
Nosotros, hombres y mujeres jóvenes y adultos reunidos, dentro del contexto de la misión continental que nuestra Iglesia Católica ha convocado para responder al tiempo de gracia que el Espíritu suscita hoy en América Latina, los laicos y laicas, religiosas y religiosas, sacerdotes y obispos , discernimos el tema: los y las jóvenes discípulos misioneros para la vida de nuestros pueblos. La Iglesia nos ha invitado a asumir una actitud permanente conversión pastoral que implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu está diciendo en la Iglesia. Ahora queremos compartir con ustedes el fuego que el Señor Jesús ha encendido en nuestros corazones al caminar con nosotros en estos días de oración, reflexión, escucha, trabajo y celebración. Para nuestro proceso hemos usado el método ver-juzgar-actuar que implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de la Palabra revelada y el contacto vivificante de los sacramentos a fin de que en la vida conciliada veamos la realidad que nos circunda a la luz de su providencia, la busquemos con Jesucristo camino, verdad y vida y actuemos desde la Iglesia cuerpo místico de Cristo, sacramento universal de salvación en la proclamación del Reino de Dios que se siembre en esta tierra y que fructifica plenamente en el cielo. La vida de los y las jóvenes ha estado en el centro de nuestro encuentro igual que esta en el centro de nuestra Iglesia que ha renovado una vez más su opción preferencial por ellos (los jóvenes) de manera realista y efectivo, aproximarnos a los jóvenes y escucharles. Nos ha permitido constatar los signos de vida y los signos de muerte existentes en tres dimensiones fundamentales de nuestro existir: la juvenil, eclesial y social. Dar vida a un proceso eclesial con y desde los jóvenes implica conocer y discernir estos signos para responder a los desafíos que plantea la juventud de nuestros continente, es hacer de nuevo la experiencia del misterioso caminante que aquellos discípulos que iban de camino. Jesús se acerco a ellos y les dijo: ¿de que discuten ustedes?...ese aprender a escuchar antes de proponer un mensaje para que el proceso de reflexión que hemos mencionado no sea un visión parcializada. En un segundo momento de nuestro caminar buscamos iluminar la realidad que contemplamos en esta parte el texto del pasaje de los discípulos de Emaus ha sido la clave para interpretar el proceso estos días y el Espíritu presente en las reflexiones de nuestra Iglesia en Aparecida Brasil Empezando por Moisés, -dice el evangelio- y continuando por todos los profetas que se referían a Jesús. Descubrimos como la lectura orante de la Palabra como el Señor nos sigue explicando su presencia en nuestra historia. Él continua invitándonos a los y las jóvenes a ser sus discípulos misioneros en las circunstancias actuales. La Iglesia nos propuso un modelo para profundizar nuestro vinculo con Cristo y esto implica una actitud de permanente conversión personal y pastoral. Al finalizar nuestro encuentro sentimos el profundo deseo de levantarnos y volver a nuestros pueblos, volver al corazón de la Iglesia y encontrarnos con los y las jóvenes para compartir con ellos su vida en Jesús. Por eso nos comprometemos delante de Dios y de ustedes a continuar luchando por revitalizar la pastoral de juventud del continente latinoamericano para que esta se convierta cada día más en camino para que muchos y muchas encontrarse con el Dios de la vida para seguir construyendo con El una nueva civilización del amor. Queremos que este compromiso se manifieste en gestos concretos de misión y servicio que sea reflejo de la acción del resucitado en nuestra vida. Finalmente volvemos todos nuestros afanes al maternal cobijo de María nuestra Madre, ella que velo por los primeros pasos de Jesús velará también por los pasos que damos buscando la revitalización de la pastoral de juventudes de nuestro continente. Ella nos acompañara en el rumbo que ha de tomarse.
Ver a Jesús los Jóvenes
Encontrar a Jesús no significa encontrarle inmediatamente. Haber «encontrado» a Jesús en una experiencia religiosa fuerte que suscita una gran alegría y entusiasmo, no siempre conduce a la fe, a un auténtico encuentro con el Señor, porque, como en la parábola de la semilla (Mc 4), no está preparado el terreno en el que cae la semilla.
