Nuestra nueva vida en Cristo no es una vida de éxitos continuos. Hay nuevos desafíos. Los viejos hábitos y las viejas relaciones no cambian con facilidad. Surgen los conflictos. Hasta hay fuerzas espirituales que se nos oponen. Dudamos. Nos desalentamos.
Sin embargo, las cosas son distintas. No estamos solos. Hemos entrado en una alianza nueva y viva con Jesucristo. Él nos guía. Nosotros lo seguimos. Nuestra fe está puesta sobre un fundamento nuevo, y ese fundamento es Cristo. Las palabras que Él nos dirige son maravillosas y tranquilizadoras: “Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5).
Con el tiempo, esa vida transformada causa un impacto en todo lo que somos y hacemos. Recuerde la relación que tenía Adán con Dios antes de la caída. ¿Acaso el Señor no querría ver restaurada esa clase de comunión, incluso en nuestro trabajo? El dueño de un negocio comentaba en una entrevista con la publicación Harvard Business Review: “Me encantaría llevar el lugar de trabajo tan cerca del Huerto como me fuera posible, aunque sé que no se puede. Pero no debo dejar de intentarlo”
En realidad, el nuevo creyente ha pasado por un segundo nacimiento. Para mí, éste es el mayor milagro que nos podríamos imaginar jamás llegar realmente al hogar de nuestro Padre en los cielos con todo lo que esto significa en esta vida y en la eternidad.
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