sábado, 22 de octubre de 2011

Radicalidad

PhotobucketLas personas que se comprometen a la Nueva Evangelización podemos imitar a estos primeros misioneros buscando vivir la radicalidad evangélica según nuestro carisma originario. Resulta que hoy el carisma quizás se ha empeñado por muchas incrustaciones culturales que se han acumulado a lo largo de los siglos y que no nos dejan vivir con frescura dicho carisma. Es necesario, como ha pedido el Vaticano II, volver a los orígenes para conocer bien el carisma. No basta conocer sólo la vida del fundador. Es necesario penetrar la forma de vida que ha dejado el fundador y la forma en que esta forma de vida fue percibida y vivida por las primeras generaciones. Del estudio profundo y serio de esta forma de vida podremos hacer las aplicaciones y las adaptaciones necesarias para que nuestra actividad misionera en la nueva evangelización cobre vigor gracias a la radicalidad con la que viviremos nuestra vida, basada siempre en el evangelio.

Si el carisma es un evangelio vivido el día de hoy, las personas debemos vivir de acuerdo a esa norma de vida que nos ha dejado el carisma. Aquí la palabra clave es radicalidad. No se trata de hacer un ensayo a vivir más o menos el carisma. Se trata de ver la forma en que el carisma puede aplicarse a cada una de nuestras actividades al cien por ciento. No tengamos miedo de ser visto como fundamentalistas. Más bien nuestro temor debe ser el de no vivir con coherencia el evangelio en nuestras vidas.

Lo que los podemos hacer es conocer muy bien las implicaciones de nuestro carisma en la nueva evangelización y procurar vivir dichas implicaciones en su totalidad. Dichas implicaciones deberán abrazar la globalidad de nuestra persona y de nuestras acciones. Debemos por tanto buscar las mejores obras que puedan ayudar en la nueva evangelización, siempre en consonancia con el carisma. Debemos también aprender a vivir con una espiritualidad dichas obras, para no convertirnos en funcionarios del evangelio que quizás ese ha sido uno de los problemas que ha llevado a la Iglesia a quedar postrada en su labor de evangelizadora. Debemos en fin aplicar el carisma a cada uno de los sectores de nuestras vidas.

Tomemos en consideración que la radicalidad evangélica de los primeros misioneros se concretiza en un triple camino, aquel de imitar, seguir y configurarse con Cristo. Porque para vivir con radicalidad el evangelio se deben escuchar las palabras del Maestro que pide una imitación total, un seguimiento sin límites y un configurar nuestra vida a su vida.

La imitación de Cristo no es simplemente copiar un modelo. Es dejarse conducir por el modelo de vida que Él ha instaurado para encontrar la voluntad de su Padre Dios y llevarla a cumplimiento: “Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.” (Jn 5, 30). Implica por tanto el tener una actitud constante de búsqueda de la voluntad del Padre y con mucho amor, ponerla en cumplimiento. Así lo hicieron los primeros misioneros. Sobre la huella de sus fundadores buscaban en la misión la voluntad de Dios y con mucho amor y con una dedicación total, eso es precisamente la radicalidad, la llevaban a cabo. “Imitar no significa copiar un ideal. Significa dejarse conducir por Otro hacia dónde tu no quisieras ir, dejar que el amor te configure internamente con la Forma que trasciende toda forma, significa por tanto llegar a ser un original y no sólo una copia.”

Ahora en pleno siglo XXI nosotros podemos también conocer esta voluntad de Dios y ponerla en práctica sin recortes y sin condicionamientos, que son la antítesis de la radicalidad. Nos hemos quizás acostumbrado a vivir una vida demasiado acartonada, rígida y burocrática en dónde nos falta la espontaneidad y la frescura de estos misioneros para seguir la voluntad del Padre. Como órdenes mendicantes, su puesto estaba precisamente en el mundo, no para ser asimilado por él, sino para cambiarlo, para testimoniar las verdades eternas. Nosotros estamos llamados a testimoniar un Cristo, el Cristo de nuestros fundadores con radicalidad, esto es, con totalidad, sin dejarnos llevar por condicionamientos culturales o incluso por nuestras limitaciones personales.

