jueves, 27 de octubre de 2011

Perceverar

Se escucha decir: "Dios es tan bueno, que la verdad yo creo que nos va a salvar a todos". Esta expresión es en parte verdad y en parte no. Ciertamente Dios es tan bueno y nos ama tanto que "envió a su Hijo amado para que todo el que crea en él no muera sino que tenga vida eterna". Sin embargo, requiere, como lo hemos oído hoy de nuestro Señor, la cooperación del hombre: "Esfuércense por entrar". Este esfuerzo no es otra cosa que la cooperación a la gracia que Dios ya ha depositado en nuestro corazón y que nos impulsa a vivir en la gracia y a rechazar el pecado.

De manera concreta podemos decir que una de las formas más efectivas de cooperar a esta gracia, es reconociendo con sinceridad nuestras áreas débiles (las que de ordinario nos llevan al pecado) acción de la gracia, y alejándonos de las ocasiones de pecado cooperación humana .

El pensamiento de Pablo sobre la gracia y la acción del Espíritu en nuestra vida, contiene una profundidad que en una pocas líneas no podríamos agotar. Por ello, sólo tomemos para nuestra reflexión personal el hecho de que nuestra oración debe ser hecha "en el Espíritu". Esto obedece a que nuestra frágil humanidad está debilitada por el pecado, lo que nos hace tender con mucha facilidad hacia el egoísmo. Lo que se transforma, en no pocas ocasiones, en peticiones que poco contribuyen a nuestro crecimiento y al de nuestros hermanos.
Por ello, san Pablo invita a los fieles a dejar que sea el mismo Espíritu, que no sólo conoce nuestros corazones sino que conoce el proyecto de amor de Dios, quien ore en nosotros. Ciertamente esto no es algo que se adquiere fácilmente, es necesario orar y aprender poco a poco a escuchar la voz silenciosa del Espíritu que se mueve en nuestro corazón. La oración no solamente da gloria al Padre, sino que atrae hacia el orante la abundancia de la gracia.

Perceverar en la oración hace ver por experiencia propia a lo que se refiere san Pablo.

Padre bueno, que la fuerza del Espíritu de tu Hijo me conduzca por los caminos de la confianza filial para que te ame y reconozca como Padre, de tal manera que viva dócil a Ti y en el constante servicio a mis hermanos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Radicalidad

PhotobucketLas personas que se comprometen a la Nueva Evangelización podemos imitar a estos primeros misioneros buscando vivir la radicalidad evangélica según nuestro carisma originario. Resulta que hoy el carisma quizás se ha empeñado por muchas incrustaciones culturales que se han acumulado a lo largo de los siglos y que no nos dejan vivir con frescura dicho carisma. Es necesario, como ha pedido el Vaticano II, volver a los orígenes para conocer bien el carisma. No basta conocer sólo la vida del fundador. Es necesario penetrar la forma de vida que ha dejado el fundador y la forma en que esta forma de vida fue percibida y vivida por las primeras generaciones. Del estudio profundo y serio de esta forma de vida podremos hacer las aplicaciones y las adaptaciones necesarias para que nuestra actividad misionera en la nueva evangelización cobre vigor gracias a la radicalidad con la que viviremos nuestra vida, basada siempre en el evangelio.

Si el carisma es un evangelio vivido el día de hoy, las personas debemos vivir de acuerdo a esa norma de vida que nos ha dejado el carisma. Aquí la palabra clave es radicalidad. No se trata de hacer un ensayo a vivir más o menos el carisma. Se trata de ver la forma en que el carisma puede aplicarse a cada una de nuestras actividades al cien por ciento. No tengamos miedo de ser visto como fundamentalistas. Más bien nuestro temor debe ser el de no vivir con coherencia el evangelio en nuestras vidas.

Lo que los podemos hacer es conocer muy bien las implicaciones de nuestro carisma en la nueva evangelización y procurar vivir dichas implicaciones en su totalidad. Dichas implicaciones deberán abrazar la globalidad de nuestra persona y de nuestras acciones. Debemos por tanto buscar las mejores obras que puedan ayudar en la nueva evangelización, siempre en consonancia con el carisma. Debemos también aprender a vivir con una espiritualidad dichas obras, para no convertirnos en funcionarios del evangelio que quizás ese ha sido uno de los problemas que ha llevado a la Iglesia a quedar postrada en su labor de evangelizadora. Debemos en fin aplicar el carisma a cada uno de los sectores de nuestras vidas.

