Así reza la frase ampliamente conocida del Eclesiastés: “Lo que fue, eso mismo será; lo que se hizo, eso mismo se hará: ¡no hay nada nuevo bajo el sol!” ( Ecl. 1, 9). Palabras lapidarias que bien podrían sonar a una visión pesimística de la historia en dónde todo vuelve a ser lo mismo, todo vuelve al mismo lugar, por más que el ser humano se afane en trabajar o en cambiar algo de la realidad. Tal parece que según esta frase, vivimos en una vorágine sin sentido en dónde todo movimiento es condenado a inutilidad, ya que el resultado es volver siempre al mismo punto de partida. Sin embargo, una lectura más profunda nos descubre una sabiduría iluminativa para nuestras acciones. La vida del ser humano para Dios es una sola. Su progreso depende en buena parte de sí mismo, pero también de aquel plan magnífico que desde toda la eternidad Dios ha diseñado para esa persona. Convergen misteriosamente trabajo del ser humano y plan de Dios, en dónde el trabajo del ser humano consiste en descubrir cuál es el plan de Dios para él y lograrlo alcanzar, o mejor dicho, buscar siempre el alcanzarlo, con esfuerzo, con serenidad, con alegría. Bien podemos decir que no hay nada nuevo bajo el sol. Los afanes siempre nuevos son siempre los mismos de siempre. Lo que cambia es el impulso que demos a esos esfuerzos.
Es cierto, muchas cosas nos vienen a la mente. La tierra de misión a dónde llegaron los primeros evangelizadores no es ahora la tierra de ahora con tanta técnica, tantos medios de comunicación y muy poco Dios. El mensaje era nuevo para esos pueblos, ahora es un mensaje ya conocido o peor todavía, desconocido porque es manipulado y vilipendiado. Tantas cosas distintas, pero quizás sólo externamente. Si bien la tierra, el mensaje, los hombres y las mujeres mensajeros o destinatarios de la Palabra pueden ser muy distintos, ¡no hay nada nuevo bajo el sol! Lo que fue la primera evangelización, ésa debe ser también la nueva evangelización. Lo que se hizo en esos años, bien o mal, también se hará en estos años de nueva evangelización.
La FORMACIÓN, como toda obra evangelizadora, no es otra cosa que la transmisión de una experiencia. Los primeros misioneros que llegaron a América, a Filipinas a la India o la China no eran hombres o mujeres cargados de un gran bagaje cultural, filosófico o teológico. Eran hombres y mujeres que habían hecho la experiencia de Cristo. Y eso les bastaba, era la sustancia de sus vidas. Lo único necesario. Así los vemos embarcarse en aventuras al estilo de San Pablo. Desconocedores e lenguajes, imbuidos en una cultura toda propia, abiertos al horizonte de lo desconocido, lo inédito, lo imprevisto. Abiertos incluso al horizonte de la muerte porque llevaban en sí la vida misma.
No muy distinto es lo que tiene que hacer la persona consagrada empeñada en la nueva evangelización. Cargarse de la experiencia de Cristo e iniciar la tarea de la nueva evangelización. No debemos por tanto ni exagerar ni tener miedo al papel que hoy juegan los medios de comunicación de nuestros días, el laicismo exagerado, los factores en contra, es decir, los escenarios de la nueva evangelización. Si bien son distintos a aquellos escenarios de la primera evangelización, la propuesta de mensaje es la misma. Hay que adaptar la palabra a los nuevos escenarios, conociéndolos, pero no dejándose intimidar por ellos. Lo sugería ya la Perfectae caritatis cuando proponía para la renovación de la misma consagrada algo que lo podemos aplicar a la nueva evangelización: “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los seres humanos y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los seres humanos una ayuda más eficaz.” A ellos debemos tender todas las personas evangelizadoras, a un conocimiento tal de la persona de nuestros tiempos que nos permita evangelizarla en la forma más eficaz posible. Bien valen los ejemplos de los primeros misioneros, mutandis mutandi, es decir, adaptando todo lo que hay que adaptar por las diferentes condiciones de tiempos y circunstancias. Nos lo expresa el Sínodo de los Obispos en su documento sobre los lineamientos para el sínodo sobre la nueva evangelización. “La nueva evangelización es una acción sobre todo espiritual, la capacidad de hacer propia presente el coraje y la fuerza de los primeros cristianos, de los primeros misioneros.”
Esta frase debe ser iluminativa para las personas que quieran comprometerse en la nueva evangelización. Si por un lado hay que conocer los escenarios de la nueva evangelización por otro lado no debe olvidar lo que fue el ardor, la fuerza y la intrepidez de los primeros misionarios.
La radicalidad evangélica según el carisma originario.
Los primeros misioneros de América fueron los franciscanos, los dominicos, los agustinos y los mercedarios, seguidos después por los jesuitas, a partir del s. XVI. Los franciscanos habían desposado la dama pobreza y se dedicaban a predicarla por toda Europa a partir de su nacimiento, alrededor de 1271, con el Capítulo de “Las Esteras”. Los dominicos con Santo Domingo de Guzmán a la cabeza que a partir de 1215 en Tolosa establece la primera casa de su Orden de los Predicadores para combatir los males de la ignorancia religiosa en su tiempo. Los agustinos que nacen en 1244 con el impulso del Papa Inocencio IV y se dedican a vivir según la regla de San Agustín, buscan llevar una vida de penitencia, estudio y oración. Los mercedarios que nacen en agosto de 1218 y que intentan redimir a los cautivos cristianos, teniendo misericordia con ellos y muchas veces ofreciéndose como rehenes en rescate de ellos. Y por último los jesuitas, que con san Ignacio de Loyola nacen en 1534 para la salvación y la perfección de los prójimos. Sin embargo, esta aparente diversidad en la misión viene sabiamente utilizada por cada uno de ellos en la labor de la evangelización del nuevo mundo. Lo que hace comunión a cada uno de ellos es la vivencia radical del carisma.
Cada una de estas congregaciones tenía aún fresco el espíritu de su fundador. No habían pasado más de 250 años desde el nacimiento de su orden, por lo que la apertura al Nuevo mundo era vista como una oportunidad para vivir un carisma que había dado ya muy buenos frutos espirituales. Los franciscanos habían logrado reconstruir el tejido social de la Iglesia en vastos sectores. Los dominicos no sólo habían frenado la herejía de los cátaros o los albigenses, sino que se habían convertido en excelentes educadores en la fe. Los agustinos comenzaban una labor educativa en diversos ámbitos. Los mercedarios daban ejemplo de abnegación a favor del prójimo en diversas obras de misericordia y a los jesuitas se les veía empeñados en diversas obras a favor de la salvación de los seres humanos.
En todos estos hombres un factor aglutinante que es la radicalidad en vivir el evangelio. Frente a los problemas de una Iglesia quizás un poco o un demasiado esclerotizada de los siglos XII y XIII, estas órdenes quieren darle nuevo vigor e impulso restaurando la vivencia pura del evangelio. Y lo logran gracias al carisma originario del fundador. Los misioneros que se embarcan en España viven ya una fuerte espiritualidad que los ha capacitado a hacer la experiencia espiritual y los impulsa a transmitirla, primero por el ejemplo y después por la acción. Por el ejemplo, ya que la vivencia radical del evangelio era notoria para todos sus contemporáneos. Y con la acción, siempre basada en el evangelio y puesta en marcha a través de las obras que habían puesto en pie gracias al propio carisma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario