sábado, 28 de abril de 2012

Alcanse

Photobucket "El mal se devora a sí mismo, pero si el mal no lo combatimos con el bien aparecerá nuevamente bajo otra forma diferente". El capitalismo se devora a sí mismo porque no está fundamentado en el amor. Es la sin razón de la depredación del más grande al más chico sin tomar en cuenta al ser humano para nada. Sólo se toman en cuenta las mejoras de la persona en cuanto a factores de mercado, competencia y exigencias políticas y sociales derivadas de los factores anteriores, pero no en cuanto a razonamientos antropológicos del ser humano. El Socialismo también se devora a sí mismo, porque tampoco está fundamentado en el amor. Busca ayudar al hombre, pero sin tomarlo en cuenta. Por lo cual exige del mismo una productividad donde difícilmente se puede ver cuál va a ser su destino. Si produce poco o mucho no redunda en satisfacciones personales, no toma en cuenta sus necesidades, sino que todo se supedita al Estado, con lo cuál la motivación para trabajar es muy baja. Pero sobre todo, el Socialismo niega y prohíbe la relación del hombre con su Creador. En el fondo se convierte en la justificación de la lucha de poder político y económico en las altas esferas, en los lugares donde se encuentra y no toma al hombre en cuenta para nada. Es inmoral, aberrante y peligrosa para la humanidad la existencia de los desequilibrios económicos extremos existentes en la actualidad. El dinero tiene un valor importante en nuestra vida; nos da seguridad y tranquilidad a nosotros y a nuestros hijos, pero debemos reubicar el verdadero significado del dinero como medio y no como un fin. Lo paradójico es que el dinero en excesiva abundancia también es malo para el que lo posee. El dinero per se, en exceso, también es malo para el ser humano si no se utiliza para el bien, como por ejemplo generar riqueza para dar trabajo y ayudar a los demás. El dinero es fuente de conflictos internos entre familiares y de conflictos externos entre socios, clientes, personas deshonestas, etc. Coarta la libertad en la toma de decisiones, pues se basa en principios humanos y se rige por principios económicos de status, de relaciones, etc., muchas veces aberrantes para la humanidad. San Juan de la cruz dice en sus poesías: "Para poseerlo todo no hay que poseer nada". Entonces es lógico pensar que en el plano material, el que posee todo, no posee nada y no posee nada de lo realmente valioso para el ser humano que es la Trascendencia; y no posee nada porque por todo lo que posee, está sujeto a muchas cosas materiales de tal forma que no es dueño de sí mismo, sino que las cosas lo poseen y las circunstancias lo dominan. La vida está llena de grandes paradigmas; para valorar las cosas, primero necesitamos sufrir para conseguirlas y cuando las conseguimos las vemos de una forma diferente de cómo, por herencia, suerte o regalo se nos dan. El refranero popular tan sabio es pocas veces escuchado: "Padre millonario, hijo banquero, nieto pordiosero". Estoy seguro que todos conocemos muchos casos de personas cuyas grandes fortunas sus hijos despilfarraron precisamente por no saber el valor de las cosas. Así mismo nos pasamos muchas veces la vida tratando de ser los más importantes, los más poderosos, a costa, muchas veces, de mucho sufrimiento para nosotros o para los demás y sobre todo para nuestras familias sin cuestionarnos profundamente si vale la pena. La Biblia nos dice: "De qué le sirve al hombre ganar todo el dinero del mundo si pierde la eternidad" Mc 8, 36. Frases y párrafos anteriores muy sencillos de leer, pero de una gran profundidad sobre la cual todos deberíamos reflexionar muy profundamente. Dios nos da talentos no solamente para que los disfrutemos, sino para que con ellos ayudemos a nuestros semejantes. El dinero como medio es una gran bendición, como fin es una aberración. La Misión busca la concientización del valor del "ser" per se y no el valor del ser por el "tener". Pudiera parecer de sentido común que las personas debiéramos tomar conciencia de la Trascendencia y tratar de caminar hacia ella, a través de todos los medios a nuestro alcance, pero desafortunadamente "el sentido común es el menos común de los sentidos". Es por ello que, el gran riesgo que corre la humanidad es que los grandes representantes del Capitalismo o del Socialismo quieran imponer a la humanidad, como de hecho ya lo están haciendo su visión de modus vivendi, su Nuevo Orden Mundial, por medio del cual, el ser humano se convierte solamente en un medio para las aspiraciones de un pequeño grupo de personas, representantes de cada una de las dos actuales formas económicas de vida. Si realmente queremos recuperar el control de nuestras propias vidas, si queremos una sociedad diferente a la que tenemos, si queremos cambiar nuestro mundo por un mundo mejor, el único camino es encontrar una nueva filosofía de vida social y económica, donde el ser humano debe ser el fin y no un medio y debe estar basada en el amor, y lógicamente el único amor verdadero es el amor a Dios y a través de Él a nuestros semejantes

Candente

Uno de los temas más candentes y discutidos en la crisis de la pastoral vocacional. Si antes del concilio se realizaba una pastoral vocacional decidida, con sus fallos y exageraciones, el tiempo posterior llevó a un abandono de la pastoral vocacional. Todavía se da una resistencia a la misma. Como reflejo de esa crisis, abunda más la preocupación por las vocaciones que los planes precisos y experimentados de pastoral vocacional. Difícilmente se va a realizar bien o se va a proponer bien la elección de vida si no se aprecian las diversas vocaciones en el interior de la iglesia. No se trata de una guerra entre las diversas vocaciones. Cada una de ellas refleja la excelencia de la vida cristiana, y en todas ellas se puede vivir la santidad y la perfección, la plenitud de la vida cristiana. Como reacción a una insistencia desproporcionada sobre el valor del ministerio ordenado y de la vida consagrada, se ha pasado en algunos ambientes bien a ignorar la cuestión de la elección de vida o bien incluso a considerar, tácitamente, que el laicado es una forma de vida superior o más actual. La reacción en contra de una Iglesia excesivamente clerical parece positiva. La pastoral vocacional no puede considerarse una pastoral anti-laical. Esto no quita que tanto el ministerio ordenado como la vida consagrada representen dentro de la Iglesia dos formas excelentes de vida cristiana, que toda comunidad cristiana debería estar empeñada en promover. En muchos de los nuevos movimientos se celebra vivamente la existencia de vocaciones en su seno, se aprecian las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, las familias se alegran de que broten en su seno, lo entienden como una enorme bendición de Dios, en estas comunidades se reza por estas vocaciones, se presenta su belleza, se vive su atractivo por parte de todos los miembros, ya sean llamados o no. Tales comunidades constituyen un cultivo propicio para las vocaciones. Estos seis elementos teológicos presentados para crear una cultura vocacional no bastan. Seguramente hay otros aspectos que inciden en este tema tan complejo. Ciertamente, existen al menos otros elementos, antropológicos (maduración de la persona: capacidad de silencio y soledad, resistencia ante las dificultades, mayor o menor fuerza de voluntad en las toma de decisiones, compromisos a largo plazo, autonomía...; desarrollo afectivo-sexual, acompañamiento, etc.) y sociológicos (ambiente familiar, fuerte incidencia en la identidad personal de la familia, el dinero y la profesión, horizonte débil de valores, etc.) que afectan especialmente a la pastoral vocacional. No es posible tratarlos todos aquí. El problema de las vocaciones no tiene que ver sólo con una categoría de religioso/a, los pastoralistas de jóvenes. El problema pertenece a toda la Provincia, desde el más anciano hasta el último novicio. Todas tienen que preocuparse de la animación vocacional. La experiencia de Dios recibida como un don y vivida en nuestro propio carisma, es capaz de llenar y llegar. 1. Reconoce tu importancia: Eres una persona importante; de alguna manera ha visto en ti los ideales vocacionales si te ha elegido como confidente. 2. Manténte en contacto: Charlas periódicas, llamadas, e-mails; lo importante es que le prestes atención y que lo advierta. 3. Ponle en contacto con otras personas que viven la vocación: que vaya a comer a tu comunidad, invítale a una celebración litúrgica, proporciónale buenas lecturas sobre la congregación, la oración, Jesús; ofrécele asistir a una ceremonia de votos o celebración especial. 4. Háblale de tus propias ideas y experiencias: ¿qué te entusiasma e ilusiona en tu vocación? Tus gozos y desafíos que has encontrado. 5. Apoya su desarrollo espiritual: anímale a permanecer cerca de Dios a través de los sacramentos y la oración. Ayúdale a encontrar un método de oración, ofrécele un acompañamiento espiritual o sugiere a otra persona; invítale a un retiro. 6. Se paciente: dale tiempo suficiente para que llegue a una decisión libre y ponderada. 7. Ora.

Sentir cum eclessia

PhotobucketMuchos reconocen que nuestro tiempo y nuestra cultura están habitados por un anhelo de experiencia espiritual, aunque a veces esté buscado fuera de la Iglesia. Los grupos religiosos que crecen son aquellos que consiguen articular y ofrecer una experiencia fuerte de Dios, que aciertan a acompañar, guiar y suscitar el encuentro directo con el Dios transcendente, con el misterio absoluto. La imagen de nuestra Iglesia, tristemente, está mucho más marcada por la insistencia en la doctrina y en las prohibiciones, sobre todo, en materia de moral económica, social y sexual. No se percibe a la Iglesia proponiendo un Dios amable, como el que hemos encontrado los creyentes en el Padre de Nuestro Señor Jesucristo; no acertamos a invitar a hacer la experiencia fabulosa de encontrarse con Jesucristo. Una Iglesia así tiene pocas posibilidades de ser fecunda. Los nuevos movimientos, en general, han acertado a configurar una auténtica experiencia de Dios. En muchos de ellos la liturgia resulta una celebración de la fe, que la recrea y alimenta, no un acto aburrido y sin experiencia espiritu Aunque la experiencia de fe constituya un factor fundamental en la cultura vocacional, no cabe duda de que la inserción en un cuerpo eclesial que la cultiva, la facilita y la promueve, repercute significativamente en las vocaciones. ¿Qué sucede en determinados grupos religiosos para que en ellos las vocaciones florezcan con mayor abundancia? ¿Qué formas sociales eclesiales de vivir la fe resultan estimulantes para la vocación? Al pasar a este terreno entramos en un campo mucho más polémico, donde las diferencias entre los distintos grupos eclesiales comportan una fuerte carga emocional e ideológica. Resulta casi imposible, a pesar de la gracia, que se den vocaciones eclesiales en medios donde se muestra una cierta desafección a la Iglesia. A pesar de las razones del malestar de muchos cristianos con la Iglesia, parece claro que las vocaciones solamente florecerán en aquellos grupos en los que, sin cerrar los ojos al pecado eclesial, se viva un fuerte sentido eclesial, radicado en la alegría de la pertenencia a la Iglesia, el deseo de servirla y el reconocimiento de su puesto singular en la economía de la salvación querida por Jesucristo. Una de las características de los nuevos movimientos consiste en este sentir eclesial y en estar en sintonía con el Papa. Leen sus documentos, secundan sus iniciativas con entusiasmo y convicción. En cualquier grupo social, el aprecio de sus dirigentes, la comunión con ellos, la convicción de gozar de una buena dirección, resulta uno de los elementos determinantes para una pertenencia tranquila, pacífica y satisfecha. También es uno de los puntos de apoyo o de inconveniente. Un escándalo grave por parte de algún directivo o la división manifiesta entre ellos, repercute negativamente en las posibilidades de conseguir nuevos miembros o de captar simpatizantes La jerarquía, el Papa y los obispos, ocupan un ministerio singular dentro de la comunidad cristiana. El sentir con la Iglesia y una eclesiología sana pasa por el aprecio y la estima de nuestros pastores. Esto no implica una ceguera ante sus defectos, como la falta de conocimiento de la vida consagrada en algunos e incluso, en otros casos, la dificultad para forjar la Iglesia comunión. Es necesario reconocer que algunas maneras de hablar acerca de nuestros pastores son autodestructivas de nuestro propio ser eclesial. Tenemos que conseguir transmitir una vivencia del misterio de la Iglesia, de su centralidad en el plan de salvación, de algunos de sus aspectos teológicos madre de los creyentes, esposa de Cristo, templo del Espíritu Santo de tal modo que mostremos una pertenencia eclesial gozosa y agradecida, si queremos crear un campo de cultivo propicio donde las vocaciones eclesiales puedan crecer. Para una fe madura no debería resultar un problema descubrir una Iglesia pecadora, necesitada de reforma en mucha de sus instancias. La Iglesia no se identifica con el Reino de Dios (Lumen Gentium, 5); pero si nos alejamos de ella corremos el peligro de terminar más lejos y apartados del reino, del que ella es germen y al que está íntimamente ligada (Lumen Gentium, 3, 13). Las personas que piensan en una posible vocación a la vida consagrada van buscando una espiritualidad profunda y una vida comunitaria auténtica. El individualismo corre el peligro de rebajar la dimensión corporativa del seguimiento en la vida consagrada. Mientras no superemos la crisis de individualismo y de obediencia en la vida religiosa difícilmente podemos soñar con que quienes nos rodean se sientan atraídos por nuestro modo de vida. Para un proyecto individual, por muy santo que sea, no es necesario unirse a ningún grupo. Desde un punto de vista de la cultura vocacional, la vivencia y la expresión comunitaria de la fe es uno de los factores que más ayudan. Son las comunidades vigorosas las que reúnen a su alrededor, a aquellos cristianos que quieren hacer de Jesucristo el centro de su vida. De ahí que el elemento comunitario: compartir la fe, rezar juntos, celebrarla juntos, formarse juntos, discernir juntos, sea un factor central de la cultura vocacional. En una vivencia comunitaria de la fe deben estar presentes y bien articuladas las siguientes dimensiones: La liturgia o aspecto celebrativo, orante y sacramental, de encuentro personal y comunitario con el misterio; el aspecto misionero, testimonial, catequético, de anuncio, propagación e instrucción en la fe; la diaconía o dimensión de servicio fraterno en toda la variedad de atención a los pobres, abandonados o despreciados; y la koinonía o vivencia de la fe en armonía eclesial. Las comunidades que consiguen articular estas dimensiones de la fe, representan el lugar propicio para el florecimiento de las vocaciones.
Photobucket No podemos presentar nuestra fe sin alegría. El entusiasmo y el gozo se tienen que convertir en elementos intrínsecos del anuncio misionero de Jesucristo. No podemos presentar nuestra fe sin un convencimiento firme y esperanzad de que llevamos la buena noticia que los jóvenes están anhelando escuchar. Es imposible que nuestra animación vocacional alcance a alguno, si no confiamos en la fuerza de lo que anunciamos, la Palabra de Dios capaz de transformar a los oyentes (1Te 2,13). La animación vocacional deberá ir acompañada de signos de vida verdadera. Es decir, una evangelización que conjuga palabras y hechos. Aquí resultan significativas las formas de celebrar la fe ("perseveraban en la oración y en la fracción del pan"), de compartir la fe ("todo lo tenían en común"), de articular la vida cotidiana desde la fe y de mejorar la vida de los pobres. No cabe duda de que resultan mucho más atractivos los grupos alegres, entusiastas, convencidos, con signos elocuentes de que viven lo que anuncian; que aquellos otros donde se haya introducido la duda, la resignación, el desconcierto, la desesperanza, la valoración de otras formas de vida como igual de buenas que las propias. Siempre que se habla del tema vocacional, se termina por mencionar la figura de Nuestra Señora, la Virgen María, como uno de los factores clave en el proceso de elección y de discernimiento vocacional. María, como figura de la fe de los creyentes, constituye el modelo de discípulo, el arquetipo por antonomasia del joven con vocación. En general, en el conjunto de la Iglesia hemos bajado bastante nuestro perfil mariano. El acompañamiento constante de María en nuestros procesos de discernimiento es una forma de ir aprendiendo de ella esas actitudes tan suyas y tan propias del creyente: la humildad, la alabanza de la grandeza de Dios, el reconocimiento de la obra que Dios hace en nosotros, la confianza desproporcionada en Dios y la esperanza en el cumplimiento de sus promesas, el cultivo de la oración, la aceptación de la cruz y de los reveses de la vida, la perseverancia en el camino de la fe a pesar de las oscuridades, el gozo por la preferencia de Dios por los humildes, la lectura creyente de la propia historia y, evidentemente, la respuesta positiva a la llamada de Dios.

