El Papa exhorta a escuchar voz de Dios y no endurecer el corazón.- El Papa Benedicto XVI alentó a escuchar la voz de Dios y no endurecer el corazón.
El Santo Padre invita a "todos a escuchar la voz de Dios y a no endurecer el corazón. Busquemos tiempo para meditar cuanto el Señor nos propone en la divina Palabra y respondamos a ella con una oración sincera, constante y humilde". De ahí, "sacaremos fuerzas para afrontar las dificultades de la vida y servir con sencillez a los que nos rodean, sobre todo a quienes pasan por pruebas diversas".
El Papa se refirió al pasaje del Evangelio de San Marcos, en el que un hombre "poseído por un espíritu inmundo" reconoce en Cristo al "Santo de Dios" y Mesías que lo libera de la posesión, afirmó que "la palabra que Jesús dirige a los hombres abre inmediatamente el acceso a la voluntad del Padre y a la verdad de sí mismos". "No así, en cambio, sucedía a los escribas, que tenían que esforzarse en interpretar las Sagradas escrituras con numerosas reflexiones. Además, a la eficacia de la palabra, Jesús unía aquella de los signos de la liberación del mal".
San Atanasio, "observa que 'ordenar a los demonios y expulsarlos nos es una obra humana sino divina', de hecho, el Señor 'alejaba de los hombres toda clase de enfermedades. ¿Quién, viendo su poder… habría aún dudado que Él sea el Hijo, la Sabiduría y la Potencia de Dios?'". La autoridad divina, explicó, "no es una fuerza de la naturaleza. Es el poder del amor de Dios que crea el universo y encarnándose en el Hijo Unigénito, bajando en nuestra humanidad, sana al mundo corrompido por el pecado".
"A menudo para el hombre la autoridad significa afán de posesión, poder, dominio, suceso. Para Dios, en cambio, la autoridad significa servicio, humildad, amor; significa entrar en la lógica de Jesús que se inclina para lavar los pies a los discípulos, que busca el verdadero bien del hombre, que mira las heridas, que es capaz de un amor tan grande de dar la vida, porque es el Amor".
"Invoquemos con fe a María Santísima, para que guíe nuestros corazones para tomar siempre de la misericordia divina, que libera y sana nuestra humanidad, colmándola de toda gracia y bien, con la potencia del amor"
viernes, 24 de febrero de 2012
Provechoso
Entrégate, alma mía, al arrepentimiento; únete a Cristo por el
pensamiento; grita gimiendo: "Concédeme el perdón de mis malas acciones,
con el fin de que reciba de ti, que sólo eres bueno (Mc 10,18), la
absolución y la vida eterna "... Moisés y Elías, estas torres de fuego,
eran grandes en sus obras... Son los primeros entre los profetas, hablaban
libremente a Dios, les gustaba acercársele para rogarle y dialogar con él
cara a cara (Ex 34,5 1R 19,13) - cosa asombrosa e increíble. Sin embargo,
procuraban recurrir al ayuno, que los llevaba a Dios (Ex 34,28; 1R 19,8).
El ayuno, con las obras, proporciona pues la vida eterna. Por el
ayuno, los demonios son rechazados como por una espada, porque no soportan
las alegrías; lo que les gusta, es el jugador y el borracho. Pero si miran
de cara el ayuno, no lo pueden ver; huyen muy lejos, como nos enseña
Cristo, nuestro Dios, diciendo: "Por el ayuno y la oración caen los
demonios" ( Mc 9,29). Por eso nos enseña que el ayuno les da a los
hombres la vida eterna... El ayuno conduce a los que lo practican, a
la casa paternal de donde Adán fue expulsado... Es Dios mismo, el amigo de
los hombres (Sb 1,6), quien primero había confiado al ayuno, al hombre al
que había creado, como a una madre cariñosa, como a un maestro. De un solo
árbol le prohibió comer (Gn 2,17). Y si el hombre hubiera observado este
ayuno, habría vivido con los ángeles. Pero lo rechazó y encontró penas y
muerte, la aspereza de las espinas y de las zarzas, y la angustia de una
vida dolorosa (Gn 3,17s). ¡Entonces, si en el Paraíso el ayuno se revela provechoso,
cuánto más lo es aquí para proporcionarnos la vida eterna!
