jueves, 24 de enero de 2013

Centrando

Juventud centrando nuestra mirada en Cristo: “Para ti la vida es Cristo”. Ciertamente esa es la implicación en la Pastoral Juvenil; y a partir de ahí, cualquier cosa que podamos decir será un eco de la gran noticia de Cristo, libertador y sanador de los jóvenes.

Solemos repetir con frecuencia que para poder dirigirnos al joven de nuestros días, necesitamos primero conocerle. ” Ciertamente eso es necesario, pero también ellos deben saber:“También vosotros daréis testimonio”. Así se aborda con realismo y sin miedo a la verdad, la situación de partida ante el hecho religioso del joven actual.

Si queremos conocer al joven de nuestros días, tenemos que ir más allá del dato sociológico. Necesitamos conocer en profundidad a Jesucristo, ya que solo en Cristo conoceremos en profundidad al joven. Esta clave teológica es importantísima para poder interpretar lo que nos dicen las encuestas. Y aunque soy consciente de que a quienes no tengan fe les costará entenderlo, conviene recordar que esta convicción enlaza con lo mejor de nuestra tradición espiritual.  Ejemplo, decía la propia Santa Teresa de Jesús: “A mi parecer, jamás acabamos de conocernos si no procuramos conocer a Dios”.
 
Hace cincuenta años los padres conciliares reunidos en el Concilio Vaticano II, proclamaban: “Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre.” (‘Gaudium et Spes’ nº 10). Medio siglo después, se vuelve a reconocer y a proclamar: ¡En Cristo, y sólo en Él, se revela y se descubre el corazón del joven!
 
 El motivo principal por lo que está costando que el Evangelio resuene en el corazón de los jóvenes, es porque nosotros mismos tenemos todavía un déficit importante para llegar al Corazón de Cristo, y conocer en Él su designio de misericordia hacia todos nosotros, jóvenes evangelizadores y jóvenes evangelizados. Y es que verdaderamente necesitamos conocer la realidad joven desde Cristo y en Cristo, porque como decía San Bernardo: “El desconocimiento propio genera soberbia, pero el desconocimiento de Dios genera humildad 

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