“Por dignidad humana, empleo para todos” quiere expresar la necesidad de que las personas tengan un trabajo estable que les ayude a vivir de forma plena, como la urgencia de combatir las enormes cifras de desempleo que está trayendo la crisis que estamos atravesando. El horizonte cristiano es que las personas puedan vivir de forma digna, y el tener un trabajo es uno de los pilares que permite sostener la dignidad de las personas.
«¿Pero acaso no es posible también hoy para los jóvenes, muchachos, adultos, hacer de vuestra vida un testimonio de comunión con el Señor, que se transforme en una auténtica obra maestra de santidad? Esto será posible si se sigue manteniéndose fiel a sus profundas raíces de fe, alimentadas por una adhesión plena a la palabra de Dios, por un amor incondicional a la Iglesia, por una participación vigilante en la vida civil y por un constante compromiso formativo. Responded generosamente a esta llamada a la santidad, según las formas más características de vuestra condición laical... Esta amplia dimensión eclesial, que identifica el carisma cristiano, no es signo de una identidad , más bien, atribuye una gran responsabilidad a la vocación laical: iluminados y sostenidos por la acción del Espíritu Santo y arraigados constantemente en el camino de la Iglesia, se estimula a buscar con valentía síntesis siempre nuevas entre el anuncio de la salvación de Cristo al ser humano de nuestro tiempo y la promoción del bien integral de la persona y de toda la familia.
Donde "florece el desierto", se reafirma la fe en Cristo resucitado, camino, verdad y vida. En Él confian su "vocación de servicio", la misma que Él quiso para su Iglesia. Así, lo "podremos vivir este Año de la Fe, como tan hermosamente lo representaba el Santo Padre, 'como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión, sino el evangelio y la fe de la Iglesia'".
"Que la Santísima Virgen María, a quien los católicos expresamos nuestro especial cariño y devoción, nos haga más fieles discípulos misioneros de su Hijo".
María es, ante todo, Sierva de la Verdad, porque escuchó la Palabra de Dios y la aceptó en su corazón con la certeza de que en ella se cumplirá lo que le dijo el Señor. Y se cumplió plenamente al acoger en su mismo seno la Palabra de Dios hecha carne. Desde entonces no dejó de servir a su Hijo y se convirtió en la primera y más leal colaboradora. Sirvió a su Hijo en todo momento con sencillez y humildad y, al fin de su vida, con la fortaleza de la Mujer nueva que, al pie de la cruz, no huye ante el escándalo del sufrimiento y de la muerte, sino que lo supera con una fe inconmovible que la convierte en baluarte de toda la Iglesia y tipo perfecto del creyente. Quien mira a María descubre en ella cómo vivir la fe en cada circunstancia y cómo expresar con la palabra y con la vida lo que ella misma nos dice en Caná: “Haced lo que él os diga”. Esta la actitud que debemos suplicar : Hacer siempre la voluntad de Cristo que no dejará de hacer fecunda nuestra vida.
María es, también, Testigo de la Verdad, porque confirmó con sus actitudes más profundas y sus gestos sencillos la fe que profesaba. No dudó en ponerse en camino para llevar a su pariente Isabel el testimonio de su caridad, que llenó de gozo al Bautista como un presagio de la alegría desbordante que traería la salvación a todos los seres humanos.
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