Mirar a Cristo para comprender al ser humano,nos dice Benedicto XVI.
Frente a un estilo de vida donde se afirma que sólo existe este mundo material, que estamos aquí por azar y que cuando morimos nos podrimos, el cristiano argumentará desde la razón natural, desde la naturaleza humana y el sentido común, no desde la religión. Sostenemos que la dignidad de la persona humana no depende del tamaño o grado de desarrollo del individuo o de simples mayorías que excluyan de la comunidad moral a los niños no nacidos, a los que tienen alguna malformación , y a los enfermos incurables; que la ciencia certifica que existe un nuevo ser humano desde la concepción; que es esencial para la supervivencia, y ante el evidente invierno demográfico, practicar esa anticuada costumbre de comprometerse para toda la vida con una persona de sexo opuesto y tener hijos .
Nuestros argumentos carecerán de toda credibilidad si no están respaldados por el testimonio de vida. Reducir el cristianismo a un conjunto de valores sociales o ideales morales sería empobrecerlo. Lo esencial es la fe en que Dios se ha revelado definitivamente en Jesucristo, y que es un Dios salvador que satisface el anhelo eternamente insatisfecho del corazón humano. La convicción de que hemos sido salvados en Jesucristo es lo fundamental. Todo lo demás es una consecuencia lógica. La religión, sin la experiencia del descubrimiento del Hijo de Dios y de la comunión con Él, se convierte en un mero conjunto de principios cada vez más difíciles de comprender, y de reglas que cada vez se hacen más duro aceptar.
Nuestra vida, por tanto, debería irradiar el gozo de quien ha sido salvado. En esta capacidad de irradiación, en esta capacidad de mostrar que hemos encontrado la piedra preciosa, se juega la credibilidad de nuestro discurso y de nuestra influencia en la sociedad. Sobre nosotros pesa siempre la dura sentencia de Nietzsche: “los cristianos no tienen el aire de estar salvados”. Nos incumbe la gran responsabilidad de mostrar con nuestras vidas que la salvación en Jesucristo es real, que la fe puede realmente transfigurar la existencia.
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