sábado, 30 de junio de 2012

Redemtoris misssio

El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia. A él se vuelven mi pensamiento y mi corazón en esta hora solemne que está viviendo la Iglesia y la entera familia humana contemporánea. En efecto, este tiempo en el que, después del amado Predecesor Juan Pablo I, Dios me ha confiado por misterioso designio el servicio universal vinculado con la Cátedra de San Pedro en Roma, está ya muy cercano al año dos mil. Es difícil decir en estos momentos lo que ese año indicará en el cuadrante de la historia humana y cómo será para cada uno de los pueblos, naciones, países y continentes, por más que ya desde ahora se trate de prever algunos acontecimientos. Para la Iglesia, para el Pueblo de Dios que se ha extendido -aunque de manera desigual- hasta los más lejanos confines de la tierra, aquel año será el año de un gran Jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha que -aun respetando todas las correcciones debidas a la exactitud cronológica- nos hará recordar y renovar de manera particular la conciencia de la verdad-clave de la fe, expresada por San Juan al principio de su evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», y en otro pasaje:«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que te
Redemptoris missio
4. El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra como recordaba en mi primera Encíclica programática es « dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo ».4
La misión universal de la Iglesia nace de la fe en Jesucristo, tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria: « Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre ».5 En el hecho de la Redención está la salvación de todos, « porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este misterio ».6 Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión.
No obstante, debido también a los cambios modernos y a la difusión de nuevas concepciones teológicas, algunos se preguntan: ¿Es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No ha sido sustituida quizás por el diálogo interreligioso? ¿No es un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión? ¿Para qué, entonces, la misión?
« Nadie va al Padre sino por mí » (Jn 14, 6)

jueves, 28 de junio de 2012

Adoptar

 Jesús concluye esta gran catequesis sobre la vida cristiana con la invitación a vivirla. No se trata de ser "escuchadores" de la palabra de Dios, sino actores; de ponerla en práctica.
El hacer milagros, sanar personas, expulsar demonios, no es un signo de pertenencia a Jesús…; estos signos pueden ser hechos también por obra del maligno. Por ello no basta decir: "¡Señor, Señor!", sino vivir de acuerdo al Evangelio. Quien se dedica sólo a "escuchar" la palabra de Dios, y no hace un verdadero esfuerzo por vivirla, termina con una vida destrozada. En cambio, quien toma el camino angosto y la puerta estrecha que conducen a la vida, encontrará que su vida se construye en la paz y la armonía interior. El Evangelio no es una filosofía, sino la proposición concreta de Jesús a adoptar un estilo de vida cimentado en el amor, una vida que es capaz de resistir todos los embates de la vida y permanecer en pie, una vida que no se deja vencer por las crisis (cualquiera que éstas sean), sino que las supera y en ello manifiesta la solidez de su fe y su amor al Resucitado.

Con cuánta razón dice san Pablo: El salario del pecado es la muerte. Es triste que reaccionemos hasta que las consecuencias son graves e inevitables. El mismo san Pablo en su carta a los gálatas previene a la comunidad diciéndoles: “No se engañen, de Dios nadie se burla. Lo que siembres, eso mismo vas a cosechar”. Y es que, en general, pensamos que nuestras acciones no tendrán consecuencias, que podremos escapar de éstas porque vamos a misa, porque tenemos algunas prácticas religiosas, sin embargo, como en el Génesis, el pecado es inexorable y siempre pagará con la muerte. El pueblo de Israel, igual que el nuestro hoy en día, se había apartado de Dios, haciendo exactamente lo contrario que Dios había prescrito en la ley. Mandó un sinnúmero de emisarios, de profetas, que previnieran a la gente y la invitaran a convertirse, a regresar al Señor, sin embargo, la bonanza que tenía Israel y la falsa confianza en que tenían prácticas religiosas, o que sus enemigos se desvanecerían como el humo; hasta que llegó Nabucodonosor y los hizo pedazos. Hermanos, dice el refrán: “Cuando veas la barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Aprendamos la lección del pueblo de Israel y regresamos a Dios antes de que sea demasiado tarde.

Señor Dios y Padre de bondad, tú que, por medio de Cristo, nos llamas constantemente a la conversión y a volver a ti de todo corazón, danos la fuerza necesaria para ser dóciles al Espíritu Santo y, en el seguimiento fiel a Jesús, volvamos a ti con un corazón contrito y humillado. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

domingo, 24 de junio de 2012

Precursor

24 de junio, celebramos la solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista. Con excepción de la Virgen María, Juan el Bautista es el único Santo del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace porque está estrechamente relacionado con el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Desde el vientre materno, ya Juan es el precursor de Jesús: su concepción milagrosa se le anuncia a María como una señal de que "no hay nada imposible para Dios" (Lc. 1,37), seis meses antes del gran prodigio que nos da la salvación, la unión de Dios con el hombre por obra del Espíritu Santo. Los cuatro Evangelios dan gran relieve a la figura de Juan el Bautista, como un profeta que termina el Antiguo Testamento e inaugura el Nuevo, identificando en Jesús de Nazaret al Mesías, el Ungido del Señor. De hecho, será Jesús mismo el que hablará de Juan con estas palabras: "Este es de quien está escrito: He aquí, que yo envío mi mensajero delante de ti / que preparará tu camino por delante de ti. En verdad les digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él"(Mt. 11,10-11).
El padre de Juan, Zacarías marido de Isabel, pariente de María era sacerdote del culto judío. Él no creyó de inmediato en el anuncio de una paternidad así inesperada, y por esto se mantuvo mudo hasta el día de la circuncisión del niño, al que él y su esposa dieron el nombre dado por Dios, es decir, Juan, que significa "el Señor da la gracia". Animado por el Espíritu Santo, Zacarías habló así de la misión de su hijo: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo / pues irás delante del Señor para preparar sus caminos, / y dar a su pueblo el conocimiento de la salvación / mediante el perdón de sus pecados" (Lc. 1,76-77). Todo esto se hizo evidente treinta años más tarde, cuando Juan comenzó a bautizar en el río Jordán, llamando al pueblo a prepararse, con aquel gesto de penitencia, a la inminente venida del Mesías, que Dios le había revelado durante su permanencia en el desierto de la Judea. Por esto fue llamado "Bautista", es decir, "Bautizador" (  Mt. 3,1-6).
Cuando un día Jesús mismo viene de Nazaret a ser bautizado, Juan se negó al principio, pero luego aceptó y vio al Espíritu Santo posarse sobre Jesús y oyó la voz del Padre Celestial que proclamaba a su Hijo ( Mt. 3,13-17). Pero su misión no estaba aún cumplida: poco tiempo después, se le pidió que precediera a Jesús también con una muerte violenta: Juan fue decapitado en la prisión del rey Herodes, y así dar testimonio pleno del Cordero de Dios, que antes había reconocido y señalado públicamente.

