miércoles, 30 de octubre de 2019

Identidad

Un cristiano es un ser muy hermoso, es un ser muy sabio, es indestructible, es victorioso.
La sal porque da el sabor, la sal porque impide que se corrompa el alimento .
Luz del mundo porque muestra el camino, porque denuncia las tinieblas. Estas palabras las dice el Señor, como sabemos, después de haber proclamado las bienaventuranzas. Por lo menos en la redacción actual del Evangelio, después de esa proclamación de "quiénes son los felices", que les dice que, con esa felicidad, que con ese modo de vida son la sal de la tierra y son la sal del mundo.
Para darle entonces sabor a la tierra se necesita estar un poco en contravía de la felicidad de este mundo; y para dar la luz al mundo se necesita ir un poco en contravía, pero sólo un poco de lo que el mundo espera de sus seguidores, de sus adeptos.
El cristiano, mezclado con el mundo, como la sal con el alimento, en cierto modo desaparece, pero también conserva su identidad.

lunes, 7 de octubre de 2019

SEÑALES

La admiración y el cariño: estos son los sellos de la santidad grande en la Iglesia. Inspirar sólo cariño, o inspirar sólo admiración, es pequeño. Lo verdaderamente grande, el verdadero servicio a Cristo, está en poder inspirar las dos cosas: poder inspirar cariño, que haga sentir la cercanía de Cristo, y poder despertar admiración, que haga clara la gracia de Jesucristo.
La santidad cristiana tiene, por decirlo así, estas dos dimensiones, y despierta en nosotros, como ya lo despierta desde Jesucristo, estos dos sentimientos: la cercanía del cariño, y la distancia de la admiración.
No queramos ser solamente admirados, porque entonces seremos lejanos; no queramos ser solamente cercanos, porque entonces seremos tal vez inútiles. Hay que saber tener al mismo tiempo, la ternura y la grandeza.
Y esto fue lo que tuvo Lorenzo. ¿De quién lo aprendió? De Jesucristo, a quien encontró en los pobres, y a quien encontró en la hora de la muerte.
Hay un testimonio escrito que aparece en las antífonas de la Liturgia de las Horas para este día, un testimonio de las palabras de Lorenzo mientras se acercaba el momento de la muerte. Y en esas palabras podemos destacar tres cosas: primera, una que revisa.
Por todas partes Dios nos está dando señales a la vista de todos, y en esas señales nos está llamando a una vida verdaderamente consagrada, una vida en verdadera gratitud, una vida en verdadera alabanza, una vida que valga la pena.
Pero escapa de nuestras manos esa constancia, esa firmeza, esa generosidad, eso escapa de nuestras manos. Pues bien, Precisamente las señales que Dios nos ha dado son señales que apuntan a una certeza: "Yo voy a estar contigo, yo no te voy a dejar solo, yo voy a estra contigo; emprende un camino nuevo, un camino de renovación de tu bautismo, de renovación de tu consagración; empréndelo hoy, empréndelo que yo voy a estar contigo, yo no te voy a dejar solo".
Estas palabras, las palabras de Dios, penetren en nosotros. "No olvidéis las acciones del Señor" Salmo 77,12, no olvides lo que ha hecho por ti, no olvides lo que quiere hacer contigo, no lo olvides, jamás lo olvides.
Desde ahí, el descubrimiento de la misericordia; y desde ahí, la práctica de la compasión, especialmente por el testimonio de las buenas obras.
3El corazón es el lugar donde se toman las decisiones. El corazón es como esa privacidad última, allí donde finalmente yo puedo sustraerme de todas las otras voces, y donde yo descubro, -si quiero, por lo menos-, mi propia verdad. Ese es el corazón, ese es el sentido del corazón.
Por eso en la Biblia, el corazón aparece relacionado no solamente con sentimientos, o no solamente con emociones o pasiones, sino también con los pensamientos, allá, los pensamientos del corazón. Aparece relacionado con la conciencia, con las decisiones y también con la oración. Porque es como hablar de lo más profundo y es como hablar de lo más íntimo de la persona, allí donde ella es simplemente ella misma.
Jeremías había dicho hace unos días, que Dios anunciaba una Nueva Alianza. La diferencia más notable entre la Nueva Alianza y la Antigua Alianza, es que ahora la Ley va a estar escrita, no en piedra, afuera, sino que va a estar escrita en el corazón. Así hablaba Dios por medio de Jeremías.
