domingo, 31 de enero de 2010

Emigración


Las dificultades de acceso, no queden agravadas por sanciones difícilmente soportables por quienes, en un claro deber fraterno --a imagen del Buen Samaritano- faciliten los apoyos en su labor, ejerciendo el deber cristiano de la acogida. El llamado ‘esfuerzo de integración, para adultos y menores, implica no solo al que llega sino también al que acoge”.

La opción nos mueve ,a las fuentes evangélicas,en el amor y la predilecciónde Jesús.Esta opción da una especificidad a la Iglesia.Nos exige cambios radicales en la forma y métodos de misión. Nos exige tener muy presente las implicaciones sociales de la Evangelización, en un pueblo donde hay cada día más, pobreza e indigencia al mismo tiempo que se llama cristiano

En “la mirada con la que nos crucemos con la del menor emigrante y refugiado, nos sirva para percibirlo, antes que como emigrante, como un ser humano, por encima de cualquier otra consideración”.

“El tratamiento legal y reglamentario correspondiente ha de seguirse como consecuencia la de mayor consideración, por los niños En este sentido, para los niños y adolescentes es fundamental el acceso a la formación adecuada y completa que les posibilite la incorporación a la sociedad y la participación en ella, sin descuidar la ‘riqueza del encuentro entre diferentes tradiciones culturales’”.

“Reconocimiento al hecho gozoso de que nuestra Iglesia hoy sigue abriendo sus brazos a los emigrantes. La acogida de hoy, anuncio del Evangelio de la solidaridad fraterna, samaritana, es la mejor garantía para un futuro integrador donde nuestro compartir fraterno sea la señal iluminadora que seguimos ofreciendo".

"Nuestros menores emigrantes y refugiados, que hoy son acogidos, mañana compartirán con nosotros, como adultos, los valores que hayamos intercambiado. La fe, que gozosamente les hemos propuesto o hemos compartido con ellos, la viviremos fraternalmente, y nuestras comunidades serán verdaderos signos de la catolicidad”. Por el anuncio gozoso que se les ha dado de ser hijos/as de Dios en Cristo, comprometiéndose en la liberación de todo el ser humano.

“La llegada y presencia de los hermanos emigrantes y refugiados son para nosotros una gracia y, al mismo tiempo, una interpelación, un reto y una oportunidad. Por eso agradecemos los incontables gestos y generosos esfuerzos de tantos hermanos, grupos, comunidades e instituciones en el servicio a los emigrantes y refugiados”.

“Procurar que el niño/a sea acompañado por su propia familia, y, cuando esto no fuera posible, proporcionarle un ambiente y unas personas o núcleo familiar lo más cercanos a su contexto familiar”. “Ayudarle a que, cuanto antes, tenga el mejor ambiente escolar y educativo”. “Mostrar el máximo respeto a su condición religiosa y proporcionarle los medios necesarios para su formación, fomento y práctica religiosa”. “Cuando la vida y los derechos de los menores están en juego, no debe haber testigos silenciosos. Todos tenemos una obligación para con ellos.

La Iglesia amarla ir a ella con sinceridad integrándonos como comunidad, es comprender a la luz de la Palabra de Dios, las viscisitudes de la historia de los seres humanos. Sociedad visible la Iglesia vive y actua como! fermento y alma de la sociedad¡, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios. Al buscar su propia salvación, la Iglesia no solo comunica la vida divina al ser humano, sanando y elevándolo a su dignidad, sino robusteciendo así la actividad cotidiana de un sentido y una significación más profundos.

La Juventud


Nosotros, hombres y mujeres jóvenes y adultos reunidos, dentro del contexto de la misión continental que nuestra Iglesia Católica ha convocado para responder al tiempo de gracia que el Espíritu suscita hoy en América Latina, los laicos y laicas, religiosas y religiosas, sacerdotes y obispos , discernimos el tema: los y las jóvenes discípulos misioneros para la vida de nuestros pueblos. La Iglesia nos ha invitado a asumir una actitud permanente conversión pastoral que implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu está diciendo en la Iglesia. Ahora queremos compartir con ustedes el fuego que el Señor Jesús ha encendido en nuestros corazones al caminar con nosotros en estos días de oración, reflexión, escucha, trabajo y celebración. Para nuestro proceso hemos usado el método ver-juzgar-actuar que implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de la Palabra revelada y el contacto vivificante de los sacramentos a fin de que en la vida conciliada veamos la realidad que nos circunda a la luz de su providencia, la busquemos con Jesucristo camino, verdad y vida y actuemos desde la Iglesia cuerpo místico de Cristo, sacramento universal de salvación en la proclamación del Reino de Dios que se siembre en esta tierra y que fructifica plenamente en el cielo. La vida de los y las jóvenes ha estado en el centro de nuestro encuentro igual que esta en el centro de nuestra Iglesia que ha renovado una vez más su opción preferencial por ellos (los jóvenes) de manera realista y efectivo, aproximarnos a los jóvenes y escucharles. Nos ha permitido constatar los signos de vida y los signos de muerte existentes en tres dimensiones fundamentales de nuestro existir: la juvenil, eclesial y social. Dar vida a un proceso eclesial con y desde los jóvenes implica conocer y discernir estos signos para responder a los desafíos que plantea la juventud de nuestros continente, es hacer de nuevo la experiencia del misterioso caminante que aquellos discípulos que iban de camino. Jesús se acerco a ellos y les dijo: ¿de que discuten ustedes?...ese aprender a escuchar antes de proponer un mensaje para que el proceso de reflexión que hemos mencionado no sea un visión parcializada. En un segundo momento de nuestro caminar buscamos iluminar la realidad que contemplamos en esta parte el texto del pasaje de los discípulos de Emaus ha sido la clave para interpretar el proceso estos días y el Espíritu presente en las reflexiones de nuestra Iglesia en Aparecida Brasil Empezando por Moisés, -dice el evangelio- y continuando por todos los profetas que se referían a Jesús. Descubrimos como la lectura orante de la Palabra como el Señor nos sigue explicando su presencia en nuestra historia. Él continua invitándonos a los y las jóvenes a ser sus discípulos misioneros en las circunstancias actuales. La Iglesia nos propuso un modelo para profundizar nuestro vinculo con Cristo y esto implica una actitud de permanente conversión personal y pastoral. Al finalizar nuestro encuentro sentimos el profundo deseo de levantarnos y volver a nuestros pueblos, volver al corazón de la Iglesia y encontrarnos con los y las jóvenes para compartir con ellos su vida en Jesús. Por eso nos comprometemos delante de Dios y de ustedes a continuar luchando por revitalizar la pastoral de juventud del continente latinoamericano para que esta se convierta cada día más en camino para que muchos y muchas encontrarse con el Dios de la vida para seguir construyendo con El una nueva civilización del amor. Queremos que este compromiso se manifieste en gestos concretos de misión y servicio que sea reflejo de la acción del resucitado en nuestra vida. Finalmente volvemos todos nuestros afanes al maternal cobijo de María nuestra Madre, ella que velo por los primeros pasos de Jesús velará también por los pasos que damos buscando la revitalización de la pastoral de juventudes de nuestro continente. Ella nos acompañara en el rumbo que ha de tomarse.