viernes, 22 de junio de 2012

Exhortación

Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos de las personas y a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más rápidamente posible las enormes diferencias económicas que existen hoy, y frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales y sociales. De igual manera, en muchas regiones, teniendo en cuanta las peculiares dificultades de la agricultura tanto en la producción como en la venta de sus bienes, hay que ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad productiva y comercial, introduzcan los necesarios cambios e innovaciones, consigan una justa ganancia y no queden reducidos, como sucede con frecuencia, a la situación de ciudadanos de inferior categoría. Los propios agricultores, especialmente los jóvenes, aplíquense con afán a perfeccionar su técnica profesional, sin la que no puede darse el desarrollo de la agricultura.
La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es necesaria en una economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la estrechez de vida del individuo y de su familia. Con respecto a los trabajadores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en el crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de producción; deben ayudarlos para que traigan junto a sí a sus familiares, se procuren un alojamiento decente, y a favorecer su incorporación a la vida social del país o de la región que los acoge. Sin embargo, en cuanto sea posible, deben crearse fuentes de trabajo en las propias regiones.
En las economías en período de transición, como sucede en las formas nuevas de la sociedad industrial, en las que, se desarrolla la autonomía, en necesario asegurar a cada uno empleo suficiente y adecuado: y al mismo tiempo la posibilidad de una formación técnica y profesional congruente. Débense garantizar la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por razón de enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves dificultades.
Constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II

San Juan Bautista

 Este es el único Santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento.
San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo. De hoy en seis meses, el 24 de diciembre, estaremos celebrando el Nacimiento de Nuestro Redentor, Jesús.
El capítulo primero del evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: Zacarías era un sacerdote judío, que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos, porque ella era estéril.
Siendo ya viejos, un día, cuando estaba él en el Templo, se le apareció un Ángel de pie a la derecha del altar.
Al verlo se asustó, mas el Ángel le dijo: "No tengas miedo, Zacarías, pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan".
"No beberá vino ni cosa que pueda embriagar, y ya 
desde el vientre de su madre, será lleno del Espíritu Santo y convertirá a muchos para Dios".
Pero, Zacarías respondió al Ángel: "¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?"
El Ángel le dijo: "Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla".
Seis meses después, el mismo Ángel se apareció a la Santísima Virgen, comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.
Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa, la saludó.
En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.
También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y con espíritu profético, exclamó: "Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre".
"¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme? Pues, en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre, se puso a dar saltos de júbilo".
¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor".
Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses, hasta que nació San Juan.
De la infancia de San Juan nada sabemos. Tal vez, siendo aún un muchacho y huérfano de padres, huyó al desierto lleno del Espíritu de Dios, porque el contacto con la naturaleza le acercaba más a Él.
Vivió toda su juventud dedicado nada más a la penitencia y a la oración. Como vestido, sólo llevaba una piel de camello, y como alimento, aquello que la Providencia pusiera a su alcance: frutas silvestres, raíces, y principalmente langostas y miel silvestre.
Solamente le preocupaba el Reino de Dios. Cuando Juan tenía más o menos treinta años, se fue a la ribera del Jordán, conducido por el Espíritu Santo, para predicar un bautismo de penitencia.
Juan no conocía a Jesús. Pero, el Espíritu Santo le dijo que le vería en el Jordán, y le dio esta señal para que lo reconociera: "Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ése es".
Habiendo llegado al Jordán, se puso a predicar a las gentes diciéndoles: "Haced frutos dignos de penitencia y no estéis confiados diciendo: "Tenemos por padre a Abraham", porque yo os aseguro, que Dios es capaz de hacer nacer de estas piedras hijos de Abraham".
"Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego".
Las gentes le preguntaron: "¿Qué es lo que debemos hacer?". Y contestaba: "El que tenga dos túnicas, que reparta con quien no tenga ninguna; y el que tenga alimentos, que haga lo mismo".
"Yo a la verdad os bautizo con agua, para moveros a la penitencia; pero, El que ha de venir después de mí, es más poderoso que yo, y yo no soy digno ni siquiera de soltar la correa de sus sandalias. Él es el que ha de bautizaros en el Espíritu Santo."
Los judíos empezaron a sospechar si el era el Cristo que tenía que venir, y enviaron a unos sacerdotes a preguntarle "¿Tu quién eres?" Él confesó claramente: "Yo no soy el Cristo".
Insistieron: "¿Pues, cómo bautizas?" Respondió Juan, diciendo: "Yo bautizo con agua; pero, en medio de vosotros está Uno, a quien vosotros no conocéis. Él es el que ha de venir después de mí."
Por este tiempo, vino Jesús de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser bautizado. Juan se resistía a ello diciendo: "¡Yo debo ser bautizado por ti, y Tú vienes a mí!"
A lo cual respondió Jesús, diciendo: "Déjame hacer esto ahora. Así es como conviene que nosotros cumplamos toda justicia". Entonces, Juan condescendió con Él.
Habiendo sido bautizado Jesús, al momento de salir del agua y mientras hacía oración, se abrieron los cielos, y se vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma, permaneciendo sobre Él.
En aquel momento se oyó una voz del Cielo que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias".
Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a su encuentro, y al verlo, dijo a los que estaban con él: "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
"Éste es Aquel de quien yo os dije: Detrás de mí vendrá un Varón, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo".
Juan atestiguó, diciendo: "He visto al Espíritu en forma de paloma descender del cielo y posarse sobre Él".
"Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y posa sobre Él, Ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios".
Herodías era la mujer de Filipo, hermano de Herodes. Herodías se divorció de su esposo y se casó con Herodes.
Juan fue con él y le recriminó diciendo: "No te es lícito tener por mujer a la que es de tu hermano". Y le echaba en cara las cosas malas que había hecho.
Herodes, instigado por la adúltera, mandó gente hasta el Jordán para traerlo preso, queriendo matarle, mas no se atrevió, sabiendo que era hombre justo y santo. Lo protegía, pues estaba muy perplejo y preocupado por lo que le decía.
Herodías lo odiaba a muerte y sólo deseaba encontrar la ocasión de quitarlo de en medio. Tal vez temía que a Herodes le remordiera la conciencia y la despidiera siguiendo el consejo de Juan.
Sin comprenderlo, ella iba a ser la ocasión del primer Mártir que murió en defensa de la indisolubilidad del matrimonio y en contra del divorcio.
Estando Juan en la cárcel y viendo que algunos de sus discípulos tenían dudas respecto a Jesús, los mandó a Él, para que Él mismo los fortaleciera en la fe.
Llegando donde Él estaba, le dijeron: "Juan, el Bautista, nos ha enviado a ti a preguntarte si eres Tú el que tenía que venir, o esperamos a otro".
En aquel momento curó Jesús a muchos enfermos, y respondiendo, les dijo: "Id y contad a Juan las cosas que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio."
Así que fueron los discípulos de Juan, y empezó Jesús a decir: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Alguna caña sacudida por el viento? ¿O, qué salisteis a ver? ¿Algún profeta?"
"Sí, ciertamente, Yo os lo aseguro; y más que un profeta. Pues de él es de quien está escrito: Mira que yo te envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Por tanto, os digo: Entre los nacidos de mujer, nadie ha sido mayor que Juan el Bautista."
Llegó el cumpleaños de Herodes y celebró un gran banquete, invitando a muchos personajes importantes.
Al final del banquete, entró la hija de Herodías y bailó en presencia de todos, de forma que agradó mucho a los invitados y principalmente al propio Herodes.
Entonces, el rey juró a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella salió y preguntó a su madre: "¿Qué le pediré?" La adúltera, que vio la ocasión de conseguir del rey lo que tanto ansiaba, le contestó: "Pídele la cabeza de Juan, el Bautista".
La muchacha entró de nuevo, y en seguida dijo al rey: "Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista".
El rey se dio cuenta de su error, y se puso muy triste, porque temía matar al Bautista. Pero a causa del juramento, no quiso desairarla.
Llamando a su guardia personal, ordenó que fuesen a la cárcel, lo decapitasen y le entregaran a la muchacha la cabeza de Juan en la forma que ella lo había solicitado.
"Juan Bautista, pídele a Jesús que nos envíe muchos Profetas y Santos como tú".