La misma idea es la que encontramos ahora con el Profeta Ezequiel, pero con un elemento más. Se trata de un corazón nuevo. Ya no es que viene una palabra nueva al corazón, sino se trata de un nuevo corazón: "Arranqué de ustedes el corazón de piedra" Ezequiel 36,26.
¿A qué se refiere el corazón de piedra? No es un asunto solamente de sentimientos, pues no es simplemente hablar de: "Ustedes son muy duros". Aquí no se trata de la dureza de la gente; por ejemplo, que les falta compadecerse unos de otros.
Eso puede estar implícito, pero muy probablemente, el corazón de piedra es sobre todo el corazón que rechaza la voz, es el corazón que no tiene dónde recibir una palabra, es el corazón que hace eco, es el corazón que devuelve lo que tú le envías pero no lo acepta, es el corazón que no recibe.
Ese es el corazón de piedra. Y es el contraste grande entre la carne y la piedra. El corazón de piedra no recibe. La carne, en cambio, recibe, incluso recibe el dolor de un golpe, tal vez; recibe el dolor de una enfermedad, recibe el lamento de una lágrima. Dios promete no solamente como en Jeremías, que va a escribir una ley en nuestro corazón, sino que nos va a dar un corazón así, un corazón de carne, un corazón que pueda recibir.
Es muy interesante que la Biblia hace un gran elogio del rey Salomón, como seguramente recordamos. Y quizás recordamos también, cuál fue la oración que hizo Salomón cuando Dios se le apareció y le dijo: "¿Qué quieres que te conceda?" 1 Reyes 3,5. Lo que respondió Salomón fue: "Un corazón que sepa escuchar, un corazón que pueda recibir"1 Reyes 3,9.
En el recuerdo de muchos de nosotros, la idea que hay, es que él pidió sabiduría. ¡Sí! En el fondo estaba pidiendo sabiduría. Pero es interesante la manera como la pide. Lo que él pidió fue, "un corazón que sepa escuchar" 1 Reyes 3,9; es decir, un corazón que no rebote las palabras.
Nosotros solemos relacionar el corazón con el mundo de los sentimientos. El corazón es para nosotros el lugar donde se da el cariño, donde se da el odio, o donde se da la indiferencia. Y con estas palabras, nos estamos refiriendo sobre todo a sentimientos.
Para los semitas, el corazón no tenía que ver solamente con sentimiento. El corazón es el recinto más íntimo de una persona, es como el lugar donde ella está verdaderamente a solas, a solas consigo misma, a solas con su propio destino, a solas con Dios.
El corazón es el lugar donde se toman las decisiones. El corazón es como esa privacidad última, allí donde finalmente yo puedo sustraerme de todas las otras voces, y donde yo descubro, -si quiero, por lo menos-, mi propia verdad. Ese es el corazón, ese es el sentido del corazón.
Por eso en la Biblia, el corazón aparece relacionado no solamente con sentimientos, o no solamente con emociones o pasiones, sino también con los pensamientos, allá, los pensamientos del corazón. Aparece relacionado con la conciencia, con las decisiones y también con la oración. Porque es como hablar de lo más profundo y es como hablar de lo más íntimo de la persona, allí donde ella es simplemente ella misma.
Y Jeremías nos había dicho hace unos días, que Dios anunciaba una Nueva Alianza. La diferencia más notable entre la Nueva Alianza y la Antigua Alianza, es que ahora la Ley va a estar escrita, no en piedra, afuera, sino que va a estar escrita en el corazón. Así hablaba Dios por medio de Jeremías.

La misma idea es la que encontramos ahora con el Profeta Ezequiel, pero con un elemento más. Se trata de un corazón nuevo. Ya no es que viene una palabra nueva al corazón, sino se trata de un nuevo corazón: "Arranqué de ustedes el corazón de piedra" Ezequiel 36,26.

sábado, 5 de octubre de 2019

Proviene

 La fe efectivamente no proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los Apóstoles.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.
 El profeta Isaías, en una palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
 Es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26, presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan 20,27; no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.

Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.

