El Documento de Aparecida, que se refiere a la sociedad de la comunicación, impulsa con valentía a una conversión pastoral que haga salir de los antiguos esquemas y estructuras para favorecer que las personas se encuentren verdaderamente con el Resucitado. La Misión continental anima a construir comunidades vivas y palpitantes. Pero esa Misión, sencillamente, no puede realizarse sin comunicación: es comunicación. Me refiero NO a los medios, sino a la comunicación en sí, ese proceso humano por el que se comparte el propio ser, palabras, esperanzas, contenidos, de tal forma que crece la unidad entre las personas. El esfuerzo por realizar una Nueva Evangelización orientará a toda la Iglesia en los próximos años, en particular donde muchas comunidades viven y se mueven en el contexto de lo que llamamos cultura digital. Por eso pedimos la luz del Espíritu Santo, para profundizar en la teología de la comunicación y estudiar la multicultural sociedad latinoamericana para realizar mejor la perenne misión que Cristo encomendó a los apóstoles y a la Iglesia entera.
Toda ella, conducida por el Papa, ha tomado conciencia de que ha nacido un nuevo continente. Un continente en el cual habitan muchísimas de las personas que encontramos por la calle, aunque sus fronteras no se noten a simple vista. Un signo de él podemos percibirlo en los más jóvenes, tantos de ellos centrados en sus teléfonos móviles y sus iPods. Si entramos en una casa y saludamos a toda la familia, quizá la mitad de ella tenga parte de su mente y de su corazón en lo que llamamos “ciberespacio”, por lo que están presentes y a la vez ausentes.
La sociedad digital está habitada por muchos seres humanos que ¿Cómo van a sentirse interpelados por el Amor de Dios si nadie se les hace cercano en nombre de Cristo, en el ciberespacio?
Ciertamente la presencia física, el encuentro cara a cara, es y será esencial para la experiencia cristiana auténtica, pero ya no podemos limitarnos a ella. Hemos de alcanzar también ese otro espacio cultural que no está separado, sino cada vez más íntimamente unido con lo que hasta ahora hemos llamado “vida real”. Hoy sabemos que los dos ambientes son reales, en ambos habitan personas con nombres, apellidos, historia. Son dos formas de la misma y única realidad, cada vez más compleja y entrelazada. Pero lo virtual tiene, como todos, sus particularidades, su lenguaje y sus modos de relación. Este aspecto de los lenguajes, que está transformando el mundo de la empresa, del comercio, de la educación. También el conjunto de la Iglesia cuenta ya con jóvenes creyentes que viven y expresan la riqueza de la fe en las categorías de la cultura digital, facilitando así un diálogo abierto y valiente con sus coetáneos, habituados a la interactividad y la producción de contenidos, más que a la pasiva recepción de mensajes unidireccionales. Se cumple así el deseo del Papa Benedicto XVI: “Para nosotros, cristianos, la Verdad es divina; es el “Logos” eterno, que tomó expresión humana en Jesucristo, que pudo afirmar con objetividad: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). La convivencia de la Iglesia, con su firme adhesión al carácter perenne de la verdad, con el respeto por otras “verdades”, o con la verdad de otros, es algo que la misma Iglesia está aprendiendo. En este respeto dialogante se pueden abrir puertas nuevas para la transmisión de la verdad.” (Discurso al mundo de la cultura, Lisboa, 12 de mayo 2010).
Comprendamos a los habitantes de ese continente digital para mejor servirlos. Conocer mejor sus particulares formas de expresión, sus dinamismos, sus formas de crear comunidad. Nos ayudará a apreciar los valores que ya viven, a veces ejemplarmente. Y también detectar los muchos riesgos que aquí, como en todo fenómeno humano, aparecen y deben ser evitados. Aspiramos, además, a lograr la inclusión de comunidades y personas aún privadas de acceso a la mesa común del diálogo y la cultura. Una mayor justicia será un signo fuerte de vida cristiana en la sociedad digital. Necesitamos el esfuerzo de construir redes inteligentes, sin exclusiones y llenas del Amor del Espíritu Santo, redes de comunión, capaces de hacer un discernimiento para “quedarse con lo bueno” (1Tes 5, 21) y crear nuevo conocimiento, en todo el amplio sentido de la palabra.
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