viernes, 6 de mayo de 2016

Josè

José fue ágil, en primer lugar, ágil para salir de ese pozo, porque si no allá se moría, lo sacaron del pozo para darlo a los madianitas, se fue con los madianitas a Egipto. Salió del pozo ágilmente, y ágilmente salió de la herida que eso causaba. Pero José no estaba apegado a lo que había sucedido, era ágil, había vivido el momento terrible, pero era ágil; lo mismo las otras desgracias que le acontecieron. Un cristiano tiene que ser así, un cristiano tiene que ser ágil, tiene que ir más allá de lo que está presentando. La vida religiosa, como sabemos, da muchas vueltas, de manera que no es sino esperar un poquito, y el cuadro ha cambiado completamente, y la situación es otra. De manera que, el que parecía que no contaba nada y que estaba por allá olvidado, de pronto resulta ser el personaje importante, el gran consejero, el superior que se necesitaba, el líder para una comunidad; y mientras tanto otro, que sonaba y sonaba y sonaba, pues que siga de sonajero, pero ése no es el que en este momento va a mostrar la voluntad de Dios. La misma vida religiosa, es una vida que invita a la agilidad: muchas veces veces de descubrir. Vivir el momento grande, vivirlo con grandeza de alma, y vivir el momento pequeño sin apegarse pequeñamente, a lo que está sucediendo. Cuando en la espiritualidad se sabe vivir así, entonces, por medio de todas las circunstancias, Cristo la va guiando, Cristo la va alimentando y Cristo la va protegiendo. No se nos olvide la protección de Cristo, en primer lugar es contra los dardos del enemigo. Dice el Apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios que "nuestra lucha no es contra la sangre y contra la carne, es en primer lugar contra los espíritus de las tinieblas" Carta a los Efesios 6,12. Cristo nos mantiene rodeados de un escudo que no vemos pero ahí está; especialmente, a quienes tenemos esa fe viva en Él y en su Sangre Santísima, nos defiende, yo creo de casi todos los dardos del enemigo. La otra defensa; de Cristo es protegernos de nosotros mismos, porque tenemos, digo yo por experiencia propia, una capacidad inmensa para echarnos a perder el plan de Dios. Tenemos una gran capacidad de echar a perder la obra de Dios, si no fuera así, no hubiera dicho San Pablo aquello del "tesoro en vasijas de barro" 2 Corintios 4,7. Hay que reconocer con humildad que nosotros no somos capaces de administrar todo lo que somos, y que nosotros no tenemos toda la visión para descubrir todo lo que Dios quiere que seamos. Nosotros, normalmente, no somos capaces de exigirnos, lo que habría que exigirnos, para realmente dar el fruto, por algo dijo el Señor Jesús, que al sarmiento que da fruto hay que podarlo,el viñedo retiene hasta sus últimas hojitas, y toca que quitárselas. Necesitamos la intervención de otras voluntades, necesitamos cosas exteriores, necesitamos circunstancias no producidas por nosotros, para poder dar el fruto que Dios quiere. Esto lo han entendido los grandes santos, por eso han escrito esos elogios tan bellos, que a veces casi no los comprendemos sobre la obediencia. Uno lee en el Diálogo de Santa Catalina de Siena, los elogios de la obediencia, y, bueno, eso resulta ser ligeramente por debajo de la caridad, la virtud mas importante para la santificación.

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