martes, 26 de febrero de 2013

 “Vengo como peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad. Deseo confirmar en la fe a los creyentes en Cristo, afianzarlos en ella y animarlos a revitalizarla con la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida. Así podrán compartirla con los demás, como misioneros entre sus hermanos, y ser fermento en la sociedad, contribuyendo a una convivencia respetuosa y pacífica, basada en la inigualable dignidad de toda persona humana, creada por Dios, y que ningún poder tiene derecho a olvidar o despreciar .  Como lo ha dicho Juan Pablo II: « Tu imagen es signo de tu presencia: estás presente, presidiendo y guiando el momento presente con sus incertidumbres y sus sombras ». María, Reina inmaculada, acogemos el don que Dios nos hace de su Madre « He aquí a tu madre » (Jn 19, 27)  y respondemos así a la intención profunda del Corazón de Cristo: « Elevada en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, exaltada por el Señor como Reina del Universo » (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 59), María debe ser acogida, amada y honrada por sus hijos en la tierra.
Por Ella entramos en el gran designio de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la creación: manifestamos el lugar y la gloria dadas por Dios mismo a María.
Eligiendo entronizar a María, Reina inmaculada, queremos dejarle tomar posesión de nuestros corazones, para que Ella nos enseñe a recibir la gracia de Dios y haga de nosotros verdaderos hijos e hijas de la luz. Deseamos aprender de Ella a amarnos en la tierra como se ama en el Cielo: nuestras vidas se convierten así en testimonios vivos del Cielo en la tierra.

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