Ver a Jesús los Jóvenes
Encontrar a Jesús no significa encontrarle inmediatamente. Haber «encontrado» a Jesús en una experiencia religiosa fuerte que suscita una gran alegría y entusiasmo, no siempre conduce a la fe, a un auténtico encuentro con el Señor, porque, como en la parábola de la semilla (Mc 4), no está preparado el terreno en el que cae la semilla.
Al encuentro la iniciativa es de Jesús. «Él se adelanta y busca el encuentro. Entra en una casa, se acerca al pozo, donde una mujer intenta coger al agua, se detiene delante de un extractor, vuelve la mirada hacia quien está subido a un árbol, se suma a quien está recorriendo un camino. De sus palabras, de sus gestos y de su persona desprende una fascinación que envuelve al interlocutor. Es admiración, amor, confianza y atracción.
Para muchos el primer encuentro se transformará en deseo de escucharle más todavía, de entablar amistad con Él, de seguirle. Se sentarán a su alrededor para interrogarle, le ayudarán en su misión, le pedirán que les enseñe a rezar, serán testigos de sus horas felices y dolorosas. En otros casos el encuentro acaba con una invitación a un cambio de vida» Éste es el testimonio unánime de los cuatro evangelistas.
La expresión no es diversa cuando se piensa en el encuentro de Jesús con los jóvenes. Para cada uno de ellos el acontecimiento más decisivo tiene lugar en el momento en que Cristo aparece como aquel del que es posible alcanzar un sentido para la vida, al cual dirigirse en busca de verdad, a través del cual comprender la relación con Dios y con el cual interpretar la condición humana. El elemento más importante es pasar de la admiración al conocimiento y del conocimiento a la intimidad, al enamoramiento, al seguimiento, a la imitación.
Es verdad que no se puede «ver a Jesús» si Él no se «deja ver». Nadie viene a Mí, ha dicho Él, sino aquel a quien le ha sido concedido por mi Padre (Jn 6, 44). Por tanto, no basta el deseo de encontrarle para llegar a la alegría del reconocimiento ni basta encontrar a sus discípulos para encontrar a Jesús y reconocerlo como Señor.
El relato de Emaús, modelo ejemplar de encuentro del creyente con la misma Palabra encarnada (Lc 24, 13-15), identifica la meta a la que debe llegar el creyente y traza el camino para llegar a ella. El episodio ilustra el camino de la fe y describe sus etapas siempre actuales. El relato lucano nos ofrece un itinerario preciso de evangelización, en el que se describe quién es el que evangeliza y cómo se evangeliza: es Jesús quien evangeliza por medio de su palabra y del don eucarístico de sí, caminado junto con sus discípulos.
Joven encuentra a Cristo
El relato se abre narrando el alejamiento de Jerusalén de dos discípulos de Jesús. Desolados por lo que ha sucedido en los tres últimos días, abandonan la comunidad, en la cual, no obstante, hay algunos que han comenzado a decir que el Señor ha sido visto vivo; los dos discípulos no pueden dar crédito a habladurías de mujeres (Lc 24, 22-23; Mc 16, 11). Sólo al final del viaje, cuando vean a Jesús repetir el gesto de partir el pan, le reconocerán para perderlo inmediatamente de vista y retornar a la comunidad. La conclusión, inesperada, del viaje a Emaús fue volver a encontrarse con la comunidad en Jerusalén. El Resucitado no se quedó con ellos y ellos no pudieron quedarse solos: retornaron a la comunidad, donde volvieron a encontrar a Cristo en el testimonio de los Apóstoles: «De veras el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34). Éste es un criterio de verificación de un encuentro auténtico con Cristo: el don de la comunidad, que es descubierta como la propia casa, habitada por el Señor, el hogar al que pertenecen todos los que han visto al Señor.
Descubrir la comunidad y reencontrarse en la Iglesia, lugar para vivir la fe común, es la consecuencia lógica del encuentro personal con el Resucitado. Fuera de la comunidad el anuncio del Evangelio parece un rumor imposible de creer (Lc 24, 22-23). Hoy, como ayer y más que ayer, debemos contar con los obstáculos que encuentra la evangelización. El primero es la desinformación, porque no solamente se habla poco de Jesús, sino que se intenta hacerlo desparecer de la cultura actual, de la organización social, de la conciencia personal. Su presencia es considerada irrelevante en la sociedad y su ausencia es vista como una ventaja. El segundo obstáculo es la visión subjetiva de Jesús, que, privado de su real historicidad, parece siempre un Cristo a nuestra medida, imaginado según los propios deseos o necesidades. El tercer obstáculo es más refinado: en un pretendido diálogo interreligioso se querría reducir a Cristo a uno más entre otros maestros de espíritu o fundador de religiones, de modo que no se le reconocería como único Salvador de todos. En fin, existe el peligro no imaginario, sino muy común entre los mismos cristianos, de considerar a Cristo ya conocido en tan alto grado, que no tiene nada nuevo que decirnos; convertido en insignificante, no merece la pena tenerlo ya como Guía y Señor.
El relato de los discípulos de Emaús nos dice que, si el Resucitado no hubiera formado comunidad con ellos, durante el viaje y a la mesa, los dos discípulos no habrían llegado a descubrirle vivo, ni hubieran recuperado el deseo de vivir juntos. No importa si el que vuelve a comunidad la había abandonado antes; pero es decisivo que se vuelva cuanto antes, inmediatamente después de haber visto al Señor. Sólo quien recupera la vida común, sabe que el Resucitado ha estado con él y encuentra la alegría de haberlo sentido junto a sí (Lc 24, 35.32).
Los que vieron al Resucitado y comieron con Él no pudieron entretenerlo con ellos, pero sintieron el deseo de contar la experiencia vivida, retornando a su comunidad. Esto no es casual, sino que prueba una ley de la existencia cristiana: quien sabe y proclama que Cristo ha resucitado, vive en común su experiencia.
Es también verdad que se puede encontrar a Cristo en cualquier lugar; pero su casa, el lugar donde habita, es la Iglesia, la comunidad de los creyentes, es decir, de aquellos que Le confiesan como su Señor, la familia de sus discípulos, de aquellos que comparten con Él vida y misión.
No hay duda de que debemos afanarnos en corregir la imagen deformada que puede existir de la Iglesia en muchos jóvenes. Algunos «hablan de ella con afecto, como si se tratara de la propia familia, más aún, de la propia madre. Saben que en ella y de ella han recibido la vida espiritual. También conocen sus límites, arrugas e incluso escándalos. Pero aparece como secundario en comparación con los bienes que aporta a la persona y a la humanidad en cuanto morada de Cristo y punto de irradiación de su luz: las energías de bien que se manifiestan en obras y personas, la experiencia de Dios movida por el Espíritu Santo que aparece en la santidad, la sabiduría que nos viene de la Palabra de Dios, el amor que une y crea solidaridad más allá de los confines nacionales y continentales, la perspectiva de la vida eterna.
Otros hablan de ella con distanciamiento, como si fuese una realidad que no les incumbe y de la que no se sienten parte. La juzgan desde el exterior. Cuando dicen ‘la Iglesia’, parecen referirse solamente a algunas de sus instituciones, a alguna formulación de la fe o a normas de moral con las que no congenian. Es la impresión que se saca de la lectura de algunos periódicos .Se equivocan precisamente en aquello que constituye la Iglesia: su relación, más aún, su identificación con Cristo. Para muchos, esta es una verdad no conocida o prácticamente olvidada. No falta quien la interpreta como una pretensión de la Iglesia de monopolizar la figura de Cristo, controlar las interpretaciones y gestionar el patrimonio de imagen, de verdad, de fascinación que representa Cristo.
Para el creyente éste es el punto fundamental: la Iglesia es continuación, morada, presencia actual de Cristo, lugar donde Él dispensa la gracia, la verdad y la vida en el Espíritu. Es justamente así. La Iglesia vive de la memoria de Jesús, medita repetidamente y estudia con todos los medios su palabra sacándole nuevos significados, vierte al rito su presencia en las celebraciones, trata de proyectar la luz que se derrama desde su misterio sobre los acontecimientos y sobre las concepciones de vida actuales y se compromete a llevar adelante la misión de Cristo en su totalidad: anuncio del Reino y transformación de las condiciones de vida menos humanas. Sobre todo, Jesús es su Cabeza que atrae a cada miembro, los une en un cuerpo visible e infunde energías en las comunidades».
Si ésta es la verdadera realidad de la Iglesia, nos incumbe la tarea de actuar de tal manera que los jóvenes la amen como madre de su fe, que les hace crecer como hijos de Dios, que les permite encontrar la vocación y misión, que los acompaña a lo largo del recorrido de la vida y que los espera para introducirlos en la casa del Padre. Esto es lo que Don Bosco supo realizar de modo incomparable en la educación y evangelización de sus muchachos en Valdocco. Veamos qué podemos hacer nosotros hoy en relación a los jóvenes que quieren ver a Cristo.
Caminar juntos
La razón por la que el episodio de Emaús resulta tan actual, estriba en su contemporaneidad con nuestra situación espiritual. Es fácil sentirse identificados con estos discípulos que vuelven a casa, antes de la puesta del sol, cargados de conocimientos y de tristeza. En la aventura de los dos discípulos de Emaús encontramos las etapas decisivas que hay que recorrer, para rehacer, en la educación en la fe de los jóvenes, la experiencia pascual que acompaña al nacimiento de la vida en comunidad y del testimonio apostólico.