viernes, 20 de abril de 2012

Transformar

Photobucket 'No se entristezcan como los que no tienen esperanza' (1 Ts 4,13). La confianza en Dios ofrece la certeza de encontrarlo, de recibir su gracia, y en ello se basa la esperanza de quien cree. Y, sabiendo esto, se esfuerza en transformar también las estructuras y acontecimientos presentes poco gratos, que parecen inconmovibles e insuperables, ayudando a quien no encuentra en la vida sentido ni porvenir. Sí, la esperanza cambia la existencia concreta de cada hombre y cada mujer de manera real. La esperanza apunta a 'un cielo nuevo y una tierra nueva' (Apoc 21,1), tratando de ir haciendo palpable ya ahora algunos de sus reflejos. Además, cuando arraiga en un pueblo, cuando se comparte, se difunde como la luz que despeja las tinieblas que ofuscan y atenazan.
El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal, sino que es siempre instrumento del bien, heraldo del perdón, portador de la alegría, servidor de la unidad. Se ha de superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar. El mal no puede tanto. No hay motivos para rendirse al despotismo del mal. La situación actual plantea ciertamente retos y dificultades de muy diversa índole. Pero sabiendo que el Señor ha resucitado, podemos proseguir confiados, con la convicción de que el mal no tiene la última palabra de la historia, y que Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda ( Rm 5,5). Deseo reiterar con energía y claridad un llamado al pueblo mexicano a ser fiel a sí mismo y a no dejarse amedrentar por las fuerzas del mal, a ser valiente y trabajar para que la savia de sus propias raíces cristianas haga florecer su presente y su futuro”.

Convicción

Estamos llamados a vivir la esperanza en Dios como una convicción profunda, convirtiéndola en una actitud del corazón y en un compromiso concreto de caminar juntos hacia un mundo mejor.«Continuemos avanzando sin desfallecer en la construcción de una sociedad cimentada en el desarrollo del bien, el triunfo del amor y la difusión de la justicia».
Junto a la fe y la esperanza, el creyente en Cristo, y la Iglesia en su conjunto, vive y practica la caridad como elemento esencial de su misión. En su acepción primera, la caridad «es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación», como es socorrer a los que padecen hambre, carecen de cobijo, están enfermos o necesitados en algún aspecto de su existencia. Nadie queda excluído por su origen o creencias de esta misión de la Iglesia, que no entra en competencia con otras iniciativas privadas o públicas, es más, ella colabora gustosa con quienes persiguen estos mismos fines. Tampoco pretende otra cosa que hacer de manera desinteresada y respetuosa el bien al menesteroso, a quien tantas veces lo que más le falta es precisamente una muestra de amor auténtico”.

miércoles, 18 de abril de 2012

Visita Papal

EL Papa pide a los cristianos que no cedan a una fe superficial e incoherente.
Benedicto XVI ha pedido hoy en México a los cristianos que resistan a la tentación de una fe "superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente", y que superen el "cansancio" de la fe.
El Pontífice hizo estas manifestaciones antes varios cientos de miles de mexicanos que asisten en el Parque del Bicentenario de Silao, ciudad cercana a León, en el centro de México, a la misa que oficia en su tercer día de visita a este país.
El Obispo de Roma ha reiterado la necesidad de una nueva evangelización en este continente que conoce a Jesucristo desde hace ya más de 500 años, pero en el que avanza la secularización y la penetración de las sectas.
Ha señalado que la misión evangélica continental puesta en marcha tras su visita a Aparecida, en Brasil, en 2007, tiene ese objetivo.
"En Aparecida, los Obispos de Latinoamérica y el Caribe han sentido con clarividencia la necesidad de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio. La Misión Continental tiene el cometido de hacer llegar esa convicción a todos los cristianos y comunidades eclesiales, para que resistan a la tentación de una fe superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente", ha dicho el papa.
El papa ha agregado que también se ha de superar el cansancio y recuperar la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia.
El pontífice ha sido recibido en el altar mayor por el arzobispo de León, José Martín Rábago, quien le dio la bienvenida y le pidió un mensaje de esperanza para que México puede superar los "males" que vive, entre los que destacó la violencia y muerte, "que han generado -dijo- la penosa sensación de temor, impotencia y duelo".
Martín Rábago ha indicado que esa "dramática" realidad tiene raíces perversas que la alimentan: la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, la impunidad, la deficiente justicia y el cambio cultural que lleva a la convicción de que esta vida sólo vale la pena ser vivida si permite acumular bienes y poder rápidamente y sin importar sus consecuencias.
Benedicto XVI ha destacado que tanto México como el resto de América Latina atraviesan momentos de dolor, pero también de esperanza.

sábado, 14 de abril de 2012

Donación

El Misionerismo exige la vivencia diaria y enriquecedora de las propias convicciones cristianas y la donación personal amorosa al otro, sea éste miembro de la familia o de la empresa. Esta conciencia de ser-para-los-demás redundará en el beneficio de todos los que participan en un proyecto y que tienen fines comunes.

Hacer coincidir "Misionerismo y empresa", es aceptar que la empresa puede ser una "comunidad de personas", es decir, una persona moral en todo el sentido de la palabra, formada por personas. Por consiguiente, a la empresa le es propio el concepto de amor fraterno promovido por el Misionerismo, ya que es a través del amor que la persona se realiza, al ser el amor el acto supremo de la voluntad.