Lazos

Además, esa misma fe nos lleva a reconocer que siguen en pie los lazos de amor, que no hemos roto por completo con quien nos ha dejado. Al hablar de la importancia de las oraciones por nuestros seres queridos ya difuntos, el Papa Benedicto XVI explicaba lo siguiente:
“Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?” (Benedicto XVI, encíclica “Spe salvi” n. 48).
Las muertes imprevistas tienen siempre un matiz de tragedia que no es fácil de asumir. Pero resulta posible, desde las energías propias de los corazones y desde la mirada hacia el mundo de Dios y de lo eterno, afrontarlas de un modo más profundo, más completo, incluso más sereno.

Quedará, ciertamente, un hueco profundo por días, por meses, tal vez por años. Pero ese hueco no es completo, porque el ser querido no ha desaparecido en el remolino de la nada, sino que está presente en el corazón de Dios. Un Dios que es bueno, que ama la vida, que acoge y rescata a cada uno de sus hijos. Un Dios que nos acompaña, a quienes seguimos en el camino del tiempo, mientras avanzamos también nosotros a la hora que dará por concluida la vida terrena y nos introducirá en el mundo de lo eterno.mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42).

lunes, 9 de septiembre de 2019

RECONOCER


Además, esa misma fe nos lleva a reconocer que siguen en pie los lazos de amor, que no hemos roto por completo con quien nos ha dejado. Al hablar de la importancia de las oraciones por nuestros seres queridos ya difuntos, el Papa Benedicto XVI explicaba lo siguiente:
“Que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?” (Benedicto XVI, encíclica “Spe salvi” n. 48).
Las muertes imprevistas tienen siempre un matiz de tragedia que no es fácil de asumir. Pero resulta posible, desde las energías propias de los corazones y desde la mirada hacia el mundo de Dios y de lo eterno, afrontarlas de un modo más profundo, más completo, incluso más sereno.
Quedará, ciertamente, un hueco profundo por días, por meses, tal vez por años. Pero ese hueco no es completo, porque el ser querido no ha desaparecido en el remolino de la nada, sino que está presente en el corazón de Dios. Un Dios que es bueno, que ama la vida, que acoge y rescata a cada uno de sus hijos. Un Dios que nos acompaña, a quienes seguimos en el camino del tiempo, mientras avanzamos también nosotros a la hora que dará por concluida la vida terrena y nos introducirá en el mundo de lo eterno.mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42).

ESCUCHA




El Nuevo Testamento ofrece numerosos relatos de oraciones escuchadas. Cristo actúa con el dedo de Dios, y con sus curaciones y milagros atestigua la llegada del Mesías. Por eso, ante la pregunta de los enviados de Juan el Bautista que desean saber si es o no es el que tenía que llegar, Jesús responde: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!" (Lc 7,22-23).

Pero también leemos cómo la oración en el Huerto de los Olivos, en la que el Hijo pide al Padre que le libre del cáliz, parecería no haber sido escuchada (Lc 22,40-46). Jesús experimenta así, en su Humanidad santa, lo que significa desear y pedir algo y no "conseguirlo".

Entonces, ¿hay oraciones que no son escuchadas? ¿Es posible que Jesús nos haya enseñado que si pedimos, conseguiremos ( Lc 11,1-13), pero luego vemos que las cosas suceden de una manera muy distinta?

En la carta de Santiago encontramos una pista de respuesta: "Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones" (Sant 4,3). Esta respuesta, sin embargo, sirve para aquellas peticiones que nacen no de deseos buenos, sino de la avaricia, de la esclavitud de las pasiones. ¿Cómo puede escuchar Dios la oración de quien reza para ganar la lotería para vivir holgadamente y con todos sus caprichos satisfechos?

Pero hay muchos casos en los que pedimos cosas buenas. ¿Por qué una madre y un padre que rezan para que el hijo deje la droga no perciben ningún cambio aparente? ¿Por qué unos niños que rezan un día sí y otro también no logran que sus padres se reconcilien, y tienen que llorar amargamente porque un día se divorcian? ¿Por qué un político bueno y honesto reza por la paz para su patria y ve un día que la conquistan los ejércitos de un tirano opresor?

Sin embargo, el "silencio de Dios" que permite el avance aparente del mal en el mundo, ha sido ya superado por la gran respuesta de la Pascua. Si es verdad que Cristo pasó por la Cruz mientras su Padre guardaba silencio, también es verdad que por su obediencia Cristo fue escuchado y ha vencido a la muerte, al dolor, al mal, al pecado ( Heb 5,7-10).

