lunes, 13 de febrero de 2012

Revelado

El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades
reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra
razón natural. Creemos «a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y
que no puede engañarse ni engañarnos». «Sin embargo, para que el homenaje
de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios
interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores
de su revelación» . Los milagros de Cristo y de los santos
( Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la
Iglesia, su fecundidad y su estabilidad «son signos certísimos de la
Revelación divina, adaptados a la inteligencia de todos», motivos de
credibilidad que muestran que «el asentimiento de la fe no es en modo
alguno un movimiento ciego del espíritu». La fe es cierta, más cierta que todo conocimiento
humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir.
Ciertamente las verdades reveladas pueden parecer oscuras a la razón y a la
experiencia humanas, pero «la certeza que da la luz divina es mayor que la
que da la luz de la razón natural» (Santo Tomás de Aquino, S.Th., 2-2,
q.171, a. 5, 3). «Diez mil dificultades no hacen una sola duda» (J. H.
Newman, Apologia pro vita sua, c. 5). «La fe trata de comprender»
(San Anselmo de Canterbury, Proslogion, proemium: PL 153, 225A) es
inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha
puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado... Fe y
ciencia. «A pesar de que la fe esté por encima de la razón, jamás puede
haber contradicción entre ellas. Puesto que el mismo Dios que revela los
misterios e infunde la fe otorga al espíritu humano la luz de la razón,
Dios no puede negarse a sí mismo ni lo verdadero contradecir jamás a lo
verdadero» (Concilio Vaticano I: DS 3017). «Por eso, la investigación
metódica en todas las disciplinas, si se procede de un modo realmente
científico y según las normas morales, nunca estará realmente en oposición
con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su
origen en el mismo Dios. Más aún, quien con espíritu humilde y ánimo
constante se esfuerza por escrutar lo escondido de las cosas, aun sin
saberlo, está como guiado por la mano de Dios, que, sosteniendo todas las
cosas, hace que sean lo que son» (GS 36,2).

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