El punto de partida del viaje hacia Emaús no fue lo que había sucedido en Jerusalén «en aquellos días», sino la íntima frustración personal. Habían vivido junto a Jesús y la convivencia había despertado en ellos las mejores esperanzas: parecía que «sería Él quien liberaría a Israel» (Hch 24, 19.21). En cambio, su muerte en cruz había sepultado todas sus expectativas y su fe. Era más que lógico que experimentaran el fallo, que, desilusionados, sintieran que habían sido engañados. Hoy los jóvenes comparten pocas cosas con estos discípulos; pero tal vez no tienen ninguna tan en común como la frustración de sus sueños, el cansancio en la vida y el desencanto en el discipulado. Seguir a Jesús, piensan con frecuencia, no vale la pena: un ausente no tiene valor para su vida.
Es la hora de caminar hacia Emaús. En el camino, con sus angustias, hay también la oportunidad de un encuentro con Jesús. Pero no se debe caminar solos. Los jóvenes tienen necesidad de una Iglesia, que, representando a Jesús, se acerque a sus problemas y a su desánimo, que no sólo comparta con ellos el camino y la fatiga, sino que converse con ellos, colocándose a su nivel, interesándose por aquello que les preocupa, asumiendo sus incertidumbres. ¿Cómo se podrá representar al Señor Resucitado, si no se ocupa de ellos, si no se interroga sobre sus «alegrías y esperanzas», sobre sus «tristezas y angustias», en suma, si no se muestra preocupada por sus cosas y por su vida?
En el camino, solamente el desconocido parecía no tener idea alguna de lo acaecido en Jerusalén (Lc 24, 17-24). Conocer muchas cosas sobre Jesús no llevó a los discípulos a reconocerlo; conocían el kerigma, pero no habían llegado a la fe; sabían mucho sobre Él, pero no eran capaces de verlo; tenían tantas noticias sobre un muerto que no lograban verle vivo. El desconocido debió emplearse a fondo para hacerles comprender lo acaecido a la luz de Dios. Jesús se puso a releer con ellos su vida, presentándola como cumplimiento de las promesas. Para poderle reconocer debieron dejarle hablar.
Como Cristo, la Familia Salesiana debe renunciar a alimentar en los jóvenes esperanzas inconsistentes, expectativas falsas; en cambio, debe enseñar a aceptar lo que sucede en ellos y en torno a ellos, ayudándoles a releer los acontecimientos a la luz de Dios, según su Palabra. Si no los llevamos a la convicción de que todo lo que acontece es parte de un proyecto divino, fruto y prueba de un inmenso amor, ¿cómo lograrán los jóvenes sentirse amados por Dios? Para lograrlo, debemos convertirnos en compañeros suyos en la búsqueda del sentido de la vida y en la búsqueda de Dios. He aquí un recorrido, todavía poco utilizado por la Iglesia, muy urgente para los jóvenes: sin conocer las Escrituras no se conoce a Cristo.