pensamiento; grita gimiendo: "Concédeme el perdón de mis malas acciones,
con el fin de que reciba de ti, que sólo eres bueno (Mc 10,18), la
absolución y la vida eterna "... Moisés y Elías, estas torres de fuego,
eran grandes en sus obras... Son los primeros entre los profetas, hablaban
libremente a Dios, les gustaba acercársele para rogarle y dialogar con él
cara a cara (Ex 34,5 1R 19,13) - cosa asombrosa e increíble. Sin embargo,
procuraban recurrir al ayuno, que los llevaba a Dios (Ex 34,28; 1R 19,8).
El ayuno, con las obras, proporciona pues la vida eterna. Por el
ayuno, los demonios son rechazados como por una espada, porque no soportan
las alegrías; lo que les gusta, es el jugador y el borracho. Pero si miran
de cara el ayuno, no lo pueden ver; huyen muy lejos, como nos enseña
Cristo, nuestro Dios, diciendo: "Por el ayuno y la oración caen los
demonios" ( Mc 9,29). Por eso nos enseña que el ayuno les da a los
hombres la vida eterna... El ayuno conduce a los que lo practican, a
la casa paternal de donde Adán fue expulsado... Es Dios mismo, el amigo de
los hombres (Sb 1,6), quien primero había confiado al ayuno, al hombre al
que había creado, como a una madre cariñosa, como a un maestro. De un solo
árbol le prohibió comer (Gn 2,17). Y si el hombre hubiera observado este
ayuno, habría vivido con los ángeles. Pero lo rechazó y encontró penas y
muerte, la aspereza de las espinas y de las zarzas, y la angustia de una
vida dolorosa (Gn 3,17s). ¡Entonces, si en el Paraíso el ayuno se revela provechoso,
cuánto más lo es aquí para proporcionarnos la vida eterna!
sábado, 18 de febrero de 2012
Deus Caritas
En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás.
El eros ebrio e indisciplinado no es elevación, «éxtasis» hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser.
Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni « envenenarlo », sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
Ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza.
El amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca.
A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano.
Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar… en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. Amor a Dios y amor al prójimo
El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante elprójimo nos convierte también en ciegos ante Dios
El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento.
Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un « mandamiento » externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros.
El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano… el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres.
La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado « casualmente » (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: « Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe » (6, 10).
El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones, dijo una vez Agustín: «Remota itaque iustitia quid sunt regna nisi magna latrocinia?». Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales. El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca.
La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética.
La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar.
El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa… Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo.
Aunque las manifestaciones de la caridad eclesial nunca pueden confundirse con la actividad del Estado, sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como « caridad social ».
Nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor.
el hecho de que ahora se conozcan de manera mucho más inmediata las necesidades de los hombres es también una llamada sobre todo a compartir situaciones y dificultades. Vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos en el campo de la ciencia y de la técnica. Así pues, el momento actual requiere una nueva disponibilidad para socorrer al prójimo necesitado… se puede contar con innumerables medios para prestar ayuda humanitaria a los hermanos y hermanas necesitados, como son los modernos sistemas para la distribución de comida y ropa, así como también para ofrecer alojamiento y acogida.
Un fenómeno importante de nuestro tiempo es el nacimiento y difusión de muchas formas de voluntariado que se hacen cargo de múltiples servicios. A este propósito, quisiera dirigir una palabra especial de aprecio y gratitud a todos los que participan de diversos modos en estas actividades. Esta labor tan difundida es una escuela de vida para los jóvenes, que educa a la solidaridad y a estar disponibles para dar no sólo algo, sino a sí mismos.
Los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad.
Por lo que se refiere a los colaboradores que desempeñan en la práctica el servicio de la caridad en la Iglesia, ya se ha dicho lo esencial: no han de inspirarse en los esquemas que pretenden mejorar el mundo siguiendo una ideología, sino dejarse guiar por la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5, 6). Han de ser, pues, personas movidas ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo. Fe, esperanza y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácticamente con la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se fía de Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras. La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica.
La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz.
La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.
Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal.
En efecto, la verdad es «lógos» que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas.