El amor fraterno es la actitud esencial que debe gobernar en la empresa para la reducción de las desigualdades y la realización personal y familiar. Los graves problemas familiares y sociales encuentran su raíz profunda en la falta de amor, y la empresa como entidad económica que influye a la sociedad no está ajena a esta ruptura.

Miles de acciones se realizan a diario dentro de las empresas. Acciones de interrelación personal que pueden quedarse en un simple "satisfago una necesidad a través de ti". Algunas de estas acciones son la reciprocidad e intercambio: la información, el diálogo, la participación como la búsqueda del bien del otro, con el fin de que el otro quiera también mi bien. Ya con ello, la empresa mejora su ambiente laboral y la proactividad de sus integrantes

Abrirse

El Misionerismo requiere que la persona sepa abrirse al amor y que sea éste la principal motivación de su actuar en la vida, ya que la persona que no ama no se realiza humanamente, queda en estado de subdesarrollo.

El Misionerismo es un llamado de Dios. No sólo se trata de conocer y adherirse a una doctrina, a unas verdades, y tratar de ser buenos y honestos. Es mucho más que esto: es encontrarse con Dios, percibir Su mirada y escuchar Su voz: «Sígueme» en el mundo personal, familiar, empresarial y social para la evangelización de las empresas y de sus familias, a fin de que la gente Lo conozca, Lo trate y establezca una amistad con Él; con el auténtico Dios del amor.

Para que el Misionerismo dé sus frutos en el despertar de las conciencias es indispensable que sea asimilado como una "convicción" en la vida del ser humano, de tal manera que sea la base, el fundamento y punto de partida de pensamientos y conductas presentes y futuras, es decir, que sea una filosofía configuradora de su existencia que le dé una visión global de la vida, del mundo, de Dios y de los otros.

● El amor fraterno y el Misionerismo

El Misionerismo es una filosofía que erradica de la vida personal, familiar y empresarial el individualismo a ultranza que nos ahoga y que nos niega la posibilidad de ver más allá de uno mismo.

En el Misionerismo Dios es el socio principal de la empresa. Toda empresa que asuma el Misionerismo podrá vivir el amor fraterno, es decir, la solidaridad

Amor de Dios

El Misionerismo se basa en el amor, en la entrega y en el servicio a los demás que te lleva a la "Trascendencia". Lleva una buena dosis de cuidado. Cuidado y preocupación por el otro, ya que todos somos hechos a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto, con una relación fraterna.

El Misionerismo se traducirá en la formación de la conciencia, en la promoción personal y familiar, en la salvación de uno mismo y de los otros, por medio de los valores humanos, universales, cristianos, y Trascendentes. Tiene como principio y fundamento a Dios. La meta natural de quien vive el Misionerismo es la Trascendencia, ya que el amor desinteresado trasciende al mundo material, lo cual lleva a la persona hacia la eternidad.

Para poder llevar este mensaje de amor, primero hay que recibirlo. Porque Dios es amor, se hace don al hombre; el amor es la única actitud justa ante la persona para que pueda desarrollar su vida en forma armoniosa. Como lo especifica claramente Benedicto XVI en su Encíclica Dios es Amor: "Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto -como nos dice el Señor- que el hombre puede convertirse en fuente de la que emanan fuentes de agua viva (cf. Jn 7, 37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn 19, 34)".(3) Según Juan Pablo II "el hombre "no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás"
Es una filosofía con Trascendencia sobrenatural hacia un Dios que nos ama, que nos exige y que al mismo tiempo, nos pide cuentas de los frutos que hemos producido por los dones que nos ha dado. Se basa en la integridad de la persona que impulsa su productividad humana motivada en la Trascendencia, en la eternidad(1), y que tiene como consecuencia la productividad material.

La filosofía que surge de reflexión , puede ser sustentada en la Doctrina de la Iglesia.Ttiene los principios fundamentales que al conocerlos, analizarlos y ponderarlos, nos dan una luz para configurar una filosofía que permite ir reconociendo y adoptando normas de conductas personales que, al mismo tiempo, van permeando en la vida en todos sus ámbitos.

La Doctrina Social de la Iglesia tiene sus orígenes en la Sagrada Escritura y se concretizó ante la situación crítica de la clase trabajadora y ante el embate del socialismo marxista con su lucha de clases, derivados de la Revolución Industrial que se dio en Europa al inicio del siglo XVIII. Esta Doctrina representó una luz en la búsqueda de soluciones para estos problemas. El movimiento social católico que se difundió en la segunda mitad del siglo XIX, nació como reacción, por una parte, a las injusticias y desastrosas consecuencias del régimen capitalista liberal, y por otra parte, a las doctrinas anticristianas del socialismo marxista que buscaba eliminar dichas injusticias. El primer documento oficial que encontramos es la Encíclica Rerum Novarum, escrita por León XII y que apareció en 1891, seguido por otros documentos importantes.

sábado, 7 de abril de 2012

Movimiento

* El amor es motor; nos pone en movimiento. “El alma está hecha de amor,” enseña Santa Catalina de Siena.
* Hay distintas clases de amor, que se relacionan con los deseos y las necesidades del ser humano. De modo genérico, la teología clásica llama “apetitos” a esos modos de amor.
* Corresponde a la virtud de la PRUDENCIA servir de directora de orquesta en el conjunto amplio de los apetitos humanos. la prudencia necesita las luces superiores de la razón y de la fe para custodiar el bien mayor en el ser humano.
* De donde se ve la importancia de los Mandamientos que Dios nos ha dado. Son ellos una verdadera “carta de navegación” para recorrer el camino de la vida.
* Lo que hacen los mandamientos es orientar a través de prioridades: lo primero y que da unidad, orden y belleza al resto es el amor a Dios.
* Aprendemos a amar a Dios cuando conocemos el amor de Dios. Se nos ha revelado en Jesucristo.
* Es el Amor por esencia, el Don del Espíritu Santo, quien concede que esa revelación dada una vez y para siempre en Cristo, penetre y se afiance en nuestros corazones.
* Todos los cristianos, pero especialmente los jóvenes, han de cultivar esa experiencia intensa y bella del Espíritu, por la que podrán ser verdaderos testigos del amor que da orde

