Santísima Trinidad,
La Iglesia profesa su fe en el Dios único: que es al mismo tiempo Trinidad Santísima e inefable de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la Iglesia vive de esta verdad, contenida en los más antiguos Símbolos de la Fe, y recordada en nuestros tiempos por Pablo VI, con ocasión del 1900 aniversario del martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (1968), en el Símbolo que él mismo presentó y que se conoce universalmente como 'Credo del Pueblo de Dios'. Sólo el que se nos ha querido dar a conocer y que 'habitando en una luz inaccesible' (1 Tim 6, 16) es en Sí mismo por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada puede darnos el conocimiento justo y pleno de Sí mismo, revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya eterna vida nosotros estamos llamados, por su gracia, a participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz perpetua (Cfr. Pablo VI, Credo).
Dios, que para nosotros es incomprensible, ha querido revelarse a Sí mismo no sólo como único creador y Padre omnipotente, sino también como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta revelación la verdad sobre Dios, que es amor, se desvela en su fuente esencial: Dios es amor en la vida interior misma de una única Divinidad. Este amor se revela como una inefable comunión de Personas.
Este misterio es el más profundo: el misterio de la vida íntima de Dios mismo nos lo ha revelado Jesucristo: 'El que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer' (Jn 1, 18). Según el Evangelio de San Mateo, las últimas palabras, con las que Jesucristo concluye su misión terrena después de la resurrección, fueron dirigidas a los Apóstoles: 'Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo' (Mt 28, 18). Estas palabras inauguraban la misión de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental y constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y bautizar; y bautizar quiere decir 'sumergir' (por eso, se bautiza con agua) en la vida trinitaria de Dios. Jesucristo encierra en estas últimas palabras todo lo que precedentemente había enseñado sobre Dios: sobre el Padre, sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo. Efectivamente, había anunciado desde el principio la verdad sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A la pregunta: '¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?', Jesús había respondido: 'El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor' (Mc 12, 29). Y al mismo tiempo Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a 'su Padre', hasta asegurar: 'Yo y el Padre somos una sola cosa' (Jn 10, 30). Del mismo modo había revelado también al 'Espíritu de verdad, que procede del Padre' y que aseguró 'yo os enviaré de parte del Padre' (Jn 15, 26).
Las palabras sobre el bautismo 'en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo', confiadas por Jesús a los Apóstoles al concluir su misión terrena, tienen un significado particular, porque han consolidado la verdad sobre la Santísima Trinidad, poniéndola en la base de la vida sacramental de la Iglesia. La vida de fe de todos los cristianos comienza en el bautismo, con la inmersión en el misterio del Dios vivo. Lo prueban las Cartas apostólicas, ante todo las de San Pablo. Entre las formulas trinitarias que contienen, la más conocida y constantemente usada en la liturgia, es la que se halla en la segunda Carta a los Corintios: 'La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros' (2 Cor 13, 13). Encontramos otras en la primera Carta a los Corintios; en la de los Efesios y también en la primera Carta de San Pedro, al comienzo del primer capítulo. Como un reflejo, todo el desarrollo de la vida de oración de la Iglesia ha asumido una conciencia y un aliento trinitario: en el Espíritu, por Cristo, al Padre.
De este modo, la fe en el Dios uno y trino entró desde el principio en la Tradición de la vida de la Iglesia y de los cristianos. En consecuencia, toda la liturgia ha sido y es por su esencia, trinitaria, en cuanto que es la expresión de la divina economía. Hay que poner de relieve que a la comprensión de este supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido la fe en la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de Cristo. Ella manifiesta la misión del Hijo y del Espíritu Santo que en el seno de la Trinidad eterna proceden 'del Padre', revelando la 'economía trinitaria' presente en la redención y en la santificación. La Santa Trinidad se anuncia ante todo, mediante el conocimiento de la 'economía de la salvación', que Cristo anuncia y realiza en su misión mesiánica. De este conocimiento arranca el camino para el conocimiento de la Trinidad 'inmanente', del misterio de la vida íntima de Dios.
En el Nuevo Testamento contiene la plenitud de la revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesucristo, por una parte desvela quién es Dios para el ser humano y, por otra, descubre quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su vida íntima. La verdad 'Dios es amor' (1 Jn 4, 16), expresada en la primera Carta de Juan, posee aquí el valor de clave de bóveda. Si por medio de ella se descubre quién es Dios para el ser humano, entonces se desvela también (en cuanto es posible que la mente humana lo capte y nuestras palabras lo expresen), quién es El en Sí mismo. El es Unidad, es decir, Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El Antiguo Testamento no reveló esta verdad de modo explícito, pero la preparó, mostrando la Paternidad de Dios en la Alianza con el Pueblo, manifestando su acción en el mundo con la Sabiduría, la Palabra y el Espíritu (Cfr., p.e., Sab.7, 22-30; 12, 1: Prov 8, 22-30; Sal 32, 4-6; 147, 15; Is 55, 11; 11, 2; Sir 48, 12). El Antiguo Testamento principalmente consolidó ante todo en Israel y luego fuera de él la verdad sobre el Dios único, el quicio de la religión monoteísta. Se debe concluir, pues, que el Nuevo Testamento trajo la plenitud de la revelación sobre la Santa Trinidad y que la verdad trinitaria ha estado desde el principio en la raíz de la fe viva de la comunidad cristiana, por medio del bautismo y de la liturgia. Simultáneamente iban las reglas de la fe, con las que nos encontramos abundantemente tanto en las Cartas apostólicas, como en el testimonio del kerigma, de la catequesis y de la oración de la Iglesia.