miércoles, 20 de junio de 2012

Cumbre de los Pueblos


Veinte años después de la Cumbre de la Tierra,  se convirtió en hilo conductor para el cambio, volvemos a reunirnos para discutir sobre las posibilidades del desarrollo sostenible.
Evidentemente no es fácil hacer una evaluación de veinte años de actividad. Si consideramos las expectativas en reducción de la pobreza, acceso de millones de personas a sanidad, educación o patrones de consumo, entonces sí tenemos motivos para celebrar. Pero algunos de los temas que se discutieron en el 92 en Río no sólo no han mejorado sino que han empeorado. La pobreza extrema sigue afectando a más de mil millones de personas en el mundo, el hambre, las hambrunas siguen aconteciendo así como conflictos armados y violencia. Lo que todavía es más evidente es el efecto negativo de la acción humana en su medio ambiente (agotamiento de recursos naturales, desertificación, polución) y el continuo impacto del cambio climático, mantenido por el excesivo consumo de algunos y su falta de solidaridad.
El resultado del Programa para el Medio Ambiente afirma que: “Los cambios que actualmente se observan en el sistema Tierra no tienen precedentes en la historia de la humanidad. Los esfuerzos por reducir la velocidad o la magnitud de los cambios  incluyendo una mejora en la eficiencia de los recursos y medidas de mitigación han dado resultados moderados pero no han conseguido revertir los cambios ambientales adversos. En los últimos cinco años no han disminuido ni la escala de los cambios ni su velocidad”.
La humanidad se está acercando a algunos umbrales como no lo había hecho nunca antes, algunos los ha traspasado a nivel local o regional y en muchos otros estamos muy cerca de hacerlo. La perspectiva global es hoy mucho más negativa, urgente y grave que nunca. Por eso provoca más urgencia la posibilidad de que puede ser un nuevo fracaso a engrosar la larga lista de los fallidos procesos internacionales por promover la sostenibilidad. Lo que está en juego es mucho más que la reputación de los diplomáticos, y mucho más que la capacidad de las Naciones Unidas por ser ese organismo que coordine las políticas globales. Es evidente que los gobiernos no se han centrado de la manera adecuada en estos problemas durante las dos últimas décadas y ahora en medio de una devastadora crisis financiera y un comercio internacional ingobernable es difícil imaginar que va a surgir la voluntad política necesaria para responder a la degradación medioambiental acumulada. Existe una gran preocupación por la falta de voluntad y capacidad, de parte de los gobiernos y poderes económicos, para afrontar esta situación. Sin duda que esto significa una mayor responsabilidad de parte de la sociedad civil que tendrá que demandar las respuestas adecuadas.
Los dos temas principales son “una economía verde” y la “reducción de la pobreza.” Este segundo tema es mucho más conocido aunque también genera cuestiones, especialmente en las formas que se están adoptando para erradicar situaciones tan dramáticas. El concepto “economía verde” está lleno de ambigüedades y no admite una interpretación unívoca. No se está seguro de la capacidad de este concepto “verde” de promover los cambios necesarios para transformar la estructura económica actual y asumir los posibles costes. La dificultad del concepto “economía verde” se muestra en la dificultad de formular un borrador de documento conjunto para países desarrollados y menos desarrollados.
Pero Rio+20 será mucho más que esto. La ciudad va a acoger a decenas de miles de participantes en la Cumbre de los Pueblos, un evento semejante al Foro Social Mundial que nació precisamente en Brasil. Serán dos semanas de presentaciones, mesas redondas, encuentros, debates e incluso liturgias. La Cumbre de los Pueblos cuenta con un apoyo importante del gobierno de Brasil que quería que Rio se asociase con un lugar de amplia participación social y no sólo como el lugar del encuentro.
Se ha buscado la manera de conectar la Cumbre de los Pueblos con la Conferencia de Naciones Unidas, para ello una plataforma virtual permitirá trasladar a la conferencia oficial los acuerdos de la Cumbre de los Pueblos. Río quiere promover la participación para mostrar que necesitamos un auténtico proceso desde abajo hacia arriba, que permita que la sostenibilidad sea algo real y no otra materia objeto de comercio.