Te pido Señor por las víctimas del aborto y de la eutanasia
Ayúdanos Señor a ver en ellos tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a encontrar en ellos nuestra dignidad perdida
Ten piedad de nosotros
Padre perdónanos porque no sabemos lo que hacemos
Ayúdanos Señor a ver la luz de la verdad y el amor, de la humildad y el perdón
Danos fe, esperanza y caridad
Bendice Señor a las víctimas del aborto y de la eutanasia
Bendito seas Señor Jesús
Te pido Señor por los niños del mundo, por todos los niños te pido
Nacidos y no nacidos, sanos y enfermos, ricos y pobres
Ayúdanos Señor a ver en ellos tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a encontrar en ellos nuestra dignidad perdida
Ayúdanos Señor a recuperar nuestra inocencia
Ten piedad y misericordia de nosotros
Ayúdanos a vivir el amor y la verdad, la humildad y el perdón
Danos fe, esperanza y caridad
Ten piedad Señor de todos los niños del mundo
Y llénalos de bendiciones
Bendito seas Señor Jesús
Te pido Señor por los desamparados
Los abandonados, los rechazados, las personas de la calle, las personas sin hogar
Ayúdanos Señor a ver en ellos tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a encontrar en ellos nuestra dignidad perdida
Ten piedad y misericordia de nosotros
Ayúdanos a encontrar el amor y la verdad, la humildad y el perdón
Danos fe, esperanza y caridad
Ten piedad Señor de todos los desamparados
Y llénalos de bendiciones
Bendito seas Señor Jesús
Te pido Señor por los presos
Por todos aquellos que justa o injustamente estén privados de su libertad
Ayúdanos Señor a ver en ellos tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a encontrar en ellos nuestra dignidad perdida
Ten piedad y misericordia de nosotros
Ayúdanos a vivir el amor y la verdad, la humildad y el perdón
Danos fe, esperanza y caridad
Ten piedad Señor de todos los presos
ayudales Señor a redimirse
Bendito seas Señor Jesús
Te pido Señor por las víctimas de la situación económica
Por todos aquellos que creen haberlo perdido todo
Cuando siempre te han tenido a Ti, siempre te tienen y siempre te tendrán
Ayúdanos Señor a ver en ellos tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a encontrar en ellos nuestra dignidad perdida
Ten piedad y misericordia de nosotros
Ayúdanos a abrir los ojos al amor y la verdad, la humildad y el perdón
Dales fe, esperanza y caridad
Ten piedad Señor de las víctimas de la situación económica
Y llénalos de bendiciones
Bendito seas Señor Jesús
Te pido Señor por las mujeres
Perdidas en la prostitución, la pornografía, el desnudismo
El aborto, la vanidad, el lesbianismo
El feminismo, el capitalismo, el colectivismo y el materialismo
Ayúdanos Señor a ver en ellas tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a encontrar en ellas nuestra dignidad perdida
Ten piedad y misericordia por los que se apartan de la Iglesia
muéstrales Señor el camino a la reconciliación, el reencuentro, la conversión
que encuentren el amor, la verdad, la humildad y el perdón
Bendito seas Señor Jesús
Por todos aquellos que ignoran la dignidad de la persona humana
Ayúdalos Señor a que vean en sus víctimas tu imagen bendita
Ayúdanos Señor a que encuentren en sus víctimas su dignidad perdida
Que abandonen esa vida de maldad y de destrucción
Que encuentren el amor y la verdad, la humildad y el perdón
Dales fe, esperanza y caridad
Ten piedad de ellos y llénalos de bendiciones
Bendito seas Señor Jesús
Gracias Dios mío por tu bondad
y ayúdame Señor a ver con toda claridad
la verdad sobre el plan con que bendices nuestra existencia.

Bendito seas Señor Jesús

Alegraos!

Celebremos y hagamos nuestro aquel primer día de la semana el domingo de Pascua cuando Jesús se presentó en medio de sus discípulos y les dijo: “La paz con vosotros”. Los discípulos se llenaron de alegría al ver que era Jesús, aquel a quien vieron morir en la cruz y que entonces reconocían glorificado. Jesús les infundió el Espíritu y les envió como testigos de la Vida a continuar la misión que el Padre le había encomendado. Tomás, uno de los apóstoles, no estaba allí y no se lo creía. Pero ocho días después Jesús se presentó de nuevo, llamó a Tomás y le dijo: “Acércate, trae tu mano y métela en mi herida. Dichosos los que crean sin haber visto” (cf Jn 20, 19-29).
Esta es la historia que trasciende la historia de los hombres. Jesús de Nazaret es la luz que ilumina nuestro interior. Él da sentido a nuestros pequeños pasos y al camino de la Humanidad. Abramos los ojos del corazón, apartemos de nuestra vista la falsedad, la hipocresía y el egoísmo… Mirad al Hombre que en la cruz entregó su espíritu en manos del Padre, murió por nosotros y se nos da al partir el pan como sacramento de amor y vida. «Con la Pascua –nos dice san Agustín– no sólo recordamos la muerte y resurrección del Señor, sino que también nosotros pasamos de muerte a vida» (Ep. 55, 2).
Jesús nos habla también hoy. ¿No lo oyes?. Escucha su palabra en la Escritura. Oye como su voz resuena en la comunidad reunida en su nombre, en el amor sincero y en el silencio de tu corazón. Es su lamento el que se oye en el dolor del enfermo, en la necesidad del pobre y en el que sufre la injusticia y el abandono. Escucha cómo en tu dialecto más familiar te invita cada día a amar y a rezar, a perdonar y a esperar, a construir la paz y a obrar la justicia, a anhelar la felicidad verdadera.
Levanta tu mirada al cielo y observa la tierra. Contempla a Cristo y mira al que sufre con esperanza, al que es sencillo y generoso. Fíjate en el que ama con alegría y gasta su vida sirviendo con amor. Con la Pascua la muerte ha sido vencida: Jesús ha mostrado el corazón de Dios y nos ha abierto las puertas de la eternidad.

Vía de la Cruz

Jesús en la vía de la cruz: una vía que parecía sin salida y que, sin embargo, ha cambiado la vida y la historia del hombre, ha abierto el paso hacia los «cielos nuevos y la tierra nueva» ( Ap. 21,1). Especialmente en este día del Viernes Santo, la Iglesia celebra con íntima devoción espiritual la memoria de la muerte en cruz del Hijo de Dios y, en su cruz, ve el árbol de la vida, fecundo de una nueva esperanza.
La experiencia del sufrimiento y de la cruz marca la humanidad, marca incluso la familia; cuántas veces el camino se hace fatigoso y difícil. Incomprensiones, divisiones, preocupaciones por el futuro de los hijos, enfermedades, dificultades de diverso tipo. En nuestro tiempo, además, la situación de muchas familias se ve agravada por la precariedad del trabajo y por otros efectos negativos de la crisis económica.
El camino del Via Crucis, que hemos recorrido esta noche espiritualmente, es una invitación para todos nosotros, y especialmente para las familias, a contemplar a Cristo crucificado para tener la fuerza de ir más allá de las dificultades. La cruz de Jesús es el signo supremo del amor de Dios para cada hombre, la respuesta sobreabundante a la necesidad que tiene toda persona de ser amada. Cuando nos encontramos en la prueba, cuando nuestras familias deben afrontar el dolor, la tribulación, miremos a la cruz de Cristo: allí encontramos el valor y la fuerza para seguir caminando; allí podemos repetir con firme esperanza las palabras de san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?,¿la persecución?, ¿el hambre?,¿la desnudez?, ¿el peligro?,¿la espada?... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).
En la aflicción y la dificultad, no estamos solos; la familia no está sola: Jesús está presente con su amor, la sostiene con su gracia y le da la fuerza para seguir adelante, para afrontar los sacrificios y superar todo obstáculo. Y es a este amor de Cristo al que debemos acudir cuando las vicisitudes humanas y las dificultades amenazan con herir la unidad de nuestra vida y de la familia. El misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza: la estación del dolor y de la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en él, encierra ya la luz de la resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que cree en su Palabra.
En aquel hombre crucificado, que es el Hijo de Dios, incluso la muerte misma adquiere un nuevo significado y orientación, es rescatada y vencida, es el paso hacia la nueva vida: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn. 12,24).
Encomendémonos a la Madre de Cristo. A ella, que ha acompañado a su Hijo por la vía dolorosa. Que ella, que estaba junto a la cruz en la hora de su muerte, que ha alentado a la Iglesia desde su nacimiento para que viva la presencia del Señor, dirija nuestros corazones, los corazones de todas las familias a través del inmenso mysterium passionis hacia el mysterium paschale, hacia aquella luz que prorrumpe de la Resurrección de Cristo y muestra el triunfo definitivo del amor, de la alegría, de la vida, sobre el mal, el sufrimiento, la muerte. Amén.