Dios Padre
'Tú eres mi hijo: / yo te he engendrado hoy' (Sal 2, 7). En el intento de hacer comprender la plena verdad de la paternidad de Dios, que ha sido revelada en Jesucristo, el autor de la Carta a los Hebreos se remite al testimonio del Antiguo Testamento (Cfr. Heb 1, 4-14), citando, entre otras cosas, la expresión que acabamos de leer tomada del Salmo 2, así como una frase parecida del libro de Samuel: 'Yo seré para él un padre / y él será para mí un hijo' (2 Sm 7, 14). Son palabras proféticas: Dios habla a David de su descendiente. Pero, mientras en el contexto del Antiguo Testamento estas palabras parecían referirse sólo a la filiación adoptiva, por analogía con la paternidad y filiación humana, en el Nuevo Testamento se descubre su significado auténtico y definitivo: hablan del Hijo que es de la misma naturaleza que el Padre, del Hijo verdaderamente engendrado por el Padre. Y por eso hablan también de la paternidad real de Dios, de una paternidad a la que le es propia la generación del Hijo consubstancial al Padre. Hablan de Dios, que es Padre en el sentido más profundo y más auténtico de la palabra. Hablan de Dios, que engendra eternamente al Verbo eterno, al Hijo consubstancial al Padre. Con relación a El Dios es Padre en el inefable misterio de su divinidad. 'Tú eres mi hijo: / yo te he engendrado hoy' El adverbio 'hoy' habla de la eternidad. Es el 'hoy' de la vida íntima de Dios, el 'hoy' de la eternidad, el 'hoy' de la Santísima e inefable Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es Amor eterno y eternamente consubstancial al Padre y al Hijo.
En el Antiguo Testamento el misterio de la paternidad divina intratrinitaria no había sido aún explícitamente revelado. Todo el contexto de la Antigua Alianza era rico, en cambio, de alusiones a la verdad de la paternidad de Dios, tomada en sentido moral y analógico. Así, Dios se revela como Padre de su Pueblo Israel, cuando manda a Moisés que pida su liberación de Egipto: 'Así habla el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Yo te mando que dejes a mi hijo ir' (Ex 4, 22-23). Al basarse en la Alianza, se trata de una paternidad de elección, que radica en el misterio de la creación. Dice Isaías: 'Tú eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú nuestro alfarero, todos somos obra de tus manos' (Is 64, 7; 63, 16). Esta paternidad no se refiere sólo al pueblo elegido, sino que llega a cada uno de los hombres y supera el vínculo existente con los padres terrenos. He aquí algunos textos: 'Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá' (Sal 26, 10). 'Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles' (Sal 102, 13). 'El Señor reprende a los que ama, como un padre a su hijo preferido' (Prov 3, 12). En los textos que acabamos de citar está claro el carácter analógico de la paternidad de Dios-Señor, al que se eleva la oración: 'Señor, Padre Soberano de mi vida, no permitas que por ello caiga Señor, Padre y Dios de mi vida, no me abandones a sus sugestiones' (Sir 23, 1-4). En el mismo sentido dice también: 'Si el justo es hijo de Dios, El lo acogerá y lo librará de sus enemigos' (Sab 2, 18).
En la plenitud de los tiempos mesiánicos Jesús anuncia muchas veces la paternidad de Dios con relación a los seres humanos remitiéndose a las numerosas expresiones contenidas en el Antiguo Testamento. Así se expresa a propósito de la Providencia Divina para con las criaturas, especialmente con el hombre: 'vuestro Padre celestial las alimenta' (Mt 6, 26. Cfr. Lc 12, 24), 'sabe vuestro Padre celestial que de eso tenéis necesidad' (Mt 6, 32. Cfr. Lc 12, 30). Jesús trata de hacer comprender la misericordia divina presentando como propio de Dios el comportamiento acogedor del padre del hijo pródigo (Cfr. Lc 15, 11-32); y exhorta a los que escuchan su palabra: 'Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso' (Lc 6, 36). Terminaré diciendo que, para Jesús, Dios no es solamente 'el Padre de Israel, el Padre de los hombres', sino 'mi Padre'. (_)
Paternidad divina
Efectivamente, Cristo habló muchas veces de su Padre, presentando de diversos modos su providencia y su amor misericordioso. Pero su enseñanza va más allá. Escuchemos de nuevo las palabras especialmente solemnes, que refiere el Evangelista Mateo (y paralelamente Lucas): 'Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos', e inmediatamente: 'Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quisiera revelárselo' (Mt 11, 25.27. Cfr. Lc 10, 21). Para Jesús, pues, Dios no es solamente 'el Padre de Israel, el Padre de los hombres', sino 'mi Padre'. 'Mío': precisamente por esto los judíos querían matar a Jesús, porque 'llamaba a Dios su Padre' (Jn 5, 18). 'Suyo' en sentido totalmente literal: Aquel a quien sólo el Hijo conoce como Padre, y por quien solamente y recíprocamente es conocido. Nos encontramos ya en el mismo terreno del que más tarde surgirá el Prólogo del Evangelio de Juan.