La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta verdad.
«Caritas in veritate» es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el bien común.
Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad», intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima».
Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz.
La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada.
Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social».
El problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad a largo plazo… implicando a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo.
La situación de pobreza no sólo provoca todavía en muchas zonas un alto índice de mortalidad infantil, sino que en varias partes del mundo persisten prácticas de control demográfico por parte de los gobiernos, que con frecuencia difunden la contracepción y llegan incluso a imponer también el aborto. En los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural.
La violencia frena el desarrollo auténtico e impide la evolución de los pueblos hacia un mayor bienestar socioeconómico y espiritual. Esto ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración fundamentalista, que causa dolor, devastación y muerte, bloquea el diálogo entre las naciones y desvía grandes recursos de su empleo pacífico .
El eros ebrio e indisciplinado no es elevación, «éxtasis» hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser.
Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni « envenenarlo », sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
Ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza.
El amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca.
A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano.
Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar… en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. Amor a Dios y amor al prójimo
El amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante elprójimo nos convierte también en ciegos ante Dios
El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento.
Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un « mandamiento » externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros.
El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano… el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres.
La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado « casualmente » (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: « Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe » (6, 10).
El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones, dijo una vez Agustín: «Remota itaque iustitia quid sunt regna nisi magna latrocinia?». Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales. El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca.
La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida intrínseca de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética.
La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar.
El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa… Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo.
Aunque las manifestaciones de la caridad eclesial nunca pueden confundirse con la actividad del Estado, sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como « caridad social ».
Nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor.
el hecho de que ahora se conozcan de manera mucho más inmediata las necesidades de los hombres es también una llamada sobre todo a compartir situaciones y dificultades. Vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos en el campo de la ciencia y de la técnica. Así pues, el momento actual requiere una nueva disponibilidad para socorrer al prójimo necesitado… se puede contar con innumerables medios para prestar ayuda humanitaria a los hermanos y hermanas necesitados, como son los modernos sistemas para la distribución de comida y ropa, así como también para ofrecer alojamiento y acogida.
Un fenómeno importante de nuestro tiempo es el nacimiento y difusión de muchas formas de voluntariado que se hacen cargo de múltiples servicios. A este propósito, quisiera dirigir una palabra especial de aprecio y gratitud a todos los que participan de diversos modos en estas actividades. Esta labor tan difundida es una escuela de vida para los jóvenes, que educa a la solidaridad y a estar disponibles para dar no sólo algo, sino a sí mismos.
Los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad.
Por lo que se refiere a los colaboradores que desempeñan en la práctica el servicio de la caridad en la Iglesia, ya se ha dicho lo esencial: no han de inspirarse en los esquemas que pretenden mejorar el mundo siguiendo una ideología, sino dejarse guiar por la fe que actúa por el amor (cf. Ga 5, 6). Han de ser, pues, personas movidas ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo. Fe, esperanza y caridad están unidas. La esperanza se relaciona prácticamente con la virtud de la paciencia, que no desfallece ni siquiera ante el fracaso aparente, y con la humildad, que reconoce el misterio de Dios y se fía de Él incluso en la oscuridad. La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras. La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica porque hemos sido creados a imagen de Dios. Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica.
La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz.
La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza.
Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal.
En efecto, la verdad es «lógos» que crea «diá-logos» y, por tanto, comunicación y comunión. La verdad, rescatando a los hombres de las opiniones y de las sensaciones subjetivas, les permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas y apreciar el valor y la sustancia de las cosas.
La doctrina social de la Iglesia responde a esta dinámica de caridad recibida y ofrecida. Es «caritas in veritate in re sociali», anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es servicio de la caridad, pero en la verdad. La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos. El desarrollo, el bienestar social, una solución adecuada de los graves problemas socioeconómicos que afligen a la humanidad, necesitan esta verdad. Y necesitan aún más que se estime y dé testimonio de esta verdad.
«Caritas in veritate» es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral. Deseo volver a recordar particularmente dos de ellos, requeridos de manera especial por el compromiso para el desarrollo en una sociedad en vías de globalización: la justicia y el bien común.
Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos. No basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es «inseparable de la caridad», intrínseca a ella. La justicia es la primera vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su «medida mínima».