Santo Padre Benedicto XVI

Siguen vivas en mí las emociones suscitadas por mi reciente viaje apostólico a México y Cuba, sobre el que me quisiera detener. Surge de forma espontánea en mi alma, una acción de gracias al Señor: en su providencia, Él ha querido que llegara, por primera vez como Sucesor de Pedro, a estos dos países, que conservan la indeleble memoria de las visitas realizadas por el beato Juan Pablo II.
El bicentenario de la Independencia de México y de otros países de América Latina, las dos décadas de relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede y el cuarto centenario del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre en la República de Cuba, fueron las ocasiones de mi peregrinación. Con ella quise abrazar idealmente el entero continente, invitando a todos a vivir juntos en la esperanza y el compromiso concreto de caminar juntos hacia un futuro mejor.
Agradezco a los Señores Presidentes de México y de Cuba, que con deferencia y cortesía me dieron su bienvenida, así como a las otras autoridades. Gracias de corazón a los Arzobispos de León, de Santiago de Cuba y de La Habana, y también a los otros venerados Hermanos en el episcopado, que me recibieron con gran afecto, así como a sus colaboradores y a cuantos se prodigaron generosamente en mi visita pastoral ¡Fueron días inolvidables de alegría y de esperanza, que quedarán grabados en mi corazón!
La primera etapa fue la de León, en el Estado de Guanajuato, centro geográfico de México. Ahí, una gran multitud festiva me reservó una bienvenida extraordinaria, jubilosa y alegre, como signo del abrazo caluroso de todo un pueblo. Desde la ceremonia de bienvenida, pude percibir la fe y la calidez de los sacerdotes, de las personas consagradas y de los fieles laicos.
En presencia de representantes de las Instituciones, de numerosos Obispos y representantes de la sociedad, recordé la necesidad del reconocimiento y de la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana, entre los que se destaca la libertad religiosa, asegurando mi cercanía a cuantos sufren por las plagas sociales, de conflictos antiguos y nuevos, la corrupción y la violencia. Recuerdo con profunda gratitud a las interminables hileras de personas a lo largo de las calles, que me acompañaron con entusiasmo. En esas manos extendidas en señal de saludo y de afecto, en esos rostros felices, en aquellos gritos de alegría, pude acoger la tenaz esperanza de los cristianos mexicanos, la esperanza que sigue ardiendo en los corazones a pesar de los difíciles tiempos de violencia, que no dejé de deplorar y a cuyas víctimas dirigí mi pensamiento, pudiendo consolar personalmente a algunas de ellas. El mismo día, mantuve un encuentro con numerosos niños y adolescentes, que son el futuro de la nación y la Iglesia. Su alegría inagotable, expresada con bellos cantos y músicas, así como sus miradas y gestos, expresaban el gran anhelo de todos los chicos y chicas de México, de América Latina y del Caribe de poder vivir en paz, serenidad y armonía, en una sociedad más justa y reconciliada.
Los discípulos del Señor deben hacer crecer la alegría de ser cristianos y la alegría de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en situaciones difíciles y de sufrimiento. Recordé esta verdad a la inmensa multitud, reunida para la celebración eucarística dominical, en el Parque Bicentenario de León. Exhorté a todos a confiar en la bondad de Dios Todopoderoso, que puede cambiar desde dentro, desde el corazón, las situaciones insoportables y oscuras. Los mexicanos han respondido con su ardiente fe y en su adhesión convencida al Evangelio, he reconocido, una vez más, signos consoladores de esperanza para el Continente.
El último evento de mi Visita a México fue siempre en León la celebración de las Vísperas en la Catedral de Nuestra Señora de la Luz, con los Obispos mexicanos y los representantes de los Episcopados de América. Les expresé mi cercanía en su compromiso, ante los distintos desafíos y dificultades, así como mi gratitud a cuantos siembran el Evangelio, en situaciones complejas y, a menudo, no sin limitaciones. Los animé a ser celosos Pastores y guías seguros, suscitando en todas partes la comunión sincera y la adhesión cordial al magisterio de la Iglesia. Luego dejé la amada tierra mexicana, donde experimenté una especial devoción y cariño hacia el Vicario de Cristo. Antes de despedirme, animé al pueblo mexicano a permanecer fiel al Señor y a su Iglesia, firmemente anclado en sus raíces cristianas.
El día siguiente comenzó la segunda parte de mi Viaje apostólico, con la llegada a Cuba, a donde fui, en primer lugar, para sostener la misión de la Iglesia Católica, comprometida en anunciar el Evangelio con alegría, a pesar de la pobreza de los recursos y de las dificultades aún por superar, para que la religión pueda desarrollar su propio servicio espiritual y formativo en el ámbito público de la sociedad. Esto es lo que quise subrayar al llegar a Santiago de Cuba, segunda ciudad de la isla, sin dejar de resaltar las buenas relaciones existentes entre el Estado y la Santa Sede, finalizadas al servicio de la presencia viva y constructiva de la Iglesia local. También aseguré que el Papa lleva en su corazón las preocupaciones y aspiraciones de todos los cubanos, especialmente de los que sufren por la limitación de la libertad.
La primera Santa Misa que tuve el gozo de celebrar en tierra cubana se colocaba en el contexto del IV centenario del descubrimiento de la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Fue un momento de fuerte intensidad espiritual, con la participación atenta y orante de millares de personas, signo de una Iglesia que viene de situaciones difíciles, pero con un testimonio vivaz de caridad y presencia activa en la vida de la gente. A los católicos cubanos, que junto a la entera población, esperan en un futuro siempre mejor, he dirigido la invitación para dar un nuevo vigor a su fe y a contribuir, con el coraje del perdón y de la comprensión, en la construcción de una sociedad abierta y renovada, donde haya cada vez más espacio para Dios, porque cuando Dios es excluido, el mundo se transforma en un lugar inhabitable para el hombre. Antes de dejar Santiago de Cuba me dirigí al Santuario de Nuestra Señora de la Caridad en el Cobre, tan querida por el pueblo cubano. La peregrinación de la imagen de la Virgen de la Caridad en las familias de la Isla ha suscitado gran entusiasmo espiritual, representando un significativo evento de nueva evangelización y una ocasión de redescubrimiento de la fe. A la Virgen Santa encomendé sobre todo a las personas que sufren y a los jóvenes cubanos.
La segunda etapa cubana fue en la Habana, capital de la Isla. Los jóvenes, en particular, fueron los principales protagonistas de la exuberante acogida en el recorrido hacia la Nunciatura, donde he tenido la oportunidad de entretenerme con los Obispos del País para hablar de los desafíos que la Iglesia cubana está llamada a afrontar, consciente que la gente espera de ésta con confianza creciente. El día siguiente he presidido la Santa Misa en la Plaza principal de la Habana, llena de gente. A todos he recordado que Cuba y el mundo tienen necesidad de cambios, pero éstos ocurrirán sólo si cada uno se abre a la verdad integral del hombre, presupuesto imprescindible para alcanzar la libertad, y se decide a sembrar entorno así reconciliación y fraternidad, fundando la propia vida en Jesucristo: Sólo Él puede conjurar las tinieblas del error, ayudándonos a vencer el mal y todo lo que nos oprime. He querido además insistir que la Iglesia no pide privilegios, sino que pide proclamar y celebrar también públicamente la fe, llevando el mensaje de esperanza y de paz del Evangelio en todo ambiente de la sociedad. En apreciar los pasos cumplidos hasta ahora en este sentido por parte de las Autoridades cubanas, he subrayado que es necesario continuar en este camino de cada vez más plena libertad religiosa.
Al momento de dejar Cuba, decenas de millares de cubanos vinieron a despedirme por las calles, a pesar de la fuerte lluvia. En la ceremonia de despedida he recordado que en la hora presente las diversas componentes de la sociedad cubana están llamadas a un esfuerzo de sincera colaboración y de un diálogo paciente por el bienestar de la patria. En esta perspectiva, mi presencia en la isla, como testimonio de Jesucristo, ha querido ser un estímulo para abrir las puertas del corazón a Él, que es fuente de esperanza y de fortaleza para crecer el bien. Por esto he saludado a los cubanos exhortándoles a reavivar la fe de sus padres y edificar un futuro cada vez mejor.
Este viaje en México y Cuba, gracias a Dios, ha tenido los objetivos pastorales deseados. Puedan el pueblo mexicano y cubano obtener los frutos abundantes para construir en la comunión eclesial y con coraje evangélico un futuro de paz y fraternidad.