Tomemos en consideración que la radicalidad evangélica de los primeros misioneros se concretiza en un triple camino, aquel de imitar, seguir y configurarse con Cristo. Porque para vivir con radicalidad el evangelio se deben escuchar las palabras del Maestro que pide una imitación total, un seguimiento sin límites y un configurar nuestra vida a su vida.

La imitación de Cristo no es simplemente copiar un modelo. Es dejarse conducir por el modelo de vida que Él ha instaurado para encontrar la voluntad de su Padre Dios y llevarla a cumplimiento: “Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.” (Jn 5, 30). Implica por tanto el tener una actitud constante de búsqueda de la voluntad del Padre y con mucho amor, ponerla en cumplimiento. Así lo hicieron los primeros misioneros. Sobre la huella de sus fundadores buscaban en la misión la voluntad de Dios y con mucho amor y con una dedicación total, eso es precisamente la radicalidad, la llevaban a cabo. “Imitar no significa copiar un ideal. Significa dejarse conducir por Otro hacia dónde tu no quisieras ir, dejar que el amor te configure internamente con la Forma que trasciende toda forma, significa por tanto llegar a ser un original y no sólo una copia.”

Ahora en pleno siglo XXI nosotros podemos también conocer esta voluntad de Dios y ponerla en práctica sin recortes y sin condicionamientos, que son la antítesis de la radicalidad. Nos hemos quizás acostumbrado a vivir una vida demasiado acartonada, rígida y burocrática en dónde nos falta la espontaneidad y la frescura de estos misioneros para seguir la voluntad del Padre. Como órdenes mendicantes, su puesto estaba precisamente en el mundo, no para ser asimilado por él, sino para cambiarlo, para testimoniar las verdades eternas. Nosotros estamos llamados a testimoniar un Cristo, el Cristo de nuestros fundadores con radicalidad, esto es, con totalidad, sin dejarnos llevar por condicionamientos culturales o incluso por nuestras limitaciones personales.

El segunda aspecto de la radicalidad evangélica es el seguimiento. “El seguimiento supone alguien que camina más adelante y que invita a otros a seguirlo, caminando sobre sus huellas. Como de hecho Jesús lo hace repetidamente en el evangelio. (…) Es una relación central, en cuanto se pone al centro de la vida de los discípulos; nace por el camino, no se nutre tan sólo de bellas palabras o de promesas vanas, sino que imprime un cambio efectivo de dirección sobre la propia vida, porque indica huellas muy precisas sobre las que se debe encaminar la propia vida y poner literalmente, el propio pie.”

Seguir a Cristo con radicalidad es hacer nuevas todos los días las palabras del Maestro “Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!». Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». El respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».” (Lc 9, 57 – 62). La radicalidad en el seguimiento de Cristo es más una actitud interior que una postura externa. Cuantos parecen que han dejado todo, pero siguen apegados a sí mismos, a sus criterios, a su modo de ver el mundo, a su manera de seguir a Cristo. Los primeros misioneros se encontraron en tierras nuevas. Allí había que inventarlo todo. Si bien traían sobre sí un bagaje cultural y religioso heredado de sus tierras de origen, supieron desprenderse de él y adaptarlo a las nuevas circunstancias de tiempos y lugares. Supieron seguir a Cristo por nuevos caminos, siendo ellos, paradójicamente quienes inventaban un camino que no conocían, aunque ya trazado desde la eternidad por el Maestro. Y de esa forma siguiendo unas huellas precisas entablaron una relación personal con Cristo que los llevó a evangelizar pueblos y a fundar nuevas culturas.

La tarea de hoy día no es diferente. Los escenarios de la nueva evangelización como la secularización, el mundo de las comunicaciones, la economía, la política, la migración se presentan como tierra ignotas a las que se debe transmitir más que un mensaje, una experiencia de vida, la experiencia de Cristo. Pero ello debe hacerse con radicalidad, sin componendas o atenuaciones que diluyan el mensaje de Cristo. Radicalidad en el seguimiento para no anteponer nada al amor de Cristo sin que Él sea motor de toda la vida. Tal y como reza la regla de San Benito y a la cual mucha de la órdenes mendicantes hicieron referencia y de la cual podemos sacar mucho beneficio para nuestra misión en la nueva evangelización: “Debe estar atento para ver si el novicio busca verdaderamente a Dios”

La radicalidad es la identificación o configuración con los sentimientos de Cristo. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús.” ( Flp 2, 5). Es el núcleo central para vivir con radicalidad el evangelio. De la imitación se pasa al seguimiento para llegar a la configuración. Ya no es la persona misma que vive por sí ni para sí, la persona se debe para Cristo. Dejar de ser él, para convertirse en otro Cristo. “y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” ( Gal 2, 20). Verdad teológica admirable que expresó una santa de los tiempos de los primeros misioneros en América, Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero. Vivo ya fuera de mí después que muero de amor; porque vivo en el Señor, que me quiso para sí; cuando el corazón le di puse en él este letrero: que muero porque no muero.”

La radicalidad debe llevar a una identidad total con Cristo, es decir con la Persona de la que se ha hecho el centro de la vida. No se trata de un despojo despersonalizador, sino la de recoger precisamente todas las energías y capacidades de la persona, todo su ser, y aplicarlo para imitar y seguir a Cristo, dando como resultado esta tercer aspecto de la radicalidad evangélica que es la identificación. Cada aspecto de la persona se pone al servicio de Cristo. La persona consagrada sigue siendo ella misma, pero para el servicio de Cristo. Su pensar, su vivir y su actuar, esto es, toda la persona, se ponen en función de Cristo.

La vida de los misioneros fue una vida vivida en clave de la misión, en clave de lo que les pedía Cristo. Fueron capaces de transformarse en otros Cristo, conociendo viviendo y transmitiendo el propio carisma. Dejaron de ser hombres del S. XVI venidos de Europa para convertirse en heraldos de Cristo, viviendo los mismos sentimientos de Cristo. Sin dejar de ser ellos mismos, se transformaron en lo que Cristo les pidió.

Cristo pide a los consagrados del tercer milenio ser los nuevos evangelizadores del mundo digital, del mundo secularizado y neo-paganizado. Ser los hombres y las mujeres que sepan despojarse de sí mismos para aceptar el reto de la nueva evangelización. La radicalidad evangélica es decir como san Pablo. “No soy yo quien vive en mí, es Cristo que vive en mí.”puesto en pie gracias al propio carisma.

No hay nada nueva bajo el sol

Así reza la frase ampliamente conocida del Eclesiastés: “Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará: ¡no hay nada nuevo bajo el sol!” ( Ecl. 1, 9). Palabras lapidarias que bien podrían sonar a una visión pesimística de la historia en dónde todo vuelve a ser lo mismo, todo vuelve al mismo lugar, por más que el ser humano se afane en trabajar o en cambiar algo de la realidad. Tal parece que según esta frase, vivimos en una vorágine sin sentido en dónde todo movimiento es condenado a inutilidad, ya que el resultado es volver siempre al mismo punto de partida. Sin embargo, una lectura más profunda nos descubre una sabiduría iluminativa para nuestras acciones. La vida del ser humano para Dios es una sola. Su progreso depende en buena parte de sí mismo, pero también de aquel plan magnífico que desde toda la eternidad Dios ha diseñado para esa persona. Convergen misteriosamente trabajo del ser humano y plan de Dios, en dónde el trabajo del ser humano consiste en descubrir cuál es el plan de Dios para él y lograrlo alcanzar, o mejor dicho, buscar siempre el alcanzarlo, con esfuerzo, con serenidad, con alegría. Bien podemos decir que no hay nada nuevo bajo el sol. Los afanes siempre nuevos son siempre los mismos de siempre. Lo que cambia es el impulso que demos a esos esfuerzos.

Es cierto, muchas cosas nos vienen a la mente. La tierra de misión a dónde llegaron los primeros evangelizadores no es ahora la tierra de ahora con tanta técnica, tantos medios de comunicación y muy poco Dios. El mensaje era nuevo para esos pueblos, ahora es un mensaje ya conocido o peor todavía, desconocido porque es manipulado y vilipendiado. Tantas cosas distintas, pero quizás sólo externamente. Si bien la tierra, el mensaje, los hombres y las mujeres mensajeros o destinatarios de la Palabra pueden ser muy distintos, ¡no hay nada nuevo bajo el sol! Lo que fue la primera evangelización, ésa debe ser también la nueva evangelización. Lo que se hizo en esos años, bien o mal, también se hará en estos años de nueva evangelización.

La FORMACIÓN, como toda obra evangelizadora, no es otra cosa que la transmisión de una experiencia. Los primeros misioneros que llegaron a América, a Filipinas a la India o la China no eran hombres o mujeres cargados de un gran bagaje cultural, filosófico o teológico. Eran hombres y mujeres que habían hecho la experiencia de Cristo. Y eso les bastaba, era la sustancia de sus vidas. Lo único necesario. Así los vemos embarcarse en aventuras al estilo de San Pablo. Desconocedores e lenguajes, imbuidos en una cultura toda propia, abiertos al horizonte de lo desconocido, lo inédito, lo imprevisto. Abiertos incluso al horizonte de la muerte porque llevaban en sí la vida misma.

No muy distinto es lo que tiene que hacer la persona consagrada empeñada en la nueva evangelización. Cargarse de la experiencia de Cristo e iniciar la tarea de la nueva evangelización. No debemos por tanto ni exagerar ni tener miedo al papel que hoy juegan los medios de comunicación de nuestros días, el laicismo exagerado, los factores en contra, es decir, los escenarios de la nueva evangelización. Si bien son distintos a aquellos escenarios de la primera evangelización, la propuesta de mensaje es la misma. Hay que adaptar la palabra a los nuevos escenarios, conociéndolos, pero no dejándose intimidar por ellos. Lo sugería ya la Perfectae caritatis cuando proponía para la renovación de la misma consagrada algo que lo podemos aplicar a la nueva evangelización: “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los seres humanos y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los seres humanos una ayuda más eficaz.” A ellos debemos tender todas las personas evangelizadoras, a un conocimiento tal de la persona de nuestros tiempos que nos permita evangelizarla en la forma más eficaz posible. Bien valen los ejemplos de los primeros misioneros, mutandis mutandi, es decir, adaptando todo lo que hay que adaptar por las diferentes condiciones de tiempos y circunstancias. Nos lo expresa el Sínodo de los Obispos en su documento sobre los lineamientos para el sínodo sobre la nueva evangelización. “La nueva evangelización es una acción sobre todo espiritual, la capacidad de hacer propia presente el coraje y la fuerza de los primeros cristianos, de los primeros misioneros.”

Esta frase debe ser iluminativa para las personas que quieran comprometerse en la nueva evangelización. Si por un lado hay que conocer los escenarios de la nueva evangelización por otro lado no debe olvidar lo que fue el ardor, la fuerza y la intrepidez de los primeros misionarios.

La radicalidad evangélica según el carisma originario.
Los primeros misioneros de América fueron los franciscanos, los dominicos, los agustinos y los mercedarios, seguidos después por los jesuitas, a partir del s. XVI. Los franciscanos habían desposado la dama pobreza y se dedicaban a predicarla por toda Europa a partir de su nacimiento, alrededor de 1271, con el Capítulo de “Las Esteras”. Los dominicos con Santo Domingo de Guzmán a la cabeza que a partir de 1215 en Tolosa establece la primera casa de su Orden de los Predicadores para combatir los males de la ignorancia religiosa en su tiempo. Los agustinos que nacen en 1244 con el impulso del Papa Inocencio IV y se dedican a vivir según la regla de San Agustín, buscan llevar una vida de penitencia, estudio y oración. Los mercedarios que nacen en agosto de 1218 y que intentan redimir a los cautivos cristianos, teniendo misericordia con ellos y muchas veces ofreciéndose como rehenes en rescate de ellos. Y por último los jesuitas, que con san Ignacio de Loyola nacen en 1534 para la salvación y la perfección de los prójimos. Sin embargo, esta aparente diversidad en la misión viene sabiamente utilizada por cada uno de ellos en la labor de la evangelización del nuevo mundo. Lo que hace comunión a cada uno de ellos es la vivencia radical del carisma.

Cada una de estas congregaciones tenía aún fresco el espíritu de su fundador. No habían pasado más de 250 años desde el nacimiento de su orden, por lo que la apertura al Nuevo mundo era vista como una oportunidad para vivir un carisma que había dado ya muy buenos frutos espirituales. Los franciscanos habían logrado reconstruir el tejido social de la Iglesia en vastos sectores. Los dominicos no sólo habían frenado la herejía de los cátaros o los albigenses, sino que se habían convertido en excelentes educadores en la fe. Los agustinos comenzaban una labor educativa en diversos ámbitos. Los mercedarios daban ejemplo de abnegación a favor del prójimo en diversas obras de misericordia y a los jesuitas se les veía empeñados en diversas obras a favor de la salvación de los seres humanos.

En todos estos hombres un factor aglutinante que es la radicalidad en vivir el evangelio. Frente a los problemas de una Iglesia quizás un poco o un demasiado esclerotizada de los siglos XII y XIII, estas órdenes quieren darle nuevo vigor e impulso restaurando la vivencia pura del evangelio. Y lo logran gracias al carisma originario del fundador. Los misioneros que se embarcan en España viven ya una fuerte espiritualidad que los ha capacitado a hacer la experiencia espiritual y los impulsa a transmitirla, primero por el ejemplo y después por la acción. Por el ejemplo, ya que la vivencia radical del evangelio era notoria para todos sus contemporáneos. Y con la acción, siempre basada en el evangelio y puesta en marcha a través de las obras que habían puesto en pie gracias al propio carisma.

jueves, 20 de octubre de 2011

Atracción

El sol ilumina, calienta, ejerce atracción sobre los planetas, es el centro del sistema solar. Me gusta imaginar a Cristo Eucaristía como un sol. La eucaristía es signo de la presencia viva del Resucitado.

Estar allí “expuestos al Sol”, frente a Él, es escuchar que te dice: “He venido a traer fuego a la tierra y qué quiero sino que arda” (Lc 12, 49).
En momentos de fuerte sufrimiento moral, de soledad, duda o confusión, la mayoría de nosotros, si no todos, sentimos una atracción especial hacia Cristo Eucaristía. Y es que Cristo está allí realmente presente en el Sagrario y como Dios que es, nos conoce y nos llama.

Para eso se quedó con nosotros, para ser compañero de camino, consuelo, alimento, luz y guía. La experiencia nos demuestra cómo después de esas visitas al Santísimo salimos de la capilla en paz. Tantas veces llegamos con el espíritu descompuesto y rebelde y después de quince minutos frente a Él recobramos la paz. No hicimos nada, simplemente estuvimos en su presencia, “expuestos al Sol”. Y Él hizo su labor. Sólo necesitaba tenernos delante, rendidos con fe en su presencia, como la hemorroísa: “Con que toque la orla de tu manto quedaré sana…” ( Mt 9,21). No es magia, es la fuerza transformante del amor de Dios.

En muchos libros y predicaciones, al hablar de la unión con Dios y de la búsqueda de la perfección, se insiste en los medios que el hombre debe poner para lograr progreso espiritual: los actos de piedad, los ejercicios espirituales, los métodos de oración, etc. y da la impresión de que la acción de Dios se deja en segundo lugar. Pero el progreso en la oración es gracia, don de Dios. La acción principal es la que pone Dios. El “espíritu que da vida” (1 Cor 15,49) es Él, y a Él lo recibimos por los sacramentos que son la fuente de la vida espiritual.
Al comer, el sistema digestivo transforma el alimento en nuestro mismo cuerpo. En el caso de la Eucaristía, al recibirla como alimento es Cristo quien nos transforma en sí mismo. Nos va haciendo como Él.

