"Bienaventurados los límpios de corazón, ellos verán a Dios" (Mt
5,8). Creemos fácilmente que un corazón purificado nos hará conocer la
felicidad suprema. Pero esta purificación del corazón parece tan ilusoria
como la subida al cielo. ¿Qué escala de Jacob (Gn 28,12), qué carro de
fuego semejante al que se llevó al profeta Elías al cielo (2R 2,11)
encontraremos para llevar nuestro corazón hacia la bienaventuranza celeste
y liberarlo de todo su peso terrestre?.. No alcanzamos sin
dificultad la virtud: ¡Qué de sudores y de pruebas! ¡Qué de esfuerzos y de
sufrimientos! La Escritura a menudo nos lo recuerda: "estrecha y angosta"
es la puerta del Reino, mientras que el pecado nos lleva a la perdición por
un camino ancho e inclinado (Mt 7,13-14). Y sin embargo la misma Escritura
nos asegura que se puede llegar a esta existencia superior... ¿Cómo llegar
a ser puro? El sermón de la montaña nos lo enseña por todas partes. Leed
los mandamientos unos tras otros, y descubriréis el verdadero arte de la
purificación del corazón... Al mismo tiempo que Cristo nos promete
la bienaventuranza, nos instruye y nos forma a la consecución de esta
promesa. Sin duda no alcanzamos sin dificultad la bienaventuranza. Pero
compara estas penas con la existencia de la vida de la que te alejan, y
verás cómo el pecado es más penoso, si no inmediatamente, por lo menos en
la vida futura... La existencia de un justo, al contrario, queda marcada con la efigie de Dios... Sabemos qué consecuencias
tiene por otro lado, una vida de pecado, y de injusticia, y ante las alternativa tenemos la libertad de escoger , revistamonos de la imagen divina, purifiquemos nuestro corazón, la imagen divina brillará en nosotros ,gracias a nuestra pureza en Cristo Jesús nuestro Señor.
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