Al encuentro la iniciativa es de Jesús. «Él se adelanta y busca el encuentro. Entra en una casa, se acerca al pozo, donde una mujer intenta coger al agua, se detiene delante de un extractor, vuelve la mirada hacia quien está subido a un árbol, se suma a quien está recorriendo un camino. De sus palabras, de sus gestos y de su persona desprende una fascinación que envuelve al interlocutor. Es admiración, amor, confianza y atracción.
Para muchos el primer encuentro se transformará en deseo de escucharle más todavía, de entablar amistad con Él, de seguirle. Se sentarán a su alrededor para interrogarle, le ayudarán en su misión, le pedirán que les enseñe a rezar, serán testigos de sus horas felices y dolorosas. En otros casos el encuentro acaba con una invitación a un cambio de vida» Éste es el testimonio unánime de los cuatro evangelistas.
La expresión no es diversa cuando se piensa en el encuentro de Jesús con los jóvenes. Para cada uno de ellos el acontecimiento más decisivo tiene lugar en el momento en que Cristo aparece como aquel del que es posible alcanzar un sentido para la vida, al cual dirigirse en busca de verdad, a través del cual comprender la relación con Dios y con el cual interpretar la condición humana. El elemento más importante es pasar de la admiración al conocimiento y del conocimiento a la intimidad, al enamoramiento, al seguimiento, a la imitación.
Es verdad que no se puede «ver a Jesús» si Él no se «deja ver». Nadie viene a Mí, ha dicho Él, sino aquel a quien le ha sido concedido por mi Padre (Jn 6, 44). Por tanto, no basta el deseo de encontrarle para llegar a la alegría del reconocimiento ni basta encontrar a sus discípulos para encontrar a Jesús y reconocerlo como Señor.
El relato de Emaús, modelo ejemplar de encuentro del creyente con la misma Palabra encarnada (Lc 24, 13-15), identifica la meta a la que debe llegar el creyente y traza el camino para llegar a ella. El episodio ilustra el camino de la fe y describe sus etapas siempre actuales. El relato lucano nos ofrece un itinerario preciso de evangelización, en el que se describe quién es el que evangeliza y cómo se evangeliza: es Jesús quien evangeliza por medio de su palabra y del don eucarístico de sí, caminado junto con sus discípulos.
Joven encuentra a Cristo
El relato se abre narrando el alejamiento de Jerusalén de dos discípulos de Jesús. Desolados por lo que ha sucedido en los tres últimos días, abandonan la comunidad, en la cual, no obstante, hay algunos que han comenzado a decir que el Señor ha sido visto vivo; los dos discípulos no pueden dar crédito a habladurías de mujeres (Lc 24, 22-23; Mc 16, 11). Sólo al final del viaje, cuando vean a Jesús repetir el gesto de partir el pan, le reconocerán para perderlo inmediatamente de vista y retornar a la comunidad. La conclusión, inesperada, del viaje a Emaús fue volver a encontrarse con la comunidad en Jerusalén. El Resucitado no se quedó con ellos y ellos no pudieron quedarse solos: retornaron a la comunidad, donde volvieron a encontrar a Cristo en el testimonio de los Apóstoles: «De veras el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34). Éste es un criterio de verificación de un encuentro auténtico con Cristo: el don de la comunidad, que es descubierta como la propia casa, habitada por el Señor, el hogar al que pertenecen todos los que han visto al Señor.
Descubrir la comunidad y reencontrarse en la Iglesia, lugar para vivir la fe común, es la consecuencia lógica del encuentro personal con el Resucitado. Fuera de la comunidad el anuncio del Evangelio parece un rumor imposible de creer (Lc 24, 22-23). Hoy, como ayer y más que ayer, debemos contar con los obstáculos que encuentra la evangelización. El primero es la desinformación, porque no solamente se habla poco de Jesús, sino que se intenta hacerlo desparecer de la cultura actual, de la organización social, de la conciencia personal. Su presencia es considerada irrelevante en la sociedad y su ausencia es vista como una ventaja. El segundo obstáculo es la visión subjetiva de Jesús, que, privado de su real historicidad, parece siempre un Cristo a nuestra medida, imaginado según los propios deseos o necesidades. El tercer obstáculo es más refinado: en un pretendido diálogo interreligioso se querría reducir a Cristo a uno más entre otros maestros de espíritu o fundador de religiones, de modo que no se le reconocería como único Salvador de todos. En fin, existe el peligro no imaginario, sino muy común entre los mismos cristianos, de considerar a Cristo ya conocido en tan alto grado, que no tiene nada nuevo que decirnos; convertido en insignificante, no merece la pena tenerlo ya como Guía y Señor.