Llegados a Emaús, los discípulos no habían conseguido todavía el conocimiento personal de Jesús, no habían identificado al Resucitado en el desconocido acompañante. En realidad, Emaús no fue la meta del viaje, sino una etapa decisiva. Invitado a quedarse, todavía desconocido, Jesús repite su gesto sin decir palabra. Entre los creyentes, la praxis eucarística es signo de su presencia real. Los dos de Emaús no reconocieron al Señor cuando junto con él recorrían el camino y aprendían de Él a comprender el sentido de los acontecimientos. Lo que Jesús no consiguió hacer con el acompañamiento, con la conversación, con la interpretación de la Palabra de Dios, se cumple con el gesto eucarístico.
Los ojos para contemplar al Resucitado se abren cuando Él repite el gesto que mejor Le identifica (Lc 24, 30-31). Cuando se parte el pan en comunidad, Jesús sale del anonimato. «No se edifica comunidad cristiana alguna si no tiene como raíz y quicio la celebración de la eucaristía». Una educación en la fe que olvide u omita el encuentro sacramental de los jóvenes con Cristo, no es el camino para encontrarlo. La eucaristía es y debe permanecer como «fuente y culminación de la evangelización»; es «la fuente y la culminación de la vida cristiana».
«Los jóvenes, encuentran a Jesús en la comunidad eclesial. Pero en la vida de ésta hay momentos en los que Él se revela y se comunica de manera singular: son los sacramentos, en particular la Reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia que se contiene en ellos, el conocimiento de Jesús resulta inadecuado y escaso, hasta el punto de no consentir distinguirle entre los hombres como el Salvador resucitado.
Hay quien, aún compartiendo la vida social y los ideales de la Iglesia, coloca a Jesús solamente entre los grandes sabios, entre los genios religiosos; tal vez le considera como la realización más alta de la humanidad, que influye sobre nosotros por la profundidad de su doctrina y por su ejemplo de vida. Pero falta la experiencia personal del Resucitado, de su poder de dar la vida, de la comunión en Él con el Padre.
Con razón se dice que los sacramentos son memoria viva de Jesús: de lo que Él cumple y realiza todavía hoy para nosotros, de lo que significa para nuestra vida; por tanto, los sacramentos reavivan nuestra fe en Él, y por esto le vemos mejor en nuestra existencia y en los acontecimientos.
Son también revelación de lo que parece escondido en los pliegues de nuestra existencia; por su medio tomamos conciencia de ello: en la Reconciliación descubrimos la bondad de Dios en el origen y como tejido de nuestra vida; a su luz valoramos su trascurso e intentamos construirla de un modo nuevo. Son energía, gracia transformadora porque comunican la vida de Cristo resucitado y nos insertan en ella; nos dan conciencia no teórica, sino vivida, de su importancia, dimensiones y posibilidades.
Son profecía, prenda de una promesa de comunión y felicidad que nos ha sido hecha y en la que confiamos. En la Reconciliación se nos abren los ojos y vemos lo que podemos llegar a ser según el proyecto y el deseo de Dios; nos es dado otra vez el Espíritu que nos purifica y renueva. Se ha dicho que es el sacramento de nuestro futuro de hijos, más bien que de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía Cristo nos incorpora a su ofrecimiento al Padre y refuerza nuestra donación a los hombres. Nos inspira el deseo y nos da la esperanza de que ambas cosas, amor al Padre y a los hermanos, sean una gracia para todos y para todo: anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección; ven, Señor Jesús»
La urgencia de evangelizar , expresa la pasión por la salvación de los otros, la gloria de compartir la experiencia de plenitud de vida en Jesús. Quien ha encontrado al Señor, no puede permanecer en silencio: debe proclamarle. Quedar callados sería darle de nuevo por muerto; ¡y Él vive! El sentido misionero encarna el mandato que Cristo dirige a los discípulos: «Seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra» (Hch 1, 8).
La dimensión misionera está particularmente viva hoy, porque el mundo ha vuelto a ser «tierra de misión». Por otra parte, hoy hay una manera distinta de concebir la dimensión misionera, de realizar la «missio ad gentes». Se realiza en el respeto de los diversos ambientes culturales, en diálogo con las otras religiones y en la fermentación de la cultura. Pero esto no nos exime de ser misioneros, más bien nos compromete de manera aún más fuerte.

