sábado, 5 de marzo de 2011

Juan Pablo II

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Sus obras son de admirar porque son expresión de la profundidad y autenticidad de su relación con Dios, de su amor por Cristo y por todas las personas, comenzando por los pobres y los débiles, de su tierna relación filial con la Madre de Jesús.
Lo recordamos además en su profundo y extenso recogimiento en oración, en su deseo de celebrar y anunciar a Jesús redentor y salvador del hombre, de presentarlo y que sea amado por los jóvenes de todo el mundo, cuando se detenía con afecto ante los enfermos y sufrientes, al visitar los pueblos más necesitados de alimento y justicia, y por último, en su paciente y verdadera experiencia de sufrimiento personal, de enfermedad vivida en la fe, ante Dios y ante todos nosotros.
Su vida y su pontificado fueron recorridos con la pasión de presentar al mundo entero lo que él vivió, el mundo de nuestra dramática historia en el traspaso de los milenios, la consoladora y entusiasmante grandeza de la misericordia de Dios, y es esto lo que el mundo necesita.
justamente, el gozo de celebrar la beatificación solemne el día en que él mismo quiso que toda la Iglesia dirija su mirada y su oración a esta Divina Misericordia. «La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana». (Spe salvi, 38). El sufrimiento llama y puede suscitar amor. Muchísimo amor. Sin el sufrimiento no conoceríamos lo profundo del amor. Pidamos entenderlo y vivirlo, para crecer en humanidad.

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