El relato de los discípulos de Emaús nos dice que, si el Resucitado no hubiera formado comunidad con ellos, durante el viaje y a la mesa, los dos discípulos no habrían llegado a descubrirle vivo, ni hubieran recuperado el deseo de vivir juntos. No importa si el que vuelve a comunidad la había abandonado antes; pero es decisivo que se vuelva cuanto antes, inmediatamente después de haber visto al Señor. Sólo quien recupera la vida común, sabe que el Resucitado ha estado con él y encuentra la alegría de haberlo sentido junto a sí (Lc 24, 35.32).
Los que vieron al Resucitado y comieron con Él no pudieron entretenerlo con ellos, pero sintieron el deseo de contar la experiencia vivida, retornando a su comunidad. Esto no es casual, sino que prueba una ley de la existencia cristiana: quien sabe y proclama que Cristo ha resucitado, vive en común su experiencia.
Es también verdad que se puede encontrar a Cristo en cualquier lugar; pero su casa, el lugar donde habita, es la Iglesia, la comunidad de los creyentes, es decir, de aquellos que Le confiesan como su Señor, la familia de sus discípulos, de aquellos que comparten con Él vida y misión.
No hay duda de que debemos afanarnos en corregir la imagen deformada que puede existir de la Iglesia en muchos jóvenes. Algunos «hablan de ella con afecto, como si se tratara de la propia familia, más aún, de la propia madre. Saben que en ella y de ella han recibido la vida espiritual. También conocen sus límites, arrugas e incluso escándalos. Pero aparece como secundario en comparación con los bienes que aporta a la persona y a la humanidad en cuanto morada de Cristo y punto de irradiación de su luz: las energías de bien que se manifiestan en obras y personas, la experiencia de Dios movida por el Espíritu Santo que aparece en la santidad, la sabiduría que nos viene de la Palabra de Dios, el amor que une y crea solidaridad más allá de los confines nacionales y continentales, la perspectiva de la vida eterna.
Otros hablan de ella con distanciamiento, como si fuese una realidad que no les incumbe y de la que no se sienten parte. La juzgan desde el exterior. Cuando dicen ‘la Iglesia’, parecen referirse solamente a algunas de sus instituciones, a alguna formulación de la fe o a normas de moral con las que no congenian. Es la impresión que se saca de la lectura de algunos periódicos .Se equivocan precisamente en aquello que constituye la Iglesia: su relación, más aún, su identificación con Cristo. Para muchos, esta es una verdad no conocida o prácticamente olvidada. No falta quien la interpreta como una pretensión de la Iglesia de monopolizar la figura de Cristo, controlar las interpretaciones y gestionar el patrimonio de imagen, de verdad, de fascinación que representa Cristo.
Para el creyente éste es el punto fundamental: la Iglesia es continuación, morada, presencia actual de Cristo, lugar donde Él dispensa la gracia, la verdad y la vida en el Espíritu. Es justamente así. La Iglesia vive de la memoria de Jesús, medita repetidamente y estudia con todos los medios su palabra sacándole nuevos significados, vierte al rito su presencia en las celebraciones, trata de proyectar la luz que se derrama desde su misterio sobre los acontecimientos y sobre las concepciones de vida actuales y se compromete a llevar adelante la misión de Cristo en su totalidad: anuncio del Reino y transformación de las condiciones de vida menos humanas. Sobre todo, Jesús es su Cabeza que atrae a cada miembro, los une en un cuerpo visible e infunde energías en las comunidades».
Si ésta es la verdadera realidad de la Iglesia, nos incumbe la tarea de actuar de tal manera que los jóvenes la amen como madre de su fe, que les hace crecer como hijos de Dios, que les permite encontrar la vocación y misión, que los acompaña a lo largo del recorrido de la vida y que los espera para introducirlos en la casa del Padre. Esto es lo que Don Bosco supo realizar de modo incomparable en la educación y evangelización de sus muchachos en Valdocco. Veamos qué podemos hacer nosotros hoy en relación a los jóvenes que quieren ver a Cristo.
Caminar juntos
La razón por la que el episodio de Emaús resulta tan actual, estriba en su contemporaneidad con nuestra situación espiritual. Es fácil sentirse identificados con estos discípulos que vuelven a casa, antes de la puesta del sol, cargados de conocimientos y de tristeza. En la aventura de los dos discípulos de Emaús encontramos las etapas decisivas que hay que recorrer, para rehacer, en la educación en la fe de los jóvenes, la experiencia pascual que acompaña al nacimiento de la vida en comunidad y del testimonio apostólico.
El punto de partida del viaje hacia Emaús no fue lo que había sucedido en Jerusalén «en aquellos días», sino la íntima frustración personal. Habían vivido junto a Jesús y la convivencia había despertado en ellos las mejores esperanzas: parecía que «sería Él quien liberaría a Israel» (Hch 24, 19.21). En cambio, su muerte en cruz había sepultado todas sus expectativas y su fe. Era más que lógico que experimentaran el fallo, que, desilusionados, sintieran que habían sido engañados. Hoy los jóvenes comparten pocas cosas con estos discípulos; pero tal vez no tienen ninguna tan en común como la frustración de sus sueños, el cansancio en la vida y el desencanto en el discipulado. Seguir a Jesús, piensan con frecuencia, no vale la pena: un ausente no tiene valor para su vida.
Es la hora de caminar hacia Emaús. En el camino, con sus angustias, hay también la oportunidad de un encuentro con Jesús. Pero no se debe caminar solos. Los jóvenes tienen necesidad de una Iglesia, que, representando a Jesús, se acerque a sus problemas y a su desánimo, que no sólo comparta con ellos el camino y la fatiga, sino que converse con ellos, colocándose a su nivel, interesándose por aquello que les preocupa, asumiendo sus incertidumbres. ¿Cómo se podrá representar al Señor Resucitado, si no se ocupa de ellos, si no se interroga sobre sus «alegrías y esperanzas», sobre sus «tristezas y angustias», en suma, si no se muestra preocupada por sus cosas y por su vida?
En el camino, solamente el desconocido parecía no tener idea alguna de lo acaecido en Jerusalén (Lc 24, 17-24). Conocer muchas cosas sobre Jesús no llevó a los discípulos a reconocerlo; conocían el kerigma, pero no habían llegado a la fe; sabían mucho sobre Él, pero no eran capaces de verlo; tenían tantas noticias sobre un muerto que no lograban verle vivo. El desconocido debió emplearse a fondo para hacerles comprender lo acaecido a la luz de Dios. Jesús se puso a releer con ellos su vida, presentándola como cumplimiento de las promesas. Para poderle reconocer debieron dejarle hablar.
Como Cristo, la Familia Salesiana debe renunciar a alimentar en los jóvenes esperanzas inconsistentes, expectativas falsas; en cambio, debe enseñar a aceptar lo que sucede en ellos y en torno a ellos, ayudándoles a releer los acontecimientos a la luz de Dios, según su Palabra. Si no los llevamos a la convicción de que todo lo que acontece es parte de un proyecto divino, fruto y prueba de un inmenso amor, ¿cómo lograrán los jóvenes sentirse amados por Dios? Para lograrlo, debemos convertirnos en compañeros suyos en la búsqueda del sentido de la vida y en la búsqueda de Dios. He aquí un recorrido, todavía poco utilizado por la Iglesia, muy urgente para los jóvenes: sin conocer las Escrituras no se conoce a Cristo.
