¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor. » (Lc 1, 43-45) La veneración de María es su fe que es íntimamente vinculada a la maternidad de María: no se les puede separar. La fe está al servicio de la maternidad y la maternidad divina no se explica sin la fe. Se trata de una adhesión a la Palabra de la manera de Abraham, quien creyó contra toda evidencia y fue bendecido por el don de su hijo.
La fe es la actitud característica de María: su existencia es bajo la señal de su Fiat inicial verdadera opción fundamental que ilumina todo lo demás. Es prueba también la alabanza de la mujer en la multitud (Lc 11, 27) que Jesús corrige, la bienaventuranza es la de aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan:
“Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que lactaste. Y él dijo: Antes bienaventurados
María nos enseña a ser “epifanía” del Señor
La luz que en Navidad brilló de noche, iluminando la gruta de Belén, donde María, José y los pastores permanecieron en adoración silenciosa, resplandece hoy y se manifiesta a todos. La Epifanía es un misterio de luz, representada de manera simbólica por la estrella que ha guiado la jornada de los Reyes magos. No obstante, la verdadera fuente de luz, “la Aurora nos visitará desde lo alto” (Lc 1, 78), es Cristo.
La Epifanía, se pone de manifiesto también el misterio de la Iglesia y su dimensión misionera, que es llamada a irradiar en el mundo la luz de Cristo, reflejándose en ella como la luna refleja la luz del sol. Las antiguas profecías que tratan de la ciudad santa de Jerusalén, como la bella profecía de Isaías que acabamos de escuchar, se han realizado en la Iglesia: “¡Levántate Jerusalén! Resplandece : ha venido tu luz, . Andarán las naciones a tu luz y los reyes al resplandor de tu amanecer y sobre ti será vista su gloria. (Is 60, 1-3). Es lo que deberán realizar los discípulos de Cristo: formados por Él para vivir en el estilo de las Bienaventuranzas, deberán llevar a todos los hombres a Dios, a través del testimonio del amor: “Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).
Escuchando las palabras de Jesús, nosotros, miembros de la Iglesia, no podemos no percibir toda la insuficiencia de nuestra condición humana, marcada por el pecado. La Iglesia es santa pero está compuesta de hombres y mujeres con sus límites y sus errores. Sólo Cristo, dándonos el Espíritu Santo, puede transformar nuestra miseria y renovarnos continuamente. Es Él la luz de las naciones, lumen gentium, que escogió encender al mundo a través de su Iglesia (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n.1).
¿Cómo será esto?, podemos preguntarnos retomando las palabras que la Virgen dirigió al Arcángel Gabriel. Es precisamente la Madre de Cristo y de la Iglesia la que nos da la respuesta: por su ejemplo de disponibilidad total a la voluntad de Dios “fiat mihi secundum verbum tuum" (Lc 1, 38), nos enseña a ser “epifanía” del Señor, en la apertura de corazón con la fuerza de la gracia y en la fiel adhesión a la palabra de su Hijo, luz del mundo y último fin de la historia.
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