Salmo 31(30)

Salmo 31(30),2.6.12-13.15-16.17.25.


Yo me refugio en ti, Señor,
¡que nunca me vea defraudado!
Líbrame, por tu justicia

Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.
Soy la burla de todos mis enemigos
y la irrisión de mis propios vecinos;
para mis amigos soy motivo de espanto,
los que me ven por la calle huyen de mí.

Como un muerto, he caído en el olvido,
me he convertido en una cosa inútil.
Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: "Tú eres mi Dios,

mi destino está en tus manos".

Líbrame del poder de mis enemigos
y de aquellos que me persiguen.

Que brille tu rostro sobre tu servidor,
sálvame por tu misericordia;
Sean fuertes y valerosos,
todos los que esperan en el Señor.

lunes, 2 de abril de 2012

Reciba a Jesús

“Jesús, creo que eres el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Gracias por venir a la tierra y morir para que pudiéramos tener vida eterna. Perdóname mis pecados. Voy a seguirte con toda mi vida ahora. Lléname del Espíritu Santo y dirige cada uno de mis pasos. En el nombre de la Trinidad Santa ,Padre, Hijo y Espíritu Santo, Amen”
Ora esta oración !
Nuestra mirada está en Cristo. El trigo triturado para hacer el pan que se consagra en el altar nos recuerda que ningún paso estrecho, ningún dolor extremo, ninguna traición repugnante, ninguna crueldad y ninguna amenaza toman por sorpresa a Dios. En adoración al Amor de los Amores; en gratitud al Cristo que nos alimenta y alienta con su propio Espíritu, sabemos que ya nos contemplan los cristianos de los siglos venideros, y ya su mirada nos pregunta si hemos elegido hasta el fondo ser de Cristo. esta Pascua es el tiempo para decir: SÍ, cristiano soy, por la gracia de Dios; cristiano de fe completa, de Biblia no mutilada, de exquisita y gozosa fidelidad a Aquel que nos confirma en la fe: el Papa, a quien Dios otorgue abundantísima bendición

Cree en Jesús

Jesucristo es muchas veces comparado con otros profetas y maestros pero el fue único. Desde su nacimiento hasta su muerte, su vida fue caracterizada por milagros y eso lo hizo diferente de todos los demás. Jesús nació de la Virgen una imposibilidad natural. Antes que su madre María se casara, un ángel le dijo que daría a luz al Hijo de Dios. Cuando ella pregunto como eso podía suceder, el ángel respondió “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios.” Como prometido, La virgen María dio a luz a Jesucristo quien ha sido la persona más increíble que ha vivido.
La vida de Jesús fue magnifica desde su nacimiento. A los 30 años, Jesús fue a las ciudades de Israel y empezó a enseñar y a sanar gente. La Biblia establece que Jesús era diferente que los otros predicadores “La gente estaba asombrada de sus enseñanzas, porque enseñaba como uno con autoridad, no como los escribas.” Tampoco había enfermedades tan graves para su poder. “trajeron a él todos los enfermos y le rogaban que los dejara tocar solamente el borde de su manto. Y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.” Amenazados por la fama y autoridad de Jesús, las autoridades religiosas y políticas conspiraron a matarle.
Una Muerte Súbita
La muerte de Jesús fue predicha más de mil años antes que sucediera. El profeta Isaías dijo de Jesús: “Mas él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo, y por sus llagas fuimos nosotros curados.” Jesús pagaría el precio de nuestros pecados para que pudiéramos ser perdonados y tener vida eterna. Como había sido predicho, Jesús murió de manera brutal por sostener que El era el Hijo de Dios. Mientras colgaba de la cruz de madera con clavos en sus manos y pies, El oraba “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Jesús tenía el poder de bajar de la cruz, pero decidió sacrificar su vida para salvarnos.
Como prometido, Dios resucito a su Hijo Jesús a la vida vida eterna al tercer día después de su entierro. Jesús fue visto por sus amigos más cercanos y por más de 500 de sus seguidores antes de su ascensión al cielo. Después de su resurrección, Pedro, su amigo más cercano dijo a las multitudes que se arrepintieran de sus pecados y que creyeran en Jesucristo para ser salvos “porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llame” ¡Esta promesa es para usted! Hay muchas religiones y muchos profetas pero ninguno más que Jesucristo ofrece perdón a sus pecados y vida eterna con Dios. El ya ha muerto por sus pecados, ahora tiene que poner su Fe en El. “Si confiesa con su boca que Jesús es el Señor y cree en su corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” .

Nuevo creyente

¿Le parece este transformador paso increíblemente simple? Es lamentable que se haya oscurecido tanto el concepto de acudir a Jesús de esta forma, y se haya envuelto en tantas ideas y palabras innecesarias, que se les ha robado a muchos la maravillosa sencillez de esta verdad. Es muy importante que eso no nos suceda a nosotros.
La transformación personal tiene por resultado una naturaleza totalmente nueva. Esa naturaleza reemplaza a la antigua, que había estado corrompida desde el principio. El apóstol Pablo lo describe de esta manera: “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17). Pensemos en otros términos que se usan en la Biblia para describir el contraste total que existe entre lo viejo y lo nuevo. Cuando alguien se convierte en creyente, sale de las tinieblas para pasar a la luz (Hechos 26:18); sale de la esclavitud para pasar a la libertad (Romanos 8:21); sale de la muerte para entrar en la vida (Romanos 6:13).
En realidad, el nuevo creyente ha pasado por un segundo nacimiento. El primero fue un nacimiento natural, que vino unido a una naturaleza caída. El segundo es un nacimiento espiritual, libre de este defecto básico. Es un comienzo totalmente nuevo. Nos convertimos en una nueva persona. Jesús dice: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36). Hay algo del mismo cielo vivo, activo e imperecedero que habita en el nuevo creyente.
Para mí, éste es el mayor milagro que nos podríamos imaginar jamás llegar realmente al hogar de nuestro Padre en los cielos con todo lo que esto significa en esta vida y en la eternidad.
El propósito de Dios es que los nuevos creyentes nos convirtamos en personas distintas. Estamos “en proceso de construcción”. Estamos siendo transformados desde adentro hacia afuera. El arquitecto principal de estos cambios es Dios mismo. Como un Padre amoroso que está a nuestro lado para dirigir personalmente nuestro camino.
Él acude a Con el tiempo, esa vida transformada causa un impacto en todo lo que somos y hacemos. Recuerde la relación que tenía Adán con Dios antes de la caída. ¿Acaso el Señor no querría ver restaurada esa clase de comunión, incluso en nuestro trabajo? “Me encantaría llevar el lugar de trabajo tan cerca del Huerto como me fuera posible, aunque sé que no se puede. Pero no debo dejar de intentarlo”