Hay que tener también en gran consideración el bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz.
La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada más que resignada.
Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social».
El problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad a largo plazo… implicando a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo.
La situación de pobreza no sólo provoca todavía en muchas zonas un alto índice de mortalidad infantil, sino que en varias partes del mundo persisten prácticas de control demográfico por parte de los gobiernos, que con frecuencia difunden la contracepción y llegan incluso a imponer también el aborto. En los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural.
La violencia frena el desarrollo auténtico e impide la evolución de los pueblos hacia un mayor bienestar socioeconómico y espiritual. Esto ocurre especialmente con el terrorismo de inspiración fundamentalista, que causa dolor, devastación y muerte, bloquea el diálogo entre las naciones y desvía grandes recursos de su empleo pacífico .
Resplandeciste
«Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). La Sagrada Escritura narra la historia de este vínculo originario entre Dios y la humanidad, que precede a la misma creación. San Pablo, escribiendo a los cristianos de la ciudad de Éfeso, eleva un himno de gratitud y alabanza al Padre, el cual con infinita benevolencia dispone a lo largo de los siglos la realización de su plan universal de salvación, que es un designio de amor. En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol- «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4). Somos amados por Dios incluso "antes" de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, Él nos "creó de la nada" para llevarnos a la plena comunión con Él.
Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el salmista exclama: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno ( Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. En una célebre página de las Confesiones, San Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti» . Con estas imágenes, el santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.
Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo» En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el "primer paso" y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5).
Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el salmista exclama: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno ( Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. En una célebre página de las Confesiones, San Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti» . Con estas imágenes, el santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.
Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo» En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el "primer paso" y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5).
Circunstancia
Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural han cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con razón de una nueva época de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han abierto para perfeccionar la cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido preparados por el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas, incluidas las sociales; por el desarrollo de la técnica, y también por los avances en el uso y recta organización de los medios que ponen al hombre en comunicación con los demás.
De aquí provienen ciertas notas características de la cultura actual: Las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico; los más recientes estudios de la psicología explican con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así poco a poco se va gestando una forma más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las diversas culturas. (Gaudium et Spes)
De aquí provienen ciertas notas características de la cultura actual: Las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico; los más recientes estudios de la psicología explican con mayor profundidad la actividad humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo el aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así poco a poco se va gestando una forma más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las diversas culturas. (Gaudium et Spes)
viernes, 17 de febrero de 2012
lunes, 13 de febrero de 2012
Camino de evangelización
El proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.
El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio,brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil.
El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio,brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil.
Revelado
El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades
reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra
razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y
que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para que el homenaje
de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios
interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores
de su revelación» . Los milagros de Cristo y de los santos
( Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la
Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos certísimos de la
Revelación divina, adaptados a la inteligencia de todos», motivos de
credibilidad que muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo
alguno un movimiento ciego del espíritu». La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento
humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir.
Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la
experiencia humanas, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la
que da la luz de la razón natural» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2,
q.171, a. 5, 3). «Diez mil dificultades no hacen una sola duda» (J. H.
Newman, Apologia pro vita sua, c. 5). «La fe trata de comprender»
(San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es
inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha
puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado... Fe y
ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede
haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los
misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón,
Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo
verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación
metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente
científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición
con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su
origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo
constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin
saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las
cosas, hace que sean lo que son» (GS 36,2).
reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra
razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y
que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para que el homenaje
de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios
interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores
de su revelación» . Los milagros de Cristo y de los santos
( Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la
Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos certísimos de la
Revelación divina, adaptados a la inteligencia de todos», motivos de
credibilidad que muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo
alguno un movimiento ciego del espíritu». La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento
humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir.
Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la
experiencia humanas, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la
que da la luz de la razón natural» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2,
q.171, a. 5, 3). «Diez mil dificultades no hacen una sola duda» (J. H.
Newman, Apologia pro vita sua, c. 5). «La fe trata de comprender»
(San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es
inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha
puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado... Fe y
ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede
haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los
misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón,
Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo
verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación
metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente
científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición
con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su
origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo
constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin
saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las
cosas, hace que sean lo que son» (GS 36,2).
miércoles, 8 de febrero de 2012
¿Por qué postrarse ?
Debido a que la bendición divina se produce especialmente con «la presencia de Dios en el templo» ante su presencia, el primer y fundamental gesto es la adoración. Jesús lo ha purificado sustituyéndolo con su cuerpo en el que habita corporalmente su divinidad: así, la presencia divina es ahora la del Cuerpo de Cristo y, en modo máximo coincide con el Santísimo Sacramento. Tengamos en cuenta que hasta ahora el Papa Josep Ratzinger ha hablado de las cosas reveladas por el mismo Señor en la Sagrada Escritura. En Introducción al espíritu de la liturgia; Si el cuerpo de Cristo está formado por el edificio espiritual de sus miembros, se debe saber que donde la Iglesia se reúne para los Misterios, nace un "espacio santo".
Se puede entender lo que el Catecismo dice claramente: «En la liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la creación y de la salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.». Así, de ahí sale ulteriormente definida la doble dimensión de la liturgia de la Iglesia: por un lado es bendición del Padre con la adoración, la alabanza y la acción de gracias; y por el otro, es ofrecimiento al Padre de uno mismo y de sus dones y la imploración del Espíritu a fin de que redunde en todo el mundo. Pero todo pasa por la mediación sacerdotal, es decir de la ofrenda y «por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo Sacerdote y por el poder del Espíritu» (CIC, 1083).
Se puede entender lo que el Catecismo dice claramente: «En la liturgia de la Iglesia, la bendición divina es plenamente revelada y comunicada: el Padre es reconocido y adorado como la fuente y el fin de todas las bendiciones de la creación y de la salvación; en su Verbo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros, nos colma de sus bendiciones y por él derrama en nuestros corazones el don que contiene todos los dones: el Espíritu Santo.». Así, de ahí sale ulteriormente definida la doble dimensión de la liturgia de la Iglesia: por un lado es bendición del Padre con la adoración, la alabanza y la acción de gracias; y por el otro, es ofrecimiento al Padre de uno mismo y de sus dones y la imploración del Espíritu a fin de que redunde en todo el mundo. Pero todo pasa por la mediación sacerdotal, es decir de la ofrenda y «por la comunión en la muerte y en la resurrección de Cristo Sacerdote y por el poder del Espíritu» (CIC, 1083).
Verán
"Bienaventurados los límpios de corazón, ellos verán a Dios" (Mt
5,8). Creemos fácilmente que un corazón purificado nos hará conocer la
felicidad suprema. Pero esta purificación del corazón parece tan ilusoria
como la subida al cielo. ¿Qué escala de Jacob (Gn 28,12), qué carro de
fuego semejante al que se llevó al profeta Elías al cielo (2R 2,11)
encontraremos para llevar nuestro corazón hacia la bienaventuranza celeste
y liberarlo de todo su peso terrestre?.. No alcanzamos sin
dificultad la virtud: ¡Qué de sudores y de pruebas! ¡Qué de esfuerzos y de
sufrimientos! La Escritura a menudo nos lo recuerda: "estrecha y angosta"
es la puerta del Reino, mientras que el pecado nos lleva a la perdición por
un camino ancho e inclinado (Mt 7,13-14). Y sin embargo la misma Escritura
nos asegura que se puede llegar a esta existencia superior... ¿Cómo llegar
a ser puro? El sermón de la montaña nos lo enseña por todas partes. Leed
los mandamientos unos tras otros, y descubriréis el verdadero arte de la
purificación del corazón... Al mismo tiempo que Cristo nos promete
la bienaventuranza, nos instruye y nos forma a la consecución de esta
promesa. Sin duda no alcanzamos sin dificultad la bienaventuranza. Pero
compara estas penas con la existencia de la vida de la que te alejan, y
verás cómo el pecado es más penoso, si no inmediatamente, por lo menos en
la vida futura... La existencia de un justo, al contrario, queda marcada con la efigie de Dios... Sabemos qué consecuencias
tiene por otro lado, una vida de pecado, y de injusticia, y ante las alternativa tenemos la libertad de escoger , revistamonos de la imagen divina, purifiquemos nuestro corazón, la imagen divina brillará en nosotros ,gracias a nuestra pureza en Cristo Jesús nuestro Señor.