San Francisco Javier


Patrono Universal de las Misiones
Encontrarse con Jesús y hacer vida con El, es una experiencia maravillosa, que muchos de nosotros hemos sentido alguna vez en nuestro corazón y que nos hace ¡verdaderamente felices!…y esta alegría de tener a Jesús es la que queremos compartir con todos desde la misión, porque como nos dice San Juan, no podemos callar lo que hemos visto y oído.
Esta misma experiencia es la que contemplamos hoy en san Francisco Javier…un enamorado de Jesús, misionero de alma…., patrono de las misiones, cuya fiesta se celebra el 3 de diciembre.
San Francisco Javier nace en España, en 1506, hace los votos con su amigo Ignacio de Loyola y otros 5 compañeros y en 1537, es ordenado sacerdote. En 1541, el día de su cumpleaños, es enviado como misionero a lejanas tierras. Recorre numerosas pueblos del Asia, predicando e invitando a encontrarse con la persona de Jesús. El 3 de diciembre de 1552, muere frente a las costas de China, no pudiendo cumplir su deseo de evangelizar esas tierras.
En marzo de 1622 es canonizado junto a San Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, San isidro y Felipe Neri y, en 1904 San Pío X, lo declara Patrono de las Misiones
La figura de San Francisco en el día de su fiesta, me hace pensar en algunas aspectos que nos hacen bien a nuestro ser misioneros:
Su profunda vida de oración: de donde él sacaba fuerza, alegría, entusiasmo para la misión. El encuentro con su amigo Jesús, lo llevaba a querer compartirlo… Nosotros como misioneros, debemos motivar y profundizar nuestra relación con Jesús para ser auténticos misioneros…
Su amistad con San Ignacio: la amistad de ambos, habiéndose cada uno encontrado con Jesús, los ayudó a compartir la misión y la santidad…. así nosotros que nuestras amistades nos ayuden a estar más cerca de Jesús, a ser mejores misioneros, a trabajar por ser santos…
Su inculturación en la cultura asiática : En esa época San Francisco Javier, no sabiendo el idioma, supo hacerse a la cultura asiática y llevar el Evangelio con gestos y signos claros para cada uno de los que lo escuchaban… Nosotros misioneros de la IAM , debemos siempre estar atentos a la cultura, la riqueza, la persona que Dios nos confía…
Su amor a la Iglesia : Evangelizó siempre en comunión con la Iglesia , con sus hermanos de comunidad, con la congregación fundada con San Ignacio de Loyola.

San José de Nazaret

ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA Y CUSTODIO DEL REDENTOR


Dios le confió a San José una misión excepcional: ser esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Su Hijo, Jesús, constituyéndose así en el Custodio de la Sagrada Familia. San José es, por lo tanto, el santo que más cerca está de Jesús y de la Virgen.
Las fuentes de información confiable sobre la vida de San José son el evangelio según San Mateo y el evangelio según San Lucas. Existen una variedad de escritos posteriores con muchos detalles contradictorios que se le atribuyen a su vida (el "Evangelio de Santiago", "La Historia Copta de San José", la "Vida de la Virgen y la Muerte de San José", etc.), pero estos libros no están dentro del canon de las Sagradas Escrituras y nunca han sido considerados verdaderos por la Iglesia.
San José era descendiente del rey David y probablemente nació en Belén, aunque vivía en Nazaret en el tiempo de la Anunciación. Su oficio era el de carpintero (Mateo 13,55, Marcos 6,3).
Las palabras de la Anunciación por parte del ángel Gabriel acerca de la venida del Hijo de Dios que se encuentran en el Evangelio según San Lucas 1,28-38, fueron dichas «a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María.» (Lucas 1,27).
En la cultura judía de entonces, toda mujer debía pertenecer a un hombre: a su padre, a su esposo o, si fuera viuda, a un hijo, por lo que este compromiso daba ya los derechos de la vida conyugal; es decir, María ya es esposa de José, aún cuando ella no había salido todavía de la casa paterna (Mateo 1,20,24).
José fue hombre agradable a Dios: justo, bueno (Mateo 1,19). Cuando María quedó embarazada por obra del Espíritu Santo es evidente que José aún no sabía cuál sería su papel en este misterio; pero pronto quedaría aclarado cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1,20,21).
De esta manera, aunque José no era padre natural de Jesús, el Hijo de Dios, a él se le encomendó darle el nombre, lo que era propio del padre o tutor y, por lo tanto, San José se convierte en el hombre elegido por Dios para una confianza muy especial: ser el Custodio del Redentor, de María Santísima y del misterio cuyo cumplimiento habían esperado desde hacía muchas generaciones la estirpe de David y toda la “casa de Israel”.
Juan Pablo II nos dijo: “José entra en este puesto con la sencillez y humildad, en las que se manifiesta la profundidad espiritual del hombre; y él lo llena completamente con su vida. «Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le había mandado» (Mateo 1,24). En estas pocas palabras está todo. Toda la decisión de la vida de José y la plena característica de su santidad. «Hizo». José es hombre de acción. Es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya. En cambio, ha descrito sus acciones: acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura”.
ORACIÓN DE LA FAMILIA A SAN JOSÉ
San José,
queremos poner
bajo tu protección
a nuestra familia,
para que cada uno de nosotros
viva en la fidelidad al Espíritu,
en la escucha y cumplimiento
de la Palabra de Dios.
Sé para nosotros el modelo
del amor desinteresado,
que busca en primer lugar
la felicidad de mi familia.Amén
ORACIÓN DE LOS PADRES
Oh santo esposo de María,
por el don que tú hiciste
de ti mismo
al servicio de su divina maternidad,
bendice nuestro matrimonio,
para que en nuestros corazones
reine la unión, la paz
y la concordia.
Junto con María
protege a nuestra familia
para que seamos siempre
fieles a nuestra misión
de esposos y padres,
en el mutuo amor y respeto.
ORACIÓN DE LOS HIJOS
Oh padre de Jesús,
tú que has tenido la suerte
de cargar en tus brazos a Jesús,
de acariciarlo;
protégenos también a nosotros
con tu amor paterno.
Defiéndenos
contra todo peligro
del alma y del cuerpo.
A ejemplo de Jesús,
haznos crecer
en edad y sabiduría,
para que podamos vivir siempre
en el amor de Jesús y María.