'Mi Padre' es el Padre de Jesucristo: Aquel que es el Origen de su ser, de su misión mesiánica, de su enseñanza. El Evangelista Juan ha transmitido con abundancia la enseñanza mesiánica que nos permite sondear en profundidad el misterio de Dios Padre y de Jesucristo, su Hijo unigénito. Dice Jesús: 'El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado' (Jn 12, 44). 'Yo no he hablado de mi mismo; el Padre que me ha enviado es quien me mandó lo que he de decir y hablar' (Jn 12,49). 'En verdad, en verdad os digo que no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que éste hace, lo hace igualmente el Hijo' (Jn 5, 19). 'Pues así como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio al Hijo tener vida en sí mismo' (Jn 5, 26). Y finalmente: 'el Padre que tiene la vida, me ha enviado, y yo vivo por el Padre' (Jn 6, 57). El Hijo vive por el Padre ante todo porque ha sido engendrado por El. Hay una correlación estrechísima entre la paternidad y la filiación precisamente en virtud de la generación: 'Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado' (Heb 1, 5). Cuando en las proximidades de Cesarea de Filipo, Simón Pedro confiesa: 'Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo', Jesús le responde: 'Bienaventurado tú porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre' (Mt 16, 16-17), porque 'sólo el Padre conoce al Hijo', lo mismo que sólo el 'Hijo conoce al Padre' (Mt 11, 27). Sólo el Hijo da a conocer al Padre: el Hijo visible hace ver al Padre invisible. 'El que me ha visto a mí, ha visto al Padre' (Jn 14, 9).
De la lectura atenta de los Evangelios se saca que Jesús vive y actúa constante y fundamental referencia al Padre. A El se dirige frecuentemente con la palabra llena de amor filial: 'Abbá'; también durante la oración en Getsemaní le viene a los labios esta misma palabra (Cfr. Mc 14, 36 y paralelos). Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, enseña el 'Padrenuestro' (Cfr. Mt 6, 9-13). Después de la resurrección, en el momento de dejar la tierra, parece que una vez más hace referencia a esta oración, cuando dice: 'Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios' (Jn 1, 17). Así, pues, por medio del Hijo (Cfr. Heb 1, 2), Dios se ha revelado en la plenitud del misterio de su paternidad. Sólo el Hijo podía revelar esta plenitud del misterio, porque sólo 'el Hijo conoce al Padre' (Mt 11, 27). 'A Dios nadie le vio jamás; Dios unigénito, que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer' (Jn 1, 18).
y en la tierra' (Ef 3, 15), principio y modelo. Efectivamente hay 'un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos' (Ef 4, 6).
Dios Hijo
'Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre'. Con estas palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano, expresión sintética de los Concilios de Nicea y Constantinopla, que explicitaron la doctrina trinitaria de la Iglesia, profesamos la fe en el Hijo de Dios. Nos acercamos así al misterio de Jesucristo, el cual también hoy, lo mismo que en los siglos pasados, interpela e interroga a los hombres con sus palabras y con sus obras. Los cristianos, animados por la fe, le muestran amor y devoción. Pero tampoco faltan entre los no cristianos quienes sinceramente lo admiran. ¿Dónde está, pues, el secreto de la atracción que Jesús de Nazaret ejerce?. La búsqueda de la plena identidad de Jesucristo ha ocupado desde los orígenes el corazón y la inteligencia de la Iglesia, que lo proclama Hijo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Dios, que habló repetidamente por medio de los profetas y últimamente por medio del Hijo, como dice la Carta a los Hebreos (1, 1-2), se reveló a Sí mismo como Padre de un Hijo eterno y consubstancial. Jesús a su vez, al revelar la paternidad de Dios, dio a conocer también su filiación divina. La paternidad y la filiación divina están en íntima correlación entre sí dentro del misterio de Dios uno y trino. 'Efectivamente, una es la Persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una, igual la gloria, coeterna la majestad. El Hijo no es hecho, ni creado, sino engendrado por el Padre solo' (Símb. Quicumque).
Jesús de Nazaret que exclama: 'Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y se las revelaste a los pequeñuelos', afirma también con solemnidad: 'Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo' (Mt 11, 25, 27). El Hijo que vino al mundo para 'revelar al Padre' tal como El sólo lo conoce, se ha revelado simultáneamente a Sí mismo como Hijo, tal como es conocido sólo por el Padre. Esta revelación estaba sostenida por la conciencia con la que, ya en la adolescencia, Jesús hizo notar a María y a José 'que debía ocuparse de las cosas de su Padre' (Cfr. Lc 2, 49). Su palabra reveladora fue convalidada además por el testimonio del Padre, especialmente en circunstancias decisivas, como durante el bautismo en el Jordán, cuando los que estaban allí oyeron la voz misteriosa: 'Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias' (Mt 3, 17), o como durante la trasfiguración en el monte (Cfr. Mc 9, 7, y paral.).
