viernes, 24 de febrero de 2012

Provechoso

Entrégate, alma mía, al arrepentimiento; únete a Cristo por el
pensamiento; grita gimiendo: "Concédeme el perdón de mis malas acciones,
con el fin de que reciba de ti, que sólo eres bueno (Mc 10,18), la
absolución y la vida eterna "... Moisés y Elías, estas torres de fuego,
eran grandes en sus obras... Son los primeros entre los profetas, hablaban
libremente a Dios, les gustaba acercársele para rogarle y dialogar con él
cara a cara (Ex 34,5 1R 19,13) - cosa asombrosa e increíble. Sin embargo,
procuraban recurrir al ayuno, que los llevaba a Dios (Ex 34,28; 1R 19,8).
El ayuno, con las obras, proporciona pues la vida eterna. Por el
ayuno, los demonios son rechazados como por una espada, porque no soportan
las alegrías; lo que les gusta, es el jugador y el borracho. Pero si miran
de cara el ayuno, no lo pueden ver; huyen muy lejos, como nos enseña
Cristo, nuestro Dios, diciendo: "Por el ayuno y la oración caen los
demonios" ( Mc 9,29). Por eso nos enseña que el ayuno les da a los
hombres la vida eterna... El ayuno conduce a los que lo practican, a
la casa paternal de donde Adán fue expulsado... Es Dios mismo, el amigo de
los hombres (Sb 1,6), quien primero había confiado al ayuno, al hombre al
que había creado, como a una madre cariñosa, como a un maestro. De un solo
árbol le prohibió comer (Gn 2,17). Y si el hombre hubiera observado este
ayuno, habría vivido con los ángeles. Pero lo rechazó y encontró penas y
muerte, la aspereza de las espinas y de las zarzas, y la angustia de una
vida dolorosa (Gn 3,17s). ¡Entonces, si en el Paraíso el ayuno se revela provechoso,
cuánto más lo es aquí para proporcionarnos la vida eterna!

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