martes, 19 de junio de 2012

Creo,Señor pero aumenta mi fe

“Auméntanos la fe” (Lc 17,5). Es la súplica de los Apóstoles al Señor. Jesús al percibir que solamente en la fe, don de Dios, podían establecer una relación personal con Él y estar a la altura de la vocación de discípulos. El pedido era debido a la experiencia de los propios límites. No se sentían suficientemente fuertes para perdonar al hermano. La fe es indispensable también para realizar los signos de la presencia del Reino de Dios en el mundo. La higuera seca hasta las raíces sirve a Jesús para dar coraje a los discípulos: “Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile en su corazón sino que crea que va
a suceder lo que dice, lo obtendrá” (Mc 11, 22-24). También el evangelista Mateo subraya la importancia de la fe para cumplir grandes obras. “Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís, a este monte ‘Quítate y arrójate al mar’, así se hará” (Mt 21,21).
Algunas veces el Señor Jesús reprocha a “los Doce” porqué tienen poca fe. A la pregunta sobre porqué no han logrado expulsar al demonio, el Maestro responde: “Por vuestra poca fe” (Mt 17,20). En el mar de Tiberíades, antes de calmar la tempestad, Jesús amonesta a los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? (Mt 8,26). Ellos deben entregarse confiadamente a Dios y a la providencia, y no preocuparse por los bienes materiales. “Pues si la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?” (Mt 6,30); Lc 12,28). Análoga actitud se repite antes de la multiplicación de los panes. Frente a la constatación de los discípulos de haber olvidado de tomar el pan al pasar a la otra orilla, el Señor Jesús dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes?¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los cinco mil hombres, y cuántos canastos recogisteis?” (Mt 16,8-9).
En el Evangelio de Mateo la descripción de Jesús que camina sobre las aguas y llega hasta la barca donde están los apóstoles suscita una especial atención. Después de haber disipado en ellos el miedo, Jesús acoge la propuesta condicionada de Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas” (Mt 14,28). En un primer momento, Pedro camina sin dificultad sobre las aguas, acercándose hacia Jesús. “Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ‘¡Señor, sálvame!’ ”. E inmediatamente Jesús “tendiendo la mano, le agarró y le dice: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?’ ” (Mt 14,30-31). Jesús y Pedro suben juntos a la barca y el viento amaina. Los discípulos, testigos de esta grande manifestación, se postran delante del Señor y hacen una profunda profesión de fe: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt14,33).
En la persona de Pedro es posible reconocer la actitud de muchos fieles, así como también la de enteras comunidades cristianas, sobre todo en los Países de antigua evangelización. Varias Iglesias particulares, en efecto, saben lo que significa no sólo el alejamiento de los fieles, a raíz de la poca fe, de la vida sacramental y de la praxis cristiana, sino incluso que algunos podrían ser contados en la categoría de los no creyentes;  Mt 17,17; 13,58). Al mismo tiempo, no pocas Iglesias experimentan también, después de un primer entusiasmo, el cansancio, el miedo frente asituaciones bastante complejas del mundo actual. Como Pedro, temen el clima hostil, de tentaciones de diversas índoles, de desafíos que exceden sus fuerzas humanas. La salvación, tanto para Pedro como para los fieles, considerados personalmente y como miembros de la comunidad eclesial, proviene solamente del Señor Jesús. Sólo Él puede tender la mano y guiar hacia el lugar seguro en el camino de la fe. Las breves reflexiones sobre la fe en los Evangelios nos ayudan a ilustrar el tema de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. La importancia de la fe en este contexto aparece reforzada por la decisión del Santo Padre Benedicto XVI de convocar al Año de la fe a comenzar del 11 de octubre de 2012, en el recuerdo del 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y del 20º aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. Ambos eventos tendrán inicio en el curso de la celebración de la Asamblea sinodal. Una vez más se cumple lapalabra del Señor Jesús dirigida a Pedro, roca sobre la cual el Señor ha construído su Iglesia (  Mt 16,19): “yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). Todavía una vez más se abrirá ante todos nosotros “la puerta de la fe” (Hch 14,27).
Como siempre, también hoy la evangelización tiene como finalidad la transmisión de la fe cristiana. Ésta se refiere, en primer lugar, a la comunidad de los discípulos de Cristo, organizados en Iglesias particulares, diócesis y eparquías, cuyos fieles se reúnen regularmente para las celebraciones litúrgicas, escuchan la Palabra de Dios y celebran lossacramentos, sobre todo la Eucaristía, preocupándose por transmitir el tesoro de la fe a los miembros de sus familias, de sus comunidades, de sus parroquias. Lo hacen a través de la propuesta y del testimonio de la vida cristiana, del catecumenado, de la catequesis y de las obras de caridad. Setrata de evangelización en sentido general, como actividad habitual de la Iglesia. Con la ayuda del Espíritu Santo, esta evangelización, por así decir ordinaria, debe ser animada por un nuevo ardor. Es necesario buscar nuevos métodos y nuevas formas expresivas para transmitir al hombre contemporáneo la perenne verdad de Jesucristo, siempre nuevo, fuente de toda novedad. Sólo una fe sólida y robusta, propia de los mártires, puede dar ánimo a tantos proyectos pastorales, a medio y a largo plazo, vivificar las estructuras existentes, suscitar la creatividad pastoral a la altura de las necesidades del hombre contemporáneo y de las expectativas de las sociedades actuales. El renovado dinamismo de las comunidades cristianas dará un nuevo impulso también a la actividad misionera (missio ad gentes), urgente hoy más que nunca, considerando el alto número de personas que no conocena Jesucristo, no sólo en tierras lejanas, sino también en los Países de antigua evangelización. Dejándose vivificar por el Espíritu Santo, los cristianos serán luego sensibles a tantos hermanos y hermanas que, no obstante haber sido bautizados, se han alejado de la Iglesia y de la praxis cristiana. A ellos, en modo particular, desean dirigirse con la nueva evangelización para que descubran la belleza de la fe cristiana y la alegría del encuentro personal con el Señor, en la Iglesia, comunidad de los fieles. Sobre estas temáticas se desarrolla el Instrumentum laboris que aquí es presentado. Orden del día de la próxima Asamblea sinodal, este Documento es el resultado de la síntesis de las respuestas a los Lineamientos, llegadas de parte de los Sínodos de los Obispos de las Iglesias Orientales Católicas sui iuris, de las Conferencias Episcopales, de los Dicasterios de la Curia Romana y de la Unión de los Superiores Generales. Al mismo tiempo se indican varios temas que han de ser profundizados para que la Iglesia pueda continuar a desarrollar en modo adecuado su obra evangelizadora, teniendo en cuenta los no pocos desafíos y dificultades del momento presente. Confiando en la palabra del Señor:“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí” (Jn14,1) y bajo la iluminada guía del Santo Padre Benedicto XVI, los Padres sinodales están disponiéndose a reflexionar en un ambiente de oración, dirigiendo la mirada también a la comunión de la Iglesia glorificada, confían en la intercesión de todos los santos y, en particular, de la Virgen María, bienaventurada porque “ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45). Dios, bueno y misericordioso, constantemente tiende su mano al ser humano y a la Iglesia, siempre dispuesto a hacer prontamente justicia a sus elegidos. Ellos, sin embargo, están invitados a aferrar su mano y con fe pedirle ayuda. Esta condición no puede darse por supuesta, como se puede
percibir de la incisiva pregunta de Jesús: “Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra? (Lc 18,8). Por este motivo, también hoy la iglesia y los cristianos deben repetir asiduamente la súplica: “¡Creo, ayuda a mi poca fe!” (Mc 9,24).