La misión de Jesucristo de revelar al Padre, manifestándose a Sí mismo como Hijo, no carecía de dificultades. Efectivamente tenía que superar los obstáculos derivados de la mentalidad estrictamente monoteísta de los oyentes, que se habían formado por medio de la enseñanza del Antiguo Testamento, en la fidelidad a la Tradición, la cual se remontaba a Abrahán y a Moisés, y en la lucha contra el politeísmo. En los Evangelios, y especialmente en el de Juan, encontramos muchos indicios de esta dificultad que Jesucristo supo superar con habilidad, presentando con suma pedagogía estos signos de revelación a los que se dejaron abrir sus discípulos bien dispuestos. Jesús hablaba a sus oyentes de modo claro e inequívoco: 'El Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí'. Y a la pregunta: '¿Dónde está tu Padre?', respondía: 'Ni a mí me conocéis ni a mi Padre; si me conocierais a mí conoceríais a mi Padre' 'Yo hablo lo que he visto en el Padre'. Luego a los oyentes que objetaban: 'Nosotros tenemos por Padre a Dios', les rebatía: 'Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios es El que me ha enviado', ' en verdad, en verdad os digo: Antes que Abrahán naciese, yo soy' (Cfr. Jn 8, 12-59).
5. Cristo dice: 'Yo soy', igual que siglos antes, al pie del monte Horeb, había dicho Dios a Moisés, cuando le preguntaba el nombre; 'Yo soy el que soy' (Cfr. Ex 3, 14). Las palabras de Cristo: 'Antes que Abrahán naciese, Yo Soy', provocaron la reacción violenta de los oyentes que 'buscaban matarlo, porque decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios' (Jn 5, 18). En efecto, Jesús no se limitaba a decir: 'Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también' (Jn 5, 17), sino que incluso proclamaba: 'Yo y el Padre somos una sola cosa' (Jn 5, 64). La tragedia se consuma y se pronuncia contra Jesús la sentencia de muerte. Cristo, revelador del Padre y revelador de Sí mismo como Hijo del Padre, murió porque hasta el fin dio testimonio de la verdad sobre su filiación divina. Con el corazón colmado de amor nosotros queremos repetirle también hoy con el Apóstol Pedro el testimonio de nuestra fe: 'Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo' (Mt 16, 16).
El Hijo, Dios-Verbo
La Iglesia basándose en el testimonio dado por Cristo, profesa y anuncia su fe en Dios-Hijo con las palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano: 'Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre'. Esta es una verdad de fe anunciada por la palabra misma de Cristo, sellada con su sangre derramada en la cruz, ratificada por su resurrección, atestiguada por la enseñanza de los Apóstoles y transmitida por los escritos del Nuevo testamento. Cristo afirma: 'Antes de que Abrahán naciese, yo soy' (Jn 8, 58). No dice: 'Yo era', sino 'Yo soy', es decir, desde siempre, en un eterno presente. El Apóstol Juan, en el prólogo de su Evangelio, escribe: 'En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por El, y sin El no se hizo nada de cuanto ha sido hecho' (Jn 1, 1-3). Por lo tanto, ese 'antes de Abrahán', en el contexto de la polémica de Jesús con los herederos de la tradición de Israel, que apelaban a Abrahán, significa: 'mucho antes de Abrahán' y queda iluminado en las palabras del prólogo del cuarto Evangelio: 'En el principio estaba en Dios', es decir, en la eternidad que sólo es propia de Dios: en la eternidad común con el Padre y con el Espíritu Santo.
Según el Evangelio de Juan, el Hijo-Verbo estaba en el principio en Dios, y el Verbo era Dios (Cfr. Jn 1, 2). El mismo concepto encontramos en la enseñanza apostólica. Efectivamente, leemos en la Carta a los hebreos que Dios ha constituido al Hijo 'heredero de todo, por quien también hizo los siglos. Este Hijo es irradiación de su gloria y la impronta de su sustancia y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas' (Heb 1, 2-3). Y Pablo, en la Carta a los Colosenses, escribe: 'El es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura' (Col 1, 15). Así, pues, según la enseñanza apostólica, el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre porque es el Dios-Verbo. En este Verbo y por medio de El todo ha sido hecho, ha sido creado el universo. Antes de la creación, antes del comienzo de 'todas las cosas visibles e invisibles', el Verbo tiene en común con el Padre el Ser eterno y la Vida divina, siendo 'la irradiación de su gloria y la impronta de su sustancia' (Heb 1, 3). En este Principio sin principio el Verbo es el Hijo, porque es eternamente engendrado por el Padre. El Nuevo Testamento nos revela este misterio para nosotros incomprensible de un Dios que es Uno y Trino: he aquí que en la ónticamente absoluta unidad de su esencia, Dios es eternamente y sin principio el Padre que engendra al Verbo, y es el Hijo, engendrado como Verbo del Padre.
conociéndose a Sí mismo, engendra al Hijo idéntico e igual'. Efectivamente, es cierto que esta eterna generación en Dios es de naturaleza absolutamente espiritual, porque 'Dios es Espíritu'. Por analogía con el proceso gnoseológico de la mente humana, por el que el hombre, conociéndose a sí mismo, produce una imagen de sí mismo, una idea, un 'concepto', es decir, una 'idea concebida', que del latín verbum es llamada con frecuencia verbo interior, nosotros nos atrevemos a pensar en la generación del Hijo o 'concepto' eterno y Verbo interior de Dios. Dios, conociéndose a Sí mismo, engendra al
Verbo,y es el Hijo,engendrado como Verbo del Padre.