Nos cuesta entrar en ese misterio de la oración "no escuchada". Se trata de confiar hasta el heroísmo, cuando el dolor penetra en lo más hondo del alma porque vemos cómo el sufrimiento hiere nuestra vida o la vida de aquellos seres que más amamos.

En esas ocasiones necesitamos recordar que no hay lágrimas perdidas para el corazón del Padre que sabe lo que es mejor para cada uno de sus hijos. El momento del "silencio de Dios" se convierte, desde la gracia de Cristo, en el momento del sí del creyente que confía más allá de la prueba.

Entonces se produce un milagro quizá mayor que el de una curación muy deseada: el del alma que acepta la Voluntad del Padre y que repite, como Jesús, las palabras que decidieron la salvación del mundo: 

viernes, 7 de junio de 2019

Convictos

 La fe efectivamente no proviene de hombres, no es la carne ni la sangre la que da la fe, es un don del Espíritu Santo. Este es el misterio del anonadamiento de Cristo que de alguna manera se prolonga en la historia de la Iglesia, empezando por la historia de los Apóstoles.
Cuando es el hombre, como Pedro, un traidor, el que me confirma a mí en la fe, todo mi orgullo, toda mi suficiencia cae por tierra; cuando es un perseguidor el que se convierte en gran Apóstol de Cristo, mis mediocridades me hacen enrojecer.
Cuando es un incrédulo como Tomás, el que llega a ser ese gran testigo del amor de Dios, entonces todo mi racionalismo y todas mis desconfianzas, ruedan por tierra. ¿Por qué quiso Cristo que la fe llegara al mismo tiempo y sin separación del Espíritu Santo y de los Apóstoles?
Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.
 El profeta Isaías, en una palabra profética describe cómo iba a ser el Mesías, y así fue. Dice Isaías, hablando del Siervo de Dios, dice: "Él no quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo vacilante" Isaías 42,3.
Dice San Agustín: "Que para la fe de la Iglesia, en cierto sentido, más nos ayudó la incredulidad de Tomás, que la fe que ya tenían los otros".
 Es tanto lo que revela el Corazón de Cristo en esta escena, es tanto lo que aprendemos de Dios en esta escena, tanto, que realmente casi podemos decir, con una palabra de Santa Teresa de Jesús: "¡Feliz culpa!" Santa Teresa, meditando en el pecado original y la grandeza del don de Cristo, alguna vez exclamaba: "Feliz culpa que nos mereció tal Redentor".
Qué desgracia el pecado, pero qué bendición que el remedio del pecado se llame Jesucristo, tan grande, tan rico, tan sabio, tan bello, tan bueno. Y eso podemos decir nosotros aquí con esta escena. De aquí tenemos demasiado que aprender, demasiado. Primero, para repetir nosotros esta misma actitud con el que duda, "que yo comprenda", dice un himno de la Liturgia de las Horas, en la edición española, "que yo comprenda, Señor mío, al que se queja y retrocede, que el corazón no se me quede desentendidamente frío".
Cuando oigamos, claro que duele, que alguien se queja y retrocede, que a alguien se le apaga la luz y queda sólo el mechero humeante, y parece que ya no hay nada, hay dos opciones: o vas donde esa persona y le das el último pisotón, o te unes a Cristo, y con la ternura que sólo tiene el Corazón de Cristo, ayudas a encender esa luz.
Cristo ve las cosas de otro modo, Cristo sabe que muchas veces, en ese poquito de humo todavía hay el principio de una luz que puede ser la gran luz, la definitiva luz, la luz que puede transformar la eternidad de esa persona.
Sólo Dios sabe lo que está sufriendo cada persona, a nosotros nos corresponde: orar, amar, interceder y presentar, ¿presentar qué? Pues el evangelio nos lo dice: "Se presentó Jesús" San Juan 20,26, presentar a Jesús, eso es lo que nos toca a nosotros. Hay algo muy bello: "Se presentó Jesús y le dijo: "Ven acá, mira mis manos" San Juan 20,27; no es simplemente presentar a Jesús, si vamos a ser más precisos, es: presentar las Llagas de Jesús, el amor de Jesús te llega hasta las Llagas, esas Llagas que parecerían el signo de la peor derrota, pero que son el grito del amor más grande.
Las Llagas de Cristo no le salieron porque sí, no estaba jugando, no estaba enfermo, son heridas de guerra, se metió por en medio del fuego. Dice Santa Catalina de Siena: "Armado en su desnudez, la de la cruz, entró en la batalla".
Por eso está herido, por eso tiene cicatrices, esas fueron las cicatrices que Cristo le mostró a Tomás, y esas cicatrices lo que están diciendo es : "Así te amé".
Dice la Biblia: "Mira mis manos, palpa mi costado" Juan 20,27, "así te amé, esto me pasó por ti", no es echar en cara, es la manera que Cristo tiene para declarar que nos ama.Por eso nos dice la Biblia: "Tomás exclamó: "Tú eres mi Señor" Juan 20,28, porque me has amado más que nadie, porque has hecho por mí lo que nadie hizo, porque me esperaste cuando yo ya no te esperaba, porque me tuviste paciencia sin límites. "Tú eres mi Señor; me ganaste para tu causa; tú eres mi Señor, tú eres mi Dios".
Jesús volcó sobre Tomás, derramó sobre Tomás toda la represa, todo el torrente de su amor, lo tiene también para nosotros y quiere, a través de nosotros, dar ese torrente de amor a muchas personas, quiere que nosotros llevemos este testimonio a todas partes.