Para hablarnos de la unión con Él, Cristo nos propone la parábola de la vid y los sarmientos ( Jn 15, 1-8) Para visualizar la imagen, ayudan los iconos que representan esta parábola. Se ve cómo la cepa, que es Cristo, alimenta los sarmientos con su savia. Esa savia, energía o vida que nos transmite la hostia consagrada lo hace en virtud de la presencia real de Cristo en ella, en cuerpo, alma y divinidad. Allí está Cristo entero escondido con todo su poder de Dios. ( Catecismo 1374)

Cuando comemos su cuerpo y bebemos su sangre, crece su presencia espiritual en nosotros, el amor va creciendo, nos va transformando y modelando, haciéndonos más y más semejantes a Él, manteniéndonos en vida espiritual.

La Eucaristía es vida, es “el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51) “Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,54). “Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente es bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre mora en mí y yo en él (Jn 6,56-57).

El maestro de oración es Cristo, aquel a quien buscamos en la oración es a Cristo. Por eso, si queremos mejorar nuestra comunicación con Dios lo mejor que podemos hacer es frecuentar a Cristo Eucaristía, visitarle y recibir la comunión. Hacer la meditación diaria en su presencia es excelente opción. Y así, poco a poco, será más grande nuestra unión con Él, toda nuestra persona se irá modelando conforme a Su imagen. Este es el poder de la oración ante Cristo Eucaristía.

“Podría decirse que la vida eucarística conduce a una transformación de toda la sensibilidad, permitiendo la aparición de los sentidos espirituales: la vista se transforma por la contemplación, el gusto se hace capaz de percibir las realidades espirituales y la dulzura de Dios, el olfato siente el aroma de la divinidad.”

Vive

Oh Espíritu de Dios, Espíritu de verdad y de luz, vive en mi alma
constantemente con Tu gracia divina. Que Tu soplo disipe las tinieblas, y que
las buenas obras se multipliquen en tu luz. Espíritu de Dios, Espíritu de
amor y de misericordia, que infundes en mi corazón el bálsamo de
confianza, tu gracia afirma mi alma en el bien, dándole la fuerza
irresistible, la perseverancia. Oh Espíritu de Dios, Espíritu de paz y de
alegría, que confortas mi corazón sediento Y viertes en él la fuente viva del
amor de Dios, y lo haces impávido para la batalla. Oh Espíritu de Dios,
huésped amabilísimo de mi alma, por mi parte deseo ser fiel a Ti. Tanto en
los días de alegría como en los tormentos, deseo siempre vivir en Tu
presencia, oh Espíritu de Dios. Oh Espíritu de Dios que penetras mi ser en
su totalidad, y me das a conocer Tu vida divina, trina, y me confías los
secretos de Tu esencia divina, y unida a Ti de este modo, viviré por la
eternidad.

martes, 18 de octubre de 2011

Preciso

Dios nos ayuda en las dificultades y sufrimientos. ¡Demos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Él es un Padre bueno y amoroso, y siempre nos ayuda. Cuando tenemos dificultades, o cuando sufrimos, Dios nos ayuda para que podamos ayudar a los que sufren o tienen problemas". 2 Corintios 1:3-4. "Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra victoriosa". Isaías 41:10
"Cuando no miramos más que a Dios, ni buscamos otra cosa que su divina gloria, no hay nada que temer".
"En la voluntad de Dios encuentra su paz nuestro corazón y el alma su alegría y su descanso".
"Todas las amarguras no son más que dulzura en este adorable Corazón, donde todo se trueca en amor".
"Es preciso darlo todo para tenerlo todo; el amor divino no sufre mezcla de cosa alguna".
"Es bueno caminar por la fuerza de su Amor en sentido contrario a nuestras inclinaciones, sin otro placer ni contento sino el de no tener ninguno".
"Las cruces, desprecios, dolores y aflicciones son los verdaderos tesoros de los amantes de Jesucristo crucificado".
"El mayor bien que podemos tener en esta vida es la conformidad con Jesucristo en sus padecimientos".
"El Corazón de Jesús es un tesoro oculto e infinito que no desea más que manifestarse a nosotros".
Ha tenido lugar un importante encuentro sobre el tema de la nueva evangelización, encuentro para la Promoción de la Nueva Evangelización, el objetivo principal de profundizar en los ámbitos de un renovado anuncio del Evangelio en los Países de antigua tradición cristiana, y al mismo tiempo ha propuesto algunos testimonios y experiencias significativas. Han respondido numerosas personas de todas partes del mundo, comprometidas en esta misión, que ya el Beato Juan Pablo II había claramente indicado a la Iglesia como un urgente y apasionante desafío. Él, en la huella del Concilio Vaticano II y de aquel que puso en marcha su actuación el Papa Pablo VI ha sido de hecho tanto un incansable defensor de la misión ad gentes, o sea a los pueblos y a los territorios donde el Evangelio aún no ha echado raíces, como un heraldo de la nueva evangelización. La única misión de la Iglesia, y es por lo tanto significativo considerarlos juntos en este mes de octubre, caracterizado por la celebración de la Jornada Misionera Mundial, se anuncia el Año de la Fe”, que comenzará el 11 de Octubre 2012 50° aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y concluirá
El 24 de noviembre del 2013,Solemnidad de Cristo Rey del Universo, sea oportuno recordar la belleza y centralidad de la fe, la experiencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario.

Prenda

El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos revela que Dios es amor a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de los que buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así preparen la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se convertirán en oblación acepta a Dios.
El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial.

martes, 11 de octubre de 2011

Encerraste

Que, ahora entiendo, que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo,alguna me estuviera con El, y más procurara que no estuviera tan sucia. Mas¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchiera mil mundos y muy mucho máscon su grandeza, encerrarse en una cosa tan pequeña! A la verdad, como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama, hácese a nuestra medida.
Cuando un alma comienza, por no la alborotar de verse tan pequeña
para tener en sí cosa tan grande, no se da a conocer hasta que va
ensanchándola poco a poco, conforme a lo que es menester para lo que ha de
poner en ella. Por esto digo que trae consigo la libertad, pues tiene el
poder de hacer grande este palacio. Todo el punto está en que se le demos
por suyo con toda determinación, y le desembaracemos para que pueda poner y
quitar como en cosa propia. Y tiene razón Su Majestad, no se lo neguemos. Y
como El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo quele damos, mas no se da
a Sí del todo hasta que nos damos del todo. Esto es cosa cierta y,
porque importa tanto, os lo acuerdo tantas veces: ni obra en el alma como
cuando del todo sin embarazo es suya, ni sé cómo ha de obrar; es amigo de
todo concierto. Pues si el palacio henchimos de gente baja y de baratijas,
¿cómo ha de caber el Señor con su corte? Harto hace de estar un poquito
entre tanto embarazo.

viernes, 7 de octubre de 2011

Cristiano

Ser misioneros forma parte de nuestro ser cristianos”, por un lado “las misiones que marcan las reflexiones en nuestras comunidades”, por el otro “es también el mes del Rosario, de antigua tradición, que nos invita a una vida de oración contemplativa”. “se complementan porque necesitamos una vida espiritual intensa y oraciones para vivir testimoniando a Jesús Resucitado y anunciarlo a las personas de nuestro tiempo”,además de vencer el mal. Especialmente indicando que somos “esencialmente misioneros”. La misión fundamental de la Iglesia “es siempre la de anunciar la Palabra de Dios que resuena en el corazón de los fieles, testimoniada y vivida, que debe aparecer en toda la vida del pueblo de Dios”. “Todos nosotros nos convertimos en seguidores y misioneros partiendo de la Gracia que recibimos de Dios a través del Santo Bautismo”. “A partir del conocimiento de la Gracia de Dios, adoptada en el corazón de los que buscan la solidez de la revelación divina en sus vidas, se percibe la necesidad de la misión”. “Ser misionero es, en primer lugar, un gran compromiso que el cristiano asume a favor de la realización del Reino de Dios, en el que las criaturas creadas por Él deben proclamar y dar testimonio de su propia fe, llevando al conocimiento de todas las personas la Palabra de vida que cura, libera y salva” “Ser misioneros es, antes que nada, el acto de asumir la fe en su plenitud, en una dinámica viva de acogida de la propia vocación”. “En estos tiempos ES NECESARIO “En el discernimiento de 'los signos de los tiempos', ver la necesidad de una 'nueva evangelización' y la valentía de proclamar lo que creemos y lo importantes que son los valores anunciados por los misioneros”.Todo es Tierra de Misión, se piensa que para ser misioneros “es necesario entrar en una orden religiosa y profesar los votos para ser enviados a una tierra lejana y trabajar en la evangelización de los hermanos”.Obviamente, “existe este tipo de trabajo misionero en la vida de la Iglesia”, gracias a “nuestros hermanos que dan su propia vida en el anuncio y testimonio del Evangelio en lugares en los que Cristo no ha sido anunciado todavía”.La misión, sin embargo, es inherente “a todos los bautizados”, y “debemos actuar como verdaderos misioneros en el entorno en el que vivimos, comenzando por nuestra familia y comunidad, en la que ejercitamos nuestro apostolado”.Santa Teresita del Niño Jesús, “no salió nunca del Carmelo, pero fue una gran misionera, aleccionada por sus continuas oraciones, por su espíritu misionero que llevaba como inquietud en su corazón y desde lo profundo de su corazón.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Aparte