Precisamente porque el entendimiento humano no es capaz de comprender la esencia divina, no puede penetrar en el misterio de la vida íntima de Dios. Con una razón particular se puede aplicar aquí la frase: 'Si lo comprendes, no es Dios'. Sin embargo, la Revelación nos hace conocer los términos esenciales del misterio, nos da su enunciación y nos lo hace gustar muy por encima de toda comprensión intelectual, en espera y preparación de la visión celeste. Creemos, pues, que 'El Verbo era Dios' (Jn 1, 1), 'se hizo carne y habitó entre nosotros' (Jn 1, 14), y 'a cuantos le recibieron, les dio potestad de venir a ser hijos de Dios' (Jn 1, 12). Creemos en el Hijo 'unigénito que está en el seno del padre' (Jn 1, 18), y que, al dejar la tierra, prometió 'prepararnos un lugar' (Jn 14, 2) en la gloria de Dios, como hijos adoptivos y hermanos suyos (Cfr. Rom 8, 15; Gal 4, 5; Ef 1, 5).
Espíritu Santo
'Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los Profetas.El Espíritu Santo, tal como hemos hecho hablando del Padre y del Hijo, de la formulación del Símbolo niceno-constantinopolitano, según el uso que ha prevalecido en la liturgia latina. En el siglo IV, los Concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381) contribuyeron a precisar los conceptos comúnmente utilizados para presentar la doctrina de la Santísima Trinidad: Un único Dios que es, en la unidad de su divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La formulación de la doctrina sobre el Espíritu Santo proviene en particular del mencionado Concilio de Constantinopla.
La Iglesia confiesa su fe en el Espíritu Santo con las palabras antes citadas, La fe es la respuesta a la autorrevelación de Dios: El se ha dado a conocer a Sí mismo 'por medio de los Profetas y últimamente por medio de su Hijo' (Heb 1, 1). El Hijo, que nos ha revelado al Padre, ha dado a conocer también al Espíritu Santo. 'Cual Padre, tal Hijo, tal Espíritu Santo', proclama el Símbolo 'Quicumque', del siglo V. Ese 'tal' viene explicado por las palabras del Símbolo, que siguen, y quiere decir: 'increado, inmenso, eterno, omnipotente no tres omnipotentes, sino un solo omnipotente: así Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo No hay tres Dioses, sino un único Dios'
La palabra 'espíritu' aparece desde las primeras páginas de la Biblia: ' el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas' (Gen 1, 2), se dice en la descripción de la creación. El hebreo traduce Espíritu por 'ruah', que equivale a respiro, soplo, viento, y se tradujo al griego por 'pneuma' de 'pneo', en latín por 'spiritus' de 'spiro' . Es importante la etimología, porque, como veremos, ayuda a explicar el sentido del dogma y sugiere el modo de comprenderlo. La espiritualidad es atributo esencial de la Divinidad: 'Dios es Espíritu', dijo Jesús en el coloquio con la Samaritana (Jn 24). En Dios 'espiritualidad' quiere decir no sólo suma y absoluta inmaterialidad, sino también acto puro y eterno de conocimiento y amor.
La Biblia, y especialmente el Nuevo Testamento, al hablar del Espíritu Santo, no se refiere al Ser mismo de Dios, sino a Alguien que está en relación particular con el Padre y el Hijo. Son numerosos los textos, especialmente en el Evangelio de San Juan, que ponen de relieve este hecho: de modo especial los pasajes del discurso de despedida de Cristo Señor, el jueves antes de la Pascua, durante la última Cena. En la perspectiva de la despedida de los Apóstoles Jesús les anuncia la venida de 'otro Consolador'. Dice así: 'Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, que estará con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad' (Jn 14, 16). 'Pero el Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo' (Jn 14, 26). El envío del Espíritu Santo, a quien Jesús llama aquí 'Consolador', será hecho por el Padre en el nombre del Hijo. Este envío es explicado más ampliamente poco después por Jesús mismo: 'Cuando venga el Consolador, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de Verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí' (Jn 15, 26). El Espíritu Santo, pues, que procede del Padre, será enviado a los Apóstoles y a la Iglesia, tanto por el Padre en el nombre del Hijo, como por el Hijo mismo una vez que haya retornado al Padre. Poco más adelante dice también Jesús: 'El (Espíritu de Verdad) me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo dará a conocer' (Jn 16, 14-15).
