La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» ( Jn 4, 7), expresa la pasión de Dios por todo ser humano y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» ( v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El Espíritu que recibimos de su hijo, nos hace posible conocerlo y servirlo seegún la vardad, Dios necesita la nobleza de nuestro espíritu.Es preciso llegar al conocimiento espiritual de Dios.
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