domingo, 17 de junio de 2012

Certidumbre

 En la 2ª carta a los Corintios , San Pablo habla del morir cotidiano, testificando al mismo tiempo la certidumbre de la vida imperecedera (4,14.18). Al mismo tema se refiere 5,1-10, en donde el Apóstol expone detalladamente la espera de los últimos tiempos. Pero aunque el tema es idéntico, se trata de muy diversa forma en cada uno de estos pasajes. Mientras en el primero (4,7-18) habla de la vida y la muerte tal como las experimenta íntima y personalmente la fe y la piedad; en el segundo (5,1-10), en cambio, describe las realidades últimas mediante afirmaciones doctrinales y de fe, como una historia futura. Si san Pablo había dicho antes que en el actual morir cotidiano se hace cada vez más íntima y más fuerte la unión con el Señor (4,11.16), ahora dice que la vida del cuerpo significa separación del Señor (5,6-10). Esta y otras afirmaciones de ese género entre ambos pasajes parecerían contradictorias entre sí. Sin embargo, ellas sirven más bien al Apóstol para presentar diversas consideraciones y aspectos doctrinales sobre una misma cosa.
Ante la realidad de la muerte el ser humano experimenta, por una parte, miedo y, por otra, la esperanza de vencerla. San Pablo refuerza esta última convicción con la certeza de la fe. Dios ha creado al ser humano para ser sobrevestido. La creación divina es siempre razonable y Dios lo que comienza lo lleva hasta su fin. También consumará este deseo. Garantía de ello es la donación, ya realizada, del Espíritu que se designa aquí como fianza de la plenitud de los dones. Esta certeza de fe ilumina y llena de confianza al hombre en su peregrinar por este mundo. El Apóstol, recurriendo a nuevas imágenes, indica que el vivir significa estar lejos del Señor, en el exilio; y el morir, ir a la patria, junto al Señor (v.6). Sobre la tierra el cristiano está en el exilio y espera su partida hacia el Señor.
Si bien San Pablo reconoce que nuestra condición de cristianos significa, ya en este tiempo, estar en Cristo o con Cristo (2,14; 14,4), afirma que el estar actual con Cristo es sólo un caminar en la fe (v.7). Un pleno "estar en Cristo" sólo será posible cuando contemplemos la realidad. Por ello el Apóstol y junto con él el cristiano desea salir del cuerpo para estar junto al Señor, en casa (v.8). San Pablo tiene la profunda convicción de que morir es ir a "vivir junto al Señor". La comunión con el Señor se prolongará también en la muerte y así queda vencido todo temor ante la muerte.
Estas convicciones que brotan de la fe y de la esperanza cristianas no son vanas ilusiones. Informan la vida cristiana, los afanes cristianos de cada día. La vida del cristiano debe estar siempre marcada por el impulso de ser grato al Señor (v.9). Sólo cuando el cristiano consiga ser grato al Señor, puede esperar para sí, un día, la estancia en el cielo junto a Él. Sólo cuando haya conquistado esta complacencia, será para él la salida del cuerpo a la casa del Señor. En caso contrario, como afirma a continuación el Apóstol, será caer bajo el juicio: "todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal" (v.10).

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