domingo, 17 de junio de 2012

Justificados

Conseguir agradar al Señor tiene una importancia decisiva, pues de esto dependerá la sentencia del juicio. El juicio consistirá en comparecer ante el tribunal de Cristo. En el juicio, el ser humano recibirá la recompensa o el castigo de acuerdo con lo que haya hecho, bueno o malo. Juntamente con la realidad del juicio que versará sobre nuestras obras. San Pablo sostiene otra afirmación de vital importancia: el ser humano nunca puede merecer la justificación con sus obras, sino que ésta es, para él, siempre un don de Dios. "Por gracia suya quedan gratuitamente justificados" (Rom 3,24). El Apóstol reconoce, de este de modo, que la obra de Dios y la del ser humano caminan juntas. Si bien Dios hace la gran obra de la redención, esto no significa que el hombre pueda permanecer inactivo. El don de Dios es para el hombre tarea y obligación, como el Apóstol dice enérgicamente: "Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación. Pues Dios es el que obra en vosotros" (Fil 2,12s). El ser humano no puede olvidar nunca que en la obra de la salvación Dios es su socio. Será abrasado por este socio, si llega a olvidarlo. La proclamación de la gracia no libera, de la obligación de una conducta moral, sino que, por el contrario, exhorta a ello.
La misión no es una de las "actividades" del cuerpo eclesial, sino es la que caracteriza esencialmente su identidad. ¡Sin la misión, no existe la Iglesia, y viceversa! La Iglesia está totalmente referida a la misión, al encuentro de los hombres --de todos los tiempos y lugares y de toda cultur, con el Señor Resucitado. Llevar a todos el anuncio del Reino y la salvación: ¡Esta es la tarea esencial de la Iglesia!
El Año de la Fe lo ha querido el Santo Padre para conmemorar dos aniversarios importantes, uno relacionado con el otro. En primer lugar, el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II y, en consecuencia, el vigésimo aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, ¡que es el Catecismo del Concilio Vaticano II!
Una vez más, los sacerdotes están llamados a ofrecer su generosa contribución, ahora también en el Año de la Fe, para poner en práctica las instrucciones del Papa, recordando cómo, en la misión y en la obra de la evangelización, se fortalece la identidad sacerdotal misma. Leer y, en cierto sentido, “redescubrir” el Concilio, en toda su plena significación profética y misionera, es una de las tareas que se necesitan con más urgencia hoy en la Iglesia.
 "Nunquam satis", ¡nunca es suficiente! Orar por la santificación de los sacerdotes significa, en cierto sentido, orar por la santidad de todo el pueblo de Dios, al cual dicho ministerio está dirigido. Se trata, pues, de una oportunidad para fomentar la comunión y la mutua custodia orante, entre los miembros del mismo presbiterio casi en un arco perfecto, que va de la Misa Crismal a la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, abrazando los misterios fundamentales de nuestra fe y haciéndolo contemplar en clave sacerdotal. Por último, como dijo el Cura de Ars, "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús", lo que significa la intimidad necesaria y la identificación que todo presbítero debe tener siempre con el Señor,indicando así el amor y la caridad son la clave de interpretación,.

Certidumbre

 En la 2ª carta a los Corintios , San Pablo habla del morir cotidiano, testificando al mismo tiempo la certidumbre de la vida imperecedera (4,14.18). Al mismo tema se refiere 5,1-10, en donde el Apóstol expone detalladamente la espera de los últimos tiempos. Pero aunque el tema es idéntico, se trata de muy diversa forma en cada uno de estos pasajes. Mientras en el primero (4,7-18) habla de la vida y la muerte tal como las experimenta íntima y personalmente la fe y la piedad; en el segundo (5,1-10), en cambio, describe las realidades últimas mediante afirmaciones doctrinales y de fe, como una historia futura. Si san Pablo había dicho antes que en el actual morir cotidiano se hace cada vez más íntima y más fuerte la unión con el Señor (4,11.16), ahora dice que la vida del cuerpo significa separación del Señor (5,6-10). Esta y otras afirmaciones de ese género entre ambos pasajes parecerían contradictorias entre sí. Sin embargo, ellas sirven más bien al Apóstol para presentar diversas consideraciones y aspectos doctrinales sobre una misma cosa.
Ante la realidad de la muerte el ser humano experimenta, por una parte, miedo y, por otra, la esperanza de vencerla. San Pablo refuerza esta última convicción con la certeza de la fe. Dios ha creado al ser humano para ser sobrevestido. La creación divina es siempre razonable y Dios lo que comienza lo lleva hasta su fin. También consumará este deseo. Garantía de ello es la donación, ya realizada, del Espíritu que se designa aquí como fianza de la plenitud de los dones. Esta certeza de fe ilumina y llena de confianza al hombre en su peregrinar por este mundo. El Apóstol, recurriendo a nuevas imágenes, indica que el vivir significa estar lejos del Señor, en el exilio; y el morir, ir a la patria, junto al Señor (v.6). Sobre la tierra el cristiano está en el exilio y espera su partida hacia el Señor.
Si bien San Pablo reconoce que nuestra condición de cristianos significa, ya en este tiempo, estar en Cristo o con Cristo (2,14; 14,4), afirma que el estar actual con Cristo es sólo un caminar en la fe (v.7). Un pleno "estar en Cristo" sólo será posible cuando contemplemos la realidad. Por ello el Apóstol y junto con él el cristiano desea salir del cuerpo para estar junto al Señor, en casa (v.8). San Pablo tiene la profunda convicción de que morir es ir a "vivir junto al Señor". La comunión con el Señor se prolongará también en la muerte y así queda vencido todo temor ante la muerte.
Estas convicciones que brotan de la fe y de la esperanza cristianas no son vanas ilusiones. Informan la vida cristiana, los afanes cristianos de cada día. La vida del cristiano debe estar siempre marcada por el impulso de ser grato al Señor (v.9). Sólo cuando el cristiano consiga ser grato al Señor, puede esperar para sí, un día, la estancia en el cielo junto a Él. Sólo cuando haya conquistado esta complacencia, será para él la salida del cuerpo a la casa del Señor. En caso contrario, como afirma a continuación el Apóstol, será caer bajo el juicio: "todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal" (v.10).

viernes, 15 de junio de 2012

Manantial

Atí, Señor, presento mi ilusión y mi esfuerzo;en tí, mi Dios ,confío porque se que me amas.Que en la prueba no ceda al cansancio,que tu gracia triunfe siempre en mí.
Yo espero siempre en tí, se que tú nunca defraudas al que en tí confía. Indícame tus caminos Señor,enseñame tus sendas.Que en mí vida se abran sendas de esperanza, igualdad y servicio.
Rcuerda Señor tu ternura y tu lealtad nunca se acaban,no te acuerdes de mis pecados.
Acuérdate de mí con lealtad,por tu bondad ,Señor.
Tú eres bueno y recto enseñas el camino a los desorientados. Encamina a los humildes por la rectitud,
tus sendas son de lealtad y fidelidad para los que guardan tu alianza y tus mandatos .
Cuando te soy fiel, Señor ,tú me enseñas un camino cierto;así vivviré feliz y enriquecerás mi vida con tus dones. Tengo los ojos puestos en tí que melibras  de mis amarras y ataduras.
Vuélvete hacia mí y ten piedad .
Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados .
Señor guarda mi vida y la de los míos, hazme andar por el camino de la verdad, tu que eres el Camino,
tú que eres la verdad del ser humano ,despierta en mi el manantial de mi vida,



 Ya la luz de la alborada tiñe el cielo de carmín
escucha Madre querida mira que ya amaneció
ya los pajarillos cantan, la luna ya se ocultó
Las campanas de la Iglesia con alegre repicar
y revuelos de gran fiesta a la Virgen Brindan
Escucha a las almas todas dulce Reina de los cielos
que alegres en este día anhelamos festejar
los chicos y los grandes en un solopalpitar
con amor intenso y santo te venimos a implorar.