"Jesús rezaba aparte" (Lc 9,18). La oración encuentra su fuente en
el silencio y la paz interior; es ahí dónde se manifiesta la gloria de Dios
( Lc 9,29). Porque, cuando cerremos los ojos y los oídos, cuando nos
encontremos dentro en presencia de Dios, cuando liberados de la agitación
del mundo exterior estemos dentro de nosotros mismos, entonces veremos
claramente en nuestras almas el Reino de Dios. Porque el Reino de los
cielos o, si se prefiere, el Reino de Dios, está en nosotros mismos: es
Jesús nuestro Señor quien nos lo dijo (Lc 17,21). Sin embargo, los
creyentes y el Señor rezan de modo diferente. Los servidores, en efecto, se
acercan al Señor en su oración, con un temor mezclado de deseo, y la
oración se hace para ellos un viaje hacia Dios y hacia la unión con Él, que
los alimenta de su propia sustancia y los fortalece. ¿ Pero Cristo, cuya
alma santa es el mismo Verbo de Dios, cómo va a rezar? ¿ Cómo el Maestro va
a presentarse en una actitud de petición? Si lo hace ¿no es que después de
haber revestido nuestra naturaleza, quiere instruirnos y mostrarnos el
camino que, por la oración, nos hace subir hacia Dios? ¿ No quiere
enseñarnos que la oración contiene en su seno la gloria de Dios?

martes, 4 de octubre de 2011

Recibido

Habiendo recibido a Nuestro Señor en la Eucaristía, teniéndolo
presente en nuestro cuerpo, no vayamos a dejarlo completamente solo, para
ocuparnos de otra cosa, sin hacerle más caso...: que él sea nuestra única
ocupación. Dirijámonos a él con una oración ferviente; entretengámonos con
él con entusiastas meditaciones. Digamos con el profeta: «Escucharé las
palabras que el Señor me dice en lo más íntimo de mi corazón» (Sal. 84,9).
Ya que, si... le prestamos toda nuestra atención, no dejará de pronunciar
en nuestro interior, bajo forma de inspiraciones, tal o cual palabra
destinada a aportarnos un gran consuelo espiritual y de provecho para
nuestra alma. Seamos a la vez Marta y María. Con Marta,
procuremos que toda nuestra actividad exterior sea en beneficio de Él,
consiste en hacerle buen recibimiento, a Él primero, y también por amor a
Él, a todos los que le acompañan, es decir, a los pobres de los que Él
mismo tiene a cada uno, no sólo por su discípulo, sino por sí mismo: «Lo
que hacéis al más pequeño de mis hermanos, a mí mismo me lo hacéis» (Mt
25,40)... Esforcémonos en retener a nuestro huésped. Digámosle con los dos
discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor» (Lc 24,29). Y entonces,
estemos seguros, de que no se alejará de nosotros, a menos que nosotros
mismos le alejemos por nuestra ingratitud.