Nos corresponde responden "anunciar el Evangelio de Jesucristo, como fuente de esperanza, de humanización, como fundamento para una ética personal responsable. Nuestra contribución al bien común, por una parte consiste en llevar a cabo la tarea de la “nueva evangelización” y, por otra, ofrecer nuestra palabra, que desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia contribuya a esclarecer el camino hacia el logro del bien común".En primer lugar, para transmitir la fe hace falta una comunidad de creyentes. Necesitamos profesores que sean verdaderos educadores católicos y que vivan su fe con autenticidad. El claustro de profesores de un colegio católico debe constituirse en verdadera comunidad de fe que se une en torno a Cristo para cumplir la misión que la Iglesia les encomienda: conducir a los niños a Cristo para procurar la salvación de sus almas. Hacen falta profesores militantemente creyentes y que sean además buenos profesionales en sus respectivas materias.
El formador debe enseñar desde el diálogo y la comunión entre fe y razón.
Los formadores deben celebrar juntos su fe en comunidad y compartir de manera frecuente la oración y el encuentro con el Señor en la Eucaristía. Si los sarmientos no están firmemente unidos a la Vid Verdadera, no podrán dar fruto.
El formador debe ser ejemplo de vida intachable en coherencia con la fe que profesa y con los principios morales de la Iglesia. Y como signo de esa fe, proclamar públicamente nuestra adhesión al Credo de la Iglesia y jurar fidelidad al magisterio y a la tradición de la Santa Madre Iglesia y al Romano Pontífice, sucesor de Pedro.
Los padres tienen una relación especialmente importante que debe ser aprovechada para la formación humana y espiritual, de tal modo que recuperemos el ámbito doméstico para que las familias sean verdaderas iglesias donde se vuelva a vivir y a transmitir la fe. Aprovechar para animar a que se formen grupos de oración, de formación o de diálogo en los que se pueda compartir la fe y la vida desde una perspectiva comunitaria. La fe no debe vivirse nunca como un mero espiritualismo desencarnado. La fe en el Resucitado, si es verdadera, debe impulsarnos al desarrollo de la acción caritativa. Por pura coherencia eucarística, debemos fomentar todo tipo de acciones de voluntariado que impliquen servir a los más necesitados. Tal vez, se debería favorecer la implicación en campañas de Caritas de la parroquia o la visita a enfermos y ancianos. En cualquier caso, la vida de fe debe sustanciarse en acciones concretas que hagan realidad las obras de misericordia que agradan al Señor: “dar de comer al hambriento, de beber al sediento; visitar al enfermo; vestir al desnudo; acoger al emigrante.
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