ORACIÓN DE LA FAMILIA A SAN JOSÉ
San José,
queremos poner
bajo tu protección
a nuestra familia,
para que cada uno de nosotros
viva en la fidelidad al Espíritu,
en la escucha y cumplimiento
de la Palabra de Dios.
Sé para nosotros el modelo
del amor desinteresado,
que busca en primer lugar
la felicidad
de mi familia.
Amén.
ORACIÓN DE LOS PADRES
Oh santo esposo de María,
por el don que tú hiciste
de ti mismo
al servicio de su divina maternidad,
bendice nuestro matrimonio,
para que en nuestros corazones
reine la unión, la paz
y la concordia.
Junto con María
protege a nuestra familia
para que seamos siempre
fieles a nuestra misión
de esposos y padres,
en el mutuo amor y respeto.
ORACIÓN DE LOS HIJOS
Oh padre de Jesús,
tú que has tenido la suerte
de cargar en tus brazos a Jesús,
de acariciarlo;
protégenos también a nosotros
con tu amor paterno.
Defiéndenos
contra todo peligro
del alma y del cuerpo.
A ejemplo de Jesús,
haznos crecer
en edad y sabiduría,
para que podamos vivir siempre
en el amor de Jesús y María.

Conciencia Cristiana


Una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, que permite encontrar en la Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del ser humano , a través del trabajo cotidiano humano, de todas las realidades creadas" Colosenses (1, 19-20), "No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo.

"La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana . El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro" .

El principio cristológico determina la visión de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Esta se traduce en lo que podríamos llamar el principio de responsabilidad y de participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas para configurarlas cristianamente. “Estar presentes sin miedo en todas las actividades y organizaciones de los seres humanos, para que Cristo esté presente en ellas, porque Dios Nuestro Señor nos pediría cuenta estrecha, si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad" . En estas palabras una aguda percepción del sentido ético y religioso de la interdependencia entre los seres humanos y entre los pueblos, que en la sociedad moderna ha adquirido una dimensión mundial. Se advirte la necesidad de no encerrar en límites estrechos, la solidaridad cristiana, a la vez que, con prudente realismo, aclara que la solidaridad comienza con los que están más cerca. La preocupación santa de un cristiano "empieza por lo que tiene a su alcance, por el quehacer ordinario de cada día, y poco a poco extiende en círculos concéntricos su afán de mies: en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; en la sociedad civil, en la cátedra de cultura, en la asamblea política, entre todos sus conciudadanos de cualquier condición social que sean; llega hasta las relaciones entre los pueblos, abarca en su amor razas, continentes, civilizaciones diversísimas".

Particularmente interesante y complejo es el modo en el que, esta responsabilidad por el mundo debe actuarse. El eco del Sermón de la Montaña, que contiene un mensaje caracterizado por una novedad que no implica ruptura, sino cumplimiento, las enseñanzas del Señor no rompen con los contenidos más nobles de la ley de Moisés y de la moral simplemente humana, sino que los llevan a su plenitud, los interiorizan y radicalizan, conduciéndolos así a su más cumplida expresión, libre de extenuantes casuísticas. Esta perspectiva, que refleja fielmente la lógica de la Encarnación, tiene numerosas aplicaciones ; de muchas de ellas, como son -por ejemplo-la convicción de que entre la fe y la ciencia existe una perfecta armonía, o la alta estima de las virtudes humanas. Interesa destacar el alto valor que se reconoce y se concede a las realidades creadas y, más concretamente, a la libertad personal, principal don natural concedido por Dios al ser humano, y a la autonomía y consistencia propia de las realidades terrenas .

La autonomía y consistencia de las realidades temporales implica,el imperativo de conocer y respetar su dinámica intrínseca, fruto de la racionalidad que la Sabiduría del Creador ha impreso en sus obras, y por consiguiente una exigencia de competencia técnica y profesional, presupuesto imprescindible de cualquier proyecto apostólico para la santificación del mundo desde dentro. "El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular su dinámica propia, no se usarían esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los seres humanos ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque parece, aunque se respeta la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas"

Esta misma perspectiva, cuando se despliega en el ámbito social, da lugar a una comprensión profunda de la naturaleza y consistencia propia de las relaciones sociales. Dios no crea sólo individuos, crea también relaciones sociales -como es, por ejemplo, la familia-, cuya dinámica ha de ser conocida, apreciada y respetada, si es que queremos también redimirla. Podríamos quizá precisar más: Dios no crea individuos, crea personas, y por eso crea también relaciones. Durante muchos años ha sido dominante en las ciencias sociales la tendencia a definir la existencia humana como una polaridad entre el individuo, entendido como un átomo, y el Estado; a lo más, se admitía un tercer polo: el mercado.

La sensibilidad da una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enunciaciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingencia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo práctico. Por eso, "nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal" . Pero con esto no se pretende que todo lo que hay en esta tierra es contingente, ya que se propagan sin respetos humanos, las exigencias éticas universalmente válidas. "No olvidemos que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. -Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia"

Este sentido de la limitación de todo proyecto humano de realización concreta de valores influye notablemente en el modo de entender el principio de libertad, así como en su resistencia a tolerar la imposición de criterios únicos sobre problemas que admitían diversas soluciones igualmente compatibles con la conciencia cristiana: "son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables. Ese modo injusto y antinatural de proceder -porque va contra la dignidad de la persona humana- no puede nunca ser camino para convivir, ya que ahoga el derecho del ser humano a obrar según su conciencia (COGNITIVO), el derecho a trabajar, a asociarse, a vivir en la libertad dentro de los límites del derecho natural"

La libertad, como un valor sustancial, indisolublemente unido al principio de responsabilidad y, por tanto, a la participación y a la solidaridad,es la afirmación clara del valor natural y cristiano de la libertad unida a la responsabilidad: "Y existe un bien que [el cristiano] deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. El Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros -para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje- integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor III, 17). El Reino de Cristo es de libertad .Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural. El despliegue del principio de libertad sobre el ámbito de la participación y de la convivencia es: "Amemos de verdad a todos los seres humanos ,amemos lo creado; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia" .

Amar la libertad implica necesariamente amar "el pluralismo que la libertad lleva consigo" . Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión es: Convivir, comprender, disculpar. El hecho de que alguno piense de distinta manera que yo -especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión- no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad personal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. La fe cristiana nos dice que la caridad hay que vivirla con todos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo"
Esa relación aparece de forma todavía más explícita, junto a la observación de que no todo es opinable y que, por tanto, la libertad de un cristiano tiene evidentes límites: "Debemos, por tanto, sentirnos libres en todo lo que es opinable. De esa libertad nacerá un santo sentido de responsabilidad personal, que haciéndonos serenos, rectos y amigos de la verdad, nos apartará a la vez de todos los errores: porque respetaremos sinceramente las legítimas opiniones de los demás . Sin embargo, rechazaremos siempre lo que sea contrario a cuanto enseña la Iglesia. Ya que, precisamente por ese amor a la verdad y por esa rectitud de intención, queremos ser fuertes en la fe, con una fidelidad gozosa y firmísima "

El sentido de la libertad y de la responsabilidad personales informa el modo de contribuir a que "el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna" . Y lleva a descubrir la"compenetración recíproca" que existe entre ""el apostolado y la ordenación de la vida pública por parte del Estado". Esta compenetración abre horizontes apostólicos importantes, pero que deben llevarse a la práctica con libertad personal y con personal responsabilidad”. Tenemos que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para llevar la propia responsabilidad personal; ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para amar y sevir nuestra Madre la Iglesia.

Comunicación Social



Fiesta de San Francisco de Sales.
Sin embargo, la creciente multimedialidad y la gran variedad de funciones que hay en la comunicación, pueden comportar el riesgo de un uso dictado sobre todo por la mera exigencia de hacerse presentes, considerando internet solamente, y de manera errónea, como un espacio que debe ocuparse. Por el contrario, se pide la capacidad de participar en el mundo digital en constante fidelidad al mensaje del Evangelio, para ejercer su papel de animadores de comunidades que se expresan cada vez más a través de las muchas "voces" surgidas en el mundo digital. Deben anunciar el Evangelio valiéndose no sólo de los medios tradicionales, sino también de los que aporta la nueva generación de medios audiovisuales (foto, vídeo, animaciones, blogs, sitios web), ocasiones inéditas de diálogo e instrumentos útiles para la evangelización y la catequesis.
El sacerdote podrá dar a conocer la vida de la Iglesia mediante estos modernos medios de comunicación, y ayudar a las personas de hoy a descubrir el rostro de Cristo. Para ello, ha de unir el uso oportuno y competente de tales medios - adquirido también en el período de formación - con una sólida preparación teológica y una honda espiritualidad sacerdotal, alimentada por su constante diálogo con el Señor. En el contacto con el mundo digital, el presbítero debe trasparentar, más que la mano de un simple usuario de los medios, su corazón de consagrado que da alma no sólo al compromiso pastoral que le es propio, sino al continuo flujo comunicativo de la "red".
También en el mundo digital, se debe poner de manifiesto que la solicitud amorosa de Dios en Cristo por nosotros no es algo del pasado, ni el resultado de teorías eruditas, sino una realidad muy concreta y actual. En efecto, la pastoral en el mundo digital debe mostrar a las personas de nuestro tiempo y a la humanidad desorientada de hoy que "Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos mutuamente”
¿Quién mejor que un hombre de Dios puede desarrollar y poner en práctica, a través de la propia competencia en el campo de los nuevos medios digitales, una pastoral que haga vivo y actual a Dios en la realidad de hoy? ¿Quién mejor que él para presentar la sabiduría religiosa del pasado como una riqueza a la que recurrir para vivir dignamente el hoy y construir adecuadamente el futuro? Quien trabaja como consagrado en los medios, tiene la tarea de allanar el camino a nuevos encuentros, asegurando siempre la calidad del contacto humano y la atención a las personas y a sus auténticas necesidades espirituales. Le corresponde ofrecer a quienes viven éste nuestro tiempo "digital" los signos necesarios para reconocer al Señor; darles la oportunidad de educarse para la espera y la esperanza, y de acercarse a la Palabra de Dios que salva y favorece el desarrollo humano integral. La Palabra podrá así navegar mar adentro hacia las numerosas encrucijadas que crea la tupida red de autopistas del ciberespacio, y afirmar el derecho de ciudadanía de Dios en cada época, para que Él pueda avanzar a través de las nuevas formas de comunicación por las calles de las ciudades y detenerse ante los umbrales de las casas y de los corazones y decir de nuevo: "Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y cenaremos juntos" (Ap 3, 20).
Se ha animado en los procesos comunicativos a promover una cultura de respeto por la dignidad y el valor de la persona humana. Ésta es una de las formas en que la Iglesia está llamada a ejercer una "diaconía de la cultura" en el "continente digital". Con el Evangelio en las manos y en el corazón, es necesario reafirmar que hemos de continuar preparando los caminos que conducen a la Palabra de Dios, sin descuidar una atención particular a quien está en actitud de búsqueda. Más aún, procurando mantener viva esa búsqueda como primer paso de la evangelización. Así, una pastoral en el mundo digital está llamada a tener en cuenta también a quienes no creen y desconfían, pero que llevan en el corazón los deseos de absoluto y de verdades perennes, pues esos medios permiten entrar en contacto con creyentes de cualquier religión, con no creyentes y con personas de todas las culturas. Así como el profeta Isaías llegó a imaginar una casa de oración para todos los pueblos (Is 56,7), quizá sea posible imaginar que podamos abrir en la red un espacio - como el "patio de los gentiles" del Templo de Jerusalén - también a aquéllos para quienes Dios sigue siendo un desconocido.
El desarrollo de las nuevas tecnologías y, en su dimensión más amplia, todo el mundo digital, representan un gran recurso para la humanidad en su conjunto y para cada persona en la singularidad de su ser, y un estímulo para el debate y el diálogo. Pero constituyen también una gran oportunidad para los creyentes. Ningún camino puede ni debe estar cerrado a quien, en el nombre de Cristo resucitado, se compromete a hacerse cada vez más prójimo del ser humano. Los nuevos medios, por tanto, ofrecen sobre todo a los presbíteros perspectivas pastorales siempre nuevas y sin fronteras, que lo invitan a valorar la dimensión universal de la Iglesia para una comunión amplia y concreta; a ser testigos en el mundo actual de la vida renovada que surge de la escucha del Evangelio de Jesús, el Hijo eterno que ha habitado entre nosotros para salvarnos. No hay que olvidar, sin embargo, que la fecundidad del ministerio sacerdotal deriva sobre todo de Cristo, al que encontramos y escuchamos en la oración; al que anunciamos con la predicación y el testimonio de la vida; al que conocemos, amamos y celebramos en los sacramentos, sobre todo en el de la Santa Eucaristía y la Reconciliación.
Queridos sacerdotes, os renuevo la invitación a asumir con sabiduría las oportunidades específicas que ofrece la moderna comunicación. Que el Señor os convierta en apasionados anunciadores de la Buena Noticia, también en la nueva "ágora" que han dado a luz los nuevos medios de comunicación
Con estos deseos, invoco sobre vosotros la protección de la Madre de Dios y del Santo Cura de Ars, y con afecto imparto a cada uno la Bendición Apostólica.
Vaticano, 24 de enero 2010, Fiesta de San Francisco de Sales.