5,8). Creemos fácilmente que un corazón purificado nos hará conocer la
felicidad suprema. Pero esta purificación del corazón parece tan ilusoria
como la subida al cielo. ¿Qué escala de Jacob (Gn 28,12), qué carro de
fuego semejante al que se llevó al profeta Elías al cielo (2R 2,11)
encontraremos para llevar nuestro corazón hacia la bienaventuranza celeste
y liberarlo de todo su peso terrestre?.. No alcanzamos sin
dificultad la virtud: ¡Qué de sudores y de pruebas! ¡Qué de esfuerzos y de
sufrimientos! La Escritura a menudo nos lo recuerda: "estrecha y angosta"
es la puerta del Reino, mientras que el pecado nos lleva a la perdición por
un camino ancho e inclinado (Mt 7,13-14). Y sin embargo la misma Escritura
nos asegura que se puede llegar a esta existencia superior... ¿Cómo llegar
a ser puro? El sermón de la montaña nos lo enseña por todas partes. Leed
los mandamientos unos tras otros, y descubriréis el verdadero arte de la
purificación del corazón... Al mismo tiempo que Cristo nos promete
la bienaventuranza, nos instruye y nos forma a la consecución de esta
promesa. Sin duda no alcanzamos sin dificultad la bienaventuranza. Pero
compara estas penas con la existencia de la vida de la que te alejan, y
verás cómo el pecado es más penoso, si no inmediatamente, por lo menos en
la vida futura... La existencia de un justo, al contrario, queda marcada con la efigie de Dios... Sabemos qué consecuencias
tiene por otro lado, una vida de pecado, y de injusticia, y ante las alternativa tenemos la libertad de escoger , revistamonos de la imagen divina, purifiquemos nuestro corazón, la imagen divina brillará en nosotros ,gracias a nuestra pureza en Cristo Jesús nuestro Señor.
domingo, 5 de febrero de 2012
Experimentar
A pesar de que la enfermedad forme parte de la existencia humana, nunca conseguimos habituarnos a ella, no sólo porque a veces llegue a ser pesada y grave, sino esencialmente porque estamos hechos para la vida, para la vida completa. Justamente nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, es más, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen resultar vanas, surgen en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? Es precisamente a esta pregunta a la que encontramos respuesta en el Evangelio. “Jesús curó a muchos que estaban afectados por varias enfermedades y expulsó muchos demonios” (Mc 2,34); proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23). Jesús no deja dudas: Dios del que Él mismo ha revelado su rostro es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: demuestra así que el Reino de Dios está cerca restituyendo a los hombres y las mujeres a su plena integridad de espíritu y de cuerpo. Estas curaciones son signos: guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de la verdad y del amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería verdadera vida. El Reino de Dios es precisamente la presencia de verdad y de amor, y así es curación en lo profundo de nuestro ser.
Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los Sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las tantas actividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridad fraterna mostrando así el rostro de Dios, Su amor. Es verdad: ¡cuántos cristianos sacerdotes, religiosos y laicos han prestado y siguen prestando en todas partes del mundo sus manos, sus ojos y sus corazones a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que no pueden de ninguna forma proveer a sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados de otros; que cada uno de ellos pueda experimentar, en la solicitud de quienes están cerca, el poder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que nos salva. María, salud de los enfermos, ruega por nosotros.
Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los Sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las tantas actividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridad fraterna mostrando así el rostro de Dios, Su amor. Es verdad: ¡cuántos cristianos sacerdotes, religiosos y laicos han prestado y siguen prestando en todas partes del mundo sus manos, sus ojos y sus corazones a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que no pueden de ninguna forma proveer a sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados de otros; que cada uno de ellos pueda experimentar, en la solicitud de quienes están cerca, el poder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que nos salva. María, salud de los enfermos, ruega por nosotros.
jueves, 2 de febrero de 2012
Iluminar
El Padre de la luz ( Jc 1,17) invita a los hijos de la luz (Lc
16,18) a celebrar esta fiesta de luz: " Acercaos y sed inundados de
claridad ", dice el salmo (33,6). De hecho, " el que habita una luz
inaccesible " (1Tm 6,16) se dignó hacerse accesible; él descendió en la
desnudez de la carne para que lo débil y lo pequeño puedan subir hasta él.