Todas estas palabras, como también los otros textos que encontramos en el Nuevo Testamento, son extremadamente importantes para la comprensión de la economía de la salvación. Nos dicen quién es el Espíritu Santo en relación con el Padre y el Hijo: es decir, poseen un significado trinitario: dicen no sólo que el Espíritu Santo es 'enviado' por el Padre y el Hijo, sino también que 'procede' del Padre. Tocamos aquí cuestiones que tienen una importancia clave en la enseñanza de la Iglesia sobre la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es enviado por el Padre y por el Hijo después que el Hijo, realizada su misión redentora, entró en su gloria (Cfr. Jn 7, 39; 16, 7), y estas misiones (Missiones) deciden toda la economía de la salvación en la historia de la humanidad. Estas 'misiones' comportan y revelan las 'procesiones' que hay en Dios mismo. El Hijo procede eternamente del Padre, como engendrado por El, y asumió en el tiempo la naturaleza humana por nuestra salvación. El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, se manifestó primero en el Bautismo y en la Transfiguración de Jesús, y luego el día de Pentecostés sobre sus discípulos; habita en los corazones de los fieles con el don de la caridad. Por eso, escuchemos la advertencia del Apóstol Pablo: 'Guardaos de entristecer al Espíritu Santo de Dios, en el cual habéis sido sellados para el día de la redención' (Ef 4, 30). Dejémosnos guiar por El. El nos guía por el 'camino' que es Cristo, hacia el encuentro beatificante con el Padre.
El Espíritu Santo es 'enviado' por el Padre y por el Hijo, como también 'procede' de ellos. Por esto se llama 'el Espíritu del Padre' (P.e., Mt 10, 20; 1 Cor 2, 11; Jn 15, 26), pero también 'el Espíritu del Hijo' (Gal 4, 6), o 'el Espíritu de Jesús' (Hech 16, 7), porque Jesús mismo es quien lo envía (Cfr. Jn 15, 26). Por esto, la Iglesia latina confiesa que el Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo (qui a Patre Filioque procedit), y las Iglesias ortodoxas proclaman que el Espíritu Santo procede del Padre por medio del Hijo. Y procede 'por vía de voluntad', 'a modo de amor' (per modum amoris), lo que es 'sentencia cierta', es decir, doctrina teológica comúnmente aceptada en la enseñanza de la Iglesia y, por lo mismo, segura y vinculante.
Dios, pues, mediante la generación, en la absoluta unidad de la divinidad, es eternamente Padre e Hijo. El Padre que engendra, ama al Hijo engendrado, y el Hijo ama al Padre con un amor que se identifica con el del Padre. En la unidad de la Divinidad el amor es, por un lado, paterno y, por otro, filial. Al mismo tiempo el Padre y el Hijo no sólo están unidos por ese recíproco amor como dos Personas infinitamente perfectas, sino que su mutua complacencia, su amor recíproco procede en ellos y de ellos como persona: el Padre y el Hijo 'espiran' el Espíritu de Amor consubstancial con ellos. De este modo Dios, en la absoluta unidad de su Divinidad es desde toda la eternidad Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Símbolo 'Quicumque' proclama: 'El Espíritu Santo no es hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede del Padre y del Hijo'. Y la 'procesión' es per modum amoris, como hemos dicho. Por esto, los Padres de la Iglesia llaman al Espíritu Santo: 'Amor, Caridad, Dilección, Vínculo de amor, Beso de Amor'. Todas estas expresiones dan testimonio del modo de 'proceder' del Espíritu Santo del Padre y del Hijo.
Se puede decir que Dios en su vida íntima 'es amor' que se personaliza en el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo. El Espíritu es llamado también Don. Efectivamente, en el Espíritu Santo, que es el Amor, se encuentra la fuente de todo don, que tiene en Dios su principio con relación a las criaturas: el don de la existencia por medio de la creación, el don de la gracia por medio de toda la economía de la salvación. A la luz de esta teología del Don trinitario, comprendemos mejor las palabras de los Hechos de los Apóstoles: ' recibiréis el don del Espíritu Santo' (2, 38). Son las palabras con las que Cristo se despide definitivamente de sus amigos, cuando va al Padre. A esta luz comprendemos también las palabras del Apóstol: 'El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado' (Rom 5, 5). Concluyamos, pues, nuestra reflexión invocando con la liturgia: 'Veni, Sancte Spiritus', 'Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor'.
Dios Uno y Trino.
1. Unus Deus Trinitas. En esta concisa formula el Sínodo de Toledo (675) expresó de acuerdo con los grandes Concilios reunidos en el siglo IV en Nicea y en Constantinopla, la fe de la Iglesia en Dios uno y trino. En nuestros días, Pablo VI en el 'Credo del Pueblo de Dios', ha formulado la misma fe con palabras que ya hemos citado durante las catequesis precedentes: 'Los vínculos que constituyen eternamente las tres Personas, siendo cada una el solo y el mismo Ser divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces Santo, infinitamente superior a lo que podemos concebir con la capacidad humana'. Dios es inefable e incomprensible, Dios es en su esencia un misterio inescrutable, cuya verdad hemos tratado de iluminar en las catequesis anteriores. Ante la Santísima Trinidad, en la que se expresa la vida íntima del Dios de nuestra fe, hay que repetirlo y constatarlo con una fuerza de convicción todavía mayor. La unidad de la divinidad en la Trinidad de las Personas es realmente un misterio inefable e inescrutable. 'Si lo comprendes no es Dios'.