Firmesa


Que Cristo sea la piedra angular, es comprensible, porque en Él y sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida no encontrará su cimiento mientras esté parada sobre mentiras, sobre engaños, sobre ignorancias, sobre oscuridades; pero todo esto es vencido por Jesucristo y Él, con su divina luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre. Como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida encuentra cimiento.
El que vive en el pecado no puede encontrar cimiento porque aunque sea pecador, no deja de ser criatura y no deja de ser obra de Dios.  Por consiguiente, el que vive en pecado, cuando intenta, cuando procura entrar en sí mismo, lo único que halla es confusión y tinieblas.
Porque el fondo de su corazón, el fondo de su existencia sigue dependiendo de Dios, es que la dependencia de Dios nunca, nunca cesa, porque Dios nunca deja de ser el Señor.
Dios es el Señor de todos y a su voz, a su imperio todo obedece, también lo más tenebrosos de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor, y por consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma, lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado.
Porque la raíz y el cimiento de todas las cosas sólo está en el designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, “Todo lo creó por Cristo y para Cristo. Para la gloria de su Divino Hijo, para la gloria de Cristo y por Cristo, en razón de Cristo y a través de Cristo, han sido hechas todas las cosas. Colosenses 1,16
Mientras Cristo, no es el dueño de nuestra voluntad, hay una espesa zona de tinieblas que se cierne sobre lo profundo del alma; y mientras tal cosa sucede es imposible que la vida adquiera firmeza, porque es como si los pies fueran por un lado, por un camino y la cabeza quisiera ir por otro camino.
Sólo en Cristo encuentra firmeza nuestra vida. 
“Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” Carta a los Efesios 2,20 el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, ya habíamos comentado.
Pero que estemos cimentados sobre los Apóstoles y los Profetas, en el fondo último está Cristo, pero que nosotros dependamos de hombres, pecadores como nosotros, decía San Agustín que una de las pruebas de la verdad de la Escritura, es que no quiso callar los pecados, las mediocridades, las debilidades de los Apóstoles.
Ahí aparece Pedro con toda su traición a cuestas, claro, con todo su arrepentimiento y con toda la gracia de Dios que lo levanta; pero ahí está con su traición, y ahí está Pablo, que cuando escribe tiene que decir: “Indigno soy del nombre de Apóstol, porque fui furioso perseguidor de la Iglesia de Dios" 1 Corintios 15,9.
Ahí está Pablo con toda su persecución y su celo mal encaminado; y ahí está Tomás con toda su incredulidad a cuestas. Él creía ser más crítico, más maduro, él creía ser más escéptico, más adulto y tuvo que bajarse de su incredulidad para postrarse a decir: “Señor mío y Dios mío" San Juan 20,28.



