A pesar de que la enfermedad forme parte de la existencia humana, nunca conseguimos habituarnos a ella, no sólo porque a veces llegue a ser pesada y grave, sino esencialmente porque estamos hechos para la vida, para la vida completa. Justamente nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, es más, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen resultar vanas, surgen en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? Es precisamente a esta pregunta a la que encontramos respuesta en el Evangelio. “Jesús curó a muchos que estaban afectados por varias enfermedades y expulsó muchos demonios” (Mc 2,34); proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23). Jesús no deja dudas: Dios del que Él mismo ha revelado su rostro es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: demuestra así que el Reino de Dios está cerca restituyendo a los hombres y las mujeres a su plena integridad de espíritu y de cuerpo. Estas curaciones son signos: guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de la verdad y del amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería verdadera vida. El Reino de Dios es precisamente la presencia de verdad y de amor, y así es curación en lo profundo de nuestro ser.
Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de la Iglesia. Mediante los Sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanos y hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las tantas actividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridad fraterna mostrando así el rostro de Dios, Su amor. Es verdad: ¡cuántos cristianos sacerdotes, religiosos y laicos han prestado y siguen prestando en todas partes del mundo sus manos, sus ojos y sus corazones a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de las almas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que no pueden de ninguna forma proveer a sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados de otros; que cada uno de ellos pueda experimentar, en la solicitud de quienes están cerca, el poder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que nos salva. María, salud de los enfermos, ruega por nosotros.
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