El segunda aspecto de la radicalidad evangélica es el seguimiento. “El seguimiento supone alguien que camina más adelante y que invita a otros a seguirlo, caminando sobre sus huellas. Como de hecho Jesús lo hace repetidamente en el evangelio. (…) Es una relación central, en cuanto se pone al centro de la vida de los discípulos; nace por el camino, no se nutre tan sólo de bellas palabras o de promesas vanas, sino que imprime un cambio efectivo de dirección sobre la propia vida, porque indica huellas muy precisas sobre las que se debe encaminar la propia vida y poner literalmente, el propio pie.”

Seguir a Cristo con radicalidad es hacer nuevas todos los días las palabras del Maestro “Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!». Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». El respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».” (Lc 9, 57 – 62). La radicalidad en el seguimiento de Cristo es más una actitud interior que una postura externa. Cuantos parecen que han dejado todo, pero siguen apegados a sí mismos, a sus criterios, a su modo de ver el mundo, a su manera de seguir a Cristo. Los primeros misioneros se encontraron en tierras nuevas. Allí había que inventarlo todo. Si bien traían sobre sí un bagaje cultural y religioso heredado de sus tierras de origen, supieron desprenderse de él y adaptarlo a las nuevas circunstancias de tiempos y lugares. Supieron seguir a Cristo por nuevos caminos, siendo ellos, paradójicamente quienes inventaban un camino que no conocían, aunque ya trazado desde la eternidad por el Maestro. Y de esa forma siguiendo unas huellas precisas entablaron una relación personal con Cristo que los llevó a evangelizar pueblos y a fundar nuevas culturas.

La tarea de hoy día no es diferente. Los escenarios de la nueva evangelización como la secularización, el mundo de las comunicaciones, la economía, la política, la migración se presentan como tierra ignotas a las que se debe transmitir más que un mensaje, una experiencia de vida, la experiencia de Cristo. Pero ello debe hacerse con radicalidad, sin componendas o atenuaciones que diluyan el mensaje de Cristo. Radicalidad en el seguimiento para no anteponer nada al amor de Cristo sin que Él sea motor de toda la vida. Tal y como reza la regla de San Benito y a la cual mucha de la órdenes mendicantes hicieron referencia y de la cual podemos sacar mucho beneficio para nuestra misión en la nueva evangelización: “Debe estar atento para ver si el novicio busca verdaderamente a Dios”

La radicalidad es la identificación o configuración con los sentimientos de Cristo. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús.” ( Flp 2, 5). Es el núcleo central para vivir con radicalidad el evangelio. De la imitación se pasa al seguimiento para llegar a la configuración. Ya no es la persona misma que vive por sí ni para sí, la persona se debe para Cristo. Dejar de ser él, para convertirse en otro Cristo. “y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” ( Gal 2, 20). Verdad teológica admirable que expresó una santa de los tiempos de los primeros misioneros en América, Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero. Vivo ya fuera de mí después que muero de amor; porque vivo en el Señor, que me quiso para sí; cuando el corazón le di puse en él este letrero: que muero porque no muero.”

La radicalidad debe llevar a una identidad total con Cristo, es decir con la Persona de la que se ha hecho el centro de la vida. No se trata de un despojo despersonalizador, sino la de recoger precisamente todas las energías y capacidades de la persona, todo su ser, y aplicarlo para imitar y seguir a Cristo, dando como resultado esta tercer aspecto de la radicalidad evangélica que es la identificación. Cada aspecto de la persona se pone al servicio de Cristo. La persona consagrada sigue siendo ella misma, pero para el servicio de Cristo. Su pensar, su vivir y su actuar, esto es, toda la persona, se ponen en función de Cristo.

La vida de los misioneros fue una vida vivida en clave de la misión, en clave de lo que les pedía Cristo. Fueron capaces de transformarse en otros Cristo, conociendo viviendo y transmitiendo el propio carisma. Dejaron de ser hombres del S. XVI venidos de Europa para convertirse en heraldos de Cristo, viviendo los mismos sentimientos de Cristo. Sin dejar de ser ellos mismos, se transformaron en lo que Cristo les pidió.

Cristo pide a los consagrados del tercer milenio ser los nuevos evangelizadores del mundo digital, del mundo secularizado y neo-paganizado. Ser los hombres y las mujeres que sepan despojarse de sí mismos para aceptar el reto de la nueva evangelización. La radicalidad evangélica es decir como san Pablo. “No soy yo quien vive en mí, es Cristo que vive en mí.”puesto en pie gracias al propio carisma.

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