No ha visitado esta página por casualidad. Tal vez haya estado buscando respuestas para su propia vida, entre ellas la respuesta a la pregunta más importante de la vida: ¿Cómo me debo relacionar con Dios?
El nuevo creyente ha pasado por un segundo nacimiento. Para mí, éste es el mayor milagro que nos podríamos imaginar jamás llegar realmente al hogar de nuestro Padre en los cielos con todo lo que esto significa en esta vida y en la eternidad.

domingo, 1 de abril de 2012

Alianza

Nuestra nueva vida en Cristo no es una vida de éxitos continuos. Hay nuevos desafíos. Los viejos hábitos y las viejas relaciones no cambian con facilidad. Surgen los conflictos. Hasta hay fuerzas espirituales que se nos oponen. Dudamos. Nos desalentamos.
Sin embargo, las cosas son distintas. No estamos solos. Hemos entrado en una alianza nueva y viva con Jesucristo. Él nos guía. Nosotros lo seguimos. Nuestra fe está puesta sobre un fundamento nuevo, y ese fundamento es Cristo. Las palabras que Él nos dirige son maravillosas y tranquilizadoras: “Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5).
Con el tiempo, esa vida transformada causa un impacto en todo lo que somos y hacemos. Recuerde la relación que tenía Adán con Dios antes de la caída. ¿Acaso el Señor no querría ver restaurada esa clase de comunión, incluso en nuestro trabajo? El dueño de un negocio comentaba en una entrevista con la publicación Harvard Business Review: “Me encantaría llevar el lugar de trabajo tan cerca del Huerto como me fuera posible, aunque sé que no se puede. Pero no debo dejar de intentarlo”
En realidad, el nuevo creyente ha pasado por un segundo nacimiento. Para mí, éste es el mayor milagro que nos podríamos imaginar jamás llegar realmente al hogar de nuestro Padre en los cielos con todo lo que esto significa en esta vida y en la eternidad.

Madurar

Una vez se haya sentado una fundación espiritual sólida, podemos crecer en la nueva vida que Dios nos ha prometido. La Biblia le llama a esto “madurar en Cristo”. Y como yo mismo puedo dar fe, es un proceso que dura toda la vida.
El propósito de Dios es que los nuevos creyentes nos convirtamos en personas distintas. Estamos “en proceso de construcción”. Estamos siendo transformados desde adentro hacia afuera. El arquitecto principal de estos cambios es Dios mismo. Como un Padre amoroso que es, Él acude a nuestro lado para dirigir personalmente nuestro crecimiento.
Por lo que he experimentado, y he podido observar en otros, surgen unos nuevos patrones de conducta drásticamente nuevos. Cambian los hábitos dañinos. Las actitudes, los pensamientos y la manera de hablar pasan a un nuevo nivel. Las motivaciones son sometidas a escrutinio. Nos preguntamos: “¿Por qué habré hecho eso?” Dios nos enseña a comportarnos de manera diferente, y nosotros seguimos adelante.
El proceso continúa. El egoísmo cede el lugar al servicio. Las relaciones con los demás son restauradas. Disminuyen la amargura, la envidia, los celos y los odios a medida que aumenta el amor. Experimentamos una nueva dimensión del gozo. No de un día para otro, pero sí de manera constante y progresiva. Se producen unos ajustes profundos. Entonces nos damos cuenta de que es cierto: somos realmente unas criaturas nuevas, porque Cristo está viviendo en nosotros.
Muy pronto, estos cambios internos se vuelven visibles. El nuevo creyente quiere reunirse con otros que también tienen su fe puesta en Cristo. No estamos solos. Así se forman nuevos lazos de confianza, amor y respeto mutuo.
La Biblia, la Palabra inspirada de Dios para nosotros, se convierte en una nueva amiga, ahora más relevante y comprensible. Nos encontramos con el Espíritu Santo, la presencia de Jesús mismo que habita en nosotros. Descubrimos que Él es un guía increíble, si le damos acceso.
Ahora bien, nuestra nueva relación trae consigo unas restricciones necesarias. No se trata de que “todo sea permitido”, porque vemos que nuestro Dios es un Dios santo. Lo debemos honrar, reverenciar y obedecer. Cuando aceptamos las elevadas normas que Él ha establecido para nosotros, comprendemos que son para beneficio nuestro. De hecho, todo cuanto Él nos proporciona y hace por nosotros, es para nuestro propio bien.

Inspirador

Jesús no sólo era un buen hombre, un gran maestro o un inspirado profeta. Él vino a la tierra como el Cristo y el Hijo de Dios. Nació de una mujer virgen. Llevó una vida sin pecado. Murió. Fue sepultado. Resucitó al tercer día. Ascendió a los cielos, y allí se convirtió en Señor y Cristo.
La muerte y resurrección de Jesús a favor nuestro satisfizo las exigencias de Dios: una provisión completa para eliminar nuestro pecado. Este Jesús, y sólo Él, reúne las cualidades para ser el remedio de mi pecado y el suyo.
El arrepentimiento personal es vital en el proceso de transformación. La palabra “arrepentimiento” significa literalmente “un cambio en la manera de pensar”. Consiste en decirle al Padre: “Quiero acercarme a ti y apartarme de la vida que he llevado independientemente de ti. Te pido perdón por lo que he sido y lo que he hecho, y quiero cambiar de manera permanente. Recibo tu perdón por mis pecados”.
En este punto, son muchos los que experimentan una notable “purificación” de cosas que se habían ido acumulando toda una vida, todas ellas capaces de degradar el alma y el espíritu de una persona. Sintamos o no el perdón de Dios, si nos arrepentimos, podemos tener la seguridad total de que somos perdonados. Nuestra confianza se basa en lo que Dios nos ha prometido, y no en lo que nosotros sintamos.
Llegamos a una relación personal con el Señor cuando tomamos la mayor decisión de la vida: el punto decisivo del que hablamos antes. Esa decisión consiste en creer que Jesús es el Hijo de Dios, el que murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó de entre los muertos, y recibirlo por Salvador y Señor. Cuando creemos de esta forma, nos convertimos en hijos de Dios. Está prometido expresamente en el evangelio de Juan: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” (Juan 1:12).
¿Quisiera recibir a Jesucristo como Salvador? Si quiere hacerlo, puede hacer una oración como ésta:
“Jesús, te necesito. Me arrepiento de la vida que he llevado alejado de ti. Te doy gracias por morir por mí en la cruz para pagar por el castigo de mis pecados. Creo que tú eres el Hijo de Dios, y ahora te recibo como mi Salvador y Señor. Consagro