lunes, 11 de junio de 2012

Injerta

La fe no es principalmente acción humana, sino don gratuito de Dios, que tiene sus raíces en su lealtad, en su «sí», que nos hace comprender cómo vivir nuestras vidas amándolo a El y a los hermanos. Toda la historia de la salvación es una revelación progresiva de esta fidelidad de Dios, a pesar de nuestras infidelidades y de nuestros rechazos, con la certeza de que «¡los dones y el llamado de Dios son irrevocables!», como dice el Apóstol en la Carta a los Romanos (11, 29). El modo de actuar de Dios muy diferente del nuestro, nos da consuelo, fortaleza y esperanza, porque Dios no retira su«sí». De frente a los conflictos en las relaciones humanas, a menudo familiares, estamos inclinados a no perseverar en el amor gratuito, que cuesta esfuerzo y sacrificio. En cambio, Dios no se cansa con nosotros, nunca se cansa de ser paciente con nosotros y con su inmensa misericordia nos precede siempre, viene a nuestro encuentro antes, es absolutamente confiable su «sí». En el evento de la Cruz nos muestra la medida de su amor, que no calcula y que no tiene medida. San Pablo escribe en la Carta a Tito:«Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres»(Tt. 3,4). Y debido a que este «sí» se renueva cada día con «el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dió en arras el Espíritu en nuestros corazones»(2 Co. 1,21b-22). Es el Espíritu Santo el que hace constantemente presente y vivo el «sí» de Dios en Jesucristo y crea en nuestro corazón el deseo de seguirlo para entrar totalmente, un día, en su amor, cuando recibiremos una morada no hecha con manos humanas en los cielos. No hay ninguna persona que no sea alcanzada e interpelada por este amor fiel, capaz de esperar incluso por aquellos que siguen respondiendo con el «no» del rechazo o del endurecimiento del corazón. Dios nos espera, nos busca siempre, quiere acogernos en la comunión con sí para darnos a cada uno de nosotros plenitud de vida, de esperanza y de paz. En el «sí» fiel de Dios se injerta el «amén» de la Iglesia que resuena en cada acción de la liturgia: «amén» es la respuesta de la fe que siempre cierra nuestra oración personal y comunitaria, y que expresa nuestro «sí» a la iniciativa de Dios. A menudo respondemos como una costumbre con nuestro «amén» en la oración, sin comprender el significado profundo. Este término viene de ´aman, que en hebreo y en arameo significa «estabilizar», «consolidar» y, por tanto, «estar seguro», «decir la verdad». " Si nos fijamos en las Escrituras, vemos que este «amén» se dice al final de los salmos de bendición y de alabanza, como, por ejemplo, el salmo 41:«En cuanto a mí, me mantendrás en mi inocencia, me admitirás por siempre en tu presencia. ¡Bendito sea Yahvé, Dios de Israel, desde siempre y hasta siempre! ¡Amén!¡Amén!» . O, expresa lealtad a Dios, cuando el pueblo de Israel regresa lleno de alegría del exilio de Babilonia y dice su «sí», su «amén» a Dios y a su Ley. En el Libro de Nehemías se relata que después de este retorno, «Esdras abrió el libro (de la Ley), a los ojos de todo el pueblo estaba más alto que todo el pueblo y al abrirlo, el pueblo entero se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande; y todo el pueblo, alzando las manos, respondió:´ ¡Amén!¡Amén!´» (Ne. 8,5-6). Desde el principio entonces, el «amén» de la liturgia judía se ha convertido en el «amén» de las primeras comunidades cristianas. Y el libro de la liturgia cristiana por excelencia, el Apocalipsis de San Juan, comienza con el «amén» de la Iglesia: «Al que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (Ap. 1,5b-6). Así es en el primer capítulo de Apocalipsis. Y el mismo libro termina con la invocación: «¡Amén!, ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap. 22,20). La oración es el encuentro con una persona viva a quien escuchar y con quien comunicarse; es el encuentro con Dios que renueva su lealtad inquebrantable, su «sí» al ser humano, a cada uno de nosotros, para darnos su consuelo en medio de lo tormentoso de la vida y hacernos vivir, unidos a Él, una vida llena de alegría y de bien, que encontrará su plenitud.

Tabernáculo

La fiesta del Corpus Christi es un gran acto de culto público de la Eucaristía, sacramento en el que el Señor sigue estando presente incluso más allá del momento de la celebración, para estar siempre con nosotros, a lo largo del paso de las horas y de los días.San Justino, que nos dejó uno de los testimonios más antiguos sobre la liturgia eucarística, dice que, después de la distribución de la comunión a los presentes, el pan consagrado se lo llevaban los diáconos a los ausentes (Apologia 1,65). Por lo tanto, el lugar más sagrado de las iglesias es, precisamente, donde se custodia la Eucaristía.Al compartir este pan, nace y se renueva la capacidad de compartir incluso la vida y los bienes, de sobrellevar unos el peso de los otros, de ser hospitalarios y acogedores. La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo propone nuevamente el valor de la adoración eucarística. El siervo de Dios. Pablo VI, recordaba que la Iglesia católica profesa el culto de la eucaristía "no sólo durante la misa, sino también fuera de su celebración, conservando con la máxima diligencia las hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos, llevándolas en procesión con alegría. La oración de adoración se puede realizar, sea personalmente, haciendo una pausa en recogimiento ante el tabernáculo, o ya sea en forma comunitaria, también con salmos y cantos, pero siempre privilegiando el silencio, en el cual escuchar interiormente al Señor vivo y presente en el Sacramento. La Virgen María es maestra también de esta oración, porque nadie mejor que ella ha sido capaz de contemplar a Jesús con los ojos de la fe, y acoger en el corazón la íntima resonancia de su presencia La solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, la Eucaristía. Es una tradición muy viva, en este día, se organizan solemnes procesiones con el Santísimo Sacramento por las calles y en las plazas. Este día de la fiesta las solemnes procesiones transcurren en medio de intensa atmósfera de música, cantos, aromas, recogimiento y oración. Renovando en los cristianos la alegría y la gratitud por la presencia eucarística de Jesús en medio de nosotros. Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas: su mano derecha y su santo brazo le obtuvieron la victoria. El Señor manifestó su victoria, reveló su justicia a los ojos de las naciones: se acordó de su amor y su fidelidad en favor del pueblo de Israel. Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios. Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos. Canten al Señor con el arpa y al son de instrumentos musicales; con clarines y sonidos de trompeta aclamen al Señor, que es Rey.

jueves, 7 de junio de 2012

Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos. Guíame por el camino de tu fidelidad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador, y yo espero en ti todo el día. El Señor es bondadoso y recto: por eso muestra el camino a los extraviados; él guía a los humildes para que obren rectamente y enseña su camino a los pobres. Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad, para los que observan los preceptos de su alianza. El Señor da su amistad a los que lo temen y les hace conocer su alianza. "Muchos son los llamados y pocos los elegidos", porque sólo los elegidos serán los que tengan la capacidad de valorar y agradecer lo que Dios nos quiere entregar. Dios no excluye a nadie, Dios busca permanentemente la forma de hacer que la gente Crea por diferentes medios..., "pero el que no crea, ni aunque vea que los muertos resucitan creerá...". Por eso el conocimiento, junto con la oración, son tan importantes, porque son el camino, por el cual se e prende la luz que nos ilumina conforme vamos profundizando, cada vez con más claridad, en el entendimiento del verdadero por qué de la vida y la conciencia de cuál es la Verdadera Vida. El ser humano de hoy ve hacia el pasado y casi no puede creer la simplicidad de los conocimientos, conductas y herramientas de nuestros ancestros. Debemos esperar que los seres humanos del futuro también puedan hacer lo mismo, desde una plataforma más cercana a su origen, para que de esta forma, la evolución de los seres humanos sea la verdadera evolución, la evolución interior.

miércoles, 6 de junio de 2012

Traducir

La misión se basa en el amor, en la entrega y en el servicio a los demás que te lleva a la "Trascendencia". Lleva una buena dosis de cuidado. Cuidado y preocupación por el otro, ya que todos somos hechos a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto, con una relación fraterna. La misión se traducirá en la formación de la conciencia, en la promoción personal y familiar, en la salvación de uno mismo y de los otros, por medio de los valores humanos, universales, cristianos, y Trascendentes. Tiene como principio y fundamento a Dios. La meta natural de quien vive la misión es la Trascendencia, ya que el amor desinteresado trasciende al mundo material, lo cual lleva a la persona hacia la eternidad. Para poder llevar este mensaje de amor, primero hay que recibirlo. Porque Dios es amor, se hace don al ser humano; el amor es la única actitud justa ante la persona para que pueda desarrollar su vida en forma armoniosa. Como lo especifica claramente Benedicto XVI en su Encíclica Dios es Amor: "Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto como nos dice el Señor que el hombre puede convertirse en fuente de la que emanan fuentes de agua viva ( Jn 7, 37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios ( Jn 19, 34)". Según Juan Pablo II "el ser humano "no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás" La misión requiere que la persona sepa abrirse al amor y que sea éste la principal motivación de su actuar en la vida, ya que la persona que no ama no se realiza humanamente, queda en estado de subdesarrollo. La misión es un llamado de Dios. No sólo se trata de conocer y adherirse a una doctrina, a unas verdades, y tratar de ser buenos y honestos. Es mucho más que esto: es encontrarse con Dios, percibir Su mirada y escuchar Su voz: «Sígueme» en el mundo personal, familiar, empresarial y social para la evangelización de lo cotidiano y de las familias, a fin de que la gente Lo conozca, Lo trate y establezca una amistad con Él; con el auténtico Dios

Doctrina

La base doctrinal y espiritual de la misión es el Amor, porque Dios es Amor y porque sólo el amor sacará a este mundo adelante y lo elevará a un nivel superior de conciencia. Dentro de este marco referencial del amor, cabe destacar que el alma de la Misión es la MISERICORDIA, que es una faceta del Amor. La Misericordia nos debe ayudar a perdonar a todos los que consciente o inconscientemente le han hecho mucho daño al mundo. Sólo la Misericordia, sólo el perdón, sólo la reconciliación, sólo el juzgar el acto y no la persona, sólo el entender que si estuviéramos en el mismo lugar y en las mismas condiciones que todos los que han actuado mal, habríamos hecho lo mismo que ellos, hará que nuestra civilización dé el salto cuantitativo y tenga la evolución debida para que entremos en ese nuevo nivel de conciencia trascendente que nos lleve a la civilización del amor. El mundo no tendrá paz, hasta que venga a Mi Misericordia. Esta nueva etapa en nuestra civilización, no podemos traer lastres que nos anclen a la anterior. Cuando se quiere superar un vicio, cuando se quiere cambiar de vida, hay que ver hacia delante y anclarse en nuevos principios y fundamentos, en nuevas motivaciones. Sabiendo lo dolorosa y negativa que ha sido nuestra anterior condición de vida, hay que iniciar esta nueva etapa partiendo de una base sólida, como es la misericordia, que nos garantiza el éxito. La Misericordia que tiene Dios con los hombres que están arrepentidos y le piden perdón. La Misericordia que debemos de tenernos los unos con los otros, pues aunque muchos nos han hecho daño, nosotros también o bien no hemos hecho el bien que debíamos hacer, o bien hemos hecho el mal que no queríamos hacer. Para aplicar en la Misión, tenemos que reconocernos pobres pecadores, tenemos que reconocer que fuera del tronco de Dios nada somos, tenemos que reconocer nuestros propios errores y entender que al igual que nosotros, los demás también han equivocado su camino en mayor o menor medida, por acción y por omisión. La aplicación en la Misión empieza por amarnos los unos a los otros, perdonarnos los unos a los otros, ayudarnos los unos a los otros. EN ESENCIA DAR Y DARNOS LOS UNOS A LOS OTROS, es EL SECRETO para llegar a la verdadera civilización, la Civilización del Amor. La civilización actual surge de seres humanos abrumados por el pecado original y este lastre nos liga a toda una serie de errores, pues como barro que somos nuestro punto de partida se inclina más hacia el mal, y el bien es el premio que tenemos y debemos conseguir. Sin embargo, igual que por una mujer vino el pecado al mundo, por una Mujer, Dios mandó a su hijo a redimir el mundo. Por un hombre salimos del Paraíso, y por un Hombre Dios nos dió la posibilidad de regresar a él. En nuestra civilización, el máximo exponente del amor de Dios, es la cruz, pues es a través del sufrimiento que se llega al verdadero amor. En la nueva Civilización…En la Civilización del Amor la Misericordia será el máximo exponente. En la plenitud de los tiempos mandó Dios a su hijo para la remisión de los pecados de los hombres. En el final de los tiempos nos manda Dios su Misericordia, como antesala para la evolución de la conciencia de los seres humanos. De Polonia saldrá la chispa que preparará al mundo para Mi segunda venida (Diario de Sta. Faustina Kowalska). Sólo Dios Padre sabe el día y la hora, pero también de vez en cuando por amor, nos envía Dios mensajes a través de sus profetas o elegidos. "El mundo no tendrá paz hasta que venga a Mi Misericordia" nos dijo Jesús a través de Sta. Faustina. En la plenitud de los tiempos La Cruz, es el símbolo de nuestra civilización, pues representa el misterio del Amor, a través del sufrimiento. En la Civilización del Amor, la Misericordia será el símbolo máximo, pues representa o simboliza, el misterio de la Gloria de Dios a través del Perdón. Sólo la Misericordia sacará este mundo adelante. Para la Misericordia no hay culpables pues culpables somos todos, unos por acción y otros por omisión. El mundo está como está por la acción y la inacción de los que lo conforman. Todos lo que pensaban que el mundo podía rodar mientras a ellos no les afectara, se deberán de dar cuenta que el mal ya los alcanzó. La Misericordia del Norte con el Sur, del Este con el Oeste, del Capitalismo con el Comunismo, confluye en la Misión (que en esencia es la palabra y el amor de Dios) y esto abrirá la puerta que el mundo necesita hacia una nueva Civilización, la Civilización

