domingo, 31 de enero de 2010

Conciencia Cristiana


Una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, que permite encontrar en la Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del ser humano , a través del trabajo cotidiano humano, de todas las realidades creadas" Colosenses (1, 19-20), "No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo.

"La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana . El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro" .

El principio cristológico determina la visión de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Esta se traduce en lo que podríamos llamar el principio de responsabilidad y de participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas para configurarlas cristianamente. “Estar presentes sin miedo en todas las actividades y organizaciones de los seres humanos, para que Cristo esté presente en ellas, porque Dios Nuestro Señor nos pediría cuenta estrecha, si, por dejadez o comodidad, cada uno de nosotros, libremente, no procura intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad" . En estas palabras una aguda percepción del sentido ético y religioso de la interdependencia entre los seres humanos y entre los pueblos, que en la sociedad moderna ha adquirido una dimensión mundial. Se advirte la necesidad de no encerrar en límites estrechos, la solidaridad cristiana, a la vez que, con prudente realismo, aclara que la solidaridad comienza con los que están más cerca. La preocupación santa de un cristiano "empieza por lo que tiene a su alcance, por el quehacer ordinario de cada día, y poco a poco extiende en círculos concéntricos su afán de mies: en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; en la sociedad civil, en la cátedra de cultura, en la asamblea política, entre todos sus conciudadanos de cualquier condición social que sean; llega hasta las relaciones entre los pueblos, abarca en su amor razas, continentes, civilizaciones diversísimas".

Particularmente interesante y complejo es el modo en el que, esta responsabilidad por el mundo debe actuarse. El eco del Sermón de la Montaña, que contiene un mensaje caracterizado por una novedad que no implica ruptura, sino cumplimiento, las enseñanzas del Señor no rompen con los contenidos más nobles de la ley de Moisés y de la moral simplemente humana, sino que los llevan a su plenitud, los interiorizan y radicalizan, conduciéndolos así a su más cumplida expresión, libre de extenuantes casuísticas. Esta perspectiva, que refleja fielmente la lógica de la Encarnación, tiene numerosas aplicaciones ; de muchas de ellas, como son -por ejemplo-la convicción de que entre la fe y la ciencia existe una perfecta armonía, o la alta estima de las virtudes humanas. Interesa destacar el alto valor que se reconoce y se concede a las realidades creadas y, más concretamente, a la libertad personal, principal don natural concedido por Dios al ser humano, y a la autonomía y consistencia propia de las realidades terrenas .

La autonomía y consistencia de las realidades temporales implica,el imperativo de conocer y respetar su dinámica intrínseca, fruto de la racionalidad que la Sabiduría del Creador ha impreso en sus obras, y por consiguiente una exigencia de competencia técnica y profesional, presupuesto imprescindible de cualquier proyecto apostólico para la santificación del mundo desde dentro. "El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular su dinámica propia, no se usarían esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los seres humanos ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque parece, aunque se respeta la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas"

Esta misma perspectiva, cuando se despliega en el ámbito social, da lugar a una comprensión profunda de la naturaleza y consistencia propia de las relaciones sociales. Dios no crea sólo individuos, crea también relaciones sociales -como es, por ejemplo, la familia-, cuya dinámica ha de ser conocida, apreciada y respetada, si es que queremos también redimirla. Podríamos quizá precisar más: Dios no crea individuos, crea personas, y por eso crea también relaciones. Durante muchos años ha sido dominante en las ciencias sociales la tendencia a definir la existencia humana como una polaridad entre el individuo, entendido como un átomo, y el Estado; a lo más, se admitía un tercer polo: el mercado.

La sensibilidad da una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enunciaciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingencia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo práctico. Por eso, "nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal" . Pero con esto no se pretende que todo lo que hay en esta tierra es contingente, ya que se propagan sin respetos humanos, las exigencias éticas universalmente válidas. "No olvidemos que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. -Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia"

Este sentido de la limitación de todo proyecto humano de realización concreta de valores influye notablemente en el modo de entender el principio de libertad, así como en su resistencia a tolerar la imposición de criterios únicos sobre problemas que admitían diversas soluciones igualmente compatibles con la conciencia cristiana: "son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables. Ese modo injusto y antinatural de proceder -porque va contra la dignidad de la persona humana- no puede nunca ser camino para convivir, ya que ahoga el derecho del ser humano a obrar según su conciencia (COGNITIVO), el derecho a trabajar, a asociarse, a vivir en la libertad dentro de los límites del derecho natural"

La libertad, como un valor sustancial, indisolublemente unido al principio de responsabilidad y, por tanto, a la participación y a la solidaridad,es la afirmación clara del valor natural y cristiano de la libertad unida a la responsabilidad: "Y existe un bien que [el cristiano] deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. El Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros -para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje- integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor III, 17). El Reino de Cristo es de libertad .Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural. El despliegue del principio de libertad sobre el ámbito de la participación y de la convivencia es: "Amemos de verdad a todos los seres humanos ,amemos lo creado; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia" .

Amar la libertad implica necesariamente amar "el pluralismo que la libertad lleva consigo" . Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión es: Convivir, comprender, disculpar. El hecho de que alguno piense de distinta manera que yo -especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión- no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad personal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. La fe cristiana nos dice que la caridad hay que vivirla con todos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo"
Esa relación aparece de forma todavía más explícita, junto a la observación de que no todo es opinable y que, por tanto, la libertad de un cristiano tiene evidentes límites: "Debemos, por tanto, sentirnos libres en todo lo que es opinable. De esa libertad nacerá un santo sentido de responsabilidad personal, que haciéndonos serenos, rectos y amigos de la verdad, nos apartará a la vez de todos los errores: porque respetaremos sinceramente las legítimas opiniones de los demás . Sin embargo, rechazaremos siempre lo que sea contrario a cuanto enseña la Iglesia. Ya que, precisamente por ese amor a la verdad y por esa rectitud de intención, queremos ser fuertes en la fe, con una fidelidad gozosa y firmísima "

El sentido de la libertad y de la responsabilidad personales informa el modo de contribuir a que "el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna" . Y lleva a descubrir la"compenetración recíproca" que existe entre ""el apostolado y la ordenación de la vida pública por parte del Estado". Esta compenetración abre horizontes apostólicos importantes, pero que deben llevarse a la práctica con libertad personal y con personal responsabilidad”. Tenemos que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para llevar la propia responsabilidad personal; ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen -en materias opinables- soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para amar y sevir nuestra Madre la Iglesia.

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