Acogeos


 Criterios particulares y relativos, respecto a otro que, es universal y absoluto, el del señorío de Cristo. Reflexionamos cómo lo formula el Apóstol:  «El que se preocupa de observar un día, se preocupa por causa del Señor; el que come, come por el Señor, pues da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14, 6-9).Cada uno es invitado a examinarse a sí mismo para ver qué hay en el fondo de su elección: si existe el señorío de Cristo, su gloria, su interés, su afirmación, el propio «yo» y su poder; si su elección es de naturaleza verdaderamente espiritual y evangélica, o si depende en cambio de la propia inclinación psicológica .«Que todos se sometan a las autoridades constituidas, no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí» (Rom 13,1-2).
Dios. Escuchemos como dirigida a la Iglesia de hoy la exhortación final que el Apóstol dirigió a la comunidad de entonces: «Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rom 15,7).

miércoles, 24 de abril de 2019

Edificados


Nos dice el Apóstol San Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.” Carta a los Efesios 2,20.
Que Cristo sea la piedra angular, es comprensible, porque en Él y sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida , sobre oscuridades; pero todo esto es vencido por Jesucristo y Él, con su divina luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre.
 Como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida encuentra cimiento.
Dios es el Señor de todos y a su voz, a su imperio todo obedece, también lo más tenebrosos de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor, y por consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma, lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado.
Porque la raíz y el cimiento de todas las cosas sólo está en el designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, “Todo lo creó por Cristo y para Cristo. Para la gloria de su Divino Hijo, para la gloria de Cristo y por Cristo, en razón de Cristo y a través de Cristo, han sido hechas todas las cosas. Colosenses 1,16 “Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” Carta a los Efesios 2,20 el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, ya habíamos comentado.
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Porque nosotros tenemos carne, es una respuesta, porque nosotros no somos puros espíritus, y porque nosotros, en segundo lugar, a través de esa predicación que llega por seres humanos como nosotros, somos así convictos, somos así tesoro, trofeo de Cristo, y todo lo nuestro, toda nuestra humanidad, al verse ganada por la palabra de hombres débiles como nosotros, agrietados como nosotros, tienen que reconocer que sólo la gloria es para Dios.
Estos son los "truquitos" del amor de Dios, este es el estilo de la Providencia del Señor que se las arregla para darle vida a todos, para vencer a todos y para que la gloria sea completamente suya. Venciéndonos, nos restaura en nuestra dignidad; triunfando sobre nosotros, nos hace vencedores;, ganándonos, hace que nuestra vida llegue realmente a realizarse y alcance su plenitud.

sábado, 20 de abril de 2019

Brilla


La Sangre de Cristo llega hasta nuestro altar por el ministerio de los Apóstoles, ¿de dónde aprendimos nosotros la Eucaristía? De ellos, de los Apóstoles, ¿y a través de quiénes recibimos, por esa sucesión ya bien llamada apostólica, el ministerio para consagrar el vino como Sangre de Cristo? De los Apóstoles.
 Debemos explorar ese nexo profundo que hay entre la Sangre del Señor, el Espíritu Santo, el testimonio de los Apóstoles y la victoria de los mártires.
 La sangre, para los pueblos orientales, y especialmente para el pueblo hebreo, era la señal por excelencia de la vida; cuando nosotros compartimos la Sangre de Cristo, compartimos la vida del Señor. Por eso, al beber de la Sangre de Cristo, estamos también comulgando en el Espíritu de Jesucristo, es hermosa esa relación entre Sangre y Espíritu.
Cristo había estado forjando, esculpiendo a esos Apóstoles a base de sus palabras; les había predicado muchísimas veces, esa predicación no alcanzó su resultado final, sino con la Palabra interior del Espíritu Santo. Es decir, la Palabra, el testimonio de Cristo queda afuera, a menos que llegue el testimonio interior del Espíritu, que es el que interioriza la Palabra.
Sólo el Don del Espíritu logra abrir las últimas compuertas del corazón para que entre la Palabra; sólo el don del Espíritu permite que nosotros comprendamos las Escrituras.
Dice el Evangelio de Juan, cuando estos se quedan atónitos viendo al Resucitado: "Jesús exhala el Espíritu sobre ellos" San Juan 20,22, sopla sobre ellos, les da Espíritu.
Dice el Evangelista San Lucas: "Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras" San Lucas 24,45; hasta ese momento no habían comprendido que Cristo tenía que morir y resucitar.
De manera que sólo el Espíritu hace que la Palabra de Cristo entre a reinar en lo profundo del corazón; sólo el Espíritu de Jesucristo hace que la Palabra de Cristo se convierta en palabra nuestra, cuando tal cosa sucede, cuando la Palabra de Cristo es la Palabra nuestra, ese es el apóstol; sólo el Espíritu de Jesucristo hace apóstoles, porque sólo ese Espíritu hace que nuestras palabras sean Palabras de Cristo.
No es difícil tampoco encontrar la relación con el testimonio de los mártires. Mártir literalmente significa testigo; la muerte del mártir es como un sacramento de la muerte de Cristo; la muerte del mártir es como una actualización de la muerte de Jesucristo; en la muerte del mártir lo que sucede es que para la Iglesia, por ejemplo hoy, ocurre lo mismo que pasó en aquel momento allá en el Calvario.
La muerte del mártir es como una Eucaristía en la vida; la muerte del mártir es como una nueva efusión del Espíritu, y por eso bien decía San Cipriano: "La muerte de los mártires y la sangre de los mártires, es semilla de nuevos cristianos".
Demos gracias a Dios en la celebración de este Apóstol. ¿Cuál es el bien grande que nos han dado estos Apóstoles? Pues nos han comunicado la gracia del Espíritu Santo, nos han instruido en la Palabra de Salvación, nos han predicado el Evangelio.
Han sido precisamente las columnas de la Iglesia, y nosotros nos apoyamos en la fe de ellos; estamos soportados por la gracia del Espíritu, pero estamos soportados también por el testimonio de estos hombres; sin ellos no sabríamos de la resurrección del Señor.
Eso brilla especialmente en el caso de Tomás, porque su resistencia en creer, vencida finalmente por el amor de Dios se convierte en ocasión de que nuestras dificultades en creer sean también vencidas por el mismo amor. Bien predica aquel padre de la Iglesia que mas provechoso resulto para nuestra fe, la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles, porque esta incredulidad vencida, doblegada ayuda también a que se dobleguen nuestras vidas en la fe.
Bendito sea Dios en la fiesta de Tomás el apóstol, bendita sea su sangre, su espíritu, su palabra y su Iglesia.
Que esta palabra, este espíritu, esta Iglesia, lleguen hasta lo íntimo de nuestros corazones y allí reinen, y allí den sus frutos; quiera Dios también, por medio de Cristo, soplar fuerte, para que nuestro entendimiento se abra, para que comprendamos las Escrituras, para que busquemos y veamos lo bueno que es el Señor.