sábado, 2 de junio de 2012

Disposición

Si no tratamos a Dios en la oración, no tendremos fe. Pero, como dice San Gregorio Magno, «cuando insistimos en la oración con toda vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista perdida». Si tenemos buena disposición, aunque estemos en un error, viendo que la otra persona tiene razón, acogeremos sus palabras. Si tenemos buena intención, aunque arrastremos el peso del pecado, cuando hagamos oración Dios nos hará comprender nuestra miseria, para que nos reconciliemos con Él, pidiendo perdón de todo corazón y por medio del sacramento de la penitencia. La fe y la oración van juntas. Nos dice san Agustín que, «si la fe falta, la oración es inútil. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe». Si tenemos buena intención, y acudimos a Jesús, descubriremos quién es y entenderemos su palabra, cuando nos pregunte: «El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?» (Mc 11,30). Por la fe, sabemos que era del cielo, y que su autoridad le viene de su Padre, que es Dios, y de Él mismo porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Porque sabemos que Jesús es el único salvador del mundo, acudimos a su Madre que también es Madre nuestra, para que deseando acoger la palabra y la vida de Jesús, con buena intención y buena voluntad, tengamos la paz y la alegría de los hijos de Dios.

Sensibilidad espiritual

Santo Domingo promovió y divulgó la oración del Rosario, como alabanza a la Santísima Virgen María. Rezar el Rosario es una invitación a reflexionar sobre los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen, que está asociada de manera especial a la Encarnación, Pasión y Resurrección de su Hijo. Santo Domingo, que era un hombre de elevada oración, dedicó mucho tiempo a su encuentro personal con Jesús y estudió su persona con gran dedicación. Estaba dotado de una exquisita sensibilidad espiritual, que no pasó desapercibido por sus hermanos. De hecho, fueron los que mantuvieron sus "Modos de orar". Según una leyenda, la misma Señora enseñó a santo Domingo a rezar el Rosario, que es una oración muy poderosa para vencer a los enemigos de la fe. Gracias a esta oración muchos pecadores se han convertido y aún hoy se convierten a la fe católica y la recitan para interceder y obtener muchas gracias. Santo Domingo nos recuerda que en el corazón de la Iglesia debe arder el fuego misionero que empuja incesamente a transmitir el Evangelio donde se necesite: Cristo es el bien más preciado y valioso, que cada hombre y mujer de todo tiempo tiene derecho a conocer y amar. En la iconografía, a santo Domingo se le asocian varios símbolos, entre ellos el Santo Rosario, que fue una gran ayuda en su predicación. A la Virgen le agrada la oración del Rosario, porque es la oración de los sencillos, de los humildes, y que puede ser rezada por todos. Se puede rezar en cualquier lugar y a cualquier hora. Es un honrar a Dios y a la Virgen. Ella lo ha hecho ver cada vez que se ha aparecido: en Fátima, en Lourdes. Especialmente en Fátima se identificó con el título de "Señora del Rosario". En cada aparición, recomienda esta oración a sus hijos para alabar, agradecer y pedir apoyo y gracia a Jesús. Fue el papa Pío V quien instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Rosario después de la batalla de Lepanto. Se dice que el papa estaba en Roma rezando el Rosario para obtener la victoria sobre el ejército turco, cuando salió de la capilla y, guiado por una inspiración, anunció la victoria por parte de la armada cristiana e instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, añadiendo a las letanías el título de "Auxilio de los cristianos". A lo largo de los siglos, los papas han recomendado el rezo del Rosario y lo han enriquecido con muchas indulgencias. Los últimos papas han subrayado la importancia de esta devoción, especialmente el Rosario en familia, porque es una manera práctica para fortalecer la unidad familiar. Santo Domingo había encontrado en esta devoción un arma para evangelizar a los hombres de aquel tiempo. Había descubierto el medio por el cual orar, meditar y contemplar. De hecho, recitando esta oración, alababa a Jesús a través y en unión con su Santa Madre María. Meditando sobre los misterios y la vida de Jesús y reflexionando sobre estos hechos podía llegar a la contemplación de la Única Verdad: Jesucristo. Podemos decir que nos muestra el camino por el cual llegamos a la unión con Jesús y con Dios, nuestro Padre amoroso. Desde el comienzo de la vida dominica, la oración y la contemplación fueron un elemento integrante e indispensable de la vida de los frailes.

Acercándose

Jesús, acercándose, les dijo: - Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a vivir todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Mt 28, 16-20. Ni los ángeles sabrían decirnos qué es la Santísima Trinidad. Pero hay una definición que puede acercarnos a su infinita realidad: la Trinidad es un misterio de vida y amor, de belleza y felicidad infinita en Familia, constituida por tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres Personas tan estrechamente unidas entre sí, que “conforman” un solo Dios. Mas lo que nos importa no es comprender el misterio de la Trinidad, sino que podemos, por gracia de Dios, amar, adorar, gozar y tratar a todas y cada una de las tres divinas Personas, ya en el tiempo, y luego gozar con ellas por toda la eternidad. La Trinidad se abaja para habitar en nosotros, su templo preferido. Acojámosla con amor, gratitud y gozo. Dios nos creó por puro amor, para gozar viéndonos compartir su vida, su amor, su belleza y su infinita felicidad eterna en su Familia Trinitaria, nuestro hogar de origen y de destino. Por eso vino al mundo el Hijo para librarnos del pecado que nos cortaba el camino hacia la felicidad trinitaria. Para eso Cristo da a los apóstoles la misión de evangelizar y guiar a todos los hombres hacia la Casa eterna. Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. San Pablo dice: “ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”; y añade: “Los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con el gozo que nos espera”. En el paraíso se gozan siempre nuevos cielos e interminables deleites, alegrías, maravillas y bellezas; y el ansia de placer se sacia y se acrecienta sin fin. Mientras que los excluidos del paraíso, prueban siempre nuevos e insoportables tormentos, que tampoco tienen comparación con los sufrimientos de esta vida. ¡Sepamos elegir bien! Irreparable desgracia sería ignorar o infravalorar a la gloriosa Familia eterna, y quedarse así fuera de su Hogar, lo cual constituye un tormento indecible por haber perdido para siempre las personas, bienes y placeres terrenos y los eternos, perdiéndose a sí mismo y al propio Dios. Más vale temer y evitar el infierno que terminar en él. El infierno no se elimina por no creer en él, sino que por no creer en él se arriesga caer en él. Jesús nos indicó bien claro cómo nos hacemos miembros de la felicísima Familia Trinitaria: “Éstos son mi madre, mi padre, mis hermanos y hermanas: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. “Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien la pierda por mí, la salvará”. Quien entregue la vida por amor a Cristo y al prójimo, la asegura para la eternidad. La vida hay que entregarla: entreguémosla por amor.