Llegados a Emaús, los discípulos no habían conseguido todavía el conocimiento personal de Jesús, no habían identificado al Resucitado en el desconocido acompañante. En realidad, Emaús no fue la meta del viaje, sino una etapa decisiva. Invitado a quedarse, todavía desconocido, Jesús repite su gesto sin decir palabra. Entre los creyentes, la praxis eucarística es signo de su presencia real. Los dos de Emaús no reconocieron al Señor cuando junto con él recorrían el camino y aprendían de Él a comprender el sentido de los acontecimientos. Lo que Jesús no consiguió hacer con el acompañamiento, con la conversación, con la interpretación de la Palabra de Dios, se cumple con el gesto eucarístico.
Los ojos para contemplar al Resucitado se abren cuando Él repite el gesto que mejor Le identifica (Lc 24, 30-31). Cuando se parte el pan en comunidad, Jesús sale del anonimato. «No se edifica comunidad cristiana alguna si no tiene como raíz y quicio la celebración de la eucaristía». Una educación en la fe que olvide u omita el encuentro sacramental de los jóvenes con Cristo, no es el camino para encontrarlo. La eucaristía es y debe permanecer como «fuente y culminación de la evangelización»; es «la fuente y la culminación de la vida cristiana».
«Los jóvenes, encuentran a Jesús en la comunidad eclesial. Pero en la vida de ésta hay momentos en los que Él se revela y se comunica de manera singular: son los sacramentos, en particular la Reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia que se contiene en ellos, el conocimiento de Jesús resulta inadecuado y escaso, hasta el punto de no consentir distinguirle entre los hombres como el Salvador resucitado.
Hay quien, aún compartiendo la vida social y los ideales de la Iglesia, coloca a Jesús solamente entre los grandes sabios, entre los genios religiosos; tal vez le considera como la realización más alta de la humanidad, que influye sobre nosotros por la profundidad de su doctrina y por su ejemplo de vida. Pero falta la experiencia personal del Resucitado, de su poder de dar la vida, de la comunión en Él con el Padre.
Con razón se dice que los sacramentos son memoria viva de Jesús: de lo que Él cumple y realiza todavía hoy para nosotros, de lo que significa para nuestra vida; por tanto, los sacramentos reavivan nuestra fe en Él, y por esto le vemos mejor en nuestra existencia y en los acontecimientos.
Son también revelación de lo que parece escondido en los pliegues de nuestra existencia; por su medio tomamos conciencia de ello: en la Reconciliación descubrimos la bondad de Dios en el origen y como tejido de nuestra vida; a su luz valoramos su trascurso e intentamos construirla de un modo nuevo. Son energía, gracia transformadora porque comunican la vida de Cristo resucitado y nos insertan en ella; nos dan conciencia no teórica, sino vivida, de su importancia, dimensiones y posibilidades.
Son profecía, prenda de una promesa de comunión y felicidad que nos ha sido hecha y en la que confiamos. En la Reconciliación se nos abren los ojos y vemos lo que podemos llegar a ser según el proyecto y el deseo de Dios; nos es dado otra vez el Espíritu que nos purifica y renueva. Se ha dicho que es el sacramento de nuestro futuro de hijos, más bien que de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía Cristo nos incorpora a su ofrecimiento al Padre y refuerza nuestra donación a los hombres. Nos inspira el deseo y nos da la esperanza de que ambas cosas, amor al Padre y a los hermanos, sean una gracia para todos y para todo: anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección; ven, Señor Jesús»
La urgencia de evangelizar , expresa la pasión por la salvación de los otros, la gloria de compartir la experiencia de plenitud de vida en Jesús. Quien ha encontrado al Señor, no puede permanecer en silencio: debe proclamarle. Quedar callados sería darle de nuevo por muerto; ¡y Él vive! El sentido misionero encarna el mandato que Cristo dirige a los discípulos: «Seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra» (Hch 1, 8).
La dimensión misionera está particularmente viva hoy, porque el mundo ha vuelto a ser «tierra de misión». Por otra parte, hoy hay una manera distinta de concebir la dimensión misionera, de realizar la «missio ad gentes». Se realiza en el respeto de los diversos ambientes culturales, en diálogo con las otras religiones y en la fermentación de la cultura. Pero esto no nos exime de ser misioneros, más bien nos compromete de manera aún más fuerte.