoles, ellos fueron transformados de una manera maravillosa, esa transformación también es regalo para nosotros y por eso conviene recordar qué es lo que hace el Espíritu. Principalmente el Espíritu opera en nuestra inteligencia y en nuestra voluntad. Lo propio de la facultad de la inteligencia es buscar lo que es verdadero, lo propio de la voluntad es recibir y sobre todo dar el amor, pero también la voluntad es el ambiente propio, es el lugar de nuestras resoluciones y es el motor de los caminos que emprendemos mientras estamos en esta tierra. El Espíritu Nos ayuda a descubrir qué es lo bueno, en el bien y qué es lo malo en el mal, de modo que aunque el bien a veces sea arduo el Espíritu nos ayuda a esclarecer que ahí está nuestro verdadero bien; y aunque el mal a veces parezca deleitable, el Espíritu Santo nos ayuda a descubrir las trampas que se esconden detrás de esa supuesta dulzura. Cristo dijo: “el camino de la vida cristiana es empinado, es como una puerta estrecha y el camino de la perdición es ancho y muchos se iban por ese camino de perdición” ( Mat 7,13-14). Podemos decir del Espìritu Santo de una manera simétrica con respecto al bien, a veces hay esfuerzos, a veces hay renuncias que nos cuestan mucho, pero el Espíritu nos ayuda a descubrir que detrás de esa renuncia hay un bien real, hay un bien auténtico para nosotros, eso hace en la inteligencia. En nuestra voluntad el Espíritu Santo nos hace en primer lugar sensibles al dulce amor de Dios nuestro Padre, de manera que experimentemos nuestra realidad de hijos, la vivamos, la agradezcamos; bendigamos y alabemos a Dios por ser nuestro Padre y seamos capaces también de llevar una vida como hijos suyos; por eso también el Espíritu nos empuja hacia la dirección de lo que es bueno, de lo que es digno, de lo que es santo, de lo que es justo. Así que el Espíritu es la fuerza de los mártires, es el fuego de celo que encontramos en los misioneros, es el que conduce a aquellos que hacen auténtica penitencia y es el que sostiene en su fidelidad a aquellos que le han hecho promesa al Señor de seguirlo también por la senda estrecha. Así que en nuestra inteligencia el Espíritu nos ilumina, en nuestra voluntad nos mueve y a cada uno de nosotros nos dispone para que seamos verdaderos miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

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