2. Por esto, Pablo VI, continúa diciendo en el texto antes citado: 'Damos con todo gracias a la Bondad divina por el hecho de que gran número de creyentes pueden atestiguar juntamente con nosotros delante de los hombres la Unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad'. La Santa Iglesia en su fe trinitaria se siente unidas a todos los que confiesan al único Dios. La fe en la Trinidad no destruye la verdad del único Dios; por el contrario, pone de relieve su riqueza, su contenido misterioso, su vida íntima.
3. Esta fe tiene su fuente su única fuente en la revelación del Nuevo Testamento. Sólo mediante esta revelación es posible conocer la verdad sobre Dios uno y trino. Efectivamente, éste es uno de los 'misterios escondidos en Dios, que como dice el Conc. Vaticano I si no son revelados, no pueden ser conocidos'. El dogma de la Santísima Trinidad en el cristianismo se ha considerado siempre un misterio: el más fundamental y el más inescrutable. Jesucristo mismo dice: 'Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el hijo quiera revelárselo' (Mt 11, 27). Como enseña el Conc. Vaticano I: 'Los divinos misterios por su naturaleza superan el entendimiento creado de tal modo que, aun entregados mediante la revelación y acogidos por la fe, sin embargo permanecen cubiertos por el velo de la misma fe y envueltos por una especie de oscuridad, mientras en esta vida mortal estamos en destierro lejos del Señor, porque caminamos en fe y no en visión (2 Cor 5, 6)'. Esta afirmación vale de modo especial para el misterio de la Santísima Trinidad: incluso después de la Revelación sigue siendo el misterio más profundo de la fe, que el entendimiento por sí solo no puede comprender ni penetrar. En cambio, el mismo entendimiento, iluminado por la fe, puede, en cierto modo, aferrar y explicar el significado del dogma. Y de este modo puede acercar al hombre al misterio de la vida íntima del Dios uno y trino.
En la realización de esta obra excelsa tanto por medio del trabajo de muchos teólogos y ante todo de los Padres de la Iglesia, como mediante las definiciones de los Concilios, se demostró particularmente importante y fundamental el concepto de 'persona' como distinto del de 'naturaleza' (o esencia). Persona es aquel o aquella que existe como ser humano concreto, como individuo que posee la humanidad, es decir, la naturaleza humana. La naturaleza (o esencia) es todo aquello por lo que el que existe concretamente es lo que es. Así, por ejemplo, cuando hablamos de 'naturaleza humana', indicamos aquello por lo que cada hombre es hombre, con sus componentes esenciales y con sus propiedades. Aplicando esta distinción a Dios, constatamos la unidad de la naturaleza, esto es, la unidad de la Divinidad, la cual pertenece de modo absoluto y exclusivo a Aquel que existe como Dios. Al mismo tiempo tanto a la luz del solo entendimiento, como, y todavía más, a la luz de la Revelación, alimentamos la convicción de que El es un Dios personal. También a quienes no han llegado la revelación de la existencia en Dios de tres Personas, el Dios Creador debe aparecerles como un Ser personal. Efectivamente, siendo la persona lo que hay de más perfecto en el mundo ('id quod est perfectissimum in tota natura' S.Th. I q, 29, a.3, c), no se puede menos de atribuir esta calificación al Creador, aun respetando su infinita transcendencia (Cfr. Ib. c, y ad 1). Precisamente por esto las religiones monoteístas no cristianas entienden a Dios como persona infinitamente perfecta y absolutamente transcendente con relación al mundo. Uniendo nuestra voz a la de todo otro creyente, elevamos también en este momento nuestro corazón al Dios viviente y personal, al único Dios que ha creado los mundos y que está en el origen de todo lo que es bueno, bello y santo. A El la alabanza y la gloria por los siglos.
Las relaciones que distinguen así al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y que realmente los dirigen Uno al Otro en su mismo ser, tienen en sí mismas todas las riquezas de luz y de vida de la naturaleza divina, con la que se identifican totalmente. Son Relaciones 'subsistentes', que en virtud de su impulso vital salen al encuentro uno de otra en una comunión, en la cual la totalidad de la Persona es apertura a la otra, paradigma supremo de la sinceridad y libertad espiritual a la que deben tender las relaciones interpersonales humanas, siempre muy lejanas de este modelo transcendente. A este respecto observa el Conc. Vaticano II: 'El Señor Jesús, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros somos uno (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás' (Gaudium et spes 24).