¡Qué descenso de misericordia! "Inclinó los cielos ", es decir las cumbres
de la divinidad, " y descendió " haciéndose presente en la carne, " y una
nube oscura estaba bajo sus pies " (Sal. 17,10)... ¡Oscuridad
necesaria para devolvernos la luz! La luz verdadera se escondió bajo la
nube de la carne, ( Ex 13,21) nube oscura por su semejanza con "nuestra
condición humana de pecadores" (Rm 8,3)... Ya que la verdadera Luz hizo de
la carne su escondite, ¡Que los mortales nos acerquemos hoy al Verbo hecho
carne para dejar atrás las obras de la carne y aprender a pasar, poco a
poco, a las obras del Espíritu! Que nos acerquemos pues, hoy, ya que un
nuevo sol brilla en el firmamento. Hasta este momento encerrado en el
pueblo de Belén, en la estrechez de un pesebre y conocido por un pequeño
número de personas, hoy viene a Jerusalén, al templo del Señor. Está
presente ante varias personas. Hasta ahora, tú Belén, te alegrabas, tú
sola, de la luz que nos ha sido dada a todos. Orgullosa de tal privilegio
de novedad inaudita, podías compararte con el mismo Oriente .
16,18) a celebrar esta fiesta de luz: " Acercaos y sed inundados de
claridad ", dice el salmo (33,6). De hecho, " el que habita una luz
inaccesible " (1Tm 6,16) se dignó hacerse accesible; él descendió en la
desnudez de la carne para que lo débil y lo pequeño puedan subir hasta él.
¡Qué descenso de misericordia! "Inclinó los cielos ", es decir las cumbres
de la divinidad, " y descendió " haciéndose presente en la carne, " y una
nube oscura estaba bajo sus pies " (Sal. 17,10)... ¡Oscuridad
necesaria para devolvernos la luz! La luz verdadera se escondió bajo la
nube de la carne, ( Ex 13,21) nube oscura por su semejanza con "nuestra
condición humana de pecadores" (Rm 8,3)... Ya que la verdadera Luz hizo de
la carne su escondite, ¡Que los mortales nos acerquemos hoy al Verbo hecho
carne para dejar atrás las obras de la carne y aprender a pasar, poco a
poco, a las obras del Espíritu! Que nos acerquemos pues, hoy, ya que un
nuevo sol brilla en el firmamento. Hasta este momento encerrado en el
pueblo de Belén, en la estrechez de un pesebre y conocido por un pequeño
número de personas, hoy viene a Jerusalén, al templo del Señor. Está
presente ante varias personas. Hasta ahora, tú Belén, te alegrabas, tú
sola, de la luz que nos ha sido dada a todos. Orgullosa de tal privilegio
de novedad inaudita, podías compararte con el mismo Oriente .
miércoles, 1 de febrero de 2012
«De vosotros depende el futuro, de vosotros depende el Anal de este
milenio y el comienzo del nuevo. No permanezcáis pues pasivos; asumid
vuestras responsabilidades en todos los campos abiertos a vosotros en
nuestro mundo». Ahora, en este estadio, lugar de
competiciones, pero también de dolor y sufrimiento en épocas pasadas,
quiero volver a repetir a los jóvenes chilenos: ¡Asumid vuestras
responsabilidades! Estad dispuestos, animados por la fe en el Señor, a dar
razón de vuestra esperanza. ( 1P 3, 25) ¿Cuál es el motivo de
vuestra confianza? Vuestra fe, el reconocimiento y la aceptación del
inmenso amor que Dios continuamente manifiesta a los hombres:Jesucristo,
«el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Hb 13, 8), continúa mostrando por
los jóvenes el mismo amor que describe el Evangelio cuando se encuentra con
un joven o una joven. Así podemos contemplarlo en la lectura bíblica que
hemos escuchado: la resurrección de la hija de Jairo, la cual puntualiza
San Marcos «tenía doce años» (Mc 5, 42) Jairo, quien con franqueza expone
al Maestro su pena, la enfermedad de su hija, y con insistencia le suplica
su corazón: "Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella,
para que se cure y viva» (Mc 5, 23). «Jesús se fue con él» (Mc 5, 24). El
corazón de Cristo, que se conmueve ante el dolor humano de ese hombre y de
su joven hija, no permanece indiferente ante nuestros sufrimientos. Cristo
nos escucha siempre, pero nos pide que acudamos a El con fe... Todos los
gestos y palabras del Señor expresan este amor. Quisiera detenerme
particularmente en esas palabras textuales recogidas de labios de Jesús:
"La niña no está muerta está dormida".estas palabras reveladoras nos llevan a pensar en la misteriosa vida del mundo , cuando se siente el látido fuerte de los corazones al sentir un Dios cercano que sale a nuestro encuentro.
