Pero Cristo ya no se sienta a hablarles, porque de hecho ya no se sienta a nada, porque ya tienen que avanzar, tiene que cumplir su misión. Su misión está, ya no en un paraje ameno y tranquilo, ya no está en una plática sabrosa y en una larga oración; ya todos los discursos empiezan a sobrarle a Cristo; ya no está para discursos largos, sino,bien las palabras de este evangelio que hemos escuchado en el capítulo XVII de Lucas.
Todos son como instrucciones precisas, claras, breves: "Si se ofenden, perdonen, pero apúrense, y nada de estar escandalizando a la gente. "Si ustedes se escandalizan niños, mejor fuera que les metiera la cabeza en una piedra de molino y les echaran al mar." San Lucas 17,2.
Es un lenguaje drástico, porque la vida misma a Cristo se le a vuelto drástica, se le a vuelto dramática. Cristo, paradójicamente, tienen prisa cuando toda su vida y toda su obra van a estrellarse contra una pared y Él mismo va a quedar despedazado. Y si uno mira la Pasión, y si uno mira sobre todo la Cruz, pues más parece que es el fracaso de Cristo, eso no es ningún éxito. Cristo corre hacia ese fracaso. Nosotros corremos hacia nuestros amigos y Él corre hacia sus enemigos. Nosotros buscamos aquello que puede resultarnos más amable, más amoroso, más cálido. Nada de esto es lo que iba a encontrar Cristo en Jerusalén. Cristo ni iba corriendo hacia Jerusalén, no es un loco, no es un masoquista, Él no estaba buscando la Cruz.
La Cruz es una puertecita estrecha por la que se pasa a lo que Cristo quería llegar, al sepulcro. Dirá alguno: "Peor, si no buscaba la Cruz, sino que buscaba el sepulcro".
Pero es que el sepulcro era otra puertecita estrecha por la que se pasa a la Casa, a la gloria, a la vida eterna, la misma que nos menciona el Apóstol Pablo en su comienzo de la Carta a Tito: "En realidad, Cristo tenía prisa por llevar al universo entero hacia la gloria, hacia la paz, hacia la vida eterna" Carta a Tito 1,1.
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