Si la perfectísima unidad de la tres Personas divinas es el vértice transcendente que ilumina toda forma de auténtica comunión entre nosotros, seres humanos, es justo que nuestra reflexión retorne con frecuencia a la contemplación de este misterio, al que tan frecuentemente se alude en el Evangelio. Baste recordar las palabras de Jesús: 'Yo y el Padre somos una sola cosa' (Jn 10, 30); y también: 'Creed al menos a las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre'. Y en otro contexto: 'Las palabras que yo os digo no las hablo de mí mismo; el Padre que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí' (Jn 14, 10-11). Los antiguos escritores eclesiásticos se detienen con frecuencia a tratar de esta recíproca compenetración de las Personas divinas. Los Griegos la definen como 'perichóresis', en Occidente (especialmente desde el siglo XI) como 'circumincessio' (=recíproco compenetrarse) o 'circuminsessio' (= inhabitación recíproca). El Conc. de Florencia expresó esta verdad trinitaria con las siguientes palabras: 'Por esta unidad (…) el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo'. Las tres Personas divinas, los tres 'Distintos', siendo puras relaciones recíprocas, son el mismo Ser, la misma Vida, el mismo Dios. Ante este fulgurante misterio de comunión, en el que se pierde nuestra pequeña mente, sube espontáneamente a los labios la aclamación de la liturgia: 'Gloria Tibi, Trinitas qualis, una Deitas, et ante omnia sæcula, et nunc et in perpetuum'. 'Gloria a Ti, Trinidad igual (en las Personas), única Deidad, antes de todos los siglos, ahora y por siempre' (Primeras Vísperas de la Sma. Trinidad).
Tres veces Santo
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria' (Liturgia de la Misa). Cada día la Iglesia confiesa la santidad de Dios. Lo hace especialmente en la liturgia de la Misa, después del prefacio, cuando comienza la plegaria eucarística. Repitiendo tres veces la palabra 'santo', el Pueblo de Dios dirige su alabanza al Dios uno y trino, cuya suprema transcendencia e inasequible perfección confiesa. Las palabras de la liturgia eucarística provienen del libro de Isaías, donde se describe la teofanía, en la que el Profeta es admitido a contemplar la majestad de la gloria de Dios, para anunciarla al pueblo: ' Vi al Señor sentado sobre su trono alto y sublime. Había ante El Serafines / Los unos a los otros se gritaban y respondían: / Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, / está llena la tierra de su gloria' (Is 6, 1-3). La santidad de Dios connota también su gloria (kabod Yahvéh) que habita el misterio íntimo de su divinidad y, al mismo tiempo, se irradia sobre toda la creación.
El Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento, que recoge muchos elementos del Antiguo Testamento, propone de nuevo el 'Trisagio' de Isaías, completado con los elementos de otra teofanía, tomados del Profeta Ezequiel (Ez 1, 26). En este contexto, pues, oímos proclamar de nuevo: 'Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene' (Ap 4, 8).
3. En el Antiguo Testamento a la expresión 'santo' corresponde la palabra hebrea 'gados', en cuya etimología se contiene, por un lado, la idea de 'separación' y, por otro, la idea de 'luz': 'estar encendido, ser luminoso'. Por esto, las teofanías del Antiguo Testamento llevan consigo el elemento fuego, como la teofanía de Moisés (Ex 3, 2), y la del Sinaí (Dt 4, 12), y también del resplandor, como la visión de Ezequiel (Ez 1, 27-28), la citada visión de Isaías (Is 6, 1-3) y la de Habacuc (Hab 3, 4). En los libros griegos del Nuevo Testamento a la expresión 'santo' corresponde la palabra griega 'hagios'. A la luz de la etimología veterotestamentaria se hace clara la siguiente frase de la Carta a los Hebreos: 'nuestro Dios es un fuego devorador' (Heb 12, 29. Cfr. Dt 4, 24), así como la palabra de San Juan en el Jordán, respecto al Mesías: ' El os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego' (Mt 3, 11). Se sabe también que en la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que tuvo lugar en el Cenáculo de Jerusalén, aparecieron 'lenguas como de fuego' (Hech 2, 3).
Moisés en el desierto, a los pies del monte Horeb, vio una 'zarza que ardía sin consumirse' (Cfr. Ex 3, 2), y cuando se acerca a esa zarza, oye la voz: 'No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa' (Ex 3, 5). Estas palabras ponen de relieve la santidad de Dios, que desde la zarza ardiente revela a Moisés su Nombre ('Yo soy el que soy'), y con este Nombre lo envía a liberar a Israel de la tierra egipcia. Hay en esta manifestación el elemento del 'tremendum': la santidad de Dios permanece inaccesible para el hombre ('No te acerques'). Características semejantes tiene también toda la descripción de la Alianza hecha en el monte Sinaí (Ex 19-20).
Luego, sobre todo en la enseñanza de los Profetas, este rasgo de la santidad de Dios, inaccesible para el cristiano, cede en favor de su cercanía, de su accesibilidad, de su condescendencia. Leemos en Isaías: 'Porque así dice el Altísimo, / cuya morada y cuyo nombre es santo: / Yo habito en un lugar elevado y santo, / pero también con el contrito y humillado, / para hacer revivir el espíritu de los humillados / y reanimar los corazones contritos' (Is 57, 15). De modo parecido en Oseas: 'soy Dios y no hombre, / soy santo en medio de ti / y no llevaré a efecto el ardor de mi cólera' (Os 11, 9).
El testimonio máximo de su cercanía, Dios lo ha dado, enviando a la tierra a su Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el cual tomó un cuerpo como el nuestro y vino a habitar entre nosotros. Agradecidos por esta condescendencia de Dios, que ha querido acercarse a nosotros, no limitándose a hablarnos por medio de los Profetas, sino dirigiéndose a nosotros en la persona misma de su Hijo unigénito, repitamos con fe humilde y gozosa: 'Tu solus Sanctus'. 'Sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén'.
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