jueves, 28 de junio de 2012

Adoptar

 Jesús concluye esta gran catequesis sobre la vida cristiana con la invitación a vivirla. No se trata de ser "escuchadores" de la palabra de Dios, sino actores; de ponerla en práctica.
El hacer milagros, sanar personas, expulsar demonios, no es un signo de pertenencia a Jesús…; estos signos pueden ser hechos también por obra del maligno. Por ello no basta decir: "¡Señor, Señor!", sino vivir de acuerdo al Evangelio. Quien se dedica sólo a "escuchar" la palabra de Dios, y no hace un verdadero esfuerzo por vivirla, termina con una vida destrozada. En cambio, quien toma el camino angosto y la puerta estrecha que conducen a la vida, encontrará que su vida se construye en la paz y la armonía interior. El Evangelio no es una filosofía, sino la proposición concreta de Jesús a adoptar un estilo de vida cimentado en el amor, una vida que es capaz de resistir todos los embates de la vida y permanecer en pie, una vida que no se deja vencer por las crisis (cualquiera que éstas sean), sino que las supera y en ello manifiesta la solidez de su fe y su amor al Resucitado.

Con cuánta razón dice san Pablo: El salario del pecado es la muerte. Es triste que reaccionemos hasta que las consecuencias son graves e inevitables. El mismo san Pablo en su carta a los gálatas previene a la comunidad diciéndoles: “No se engañen, de Dios nadie se burla. Lo que siembres, eso mismo vas a cosechar”. Y es que, en general, pensamos que nuestras acciones no tendrán consecuencias, que podremos escapar de éstas porque vamos a misa, porque tenemos algunas prácticas religiosas, sin embargo, como en el Génesis, el pecado es inexorable y siempre pagará con la muerte. El pueblo de Israel, igual que el nuestro hoy en día, se había apartado de Dios, haciendo exactamente lo contrario que Dios había prescrito en la ley. Mandó un sinnúmero de emisarios, de profetas, que previnieran a la gente y la invitaran a convertirse, a regresar al Señor, sin embargo, la bonanza que tenía Israel y la falsa confianza en que tenían prácticas religiosas, o que sus enemigos se desvanecerían como el humo; hasta que llegó Nabucodonosor y los hizo pedazos. Hermanos, dice el refrán: “Cuando veas la barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Aprendamos la lección del pueblo de Israel y regresamos a Dios antes de que sea demasiado tarde.

Señor Dios y Padre de bondad, tú que, por medio de Cristo, nos llamas constantemente a la conversión y a volver a ti de todo corazón, danos la fuerza necesaria para ser dóciles al Espíritu Santo y, en el seguimiento fiel a Jesús, volvamos a ti con un corazón contrito y humillado. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario