Cuanto más se acerca el rey, hay que prepararse más. Cuanto más
cercano es el momento en que se le concederá el premio al combatiente, hay
que combatir mejor. Hagamos como en las carreras: cuando llega el
final de la carrera, cuando se acerca el fin, estimulemos con más ardor a
los caballos. Por eso dijo San Pablo: " Ahora la salvación está más cerca
de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día ya
se acerca" (Rm 13,11-12). Ya que la noche se acaba y el día aparece,
hagamos las obras del día; dejemos las obras de las tinieblas. Así como
hacemos en esta vida: cuando vemos que la noche deja paso a la aurora y que
empieza el canto la golondrina, nos despertamos los unos a otros, aunque
todavía sea de noche... apresurándonos en las tareas del día; nos vestimos
dejando atrás el sueño, para que el sol nos encuentre preparados. Lo que
hicimos entonces, hagamoslo ahora: sacudamos la modorra, arranquemos los
sueños de la vida presente, salgamos de nuestro sueño profundo y
revistámonos con el traje de la virtud. Esto es lo que el apóstol nos dice
claramente: " Rechacemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las
armas de la luz" (v. 12). Ya que el día nos llama a la batalla, en el
combate. ¡No os alarméis al oír estas palabras de combate y lucha!
Si revestirse de una armadura pesada es doloroso, en cambio es deseable
revestirse de una armadura espiritual, porque es una armadura de luz. Así
brillarás con un resplandor mayor que el del sol, y brillando con un
intenso resplandor, estarás segura, porque estas son las armas..., las
armas de la luz. Entonces, ¿estamos dispensados de luchar? ¡No! Hay que
combatir, pero sin llegar al cansancio y sin pesadumbre. Ya que esto es
menos que una guerra, a la que se nos invita, como una fiesta y una
celebración.
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