Caridad en la verdad


Puesto que está llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda su riqueza de valores, compartida y comunicada... Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad.

Puesto que está llena de verdad, la caridad puede ser comprendida por el hombre en toda su riqueza de valores, compartida y comunicada. En efecto, la verdad es «lógos» que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas.

La verdad abre y une el intelecto de los seres humanos en el lógos del amor: éste es el anuncio y el testimonio cristiano de la caridad. En el contexto social y cultural actual, en el que está difundida la tendencia a relativizar lo verdadero, vivir la caridad en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo un elemento útil, sino indispensable para la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral.

Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales. De este modo, en el mundo no habría un verdadero y propio lugar para Dios. Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado.

Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad.

Exhortación a los creyentes



El costado traspasado del Redentor es la fuente a la que nos invita a acudir la encíclica Haurietis aquas: debemos recurrir a esta fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. Así podremos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo testimoniar después a los demás.

Como escribió Juan Pablo II, "junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así -y esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la civilización del Corazón de Cristo"
En la primera carta de san Juan: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él", para subrayar que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona . Dado que Dios se manifestó del modo más profundo a través de la encarnación de su Hijo, haciéndose "visible" en él, es en la relación con Cristo donde podemos reconocer quién es verdaderamente Dios (Haurietis aquas, 29-41; Deus caritas est, 12-15). Más aún, dado que el amor de Dios encontró su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la cruz, es sobre todo al contemplar su sufrimiento y su muerte como podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites que Dios nos tiene: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).
Este misterio del amor que Dios nos tiene no sólo constituye el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús: es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. Por tanto, es importante subrayar que el fundamento de esta devoción es tan antiguo como el cristianismo. En efecto, sólo se puede ser cristiano dirigiendo la mirada a la cruz de nuestro Redentor, "al que traspasaron" (Jn 19, 37; Zc 12, 10). La encíclica Haurietis aquas recuerda, con razón, que la herida del costado y las de los clavos han sido para innumerables almas los signos de un amor que ha transformado cada vez más eficazmente su vida (cf. n. 52). Reconocer el amor de Dios en el Crucificado se ha convertido para ellas en una experiencia interior que les ha llevado a confesar, como santo Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28), permitiéndoles alcanzar una fe más profunda acogiendo sin reservas el amor de Dios ( Haurietis aquas, 49).
El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contribución no sólo al conocimiento sino también, y sobre todo, a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse: están íntimamente relacionados. Por lo demás, conviene destacar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado por la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada puesta en el costado traspasado del Señor, del que brotan "sangre y agua" (cf. Jn 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de allí proceden (cf. Haurietis aquas, 34-41) y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.
La fe, entendida como fruto de la experiencia del amor de Dios, es una gracia, un don de Dios. Pero el hombre sólo podrá experimentar la fe como una gracia en la medida en la que la acepta dentro de sí como un don, del que trata de vivir. El culto del amor de Dios, al que la encíclica Haurietis aquas (cf. n. 72) invitaba a los fieles, debe ayudarnos a recordar incesantemente que él cargó con este sufrimiento voluntariamente "por nosotros", "por mí". Cuando practicamos este culto, no sólo reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguimos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por él.
Dios, que ha derramado su amor "en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (cf. Rm 5, 5), nos invita incesantemente a acoger su amor. Por consiguiente, la invitación a entregarse totalmente al amor salvífico de Cristo (cf. Haurietis aquas, 4) tiene como primera finalidad la relación con Dios. Por eso, este culto, totalmente orientado al amor de Dios que se sacrifica por nosotros, reviste una importancia insustituible para nuestra fe y para nuestra vida en el amor.
Quien acepta el amor de Dios interiormente queda modelado por él. El hombre vive la experiencia del amor de Dios como una "llamada" a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor, que "tomó sobre sí nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades" (Mt 8, 17), nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las necesidades de los demás. La contemplación, en la adoración, del costado traspasado por la lanza nos hace sensibles a la voluntad salvífica de Dios. Nos hace capaces de abandonarnos a su amor salvífico y misericordioso, y al mismo tiempo nos fortalece en el deseo de participar en su obra de salvación, convirtiéndonos en sus instrumentos.
Los dones recibidos del costado abierto, del que brotaron "sangre y agua" ( Jn 19, 34), hacen que nuestra vida se convierta también para los demás en fuente de la que brotan "ríos de agua viva" (Jn 7, 38) (cf. Deus caritas est, 7). La experiencia del amor vivida mediante el culto del costado traspasado del Redentor nos protege del peligro de encerrarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás. "En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos" (1 Jn 3, 16) (cf. Haurietis aquas, 38).
La respuesta al mandamiento del amor sólo se hace posible experimentando que este amor ya nos ha sido dado antes por Dios (cf. Deus caritas est, 14). Por tanto, el culto del amor que se hace visible en el misterio de la cruz, actualizado en toda celebración eucarística, constituye el fundamento para que podamos convertirnos en personas capaces de amar y entregarse (cf. Haurietis aquas, 69), siendo instrumentos en las manos de Cristo: sólo así se puede ser heraldos creíbles de su amor.
Sin embargo, esta disponibilidad a la voluntad de Dios debe renovarse en todo momento: "El amor nunca se da por "concluido" y completado" ( Deus caritas est, 17). La contemplación del "costado traspasado por la lanza", en el que resplandece la ilimitada voluntad salvífica por parte de Dios, no puede considerarse como una forma pasajera de culto o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del "corazón traspasado" su expresión histórico-devocional, sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios.