Que Dios llame al ser humano, al ser humano pecador, al ser humano que le ha dado la espalda, a que ha huido de Dios, que Dios lo llame, que se vuelva a él, que se haga visible ante él y que se deje oír de él, no para aterrarlo como a un condenado, sino para llamarlo, para cautivarlo, para seducirlo. El discurso de Dios, un discurso de una sola palabra, pero un discurso que lo dice todo: “sígueme” San Marcos 2,14, y qué importante captar la grandeza de esa palabra, porque mira que nosotros siempre vamos detrás de algo, siempre vamos detrás de alguien.
Cuando éramos niños, siempre teníamos un héroe o un superhéroe, llegamos a jóvenes y siempre nos fijamos en alguien, muchísimas veces es un actor o una actriz, un cantante, un gran deportista, un gran corredor de fórmula uno.
Otros muchachos tienen otros ideales y buscan a los filósofos, a los científicos o a los políticos. Siempre vamos detrás de alguien, siempre hay alguien delante, y ese que va adelante ¿a dónde nos conduce?
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