milenio y el comienzo del nuevo. No permanezcáis pues pasivos; asumid
vuestras responsabilidades en todos los campos abiertos a vosotros en
nuestro mundo». Ahora, en este estadio, lugar de
competiciones, pero también de dolor y sufrimiento en épocas pasadas,
quiero volver a repetir a los jóvenes chilenos: ¡Asumid vuestras
responsabilidades! Estad dispuestos, animados por la fe en el Señor, a dar
razón de vuestra esperanza. ( 1P 3, 25) ¿Cuál es el motivo de
vuestra confianza? Vuestra fe, el reconocimiento y la aceptación del
inmenso amor que Dios continuamente manifiesta a los hombres:Jesucristo,
«el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Hb 13, 8), continúa mostrando por
los jóvenes el mismo amor que describe el Evangelio cuando se encuentra con
un joven o una joven. Así podemos contemplarlo en la lectura bíblica que
hemos escuchado: la resurrección de la hija de Jairo, la cual puntualiza
San Marcos «tenía doce años» (Mc 5, 42) Jairo, quien con franqueza expone
al Maestro su pena, la enfermedad de su hija, y con insistencia le suplica
su corazón: "Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella,
para que se cure y viva» (Mc 5, 23). «Jesús se fue con él» (Mc 5, 24). El
corazón de Cristo, que se conmueve ante el dolor humano de ese hombre y de
su joven hija, no permanece indiferente ante nuestros sufrimientos. Cristo
nos escucha siempre, pero nos pide que acudamos a El con fe... Todos los
gestos y palabras del Señor expresan este amor. Quisiera detenerme
particularmente en esas palabras textuales recogidas de labios de Jesús:
"La niña no está muerta está dormida".estas palabras reveladoras nos llevan a pensar en la misteriosa vida del mundo , cuando se siente el látido fuerte de los corazones al sentir un Dios cercano que sale a nuestro encuentro.
G
Los tres grandes amores de Don Bosco son: Jesús Sacramentado, María Auxiliadora y el Sumo Pontífice, quienes fueron protagonistas en uno de sus más famosos sueños proféticos:
Vio que una gran barca (la Iglesia) navegaba en un mar tempestuoso piloteada por el Romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas (los cristianos). De pronto aparecieron un sinnúmero de naves enemigas armadas de cañones (el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo, etc., etc.) y empezó una tremenda batalla.
A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la Nave Grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas (o pilares). Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima.
La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todos sus daños.
Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Santo Padre a la cabeza entonan un Himno de Acción de Gracias a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora.
«La Iglesia deberá pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, pero al final el Cielo mismo intervendrá para salvarla. Después vendrá la paz y habrá en la Iglesia un nuevo y vigoroso florecimiento». RANDES
Vio que una gran barca (la Iglesia) navegaba en un mar tempestuoso piloteada por el Romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas (los cristianos). De pronto aparecieron un sinnúmero de naves enemigas armadas de cañones (el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo, etc., etc.) y empezó una tremenda batalla.
A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la Nave Grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas (o pilares). Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima.
La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todos sus daños.
Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Santo Padre a la cabeza entonan un Himno de Acción de Gracias a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora.
«La Iglesia deberá pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, pero al final el Cielo mismo intervendrá para salvarla. Después vendrá la paz y habrá en la Iglesia un nuevo y vigoroso florecimiento». RANDES
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