domingo, 17 de junio de 2012

Justificados

Conseguir agradar al Señor tiene una importancia decisiva, pues de esto dependerá la sentencia del juicio. El juicio consistirá en comparecer ante el tribunal de Cristo. En el juicio, el ser humano recibirá la recompensa o el castigo de acuerdo con lo que haya hecho, bueno o malo. Juntamente con la realidad del juicio que versará sobre nuestras obras. San Pablo sostiene otra afirmación de vital importancia: el ser humano nunca puede merecer la justificación con sus obras, sino que ésta es, para él, siempre un don de Dios. "Por gracia suya quedan gratuitamente justificados" (Rom 3,24). El Apóstol reconoce, de este de modo, que la obra de Dios y la del ser humano caminan juntas. Si bien Dios hace la gran obra de la redención, esto no significa que el hombre pueda permanecer inactivo. El don de Dios es para el hombre tarea y obligación, como el Apóstol dice enérgicamente: "Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación. Pues Dios es el que obra en vosotros" (Fil 2,12s). El ser humano no puede olvidar nunca que en la obra de la salvación Dios es su socio. Será abrasado por este socio, si llega a olvidarlo. La proclamación de la gracia no libera, de la obligación de una conducta moral, sino que, por el contrario, exhorta a ello.
La misión no es una de las "actividades" del cuerpo eclesial, sino es la que caracteriza esencialmente su identidad. ¡Sin la misión, no existe la Iglesia, y viceversa! La Iglesia está totalmente referida a la misión, al encuentro de los hombres --de todos los tiempos y lugares y de toda cultur, con el Señor Resucitado. Llevar a todos el anuncio del Reino y la salvación: ¡Esta es la tarea esencial de la Iglesia!
El Año de la Fe lo ha querido el Santo Padre para conmemorar dos aniversarios importantes, uno relacionado con el otro. En primer lugar, el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II y, en consecuencia, el vigésimo aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica, ¡que es el Catecismo del Concilio Vaticano II!
Una vez más, los sacerdotes están llamados a ofrecer su generosa contribución, ahora también en el Año de la Fe, para poner en práctica las instrucciones del Papa, recordando cómo, en la misión y en la obra de la evangelización, se fortalece la identidad sacerdotal misma. Leer y, en cierto sentido, “redescubrir” el Concilio, en toda su plena significación profética y misionera, es una de las tareas que se necesitan con más urgencia hoy en la Iglesia.
 "Nunquam satis", ¡nunca es suficiente! Orar por la santificación de los sacerdotes significa, en cierto sentido, orar por la santidad de todo el pueblo de Dios, al cual dicho ministerio está dirigido. Se trata, pues, de una oportunidad para fomentar la comunión y la mutua custodia orante, entre los miembros del mismo presbiterio casi en un arco perfecto, que va de la Misa Crismal a la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, abrazando los misterios fundamentales de nuestra fe y haciéndolo contemplar en clave sacerdotal. Por último, como dijo el Cura de Ars, "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús", lo que significa la intimidad necesaria y la identificación que todo presbítero debe tener siempre con el Señor,indicando así el amor y la caridad son la clave de interpretación,.

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