Meditemos ahora en cuál es la petición que pide Tomás, la petición que reclama, dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y si no meto la mano en la llaga de su costado, no lo creo” 
San Juan 20,25. ¿Qué está pidiendo Tomás? Aparentemente lo que dice el refrán: “Ver para creer”, claro, pero en el evangelio de Juan los dos verbos ver y creer no se oponen.
Nosotros estamos acostumbrados a oponer estos dos verbos, como quien dice, el que necesita ver es porque no cree, pero en el evangelio de Juan no es así, en el evangelio de Juan, ver es el comienzo de creer.
Si esto le parece extraño, le invito a que recuerde el episodio de la Resurrección, es decir, el sepulcro vacío. Cuando va Pedro y el discípulo amado al sepulcro vacío, llegó primero el discípulo y esperó a que entrara Pedro, entro Pedro y luego sí entró el discípulo, y ¿qué dice el evangelio? “Vio y creyó” San Juan 20,8.
Además, el evangelio de Juan es el evangelio de las señales, es el evangelio de los signos que Dios da. El último de los signos es precisamente la Cruz de Cristo. El evangelio de Juan tiene siete señales, la primera de las cuales es la transformación del agua en vino, allá en Caná de Galilea.
Y luego vienen otra serie de señales: la sanación del paralítico junto a la piscina de Betzata, y luego viene otra señal: la curación del ciego de nacimiento, y otra señal: la resurrección de Lázaro. En total son siete señales, esas señales se ven, se ve que el ciego ha sido curado, se ve que el paralítico pudo caminar, se ve que el que estaba muerto vive y de ese ver la señal llega la fe.
Ver la señal para ir mas allá de la señal, este es el itinerario del evangelio de Juan. Juan no opone ver y creer, aunque ciertamente lo que se cree es más que lo que se ve, porque lo que se ve es la señal y lo que se cree es aquello hacia donde apunta la señal.
Con esto en mente, volvamos a la petición que hace Tomás, lo que el pide es precisamente ver, él pide una señal dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos” San Juan 20,25, no sólo quiere ver, pero no sólo eso, quiere palpar, meter el dedo en el agujero de los clavos, meter la mano en el costado, quiere ver, quiere palpar.
Este es el camino de la fe en el evangelio de Juan, si le parece extraño, uno debe ir al comienzo de la Primera Carta de San Juan, que le ve más allá: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, porque la vida se manifestó, eso os lo anunciamos para que estéis en comunión con nosotros” 1 Juan 1,1-4
Tomas   Ver no se opone a creer, en la teología de San Juan, y lo que está pidiendo Tomás es ver y tocar, y lo que nos dice la Primera Carta de Juan es: “Nosotros vimos y palpamos y tocamos; y lo que vimos y palpamos, eso es lo que anunciamos” 1 Juan 1,1-4.
La petición de Tomás no es descabellada, Jesús había dado señales, siempre había dado señales, la primera de las señales, la transformación de agua en vino, y después de esas, señales cada vez más grandes, señales estupendas: curar a un ciego de nacimiento, devolver a un muerto en esta vida.
Tomás en el fondo era buen discípulo de su Maestro, como que dijera: “A mi Maestro no me lo cambian; yo sé cómo obra El; yo sé que Él da señales, y yo no veo señales aquí; yo quiero tener la señal mi Maestro; me enseña con señales; yo quiero la señal".
Démonos cuenta de cuál es el alcance de la señal que pide Santo Tomás, lo que el está pidiendo es: “Quiero verificar que es el mismo de la Cruz”.

viernes, 8 de marzo de 2019

Efesios


Nos dice el Apóstol San Pablo: “Estáis edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y Profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular.”
 Carta a los Efesios 2,20.
Que Cristo sea la piedra angular, es comprensible, porque en Él y sólo en Él encuentra verdadera firmeza la vida. La vida no encontrará su cimiento mientras esté parada sobre mentiras, sobre engaños, sobre ignorancias, sobre oscuridades; pero todo esto es vencido por Jesucristo y Él, con su divina luz, manifiesta la verdad de Dios y la verdad del hombre.
Y como nosotros somos criaturas, cuando aparece la verdad de nuestro Padre Creador, su infinito amor, su providencia, entonces nuestra vida encuentra cimiento.
El que vive en el pecado no puede encontrar cimiento porque aunque sea pecador, no deja de ser criatura y no deja de ser obra de Dios. Y por consiguiente, el que vive en pecado, cuando intenta, cuando procura entrar en sí mismo, lo único que halla es confusión y tinieblas.
Porque el fondo de su corazón, el fondo de su existencia sigue dependiendo de Dios, es que la dependencia de Dios nunca, nunca cesa, porque Dios nunca deja de ser el Señor.
Dios es el Señor de todos y a su voz, a su imperio todo obedece, también lo más tenebrosos de los infiernos. Dios no deja de ser el Señor, y por consiguiente, cuando una persona vive en pecado e intenta entrar en sí misma, lo que encuentra es que su cimiento va por otro lado.
Porque la raíz y el cimiento de todas las cosas sólo está en el designio creador de Dios, que, como dice San Pablo, “Todo lo creó por Cristo y para Cristo. Para la gloria de su Divino Hijo, para la gloria de Cristo y por Cristo, en razón de Cristo y a través de Cristo, han sido hechas todas las cosas. Colosenses 1,16
Mientras Cristo, pues, no es el dueño de nuestra voluntad, hay una espesa zona de tinieblas que se cierne sobre lo profundo del alma; y mientras tal cosa sucede es imposible que la vida adquiera firmeza, porque es como si los pies fueran por un lado, por un camino y la cabeza quisiera ir por otro camino.
Mal le va ir a ese caminante si los pies le caminan por un lado y la cabeza va por el otro; lo menos que le va a pasar es que pronto dará con sus huesos contra el piso.
Pues bien, sólo en Cristo encuentra firmeza nuestra vida. Esto parece, lo podemos comprender mejor ahora. Pero lo maravilloso de la afirmación de San Pablo no está en este hecho, es decir, además de estar en este fundamento que es Cristo, tiene otra cosa que ofrecernos.
“Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas” Carta a los Efesios 2,20 el mismo Cristo Jesús es la piedra angular, ya habíamos comentado.
Pero que estemos cimentados sobre los Apóstoles y los Profetas, está bien; en el fondo último está Cristo, pero que nosotros dependamos de hombres, pecadores como nosotros, decía San Agustín que una de las pruebas de la verdad de la Escritura, es que no quiso callar los pecados, las mediocridades, las debilidades de los Apóstoles